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cómo dejar de ser el líder, convertirse en "jefe odiado"
y terminar haciendo solo, todo el trabajo del grupo.
O cómo destrozar al equipo, al tiempo que la imagen profesional y de líder,
así como la trayectoria laboral, son destruidas por uno mismo.
O cómo perder credibilidad y confianza en el trabajo y ser relegado de
todos los proyectos importantes.
Quizá
suenen fuertes, agresivas y hasta excesivas las opciones enunciadas
para explicar los efectos de un suceso organizacional común
entre individuos reactivos o indispuestos al cambio: la
delegación inversa. En la realidad corporativa, el hecho
es devastador, y no se trata de una exageración. La delegación
inversa no surge de la noche a la mañana: es un proceso degenerativo
que deteriora la calidad, la eficiencia, la productividad,
el desempeño, los resultados y otros aspectos importantes
para el éxito del trabajo en equipo y los logros organizacionales;
es una "enfermedad del liderazgo" —propiciada por
el mismo líder— y, como fenómeno evolutivo que es, puede detectarse
y corregirse.
Antes de su existencia
Pensemos
en cualquier líder efectivo que domina la situación, es aceptado
y respetado por su equipo, ha desarrollado muchas habilidades
para la dirección de personas (conoce la realidad de su entorno,
entiende a su grupo de trabajo, sabe cuáles son los valores,
necesidades, expectativas, metas e ideales de su grupo; tiene
bien determinados los niveles de motivación, conocimientos
y experiencia de cada uno de los miembros de su equipo, así
como la responsabilidad de éstos ante los resultados del trabajo),
cuenta con experiencia profesional y muestra verdadero interés
por el desarrollo de cada miembro.
Como
es de suponerse, la vida laboral transcurre en armonía. El
líder conoce bien cuándo, cómo y a quién delegar la responsabilidad.
Su planteamiento fundamental se basa en “tenemos
que hacer esto” y de inmediato surgen sugerencias, opiniones y voluntarios.
Así, los resultados del trabajo y las relaciones entre todos
los miembros, son altamente satisfactorios.
1. La
incubación
Confiar
en que nada puede interferir para deteriorar la situación
descrita, es el error que desata el proceso, porque los grupos
evolucionan: sus necesidades cambian conforme avanzan en integración
y en crecimiento profesional; se redefinen sus metas, expectativas
e ideales.
El
mal empieza a gestarse cuando el líder se estanca y es incapaz
de reconocer e identificar la situación del grupo. Se encuentra
demasiado confiado para ser buen autocrítico y se dirige al
grupo: “hay que hacer esto”. Ya no se involucra como antes. Probablemente
ha perdido su auténtico interés por el desarrollo del equipo
o de sus integrantes; se siente inseguro ante el crecimiento
de alguno de ellos, o se ha confiado demasiado en el estado
del grupo y ha olvidado que se trata de una célula dinámica.
Si no actúa en estos momentos para corregir las fallas, en
poco tiempo perderá el liderazgo, porque el equipo ha comenzado
a resentir tal postura.
2. La
manifestación abierta
La
pérdida de control se demuestra en exigir: “tienes que hacer esto, hazlo”. Ahora el grupo lo percibe como
el “jefe odiado”
que se limita a ordenar y, al parecer, la única opción es
hacerlo.
Los
colaboradores identifican la situación y continúan trabajando
en conjunto sin su anterior líder, con resultados muy favorables,
aunque llega un momento en que la situación se vuelve insostenible.
La respuesta a los requerimientos del grupo –ante la imposibilidad
de un nuevo líder por cuestiones de estructura–, es el proceso
de delegación inversa:
Cualquier
orden proveniente del “jefe
odiado” es sujeta a un análisis en el que intervienen
distintos factores:
–
Credibilidad: ¿En realidad hay que hacerlo?
–
Responsabilidad: ¿Es mi obligación? ¿Es parte de mi trabajo?
–
Cargas de trabajo: ¿Cuánto trabajo tengo? ¿Cuánto tiempo me
llevará hacerlo?
–
Disponibilidad: ¿Tengo tiempo de hacerlo? ¿Puedo hacerlo?
¿Quiero hacerlo?
–
Entusiasmo: ¡Puagj! Ya empieza otra vez a dar lata. Yo no
soy su esclavo.
Este
análisis conduce, necesariamente, a resolver la cuestión:
¿lo hago? De las
dos respuestas posibles, la afirmativa regularmente no existe;
por lo tanto, cada colaborador pensará cómo y cuándo decirle
al “jefe odiado”
que no hará tal o cual cosa, así como convencerlo de que es
su responsabilidad.
El
antiguo líder terminará, sin darse cuenta, realizando la labor
él mismo. Los colaboradores comenzarán a autodirigirse y a
eliminar al “jefe odiado”
en proyectos de trabajo importantes. El equipo se disgregará.
3. La
fase terminal
Como
es de suponerse, el ambiente de tensión que se vive ahora,
pone barreras a la comunicación y al entendimiento, así que,
en la mayoría de los casos, hablar rara vez da resultados
positivos. Es entonces cuando el antiguo líder, movido por
la desesperación, comienza a actuar de manera errónea: trata
de presionar, de imponer su autoridad; quebranta las normas
establecidas y adoptadas por el grupo; la inseguridad en sí
mismo aumenta, con frecuencia está de mal humor, cree que
los colaboradores le dan la espalda y los ataca constantemente;
se concentra poco en su trabajo, desperdicia el tiempo y mezcla
asuntos personales con laborales.
La
frase que lo identifica ahora es: “se
tiene que hacer esto ¿Quién lo hace?” Las respuestas
de apatía, por supuesto, son: "¡Guácala! Yo paso. Quien
llegue primero. Quien tenga tiempo. A mí no me corresponde.
Es tu responsabilidad. Yo tengo este otro proyecto..."
Las
estrategias de los colaboradores para confrontar al antiguo
líder, son cada día más abiertas y directas, encaminadas a
desenmascararlo y a defenderse a toda costa de él, quien con
sus actitudes cambiantes y sus esfuerzos discontinuos y poco
acertados para recuperar su liderazgo, provoca la desintegración
del equipo. Cada integrante buscará alternativas y se irá
a otros lugares, donde encuentre mejores opciones para progresar
y desarrollar su potencial en un ambiente sano y agradable.
4. Cavando
la propia tumba
Después
de la catástrofe —por llamarla de algún modo— llega la hora
de las lamentaciones, en lugar de analizar cuáles fueron los
factores que intervinieron para provocarla. El antiguo líder
pierde credibilidad, oportunidades de ascensos, de superación
y de desarrollo; le encomiendan los trabajos que nadie quiere
y los menos importantes; tiene una mala imagen ante su jefe
y los demás; constantemente se halla en observación; cualquier
error, por pequeño que sea, se ve amplificado e incluso, los
éxitos anteriores son atribuidos a los elementos del desaparecido
equipo.
La cura
Parecería
imposible revertir el proceso de delegación inversa una vez
iniciado, o más aún, revivir al antiguo líder. No lo es. En
todas las etapas descritas, son de suma utilidad las herramientas
de evaluación objetiva
(se vale acudir a despachos profesionales que evalúan competencias).
Tales evaluaciones permiten –sin la interpretación subjetiva
del hombre, que puede desvirtuar los resultados–, comprender
integralmente a los individuos: sus capacidades, habilidades,
actitudes, preferencias y motivaciones. Las medidas a tomar
dependen de la fase en que se encuentre este mal del liderazgo:
1.
Los grupos, como células
dinámicas de la empresa, se hallan en constante movimiento
y evolución. Para evitar la incubación del proceso de delegación
inversa, el líder debe conservar en la mira las necesidades,
metas, expectativas e ideales de su equipo. Si los pierde
de vista, debe identificar, analizar y evaluar la nueva situación,
redescubrir el entorno global del grupo y actuar sólo después
del reconocimiento exhaustivo del problema desde su raíz,
de acuerdo a las necesidades de su grupo y a sus propias circunstancias.
Primeramente,
el líder deberá analizarse y ser consciente de su situación
individual: estancamiento, pérdida de interés en el grupo,
excesiva confianza en la situación, inseguridad ante el crecimiento
de algún integrante, etc.
Después,
deberá conocer los resultados de las evaluaciones de todos,
incluyendo la suya. Así, de un modo personalizado y con elementos
de gran valor, podrá reorientarse el trabajo y la actitud
de los integrantes del grupo o, si el perfil así lo sugiere,
reubicarlos en sitios donde se propicie el incremento de su
productividad y desarrollo en un ambiente más adecuado.
2.
En la etapa donde el
mal se manifiesta y se pierde el control, todavía es posible
revertir los efectos de la delegación inversa en el grupo.
Si aún no se ha realizado una evaluación objetiva, deberá
hacerse. En la mayoría de los casos, las indicaciones para
el punto anterior también son válidas y muy útiles para éste
–y para todas las etapas de este proceso–. Si a pesar de ellas
el proceso continúa avanzando, será necesario tomar medidas
más drásticas que estimulen la motivación y favorezcan nuevamente
el trabajo en el grupo, como: ayudar al líder a identificar
nuevamente y aceptar la situación del equipo; sesiones de
grupo para confrontar y resolver diferencias, con un moderador
neutro; cursos específicamente dirigidos a las necesidades
del equipo; cambio del elemento más problemático del grupo;
asignación de mayores responsabilidades que estimulen el desarrollo
de todos, y un sinfín de soluciones más que dependen de la
situación particular del grupo, de la creatividad de la persona
encomendada para resolver el inconveniente, así como del interés
y disponibilidad que el mismo equipo ponga en ello.
3.
En la fase terminal,
dijimos que hablar rara vez da resultados positivos; es necesaria
la intervención de un profesional especialista en resolución
de conflictos al interior de los equipos de trabajo, la cual
será de gran ayuda. Sin embargo, llega a haber casos en los
que se ha perdido la disponibilidad de los integrantes para
continuar colaborando juntos, entonces, es recomendable inyectar
sangre nueva al grupo, bien sea cambiando al líder o a la
mayoría de los colaboradores, según sus niveles de desarrollo,
expectativas, habilidades y competencias.
4.
A estas alturas, el
equipo ya no existe y el antiguo líder se encuentra relegado
o “congelado”. Con su actitud y disponibilidad para analizarse,
redescubrirse y superar su situación, debe demostrar que merece
una nueva oportunidad. Generalmente, se espera sean benévolos
con él, porque si se ha llegado a este límite, es debido a
la falta de acciones curativas en las etapas anteriores.
Después
de que –solo o con ayuda de su empresa– ha logrado redefinirse,
recuperar su disponibilidad e interés, en algunos casos vuelve
al liderazgo de un equipo; en otros, lo integran a un equipo
que represente mayores retos; en algunos más, lo aíslan en
proyectos especiales y específicos, mientras reencuentra su
rumbo y también, en casos extremos, puede presentarse la rescisión
de contrato o la renuncia.
La prevención
Ningún
líder es inmune a perder de vista la realidad del equipo.
Sin embargo, puede serle de gran utilidad:
–
Analizar periódicamente su situación particular, así
como el desarrollo de cada integrante del grupo; responderse
sinceramente si tal desarrollo puede representarle –en su
percepción– un peligro profesional; identificar cuáles son
sus expresiones y formas para dar a conocer el trabajo y lograr
se realice, entre otros aspectos a vigilar constantemente.
–
Practicar con determinada frecuencia
evaluaciones objetivas, ya que proporcionan herramientas de
suma utilidad para detectar y corregir a tiempo cualquier
falla al interior de los equipos de trabajo, además de potenciar
la productividad de sus integrantes.
–
Diseñar e implantar un programa
de capacitación permanente y personalizado que propicie y
encauce el desarrollo del grupo.
–
Llevar a cabo soluciones creativas para estimular y
reconocer el desarrollo de los elementos del equipo.
¿Qué
más se le ocurre para mantener siempre actualizada su visión
respecto a su grupo de trabajo? De ella depende que continúe
siendo el líder. |