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La
gestión empresarial moderna, hoy más que nunca,
trata de focalizar su acción en las conductas de sus
miembros y entender nuevos valores, nuevos códigos,
nuevas formas de “comprender al otro”, para crear
escenarios hacia una dirección concreta.
Los
empresarios comienzan a visualizar que cambiar por cambiar
no basta, que la clave está en sus recursos humanos
y en sus competencias, que el cambio comienza en cada individuo,
en cada área de trabajo, pero también se hace
necesario que los ingresantes a una empresa puedan aportar
conocimientos y habilidades que favorezcan una cultura de
cambios y de marcadas exigencias.
De
ahí la importancia, de un desarrollo de competencias
pre-laborales durante el período de formación,
un desarrollo de capacidades transversales, de acercar a las
instituciones del saber a los escenarios de las organizaciones
para compartir responsabilidades.
En
la actualidad, existen organizaciones que vienen incorporando
en sus políticas de acción el “proceso
de aprendizaje continuo”, porque creen como fundamental
la opción de establecer dentro de sus estructuras un
ámbito de reflexión, de “vivenciar las
experiencias de cada integrante para entender los resultados”.
Y
en ese camino de crecer, la organización debe ofrecer
una nueva formación del individuo para demostrarle
de dónde viene y hacia dónde va, cómo
desarrollar su carrera profesional, con conocimientos flexibles
y prácticos que ayuden a su polivalencia y a un trabajo
en equipo no forzado.
Es
tiempo de que desaparezca la formación “como
herramienta de imagen” y surja como “sentido de
existencia y eficiencia”, como medio de crecimiento,
permitiendo un desarrollo más real del ser humano en
su puesto de trabajo y una mayor calidad en sus relaciones
dentro de su ambiente laboral. Sólo en esa senda el
individuo podrá comprometerse al ser entendido, ser
reconocido y aportar su potencial, o como expresa Jean Pierre
Doly en una de sus obras: “El poder dar
el alma… Si queremos reconciliar el trabajo con la vida,
debemos incluir en el trabajo la presencia humana que falta…
Dar el alma es hacer sentir esta presencia…. Es vivir
plenamente lo que hacemos..”
Y
ello nos lleva a preguntarnos si los directivos comparten
siempre los valores de sus recursos humanos, si entienden
sus aspiraciones, sus creencias, sus deseos y compromisos.
La respuesta se encuentra en “aprender a
vivir en la empresa en tiempos de cambios y de valores perdidos”,
a elevar los procesos de motivación y comunicación,
entendiendo que esos recursos creen en su tarea y pueden enriquecerla
con un desempeño colectivo.
Se
habla, en muchas ocasiones, en los pasillos de las empresas,
de participación, de liderazgos compartidos, de objetivos
claros, pero no se jerarquiza siempre “el saber escuchar”,
“el saber entender”, “el saber reconocer”,
“el humanizar la tarea” para que cada individuo
pueda sentirse parte de un cambio, de la ruptura de viejas
culturas, de viejos modelos.
Y
esta situación se trasluce no sólo dentro, sino
fuera de la estructura organizacional. Comenzando el nuevo
milenio, los jóvenes observan más dificultades
que oportunidades al insertarse en el mercado laboral, y es
fundamental que nuevos códigos empresarios puedan transmitir
una transformación de mentalidades, de conductas que
crean más en el hombre, de competencias exigibles
y no de competencias descartables, de poder trabajar
con el otro y no desde el otro, de ayudar a que cada individuo
dentro de su habitat y libertad laboral pueda crear su propia
dimensión. Hoy los jóvenes profesionales o ingresantes
al mundo laboral perciben exigencias con exclusión,
pero la percepción puede encuadrarse como real porque
se trata de vender esa imagen ambigua.
Sabemos
que nuevos escenarios de acción solicitan nuevas conductas,
nuevos modelos que ayuden a tomar conciencia y comprender
qué posibilidades de desarrollo existen, qué
realidades profesionales se potencian, qué proyecto
personal pueda desarrollar cada recurso humano nuevo. Y con
esos matices e interrogantes muchas organizaciones desarrollan
y perfeccionan día a día sus procesos sobre
gestión de competencias, dando respuestas a demandas
casi fundamentales como la automotivación en el puesto,
el mejoramiento de las relaciones personales y del clima laboral,
el poder compartir información y objetivos claros:
conocer la visión y la misión de la organización,
las necesidades de comunicación que tienen sus miembros,
entender la situación real de la empresa en el mercado,
etc.
En
síntesis, conocer cómo piensa, cómo cree
ese individuo que se compromete o no con su compañía,
y tratar de comprender las carencias que lleva en sus hombros
al insertarse en su puesto de trabajo. Debemos comenzar a
humanizar la tarea, seguir creando lazos que optimicen las
relaciones interpersonales durante la acción, seguir
ayudando a que el cambio en la empresa sea menos traumático,
desde un plano más real y sentido.
“Los
comportamientos marcan un nuevo camino, un nuevo rumbo, donde
ya es tiempo de crear nuevos compromisos, de seguir motivando
la interacción social entre los grupos de trabajo,
de desarrollar un sentido de comunidad más puro.”
Los
cambios organizacionales adquieren cada día mayor velocidad
y las conductas del individuo deben atender esa situación
para que el compromiso sea verdadero y poder alcanzar de esa
forma el objetivo planteado que permita una especial identidad
con la tarea realizada.
Nos
encontramos en tiempos de búsqueda de culturas empresariales
nuevas, donde puedan convivir valores como el reconocimiento
justo, la suma de habilidades con responsabilidad, la solidaridad
y la aceptación de diferencias, la existencia de un
lugar de trabajo donde se pueda crear con el otro y para el
otro, de compartir desafíos con la empresa y no desde
la empresa, de construir un espacio común en el que
el individuo sepa ejercer su autonomía, perfeccionar
sus capacidades y asumir roles desafiantes.
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