¿Cuántas
veces oyó hablar de delegar? ¿Cuántas
veces más hizo el esfuerzo de delegar sólo para
descubrirse recuperando el control sobre lo delegado?
En
esta ocasión me propongo exponer una interpretación
del fenómeno de la delegación. Antes de comenzar,
planteo la pregunta: ¿de qué hablo cuando hablo
de delegar? Nótese que estoy utilizando la capacidad
recursiva del lenguaje. Analicemos esa palabra en distintos
contextos.
Cuando
alguien representa a un conjunto de trabajadores se le llama
“delegado”. ¿Qué se delegó
sobre él?
Se
habla también de “delegación”, es
decir un grupo de personas que representa a una entidad frete
a otra. Nuevamente, ¿qué se delega sobre la
delegación?
En
todos estos contextos se reivindica el concepto de representación.
Un delegado es un representante, y una delegación es
un conjunto de representantes.
Muchos
hablan de delegar responsabilidades. Pero, ¿es posible
esto? Analicemos esta posibilidad: imaginemos que le encargamos
una tarea a un conducido. Esta persona, por múltiples
razones, no realiza dicha tarea correctamente. ¿Quién
debe responder por las falencias de dicho trabajo? ¿El
trabajador que la hizo o la persona que delegó la tarea?
¿Qué sucedería si este último
dijese algo como: “Mire, la responsabilidad no es mía,
yo la delegué en mi empleado”. ¿No es
verdad que suena infantil e irresponsable?
Como
podemos notar, la responsabilidad no es delegable porque es
inherente al cargo o rol ocupado. Entonces, ¿qué
estamos delegando? Volvamos a asociar “delegar”
con “representar”.
Cuando
un grupo de trabajadores elije un delegado, le está
otorgando a este la representación del grupo sobre
una determinada entidad. Este tiene el poder de tomar decisiones
por el grupo, delante del gremio u otras personas. A su vez,
a una delegación se le confiere el poder de hablar
en el nombre del país al que representa. Cuando hablamos
de poder no nos referimos a poder sobre otros, sino a la capacidad
para obrar en representación.
Por
ende, cuando delegamos, lo que hacemos es conferir poder a
otros. Poder para actuar, para obrar. Ahora bien, el hecho
de que no se delega la responsabilidad, ¿implica que
no es responsable de cómo realice el trabajo? Por supuesto
que no. Ya que la responsabilidad no se delega, pero sí
se asume. Cuando otorgo determinado poder a otros para actuar
en mi representación frente a un determinado trabajo,
estos a su vez asumen una determinada responsabilidad al aceptar
dicho poder.
Parte
del poder que tenemos como directivos o líderes lo
delegamos (repartimos) en ciertas personas que asumen determinadas
responsabilidades. Ahora bien, cuando se asumen responsabilidades
hay otro factor que estamos delegando: libertad. Cuando decimos
libertad, nos referimos a la capacidad de tomar decisiones
propias con responsabilidad. En definitiva, cuando hablamos
de delegar nos referimos al poder de tomar decisiones con
libertad que le conferimos a una determinada persona en representación
nuestra. Es esta libertad para actuar que otorgamos de forma
implícita con el poder, lo que hace de la delegación
un riesgo, ya que la libertad implica también libertad
para equivocarse y aprender de los errores.
Brindaré
algunos parámetros básicos a tener en cuenta
tomando en consideración lo ya planteado:
1)
Permitamos que la persona se exprese en relación
con cómo realizaría el trabajo, sin criticar
ni juzgar.
2)
Dejemos que se equivoque. Veamos el error como una posibilidad
de aprendizaje mutuo, quizás preguntándole:
¿Qué podrías haber hecho distinto?
¿Cómo lo harías la próxima vez?
¿En qué te basaste para tomar esa decisión?
¿Cómo podrías cambiar el curso de los
acontecimientos?
3)
Acordemos un momento de rendición de cuentas sobre
el trabajo. Por ejemplo: “¿Qué te parece
si el miércoles nos reunimos para analizar cómo
avanza la tarea y a qué dificultades te enfrentaste?”.
4)
Dejar bien claro cuál es el objetivo final, la meta
a lograr.
5)
Brindar reconocimiento efectivo, si se alcanza; en caso
contrario volver al punto 2.
Delegar
es otorgar poder, permitir que tomen decisiones, que asuman
responsabilidades, que utilicen su libertad de una forma productiva.
Al
delegar de esta manera, se propicia el estado de flujo, la
creatividad, los actos concientes, y se incentiva a la persona
motivándola a lograr objetivos que le incrementen su
autoestima. Cuando una persona tiene autoestima, siente confianza
en sí misma, confianza en que su trabajo será
valorado y reconocido, confianza que le permitirá creer
en sí mismo y en sus capacidades. Todo eso acrecentará
su confiabilidad, y al convertirse en una persona confiable
nos sentiremos tentados a otorgarle más poder, más
libertad, formando un círculo virtuoso ad infinitum.
|