“Que
los buenos negocios de hoy no nos impidan los buenos negocios
de mañana”, decía Peter Drucker.
Estructurar
un plan de sucesión es el mejor negocio que cualquier
empresario puede hacer. Lamentablemente las urgencias del
día a día impiden que muchos se concentren en
lo importante, que es el destino de la compañía
en el mediano y largo plazo.
Porque,
debemos saberlo, un plan de sucesión no es para implementar
en forma inmediata, de un día para otro, en caso de
que el empresario titular fallezca en un accidente o decida
abruptamente que no quiere seguir trabajando.
En
todo caso, ese plan de aplicación inmediata es un “plan
de contingencias”, que incluye no sólo el traspaso
del poder (y, eventualmente, la titularidad de la empresa)
sino también las estrategias frente a riesgos externos
(como una devaluación, una recesión, el aumento
de las tasas de interés, etc.) o riesgos internos (tales
como una huelga del personal, el incendio de las instalaciones,
etc.).
Es
imprescindible diferenciar el plan de contingencias del plan
de sucesión, dado que el primero apunta a hechos que
pueden ser imprevisibles (y el gran desafío es prepararse
para la mejor respuesta) en tanto que, por definición,
un plan de sucesión está basado en circunstancias
previsibles y, justamente, dotan a la compañía
de un sentido de estabilidad y permanencia.
Que
los integrantes de la empresa sepan que las cosas importantes
no están libradas al azar implica brindarles seguridad,
darles la oportunidad de planificar su propio futuro en una
organización que está preparándose para
ser sólida en el largo plazo.
Que
el éxito de la empresa no dependa de una sola persona,
o de los integrantes de la actual generación, es uno
de los requisitos fundamentales para el éxito y la
continuidad.
Para
poder hacer el plan de sucesión es necesario, antes
que nada, identificar un tiempo en el cual es posible pensar
en la empresa a largo plazo, sin estar agobiado por las decisiones
del día a día. Por lo tanto, hay que destinar
una cantidad de horas al mes para que el proceso pueda llevarse
adelante de la mejor manera.
El
paso siguiente es hacer el esfuerzo de pensar la empresa en
cinco, diez años. Imaginarse a uno mismo con la edad
y las circunstancias personales que va a tener en cada uno
de esos momentos. Imaginar a cada una de las personas del
entorno.
Luego,
es conveniente hacerse algunas preguntas:
-
¿Qué cosas van a cambiar necesariamente en los
próximos diez años?
- ¿Qué cosas pueden llegar a cambiar, o quizás
se mantienen igual?
- ¿Qué cosas me interesaría especialmente
que cambien?
- ¿Qué cosas quisiera que no cambien?
- ¿Hay alguna persona importante en la empresa, cuyo
ciclo es inferior a diez años a contar desde hoy?
- ¿Cómo será reemplazada?
- ¿Hay algún proceso comercial o industrial
que, necesariamente, no va a estar vigente dentro de los próximos
diez años?
Si
escribimos las respuestas, ello nos va a servir como guía
para el pensamiento ulterior. En particular, si hemos detectado
algo que nos disgusta, para que nuestra memoria no nos traicione,
y el inconveniente o la debilidad que hemos observado, pueda
ser materia de reflexión.
En
algún momento del proceso es conveniente convocar a
un asesor externo, dado que la mirada de quien no comparte
el día a día de la organización es fundamental,
para poder objetivar el proceso, y tomar las mejores decisiones. |