Una
de las herencias del pensamiento administrativo antiguo
y, aunque verdaderamente obsoleta, aún es generalmente
aceptada y prácticamente está grabada en los
genes de cada ser humano es la ferviente creencia no sólo
de querer ser “jefe”, sino de distinguir la
diferencia entre quien realmente lo es y quien simplemente
lo parece o lo desea ser.
La
idea de la jefatura se asocia erradamente a la acción
de liderar. Incluso en algunos ambientes académicos
y organizacionales se le coloca como un eslabón que
precede a la actividad gerencial y se sostiene que se logra
una vez que se ha aprendido a supervisar eficazmente.
En
ese esquema tradicional del pensamiento administrativo,
ser jefe tiene características particulares que lo
definen de manera inequívoca. Si las mismas no están
presentes, la pérdida de la imagen como jefe es inmediata,
y con ella el respeto y el compromiso que se asocian a la
posición. Son tantas las referencias que se pueden
encontrar en libros, revistas, artículos y páginas
web, que resultaría redundante nombrarlas aquí.
Sin embargo, valdría la pena señalar que se
presume que la actitud y el profesionalismo deben estar
íntimamente asociados para que un jefe realmente
lo sea.
Para
otros, ser jefe es sinónimo de ventajas y beneficios:
puestos de estacionamientos, bonos, mayor salario, oficinas
de mayor espacio, y otros tantos artilugios, también
heredados para producir un efecto psicológico que
le haga entender a quien ostenta ese nivel de responsabilidad
que ha dejado de ser parte del montón y por lo tanto
merece un nuevo estatus en la compañía y,
para quienes no lo son, es un mensaje silente que establece
la frontera entre un cargo básico y otro de mayor
nivel.
Simplemente
absurdo y anacrónico.
En
primer lugar, tales expresiones administrativas, esas que
pretenden motivar a sus empleados a luchar por lograr los
beneficios de un cargo de jefatura a través de tales
diferenciaciones, lo que realmente logran generar, en la
mayoría de los casos, son sentimientos de frustración,
desinterés e indiferencia o, en el peor de los casos,
un resentimiento tal que impulsa, a quienes se atreven,
a realizar cualquier cosa posible, buena o no, por obtener
tales ventajas sin importar el costo que ello signifique.
Las
personas quieren ser jefes porque ello se traduce en mayores
ingresos, poder de decisión y reconocimiento social.
Por ejemplo, no es lo mismo ser un Analista de Finanzas
que ser el Jefe de Finanzas, aunque en la práctica
la diferencia salarial no sea tan evidente.
Las
personas quieren ser jefes porque las empresas aún
se estructuran piramidalmente (digan lo que digan) y saben
que sólo así están más cerca
del poder, y lo que ello significa.
Pero
resulta que ese pensamiento, por demás obsoleto,
es justamente lo que ha mantenido a las empresas estancadas
en un círculo constante de motivación y desmotivación,
satisfacción e insatisfacción, que reduce
los esfuerzos por generar un equilibrio en un verdadero
gasto y no en una inversión.
La
tendencia es clara: no se necesita que usted sea o parezca
ser jefe, gerente o director… simplemente no se requiere
tal cosa. Lo que realmente importa es el valor que le imprima
a la empresa desde su nivel de conocimiento, que posee en
beneficio tanto de ella como de usted mismo.
Solo
las personas sin sueños y sin expectativas requieren
a alguien que las dirija. El resto sabe que solo a través
de la sinergia puede lograr lo que se ha propuesto, agregando
valor a su vida y al colectivo.
Los
responsables de las empresas del siglo 21 no deberían
preocuparse por generar en sus colaboradores la diferencia
que existe entre ser un verdadero jefe o parecer uno. De
hecho, no deberían siquiera reforzar la idea de la
jefatura, y solo deberían usarla como ejemplo de
una práctica antigua que sirvió en los tiempos
en que la gente no era más que un recurso para la
empresa, y no la empresa misma, como se entiende ahora.
Por
lo tanto, despreocúpese, usted no tiene que ser ni
parecer jefe, eso no es lo importante; en lo que debe enfocarse
es en el desarrollo de las competencias, tanto propias como
de sus colaboradores, que le permitirán conectarse
con la gente que posee expectativas similares a la suya
y, al hacerlo, procurar el ejercicio de un liderazgo circunstancial,
donde el éxito colectivo y personal será una
consecuencia inevitable.