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Cuando
en 1984 Russel Ackoff planteó su visión de una
organización circular –distinta a mi modelo del
Zeitgeist Gerencial–, habló con pasión
y entusiasmo de algo que se denomina Democracia Organizacional.
Hoy en día empresas como Delaware y General Electric,
en su planta de Carolina del Norte, ofrecen ejemplos de que
no se trata de un concepto sino de una realidad. No obstante,
al poner la lupa, se pueden apreciar algunos elementos que
distan del concepto al que arguyen y que por ende restan un
sentido realmente “democrático” al ejercicio.
Se plantea la pregunta: ¿es posible hablar de democracia
en las empresas? Veamos.
El
concepto de la democracia proviene del griego, y de acuerdo
a la Real Academia Española debe entenderse como “la
doctrina política favorable a la intervención
del pueblo en el gobierno”, y supone que el poder debe
ser ejercido de acuerdo a la decisión de la mayoría,
por lo que es ésta la que, al pronunciarse, dirigirá
el destino de lo que se le consulta hacia la dirección
que buena parte del todo considera correcta o, al menos, más
atractiva.
La
democracia es practicada con moderación y excesos en
muchos países con la intensión de ofrecer a
sus pobladores la oportunidad de ser ellos, o mejor dicho,
la mayoría de ellos, quienes aprueben o desaprueben
las propuestas económicas, políticas, sociales,
educativas, bélicas y de otras índoles que proponga
quien o quienes los representan.
Ahora
bien, al trasladar ese concepto a la empresa, tal y como se
comprende y se practica en el presente, no pareciera haber
cabida para la instauración de una “democracia
organizacional” per se, tal y como lo expone
el concepto originario.
En
primer lugar, las empresas poseen una visión y una
misión que son ideadas e institucionalizadas por sus
accionistas y directivos. En pocas oportunidades los empleados
o colaboradores participan de ello y, si lo hacen, sólo
son aceptadas las propuestas que se ajustan a la idea originaria
de quienes han creado la empresa.
Las
normas, políticas y reglas no se someten a votación.
La mayoría de ellas se producen para respetar la línea
previamente planteada por los responsable de la empresa a
fin de evitar distorsiones en los fines que persiguen. Además,
cuando son objetadas, pocas veces se ajustan o corrigen debido
a que se argumenta que “esa es la manera en que se concibe
la empresa”.
Los
empleados o colaboradores entran a las organizaciones en calidad
de “responsables de tareas o procesos”, no como
“beneficiarios del sistema productivo de la organización”;
por lo tanto, se deben ajustar a las reglas y los reglamentos
existentes, puesto que éstos no han sido hechos para
su bienestar sino para garantizar la salud laboral de la empresa,
independientemente de que existan normas que resguarden la
integridad física y psicológica del individuo,
pues ésta responde más a razones legales de
índole impositivo que a expresiones filantrópicas,
ya que los costos y las sanciones previstas por accidentes,
incapacidad parcial o total, o decesos, son realmente significativos.
Por
otro lado, los directivos no representan a los empleados.
Esto es observado al revés en las empresas: son los
empleados los que, en ciertos momentos, habrán de representar
a sus directivos en situaciones donde éstos no puedan
estar presentes. Como los directivos no representan a los
empleados, es obvio deducir que tampoco son elegidos por estos
últimos, al menos en la mayoría de los casos,
así que son impuestos por los altos mandos y responden
más a los intereses de la empresa que del conjunto
de personas que trabaja para esa unidad.
Las
decisiones que toma un directivo o gerente no son consultadas
previamente con los empleados, salvo que afecte elementos
previstos en la contratación colectiva o acuerdos previos
realizados con los sindicatos. Mas, si esto llega a hacerse
y la mayoría rechaza la propuesta, siempre termina
imperando el pensamiento lineal que fije la Presidencia o
la Junta Directiva, traduciéndose finalmente o en elaboradas
excusas que explican por qué la empresa tuvo que accionar
la decisión que la mayoría rechazó, o
simplemente en un hermético silencio que impide tratar
el tema.
Otro
punto que dista de la idea democrática es que si bien
la empresa tiene como prerrogativa garantizar sus actividades
y su beneficio económico de manera constante y sostenida,
lo que justifica que haga cambios estructurales, despidos
masivos, contrataciones temporales y toda clase de artilugios
que así se lo permitan, pues resulta prioritario alcanzar
sus metas y, de acuerdo al caso, ciertos sacrificios deben
ser hechos, o, de acuerdo al escenario, pueden ser planteados
como ajustes. Por ejemplo, si un grupo importante de empleados
entorpece la operación, la empresa prescindirá
de ellos y contratará a otros que muestren una conducta
más acorde con sus objetivos, mientras que un país
no puede (teóricamente) expulsar un número importante
de pobladores e importar otros que faciliten la consecución
de sus metas.
En
una democracia, la representatividad es fundamental, pues
es el representante quien interpreta las exigencias y expectativas
de quienes lo han nombrado; en las empresas esto sólo
ocurre bajo la figura de delegados sindicales y, en ciertas
organizaciones, en la figura de especialistas del área
de talento humano. No obstante, y aun cuando se realizan elecciones
en el caso de los sindicatos, no es siempre el deseo de la
mayoría lo que se impone, pues las propuestas pueden
estar apoyadas en un importante número de empleados
pero deben, finalmente, limitarse a la capacidad declarada
de la empresa para poderlas materializar según el porcentaje
que estime posible.
Así
es. Las empresas no son democráticas, y por ende no
puede haber “democracia organizacional”, puesto
que dicho planteamiento, conceptualmente hablando, supone
una especie de participación moderada, y no se puede
ser moderadamente libre, moderadamente democrático,
ni moderadamente participativo. Es como suponer que una mujer
pudiese estar medio embarazada.
Para
que existiera una democracia organizacional verdaderamente,
el génesis de la empresa tendría que ser completamente
distinto, algo así:
Un
grupo importante de trabajadores se reuniría y establecería
lo que quisieran hacer dentro de la empresa y las condiciones
que deberían reinar en la misma; luego buscarían
entre los “accionistas disponibles” aquellos
que se ajustaran a sus expectativas y metas; una vez elegido
el máximo representante de su visión de empresa,
éste participaría en la elección de
las personas que coordinarían a los trabajadores
en las diferentes áreas de la empresa y, finalmente,
todos los elegidos trabajarían en función
de dar cumplimiento a la visión general de los trabajadores
y por las cuales se encontrarían ocupando esas posiciones
en la empresa.
En
ese utópico escenario, los representantes de la empresa
serían los empleados de los trabajadores que la idearon
y estarían en la potestad de removerlos o ratificarlos
en sus cargos, dependiendo de los resultados que el ejercicio
mostrado se ajuste a lo esperado. Serían los trabajadores
y no los ejecutivos quienes aprobarían las normas
y políticas propuestas, y su bienestar y satisfacción
estaría por encima de las onerosas gratificaciones
que suelen auto-asignarse los altos mandos.
En
ese enfoque hipotético, ninguna decisión se
tomaría sin la previa consulta al total de los trabajadores
que en ella laborara, quienes poseerían deberes y
derechos ajustados a sus expectativas, y que perseguirían
el bien común, pero no como una formalidad de la
“gerencia” sino como una regla ineludible e
incuestionable.
Como
es lógico suponer, los directivos no estarían
en posición de expulsar a nadie, pues serían
ellos quienes correrían con esa suerte si sus resultados
no satisfacieran a la mayoría de los que trabajaran
en esa empresa.
Y,
por supuesto, existirían otras características
que perseguirían la predominancia de la mayoría
sobre quienes tuvieran bajo su responsabilidad hacer posibles
los sueños de quienes los hgubieran elegido para
ello.
Por
lo tanto, resulta obvio que las condiciones no están
dadas para hablar de “democracia organizacional”
en el aspecto etimológico que delimita la frase y que
la enmarca en un deber ser que resulta imposible instaurar.
Tal
vez, lo más adecuado sea hablar de “participación
organizacional”, una especie de termómetro que
mida la manera en que se han asimilado las decisiones o las
propuestas que emergen de la Directiva, y que la misma incida
en los ajustes o adhesiones que puedan hacerse al planteamiento
original, pero mientras la visión, misión, metas,
objetivos, planes, estrategias, políticas, normas y
reglas posean un epicentro único, no representativo
ni removible por decisión, intervención ni participación
de la mayoría, será muy pero muy difícil
decir que en una empresa se practica la “democracia
organizacional”, o al menos no en la manera en que aquí
ha sido expuesta. |
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