¿Por
qué los cursos de capacitación generalmente
no provocan un cambio significativo en el accionar de la gente?
Teoría
y práctica son los dos elementos esenciales para que
se dé el aprendizaje. Es un proceso dialéctico
donde la síntesis provoca la adquisición de
un saber que nos permite interpretar y modificar la realidad
para obtener los resultados esperados.
Las
fuentes de aprendizaje son múltiples. En primer lugar
estaría la escuela, luego la universidad, pero no nos
tenemos que olvidad de “otras escuelas” que forman
a la persona, tales como la calle, la familia, los amigos,
la televisión, Internet, etc. Todas estas fuentes van
llenando nuestra base de datos de información que seleccionamos
en el momento de actuar.
Son
numerosos los investigadores que han intentado dar explicación
a cómo una persona “aprende”. Sin duda
el pionero y más destacado pensador de estos temas
es Jean Piaget, quien promueve el aprendizaje a través
de la construcción del conocimiento por parte del niño.
Ahora
bien, ¿en qué nos ayudan estas teorías
en el desarrollo de una empresa? Una persona aprende a lo
largo de toda su vida, necesita nueva información para
actuar en nuevos escenarios y en contextos diferentes cada
vez. Es innegable que todo lo aprendido va estructurando una
forma, un estilo de actuación.
Es
muy común ver a ejecutivos de alta y media gerencia
asistir a cursos de capacitación donde se exponen las
más brillantes teorías sobre conducción,
gerenciamiento, planificación, control, etc. Desafortunadamente,
al finalizar la capacitación el individuo vuelve a
su escritorio a trabajar con su gente, a lidiar con los mismos
problemas sin poder aplicar ninguno de los conceptos que escuchó,
ya que es muy normal que la situación del libro diste
mucho de nuestra realidad cotidiana, y ahí viene la
pregunta: ¿para qué me sirve la capacitación
si no mejora mi desempeño? ¿Cómo puede
esta persona transmitir a su grupo de trabajo lo que aprendió
si en realidad no puede aplicarlo a las situaciones reales?
Lo
mismo sucede con toda aquella bibliografía que encontramos
en numerosos libros sobre management, liderazgo, etc. Agrava
la situación el hecho de que, en su gran mayoría,
los autores son de origen norteamericano o europeo y sus ejemplos
provienen de grandes empresas de allá, donde la realidad
financiera, cultural, del mercado, etc., es muy distinta a
la nuestra.
Hasta
acá tenemos un panorama bastante desalentador. ¿Dónde
radica el problema de no poder “aprender” en el
sentido que mencionábamos antes? En que nos estamos
olvidando de uno de los dos elementos que constituyen este
proceso.
Sería
desacertado suponer que le damos un montón de fórmulas
y teorías a una persona, convencidos de que las va
a aplicar en su contexto. Para que una capacitación
sea tal y promueva cambios significativos en el actuar, debe
tener continuidad en la realidad misma. Podemos comenzar con
una capacitación tradicional, donde se expongan los
conceptos teóricos que fundamentan cada práctica.
Los mismos los apoyamos con ejemplos y hasta con ejercicios.
Suponemos
que la persona, nuestro “alumno”, entendió
lógicamente lo que explicamos. Si queremos que esto
verdaderamente funcione y no quede dentro de una bolsa cerrada,
debemos ayudarlo a aplicar estos nuevos conceptos, a interpretar
la realidad desde esta nueva visión de las cosas para
que su accionar corresponda a lo aprendido.
¿Cómo logramos ésto? A través
de un trabajo que podría imaginarse como un “andamio”,
donde sostenemos a la persona a medida que va experimentando
lo nuevo, dejamos que actúe con independencia pero
estamos allí para sostenerlo cuando tambalee, cuando
tenga dudas o cuando no sepa qué hacer.
Este
andamio está construido para ser desmontado progresivamente
a medida que el individuo se va afianzando en su práctica.
Una vez que ese andamio no tiene razón de ser, podemos
decir que verdaderamente el sujeto “ha aprendido”,
y todo conocimiento posterior será en base a esto nuevo,
porque los viejos conceptos y modos de acción desaparecieron
para dar lugar a lo nuevo.
De
esta forma, prevenimos algo que es muy común en las
empresas, que tiene que ver con refugiarse en viejos conceptos,
políticas y modos de acción frente a problemas
urgentes, porque es “lo conocido”, y donde nos
sentimos seguros. Esta conducta tiene que ver con el miedo
al cambio, pero si el cambio es progresivo y se basa en la
comprobación de que el nuevo accionar es mejor que
el anterior, el cambio devendrá naturalmente y no como
algo amenazante.
Lo
mejor de todo es que la “nueva forma” no queda
en la persona que lo aprende sino, en caso de contar con buenos
líderes, se extenderá al resto de su sector.
De esta forma constituimos empresas que aprenden, y aprender
significa crecer y avanzar. Si tenemos personal que “aprende”,
podemos dar por sentado que los cambios que nos impone el
medio no serán un obstáculo sino una nueva oportunidad
de éxito.
|