LIDERAZGO
La inteligencia
emocional en la empresa
Por
Abel Cortese
‘La
inteligencia emocional es dos veces más importante
que las destrezas técnicas o el coeficiente intelectual
para determinar el desempeño de la alta gerencia’.
Daniel Goleman (Harvard Business Review)
En 1990 dos psicólogos norteamericanos, el Dr. Peter
Salovey y el Dr. John Mayer, acuñaron un término
cuya fama futura era difícil de imaginar. Ese término
es ‘inteligencia emocional’.
Hoy,
a casi diez años de esa ‘presentación
en sociedad’, pocas personas de los ambientes culturales,
académicos o empresariales ignoran el término
o su significado. Y esto se debe, fundamentalmente, al trabajo
de Daniel Goleman.
En
los años ochenta, un modelo precursor de la inteligencia
emocional (aún sin ese nombre tan explícito)
había sido propuesto por Reuven Bar-On, psicólogo
israelí. Y en años recientes, otros teóricos
han desarrollado variaciones de la misma teoría, por
ejemplo, el Dr. Hendrie Weisinger, con su interesante obra
‘La inteligencia emocional en el trabajo’.
Pero
fue Daniel Goleman, investigador y periodista del New York
Times, quien llevó el tema al centro de la atención
en todo el mundo, a través de sus obras ‘La inteligencia
emocional’ (1995) y ‘La inteligencia emocional
en la empresa’ (1999).
El
nuevo concepto, investigado a fondo en estas obras, irrumpe
con inusitado vigor y hace tambalear las categorías
establecidas a propósito de interpretar la conducta
humana (y por ende de las ciencias) que durante siglos se
han dedicado a desentrañarla: llámense psicología,
educación, sociología, antropología,
u otras.
¿Qué
es inteligencia emocional?
En
más de una ocasión nos habremos preguntado qué
es lo que determina que algunas personas, independientemente
de su cultura, estrato social o historia personal, reaccionen
frente a problemas o desafíos de manera inteligente,
creativa y conciliadora. Nunca antes se había considerado
incorporar en el análisis un concepto tanto o más
importante que el cociente intelectual, como lo es la inteligencia
emocional.
¿Por
qué algunas personas tienen más desarrollada
que otras una habilidad especial que les permite relacionarse
bien con los demás, aunque no sean las que más
se destacan por su inteligencia?
¿Por
qué unos son más capaces que otros para enfrentar
contratiempos, o superar obstáculos y ver las dificultades
de la vida de manera diferente?
El
nuevo concepto que da respuesta a éste y otros interrogantes
es la inteligencia emocional, una destreza que nos permite
conocer y manejar nuestros propios sentimientos, interpretar
o enfrentar los sentimientos de los demás, sentirnos
satisfechos y ser eficaces en la vida, a la vez que crear
hábitos mentales que favorezcan nuestra propia productividad.
Otras
habilidades que caracterizan a la inteligencia emocional son:
suficiente motivación y persistencia en los proyectos,
resistencia a las frustraciones, control de los impulsos,
regulación del humor, desarrollo de la empatía
y manejo del estrés.
Es
notable lo que se ha avanzado, en sólo diez años,
en cuanto a la investigación de la inteligencia emocional
en distintos ámbitos del quehacer humano: educación,
salud, familia y empresa. Pero antes de detenernos en la esfera
de esta última, conviene que, para comprender mejor
la importancia del tema, echemos un vistazo al extraordinario
mundo –biológico y psicológico–
de las emociones.
El
vasto y misterioso mundo de las emociones
La
emoción es definida como un ‘estado de ánimo
que se caracteriza por una conmoción orgánica,
producto de sentimientos, ideas o recuerdos, y que puede traducirse
en gestos, actitudes, risa, llanto, etc.”.
La
palabra emoción proviene del latín motere (moverse).
Es lo que hace que nos acerquemos o nos alejemos a una determinada
persona o circunstancia. Por lo tanto, la emoción es
una tendencia a actuar, y se activa con frecuencia por alguna
de nuestras impresiones grabadas en el cerebro, o por medio
de los pensamientos cognocitivos, lo que provoca un determinado
estado fisiológico en el cuerpo humano.
Charles
Darwin fue el primer científico en señalar que
las emociones se han desarrollado, en su origen, para preparar
a los animales para la acción, en especial en una situación
de emergencia.
Cada
emoción está vinculada a elementos fisiológicos
precisos: tanto la respiración como el tono muscular,
el pulso cardíaco, la presión arterial, la postura,
los movimientos y las expresiones faciales.
Las
pautas fisiológicas o musculares habituales comienzan
a determinar por sí mismas los estados anímicos.
Los
elementos de una emoción son, pues, tres:
1)
Una situación, que genera sentimientos, ideas o recuerdos.
2) El estado de ánimo consiguiente.
3) La conmoción orgánica expresada en gestos,
actitudes, risa, llanto...
Cuando
usted dice: ‘Fulano me sacó de quicio’,
supone que la emoción es el resultado directo de un
hecho externo: lo que alguien hizo. Usted toma conciencia
de la emoción, pero no de la interpretación
automática de lo sucedido. No es posible reaccionar
directamente a un hecho determinado, salvo en circunstancias
de peligro; con esta excepción, antes de reaccionar
ante un hecho tenemos que interpretarlo. Los sentimientos
no surgen hasta tanto la mente no haya captado lo que sucedió,
y decidido su significado. Esa tarea es realizada por la mente
empírica, y la lleva a cabo tan automáticamente
que no nos percatamos de que la mente está funcionando.
Todo lo que sabemos es que reaccionamos emotivamente a algo
que sucedió.
Los
terapeutas cognoscitivos, como Aaron Beck, Albert Ellis y
Donald Meichenbaum, insisten, por eso, que en muchas circunstancias
son los pensamientos los que determinan los sentimientos.
Pero
también es cierto que las respuestas emocionales, en
su mayoría, se generan inconscientemente. Freud tenía
razón cuando describió la conciencia como la
punta del iceberg mental.
Los
sucesos sin carga emocional, como los pensamientos, no desplazan
tan fácilmente a las emociones (por lo general, no
basta con desear que la ansiedad y la depresión desaparezcan
para que así suceda).
La
fuerza de las emociones
Cuando
las personas buscamos situaciones como ir al cine, a los parques
de atracciones, comer bien, beber o consumir drogas, lo que
estamos haciendo es buscar recursos que pongan en marcha estados
emocionales determinados.
Tenemos
poco control sobre nuestras reacciones emocionales. Cualquiera
que haya tratado de fingir una emoción, o que haya
percibido esto en otros, sabe que es una tarea inútil.
La mente tiene poco control sobre las emociones, y las emociones
pueden avasallar la conciencia.
Finalmente,
cuando las emociones aparecen, se convierten en importantes
motivadores de conductas futuras, y no sólo influyen
en las reacciones inmediatas, sino también en las proyecciones
futuras. Pero asimismo pueden ocasionar problemas. Cuando
el miedo se torna ansiedad, cuando el deseo conduce a la ambición,
cuando la molestia se convierte en enojo, el enojo en odio,
la amistad en envidia, el amor en obsesión, el placer
en vicio, nuestras emociones revierten en contra nuestra.
La salud mental es producto de la higiene emocional, y los
problemas mentales reflejan en gran medida trastornos emocionales.
Obviamente, entonces, las emociones pueden tener consecuencias
útiles o patológicas.
El
valor de las emociones
Nuestras
emociones pueden proporcionarnos información valiosa
sobre nosotros mismos, sobre otras personas y sobre determinadas
situaciones.
El
haber descargado nuestro mal humor sobre un compañero
de trabajo puede indicarnos que nos sentimos abrumados por
un exceso de trabajo. Sentir ansiedad ante una próxima
exposición puede ser una señal de que necesitamos
preparar mejor nuestros datos y cifras. La frustración
ante un cliente podría indicar que nos convendría
encontrar otras formas de transmitir el mensaje.
Si
escuchamos la información que nos proporcionan las
emociones, podremos modificar nuestras conductas y pensamientos
con el fin de transformar las situaciones. En el caso del
arranque de cólera, por ejemplo, podríamos ver
la importancia de tomar medidas para reducir nuestra carga
de trabajo o para regular el proceso del mismo.
Como
se aprecia, las emociones desempeñan un papel importante
en el ámbito laboral. De la ira al entusiasmo, de la
frustración a la satisfacción, cada día
nos enfrentamos a emociones –propias y ajenas–
en el trabajo. La clave está en utilizar las emociones
de forma inteligente, que es precisamente lo que queremos
decir con inteligencia emocional: hacer, deliberadamente,
que nuestras emociones trabajen en beneficio propio, de modo
que nos ayuden a controlar nuestra conducta y nuestros pensamientos
para obtener mejores resultados.
Las
emociones definen quiénes somos, tanto desde el punto
de vista de nuestra propia mente como desde el punto de vista
de otros. ¿Puede haber algo más importante que
entender lo que nos pone felices o enojados, nos entristece,
nos da miedo o nos deleita?
¿Por
qué muchas veces nos resulta imposible entender nuestras
emociones?
¿Tenemos
control sobre ellas, o son ellas las que nos controlan a nosotros?
¿Podemos tener reacciones emocionales inconscientes
y recuerdos emocionales inconscientes? ¿Se pueden borrar
los recuerdos emocionales, o son permanentes?
Todas
estas son preguntas que ha intentado contestar esta enorme
corriente surgida hace unos pocos años, y que hoy conocemos
como ‘inteligencia emocional’.
La
naturaleza de la inteligencia emocional
El
término inteligencia emocional es la capacidad humana
de sentir, entender, controlar y modificar estados emocionales
en uno mismo y en los demás. Describe aptitudes complementarias,
pero distintas, de la inteligencia académica, las habilidades
puramente cognitivas medidas por el cociente intelectual.
Muchas personas de gran preparación intelectual, pero
faltas de inteligencia emocional, terminan trabajando a las
órdenes de personas que tienen un cociente intelectual
menor, pero mayor inteligencia emocional.
Inteligencia
emocional no es ahogar las emociones, sino dirigirlas y equilibrarlas.
Ejercer un autodominio emocional no significa negar o reprimir
los verdaderos sentimientos. Los estados de ánimo ‘malos’,
por ejemplo, tienen su utilidad: el enojo, la tristeza y el
miedo pueden ser una intensa fuente de motivación,
sobre todo cuando surge del afán de corregir una situación
de adversidad, una injusticia o inequidad. La tristeza compartida
puede unir a la gente. Y la urgencia nacida de la ansiedad
(mientras no sea sobrecogedora) puede acicatear el espíritu
creativo.
El
cociente intelectual determina lo que sabe un ejecutivo, pero
la inteligencia emocional determina lo que hará. El
cociente intelectual es lo que permite entrar en una organización,
pero la inteligencia emocional es lo que permite crecer en
esa organización y convertirse en líder.
Cada
rol implica un patrón de inteligencia emocional diferente.
Por ejemplo, una persona no puede ser un vendedor eficaz si
carece de firmeza y de una tendencia a la sociabilidad. Pero
otra persona que carezca de la tendencia a concentrarse en
los detalles y a la constancia en la tarea no brillará
como químico.
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