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En
1995 escribí Lo que cuestan los malos jefes
(Grijalbo) porque, como dicen los españoles, “me
lo pedía el cuerpo”. El inicio de ese libro plantea
lo siguiente:
Estas
páginas tratan sobre el impacto que tienen los malos
jefes en sus colaboradores y sobre los graves problemas
que generan a empresas, instituciones y naciones, pues los
gobiernos tienen un porcentaje tal vez mayor de malos jefes
que las empresas privadas.
Entre
más jerarquía tiene un mal jefe, mayor la
magnitud de problemas que ocasiona. En el caso de los países,
como es lógico, el mal liderazgo de sus gobernantes
y altos funcionarios tiene costos mucho más elevados
y trascendentes, pues sus desaciertos afectan a toda la
población.
En
los diez años transcurridos de haber escrito ese libro
he seguido acumulando evidencias abrumadoras de ese intolerable
costo, porque los malos jefes afectan profundamente los derechos
de los seres humanos en su sentido más amplio, pues
algunos crean un verdadero infierno para quienes les reportan.
La
primera razón de ser de un jefe
Analicemos
primero qué resultados debe producir un jefe (llámese
director, ejecutivo, presidente, gerente, funcionario o supervisor).
William Reddin, el auténtico creador del liderazgo
situacional, llegó a la conclusión, con razonamientos
lógicos, que la primera razón de ser de un jefe,
la fundamental, es la efectividad de sus subordinados. Consecuentemente,
un jefe eficaz debe crear las condiciones y hacer todo lo
necesario para que quienes están bajo su mando se desempeñen
en forma sobresaliente. Es decir, que sean altamente productivos,
que tengan definidos con precisión sus objetivos y
los alcancen; que aporten creatividad e iniciativa para encontrar
mejores maneras de realizar su trabajo y, en general, que
contribuyan a la empresa con lo mejor de sí mismos.
Para
que un subordinado se desempeñe en forma destacada,
es indispensable que tenga un ambiente de trabajo favorable,
pues solo así podrá desempeñar su trabajo
con entusiasmo y dedicación. El factor que más
impacta el ambiente de trabajo es la calidad del liderazgo
del jefe. En encuestas que se realizan periódicamente
en los Estados Unidos sobre clima organizacional, la respuesta
de empleados y ejecutivos de múltiples organizaciones
coincide en que el ingrediente más importante es el
jefe, aun por arriba de la compensación. La misma característica
se desprende de la prestigiada encuesta “A great place
to work”. En otras palabras, no hay duda que el liderazgo
de los jefes, sus habilidades gerenciales, su trato, su integridad
y su calidad personal –rasgos que siempre son percibidos
por los colaboradores– influyen contundentemente en
cómo se siente el personal en su trabajo y en cómo
lo desempeña.
Una
empresa vale lo que contribuye su gente
Don
Antonio Ariza Cañadilla, cuando “sólo”
era el gerente general de Pedro Domecq México, en los
remotos años sesenta del siglo pasado, mandó
grabar una pieza promocional de escritorio con la frase “Una
empresa vale lo que vale su gente”. El liderazgo de
don Antonio era tal que lograba que todos y cada uno de sus
entusiastas colaboradores contribuyeran invariablemente con
su 100% para realizar su visión, porque la hacían
propia. Su liderazgo era tan inspirador que transformaba a
personas estrictamente promedio en colaboradores fuera de
serie. Hacía de hecho que la gente “valiera”
más. De ahí que los resultados que logró
sean ejemplo de éxito empresarial.
La
triste realidad, desafortunadamente, es que los integrantes
de la mayoría de las organizaciones podrían
aportar mucho más, pero sus jefes lo impiden. Por eso
la mención en el sentido de que una empresa vale tanto
como su gente contribuya.
Vale
la pena listar las conclusiones de la encuesta de Harris Poll
a 23.000 ocupantes de puestos clave en empresas importantes,
que transcribe Stephen Covey en su nuevo libro “The
8th Habit: From Effectiveness to Greatness”:
-
Solo 37% dicen tener una idea precisa de lo que su empresa
pretende lograr.
-
Uno de cada cinco está entusiasmado con su equipo
de trabajo y con las metas de la empresa.
-
Solo la mitad terminan la semana satisfechos con el trabajo
que hicieron.
-
Solo 15% considera que la empresa les facilita cumplir sus
objetivos.
-
Solo 15% considera tener un ambiente de plena confianza.
-
Solo 17% piensan que su organización impulsa la comunicación
abierta y el respeto por opiniones diferentes, lo que resulta
en nuevas y mejores ideas.
-
Solo 10% piensa que se pide rendición de cuentas
a los integrantes de la empresa.
-
Solo 20% confían totalmente en la empresa para la
que trabajan.
-
Solo 13% expresan tener confianza y relaciones de total
colaboración con otros grupos o departamentos.
En
base a esas evidencias, Covey describe en su libro este auténtico
drama como sigue:
Si
los porcentajes anteriores se dieran en un equipo de fútbol
soccer, solo 4 de los 11 jugadores sabrían cuál
portería es la suya; solo a 2 de los 11 les importaría
el resultado del partido; solo 2 de los 11 sabrían
en qué posición juegan y cómo desempeñarla
bien, y 9 de los 11 estarían compitiendo con los
de su equipo en lugar de con el equipo contrario.
Baja
competitividad
Competitividad
es una palabra de uso cada vez más frecuente. El término
se utiliza para medir desde la economía de países
hasta el posicionamiento de las empresas. Las organizaciones
“profesionales” trabajan incansablemente para
mejorar su competitividad como el medio crucial para crecer
y mejorar la penetración en sus mercados. Para visualizar
competitividad es útil ejemplificar el desempeño
de operarios en una planta productiva desmotivados o no inspirados
por un mal jefe. Cuando esta situación se da, su impacto
se aprecia en niveles inaceptables –bajo cualquier óptica
– de:
-
desperdicios y mermas,
- rechazos,
por calidad insuficiente, de clientes internos y externos,
- retrabajos,
-
herramientas y materiales desordenados,
- tiempos
muertos,
- adhesión
a normas y procedimientos,
-
descompostura de máquinas,
- incumplimiento
de fechas de entrega,
- faltas
y retardos del personal,
- accidentes
de trabajo,
- descuidos,
-
no hacer lo que haga falta o se necesite.
Lo
anterior genera costos de operación superiores a los
factibles, menos utilidades o mayores pérdidas y, a
final de cuentas, menor competitividad y mayor riesgo de desaparecer
como empresa.
Siguiendo
el mismo ejemplo, ¿qué resultados podrían
aportar esos mismos operarios si su jefe tuviera un liderazgo
inspirador? ¿Cuánto representarían esos
resultados en el último renglón del estado de
resultados de la empresa? ¿Qué impacto tendría
ese buen jefe en el ambiente de trabajo y en la calidad de
vida de sus colaboradores?
¿Por
qué existen los malos jefes?
Partamos
de la pregunta: ¿cómo se llega a ser jefe? Los
jefes son, inicialmente, promovidos por buen desempeño
en un puesto sin mando, pero desconociendo, normalmente, lo
que se requiere para ser un buen jefe. A falta de un entrenamiento
sobre cómo ser jefe, se actúa por prueba y error,
con las cualidades y defectos que se tengan, con nulos conocimientos
de liderazgo –igual que sucede cuando se empieza a ser
padre– con enormes dosis de ignorancia. Probablemente
el lector esté de acuerdo en que aunque un jefe gana
más dinero (a veces muchísimo más), no
necesariamente sabe más que sus subordinados, tiene
más experiencia, es más inteligente o tiene
más sentido común. Un jefe debe lograr a través
de sus colaboradores, y logrará mucho más con
buen liderazgo y competencias gerenciales apropiadas. El jefe
que no tenga esas cualidades no debería ser jefe.
Por
algo Platón clasificó a los hombres en La
República –el trabajo más brillante
de su edad madura– como sigue: “Los que no son
inteligentes, pero sí fuertes, son adecuados para labores
productivas como la agricultura, herrería o construcción.
Los que son algo inteligentes, fuertes y especialmente valientes,
son adecuados para profesiones en el ejército y la
policía. Los mejores, los más inteligentes,
virtuosos y sabios, son los adecuados para gobernar”.
Para Platón el estado ideal era la aristocracia, palabra
que en griego significa “dirigidos por los mejores”.
Algunos
raros privilegiados tienen intuición innata para dirigir.
Cuando no se tiene esa gran ventaja, en ocasiones se logra
mejorar como jefe aprendiendo de los errores, estudiando,
reflexionando, minimizando el ego (nuestra agencia privada
de publicidad), cambiando maneras de ser, adquiriendo valores,
comprensión, humildad y la indispensable sabiduría
sobre la naturaleza humana, con la que invariablemente debiera
contarse para ocupar puestos de dirección. Son cuestiones
que vienen con los años (para algunos). Obviamente,
hay quienes nunca aprenden y hasta empeoran. Frecuentemente
he dicho que hay ejecutivos que en materia de liderazgo y
de administrar eficazmente no rebuznan porque no se saben
la tonada.
Además
de la ignorancia, existe un factor que surgió paralelamente
a la globalización: quienes se posesionaron de la alta
dirección son los accionistas, implacables demandantes
de máximo retorno a su inversión, mismo que,
si no se da, los lleva a mover su dinero a otra parte tan
rápidamente como toma apretar la tecla “enter”
en su PC. En otras palabras, mientras en el pasado los que
definían la filosofía y las estrategias –visualizando
el largo plazo– eran los altos directivos de la organización,
con fuerte respaldo de los inversionistas, buena parte de
esos directivos en la cúspide se han convertido en
transmisores de la presión a los estratos operativos
para que produzcan más dividendos y aumenten el valor
de las acciones... o, implícitamente, que se vayan
buscando otro trabajo.
Lo
grave de las consecuencias generadas por esos ávidos
accionistas y por los malos dirigentes –independientemente
que éstos lo sean por ignorancia, egolatría
o auténtica mala intención– es que en
muchas empresas solo se ve el renglón de utilidades
y no se atiende el lado humano de la organización.
Esa miopía no percibe que la mejor alternativa para
que un negocio sea bueno y prospere, particularmente a largo
plazo, es cuidar y desarrollar el famoso (en muchos casos
de “dientes para afuera”) capital humano.
¿Qué
se puede hacer?
La
solución más sencilla es preparar a los jefes
sobre cómo ser mejores líderes, qué competencias
gerenciales se requieren en su puesto y, especialmente, aprender
las cualidades más relevantes: humildad para escuchar
verdaderamente a colaboradores y comunicar con responsabilidad/integridad.
Aprender
a escuchar produce resultados extraordinarios porque, aunque
fuera la única que aplicara un jefe, permite captar
conocimientos, puntos de vista, observaciones, ideas, experiencias
de los colaboradores, identificar oportunidades y cómo
aprovecharlas, etcétera. La suma de esas aportaciones,
aprovechadas inteligentemente, implica posibilidades enormes
no sólo para que un gerente sea mucho mejor jefe –porque
sus colaboradores saben perfectamente qué deben dejar
de hacer y qué empezar a hacer– sino porque los
colaboradores, al ser escuchados con intención e interés
auténticos, y al percibir que sus comentarios son tomados
en cuenta, tienden a comprometerse más con su superior
y con su empresa, al grado que pueden despertar orgullo de
pertenencia y actitud de dueño, las que, por sí
solas, hacen una diferencia gigantesca en cualquier organización.
Por
algo Jack Welch, el ejecutivo del siglo 20, puso en práctica
los “breat out”, sesiones en que los únicos
que hablaban eran todos los integrantes operativos de una
unidad organizacional. Los “jefazos” solo escuchaban
y tomaban notas. Jack Welch se aseguraba que se realizaran
las acciones procedentes de esas sesiones.
Mejorar
el liderazgo y la efectividad gerencial es el desafío
conjunto para Recursos Humanos y la Dirección General.
Obviamente no se trata simplemente de ordenar a los jefes
que sean buenos líderes y gerentes. Tampoco es cuestión
de solo enseñarles cómo pueden mejorar, porque
como alguien dijo: “se puede llevar a un burro al río,
pero no se le puede obligar a tomar agua”; es decir,
pueden saber pero no practicar lo que saben. Se requiere aplicar
un seguimiento implacable para asegurar que las mejoras empiecen
a ocurrir hasta que se hagan parte de la cultura, la manera
habitual de hacer las cosas en la compañía.
Hacerlo requiere paciencia y perseverancia a prueba de todo.
Aplicar las disciplinas de compromiso, paciencia, perseverancia
y seguimiento implacable es indispensable para la mejora organizacional
(exactamente lo mismo que se requiere cuando una persona desea
superarse y crecer). No existen mejoras instantáneas
ni gratuitas. ¡Hay que pagar el precio! |
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