“Según
la inmortal frase de Pogo: Hemos descubierto al enemigo, y
ese somos nosotros!!”
Milton y Rose Friedman
En
todas las empresas que me tocó ayudar (y son varias),
tropiezo con la misma dificultad.
Una
vez definida la visión, planteada la estrategia y trazado
el plan de acción, si el modelo de negocio es viable
(siempre los es, sin grandes modificaciones, ya que los emprendedores
siempre perciben cuando un negocio es posible. Y por otro
lado, si éste no lo fuera, mi trabajo consiste en ver
cómo cambiarlo radicalmente o salir de él),
comienza la lucha por evitar que el dueño del negocio
–con hábitos propios, con acciones equivocadas
o con prácticas inentendibles– evite que la estrategia
se lleve a cabo.
Puede
parecer increíble pero, a pesar de haber desarrollado
juntos todo el plan de acción, siempre aparecen esas
viejas prácticas, o esos hábitos que parece
que atentan contra su misma empresa.
Y
–siempre– mi trabajo consiste en mostrarles cuáles
son esas acciones que no hacen más que evitar que se
lleven a cabo los planes que él mismo diseñó.
Muchos
de los problemas que percibo son comunes a todas, así
que imagino que la mayoría de la pymes deben ser víctimas
de estas prácticas. Aún más, creo que
innumerables empresas no se desarrollan y pasan a ser grandes
debido a este problema. Es el mismo dueño el que mantiene
amarrado el crecimiento.
Les
voy a contar los casos más graves a los que he asistido,
con el objetivo de ayudarlos a ver si ustedes están
contaminados con este extraño mal. A veces el mirar
de afuera otros casos puede servir para verse reflejado e
identificarse.
Lo
que voy a relatar es la absoluta verdad, aunque a veces parezca
patético. Lo extraño es que los dueños,
al estar inmersos y ser parte del problema, no perciben la
gravedad del mismo.
Los
síntomas más comunes son:
El
síndrome de la “mala cosecha”
Un
cuento popular relata que un campesino estaba sentado debajo
de un árbol cuando pasó un caminante y le preguntó:
–
¿Qué está haciendo, amigo?
Este
contestó:
–
Estoy cosechando la fruta de este árbol.
– ¿Y cosecha sentado?
– Y, sí, cuando viene el viento derriba la fruta
y yo la levanto.
– Y si no hay viento?
– Y, ese es un año de mala cosecha!!
Este
tipo de comportamiento, aunque parezca mentira, es el de la
mayoría de los empresarios.
A
pesar de que trabajan mucho y muchas horas, pierden de vista
el resultado. Es decir, se ocupan sin medir el resultado de
esa ocupación.
En
una empresa tenían problemas de entrega, siempre quedaban
pendientes pedidos por el doble de lo que entregaban, los
clientes se quejaban y algunos dejaban de comprar, aunque
tenían una calidad excelente, y ese es el secreto de
su éxito.
Lo
peor es que la empresa, con el nivel de facturación
que estaban alcanzando, era muy poco rentable, y eso hacía
que les costara mucho hacer las inversiones que necesitaban.
Al
principio creí que la capacidad de producción
era insuficiente, a pesar de que ellos aseguraban que trabajaban
holgados.
Les
propuse, entonces, como objetivo, alcanzar un nivel de facturación
un 40% mayor del promedio hasta ese momento durante cuatro
meses. Eso me iba a indicar si la estructura estaba capacitada
para producir más (cuando digo estructura me refiero
a la empresa toda, compras, logística, mantenimiento,
proveedores de servicios, etc.). A pesar de aparecer pequeños
problemas de tercerización de un servicio, que se solucionó
incorporando otro proveedor, trámite que llevó
dos días, se alcanzó la meta propuesta, durante
el tiempo propuesto, sin ningún problema. Y más
aún, siempre las dos últimas semanas la producción
era mayor que la habitual, cosa que hacían para alcanzar
la cifra de entrega pedida, pero nunca un poco más;
se habían puesto un límite propio.
Esto
demostró que era posible entregar el 100% de los pedidos
sin mayores problemas y sin gran aumento de personal.
Siempre
que se pedía un poco más, aparecían las
excusas (la falta de viento): que faltó mucha gente,
que no entregó el proveedor de materia prima, que tal
personal no hacía las cosas bien, que habría
que tomar más gente, que no tenían tiempo.
Ese
empresario trabajaba mucho y muchas horas en la empresa, hasta
suspendía vacaciones dejando de lado la familia, pero
no entendía de la importancia del resultado.
Todo
era achacable a los factores externos, ellos nunca eran culpables.
No entendía que el trabajo del empresario es hacer
que las cosas pasen, que debe estar continuamente viendo qué
es lo que impide llegar al objetivo y solucionarlo.
Entonces,
como en todas las reuniones se generaban discusiones acerca
de por qué no se podía cumplir con los pedidos
(aclaro que el cumplir con lo vendido les significaba un salto
de rentabilidad enorme y un crecimiento acelerado) decidí
cambiarle las pautas de decisión.
Siempre
se quejaban de los bajos retiros y de la vida sacrificada
que llevaban, así que los animé a retirar lo
que consideraban justo, o lo que ellos pretendían,
que era cuatro veces lo que retiraban hasta ese momento. De
esta forma, si la empresa no entregaba no sería rentable
y se fundiría.
Esto
significó, como decimos en Argentina, ponerse los pantalones
largos. Si querían vivir bien, y era posible hacerlo,
deberían pensar y trabajar como empresarios “cumpliendo
los objetivos sea como sea”.
También
obligó a delegar algunas funciones y generar mandos
medios, cosa que al principio parecía imposible, todo
debía ser llevado a cabo por ellos.
Estaban
atrapados en su propia trampa, no tenían problemas
de venta, porque habían puesto toda la energía
en la calidad del producto, y en eso son buenos, pero no entendían
la necesidad de alcanzar determinada meta. Entonces no tenían
rentabilidad suficiente, no podían invertir, ni tomar
más personal, ni automatizar para tener mayor productividad.
Después
del cambio de perspectiva, van dos meses que se está
cumpliendo con los pedidos que entran, y ya estamos pensando
en incorporar un vendedor.
Muchos
empresarios, en momentos de crisis saben sobrevivir, son creativos
y hacen los sacrificios necesarios para pasar el momento y
alcanzar lo que pretenden. Pero en momentos de crecimiento
no sienten el mismo apuro por alcanzar los objetivos, es como
que sólo son buenos pilotos de tormenta que en la calma
descansan esperando las próximas turbulencias.
Esto
está emparentado con el próximo síntoma.
Síntoma:
más o menos bien
Soy
afecto a las historias porque estoy convencido de que sirven
para definir un problema mucho más que mil palabras.
Un
maestro zen y su discípulo estaban peregrinando por
un paraje montañoso y desolado, cuando encontraron
una cabaña muy pobre. En ella vivía una familia
conformada por un hombre, su mujer y seis hijos.
Les
pidieron alojamiento y alimento, a lo que los campesinos respondieron
afirmativamente de muy buen gusto. A pesar de su pobreza,
compartirían lo poco que tenían.
Durante
la cena el maestro preguntó de qué vivían:
El hombre le explicó que tenían una vaca, de
la cual sacaban la leche diaria y un poco más que cambiaban
con otros campesinos por algunos alimentos. Que eso les permitía
vivir como lo hacían.
Al
otro día, los viajeros se levantaron antes que nadie
para seguir su camino. Entonces el discípulo le dice
al maestro:
–
Maestro, qué buena gente, compartieron con nosotros
lo poco que tenían. Y qué pobres son. ¡¡Cómo
me gustaría ayudarlos!! ¿No podemos hacer nada
por ellos?
El
maestro sin pensarlo le dijo:
–
¿Quieres ayudarlos? Ve y empuja la vaca por el barranco.
– Pero, maestro, es la única fuente de alimentos!!!
– No discutas, haz lo que te digo!!
El
discípulo pensó que el maestro había
enloquecido, pero no tenía más remedio que obedecer,
y así lo hizo.
Un
año más tarde el discípulo volvió
a pasar solo por la región, y lleno de miedo y curiosidad
pasó por la casa. Al acercarse la vio mucho más
arreglada, e incluso vio mucho terreno sembrado que no lo
estaba en la visita anterior.
Al
verlo llegar, el campesino se acercó reconociéndolo
y le dijo:
–
Bienvenido, ustedes nos trajeron suerte!!! El día que
se fueron se nos cayó la vaca por el barranco. Al principio
nos desesperamos pensando que íbamos a morir de hambre.
Entonces yo me puse a sembrar para tener algo que comer, mi
esposa comenzó a tejer algunas prendas que vende en
el mercado y le va muy bien, y mi hijo mayor aprendió
a trabajar la madera y hace muebles para toda la comarca.
Ya compramos la casa que no era nuestra y estamos pensando
en comprar más terrenos para sembrar!!!
El
cuento de por sí es bastante claro. Pero esa situación
es mucho más habitual de lo que creemos. Hasta muchas
veces inmersos en ella no la percibimos.
La
mayoría de las oportunidades aparecen en los momentos
de crisis. Muchas de las empresas surgieron porque el emprendedor
fue despedido del trabajo y no sabía qué hacer.
Otros porque perdieron al cliente más grande y tuvieron
que cambiar de producto, o después de la crisis del
2001, en Argentina, teníamos que hacer algo, y así
tengo mil ejemplos.
Cuidado
con los resultados mediocres, las empresas que crecen no se
conforman.
En
este síntoma pongo como ejemplo a todas las empresas
que me tocó ayudar. Cuando me llaman es porque saben
que pueden estar mejor y no se conforman. Pero he tenido más
de una entrevista donde la respuesta es “con esto es
suficiente”. Una empresa que no crece comienza a morir.
Esto
me lleva al siguiente síntoma recurrente.
Síntoma:
no quiero ser grande
En
la primera reunión de trabajo con las empresas el objetivo
es encontrar la visión. Las preguntas ineludibles siempre
son: ¿qué les gustaría ser?, ¿en
qué quieren transformarse?, ¿cómo ven
a la empresa ideal?
Las
respuestas indefectiblemente tienen el término “no
quiero ser una empresa grande”.
A
veces me pregunto si es un problema cultural de Latinoamérica,
y cómo me responderían en Europa o Estados Unidos.
En
las sucesivas reuniones, por supuesto, los voy convenciendo
del error de esa respuesta.
No
entienden que las empresas grandes, en lo primero que pensaron
es en ser grandes.
Parece
que quisieran tener una empresa chica, con muy buena rentabilidad,
sin personal, sin problemas, trabajando tres horas por día,
y por algún golpe de suerte, o porque alguien lo decide,
que no son ellos, transformarse en Microsoft o Coca Cola,
y esto no es posible.
Por
otro lado, admiran a los que hicieron posible esas empresas.
Un
empresario debe siempre querer ser grande, y no con un objetivo
exclusivamente económico sino de realización,
de logros, de lo que significa una empresa para la sociedad.
Si
no piensan en ser grandes, nunca lo serán.
Asocian
mayor empresa con más trabajo y con menos horas libres
y, normalmente, si hacen las cosas bien, es todo lo contrario.
Es controlar la marcha de los negocios y delegar en personas
que saben más que nosotros.
En
una de las empresas que ayudo es un problema definir entre
los dueños quién llega temprano para abrir y
quién se queda a cerrar. Tendrían que trabajar
los sábados para cumplir con los pedidos, pero ellos
mismos sabotean la decisión, porque a ninguno le gusta
trabajar ese día.
No
consigo que confíen en los empleados para esa tarea.
Esto viene desde el padre de los dueños, que pensaba
que abrir el negocio era signo de responsabilidad. Ellos mismo
frenan el crecimiento, porque entonces sí más
actividad significa más horas de trabajo.
En
otra empresa, la de la primera historia, no hacen horas extras
u otro turno porque el responsable de la producción,
uno de los dueños, piensa que si él no está
la fábrica no camina, entonces evita el sobre horario.
Lo increíble es que vive a media cuadra de la empresa.
Como
una organización es un sistema donde todo tiene que
ver con todo, esta falta de confianza en el personal nos lleva
al cuarto síntoma.
El
síndrome “el personal es el enemigo”
Parece
imposible, casi siempre, hacerle entender al empresario que
la relación laboral es una relación “ganar-ganar”.
Creen que es un sistema de suma cero, donde lo que gana uno
lo pierde el otro. Debo aclarar que la cultura de nuestros
trabajadores no ayuda mucho a pensar de otra manera, pero
también es cierto que la mayor responsabilidad en el
éxito de la relación es del empresario.
Existe
una gran desconfianza de uno en los otros y, ante cualquier
problema, lo primero es pensar en la mala intención
de la otra parte. La relación laboral debiera ser de
lo más simple: esto lo podemos hacer, esto no lo podemos
hacer, esto se premia, esto se castiga. Las condiciones básicas:
son reglas claras, justicia para todos por igual (incluyendo
al empresario) y, de vez en cuando, una palmada en la espalda.
Si
se definen las reglas y el empleado sabe qué se espera
de él, periódicamente se le dice qué
hace bien y qué hace mal, y qué debería
cambiar. El problema, si no cumple, es exclusivamente suyo.
Los
empresarios plantean normalmente una relación de yo
ordeno y usted obedece, su vida no me interesa, sus problemas
afuera, si no lo dije usted debiera saberlo, es obvio. Vigilan
constantemente el cómo y no el qué, están
atentos a cuántas veces toma agua y no a cuánto
produce, si habla con los compañeros y no a la calidad
de su trabajo.
A
través de los años se tejen relaciones laborales
realmente increíbles.
En
una empresa vinieron a ofrecernos un sistema de control de
productividad, es decir ver qué tareas se hacían
de más y cuáles no agregaban valor, que consistía
en colocar una cámara en el puesto de trabajo.
El
empresario, a quien el sistema parecía interesarle,
planteó no decirle al empleado que lo estaban filmando,
porque él lo conocía, que era un empleado difícil,
que iba a hacer todo mal a propósito, que iba a decir
que lo estaban vigilando y que después iba a estar
un mes con mala cara.
Era
algo tan simple como explicarle que el objetivo era mejorar
la tarea, que la mayor productividad mejoraba la rentabilidad
de todos y que él era parte de la empresa.
Finalmente,
el sistema no se utilizó para evitar problemas con
el empleado, y peor aún, este empleado fue ascendido
de puesto a los dos meses, como si fuera un empleado ejemplar.
En
una reunión de directorio, donde planteamos cómo
solucionar el problema del alto ausentismo y apatía
del personal, una de las dueñas planteó darles
un incentivo económico a los empleados. Le respondí
que podía pagarle a la gente el doble de salario y
el problema seguiría, mientras los baños siguieran
siendo tan sucios e inhabitables, la temperatura del galpón
fuera insoportable, la gente debiera comer en medio de la
producción o tirada en el suelo afuera de la fábrica,
o tuviera que seguir llenando los bebederos con agua de red
porque la orden era no más de dos bidones por semana,
como si el personal utilizara esa agua para algún propósito
oscuro.
En
una de las mejores empresas, la que más creció
en los últimos tiempos y en la que mejores resultados
tenemos, el dueño está alterado porque la organización
está atravesando por una crisis financiera. Entonces
trata mal al personal, busca culpables de todos los problemas
y no soluciones. La gente comenzó a decirle en las
reuniones lo que él quiere escuchar y no lo que piensa,
para evitar retos.
No
entendió que ser empresario implica ser muy cuidadoso
de todas las actitudes y reacciones, porque todo lo que hacemos
es ejemplo y educa, y todo lo que no hacemos también
es ejemplo y educa.
Conclusiones
Como
ven, el empresario es el mayor enemigo de la organización.
Son, generalmente, los responsables de que empresas con alto
potencial de crecimiento continúen, por años,
en un estado de letargo, ganando algo pero sin desplegar todas
sus capacidades (viven de la vaca).
Trabajan
mucho pero sin fijar objetivos, encuentran todas las excusas
para explicar por qué no pudieron (falta de viento).
No
quieren ser grandes y boicotean el crecimiento.
Transforman
al personal en enemigo de la empresa.
Las
empresas que tienen un modelo de negocio viable y no crecen,
deberían cambiar de empresario, aunque esto no es posible.
Entonces,
si alguno al leer estas líneas se sintió identificado,
debe plantearse ya mismo cómo va a hacer para cambiar
su visión de la empresa.
“Hemos
descubierto al enemigo
y somos nosotros mismos” |