| |
Quienes
me conocen saben que soy un defensor de las evaluaciones de
desempeño, NO por su conexión con un mayor o
menor bonus, NO porque crea que a la gente le gusta dar o
recibir feedback dentro de este procedimiento, y
NO porque sepa de estudios que concluyen que este proceso
no produce, normalmente, transformaciones en comportamientos
que impactan directamente en resultados. Más bien porque
SI creo que son un ejercicio de liderazgo, una oportunidad
de esas en las que se pone a prueba la competencia gerencial
relacionada con hacer una pausa, tomar distancia, prepararse,
repensar comportamientos y resultados de un período
–en cuanto a la persona a ser evaluada– e imaginarse
algunas preguntas que podrían ayudar a que el diálogo
fluya en forma abierta y creativa (y anticipándose
con posible opciones, por qué no); en definitiva, una
gran chance para modelar, permitir, alentar, inspirar y desafiar,
como expresaron Jim Kouzes y Barry Posner*.
Pero
en este ejercicio aún hay muchos que están fuera
de forma, por decirlo de manera elegante. Los he visto desconectados
mentalmente del momento, presentando fundamentos sin lógica,
aprovechando el momento para hablar de otra cosa, seteando
blackberries, teniendo el ‘resultado’ ya definido
–sin margen para la discusión– y restándole
a este proceso la importancia que tiene. Todo esto en el mejor
de los casos. En el peor, posponiendo o cancelando esta inmejorable
rutina conversacional hasta que se convierta en hábito
el no hacerla.
¿Y
qué tiene que ver el liderazgo resonante con esto?
Hace
algunos años Richard Boyatzis (junto con Daniel Goleman
y Annie Mc Kee) publicó un libro titulado Liderazgo
resonante, donde utiliza el término “resonancia”
como aquello que permite potenciar los sentimientos positivos
de sus equipos; así, un líder resonante sería
aquel que “se mueve y los demás se mueven sin
tener que hablar de ello”. Como manifiestan los autores,
los líderes emocionales se convierten en “atraedores
límbicos (o emocionales)” que ejercen una gran
influencia sobre el cerebro emocional de las personas a quienes
lideran.
Pero
no entienda la definición, siéntala. Le pido
que me conteste sinceramente la siguiente pregunta (cuento
con sus años de experiencia gerencial -y con gente
a cargo): si le preguntara a los miembros de su equipo con
qué jefe les gustaría trabajar (o sea con quién),
¿lo eligirían a usted?
...
Y
si ya hace un par de años que trabaja en una organización
–y aún mantiene la llama encendida– pero
lo desvela el interrogante de hasta qué punto vale
la pena seguir comprometiéndose– dígame
honestamente: ¿qué comportamientos lo inspiran
de su(s) jefe(s) y qué emociones siente cuando está
con esa(s) persona(s)?
En
sus respuestas lo ha definido. Eso es, o no es, resonancia.
¿Está claro?
¿Y
por qué decía yo que este proceso de evaluación
de desempeño suele no producir cambios que impactan
en la manera de hacer las cosas? Porque sabemos que los cambios
significativos e importantes no ocurren por casualidad, sino
que suceden cuando la gente toma conciencia de la necesidad
de un cambio y, por ende, se compromete a propiciar una transformación
personal. Esto supone un cambio de hábitos y percepciones.
Usted será un líder más o menos resonante
en la medida en que sea capaz de propiciar ese “clic”.
Y lo mejor de la resonancia es que es contagiosa.
Supongamos
por un momento que lo fuera, ¿se le ocurrió
comenzar a generar ese cambio durante la próxima evaluación
de desempeño (o conversación con su gente)?
Buena
la intención, pero tenga cuidado. Porque resonancia
es lo contrario de disonancia. Y la disonancia cognitiva también
está presente durante las evaluaciones de desempeño.
Y allí está la desconexión.
¿Y
eso? De acuerdo con lo que expresan las ciencias de la mente,
los seres humanos no registramos nuestras experiencias, sino
que las creamos. Cada uno de nosotros tiene su propia versión
de los eventos que (nos) suceden. Su jefe tenderá a
ver la cosas de una manera y usted de otra, en especial cuando
se trata de fallas en performance y de maneras de mejorarlas.
De hecho, hasta usted mismo podría percibir, en simultáneo,
incompatibilidad entre dos cogniciones que siente. Se la hago
simple: durante nuestros años de vida vamos construyendo
una autoimagen (y por supuesto, cuanto más positiva
es, mayor bienestar nos produce). Cualquier comentario (o
feedback, en el caso de las evaluaciones de desempeño)
que entre en conflicto con ella creará una situación
de disconfort que los psicólogos llaman disonancia
cognitiva. Y, como humanos que somos, tenderemos a querer
reducir la disonancia al mínimo, tomando el camino
de la menor resistencia interna. ¿Cuál es ese
camino? En vez de aceptar el feedback tal como viene,
lo transformamos, racionalizándolo o minimizándolo.
Allí solemos culpar de nuestra baja performance a ese
sinfín de variables fuera de nuestro círculo
de influencia (a los clientes, a los precios, a Marketing,
a RR.HH., a mi colega que se tomó licencia, a headquarters...,
o dígamelo usted). No somos nosotros el problema, sino
nuestros jefes, que en ese momento “nos están
queriendo decir cómo debería haber hecho las
cosas, sin saber bien lo que pasaba”. Veamos dos ejemplos:
Ejemplo
1:
a.
Su jefe dice: “Quiero darte feedback sobre
tu último proyecto y lo que pasó durante el
año 2010. Te espero el martes a las 9:00 en la oficina”.
b.
Usted piensa: “Espero poder decirle todo lo que me
hubiera gustado que hiciera por mí y el proyecto,
si hubiera sido un buen coach”.
Ejemplo 2:
a.
Usted dice: “Miguel, cumpliste tus objetivos en un
70%.
b.
Miguel piensa: “Sabías que era imposible alcanzar
lo que pretendías y aun así decidiste dejar
ese objetivo. ¿Quién te entiende?”
Y
así sucesivamente. Hay una distorsión en la
comunicación que suele impedir sus mejores intentos
de liderazgo. La mala noticia es que la disonancia también
es contagiosa, por lo que solemos caer en la trampa, dejamos
de escuchar y manifestamos nuestras “verdades”
sin filtros, convirtiendo en tóxicas conversaciones
que deberían ser generativas.
¿Qué
hacer entonces?
Ya
que la resonancia y la disonancia son contagiosas, debería
hacer cada vez más de la primera e ir reduciendo la
frecuencia de la segunda. Mi trabajo es ayudarlo a que lo
haga. Aquí van entonces cuatro sugerencias que le harán
más fácil esa tarea:
1.
ESTÉ PRESENTE: no se distraiga, no pierda
la oportunidad de acercarse a su gente, no transforme una
reunión potencialmente memorable (¿acaso usted
no recuerda la mayoría de sus evaluaciones de desempeño?)
en algo digno de olvidar. Canalice las ansiedades y expectativas
que lleva su equipo a esa reunión en energía
creativa. ¿Cómo? Escúchelos, déjelos
opinar, indague sus ideas, reconozca, agradezca, tómese
un tiempo para comprender, adopte y adapte sus mejoras iniciativas.
Pero sobre todo, esté ahí, en el momento, con
su cuerpo (actitud), mente (apertura), corazón (relación)
y espíritu (propósito).
2. RECONOZCA LA EMOCIONALIDAD: ¿están
entusiasmados por un proyecto? ¿Expectantes de un resultado?
¿Ansiosos por un lanzamiento? ¿Nerviosos por
una decisión cercana? ¿Enojados por un sensación
de inequidad? ¿Desorientados por decisiones aparentemente
contradictorias? ¿Perdidos, en busca de una clarificación
sobre sus tareas? ¿Tristes por la partida de un colega?
Todas ellas?
Cuando
se detenga para reconocer las emociones, hágalo como
lo estoy haciendo yo ahora con usted, no apelando a su inteligencia
para “entender lo que lee” (allí sólo
haría trabajar la región neocortesal de su cerebro),
sino apelando e interviniendo en su sistema límbico,
que es donde se almacena toda información con carga
emocional. Actúe como regulador de tensión:
no los deje irse por sobre el límite superior (sobreexcitación)
ni los deje pasar los umbrales mínimos (apatía).
3.
NO SE SUME (NI PROMUEVA) LA DISONANCIA: sí,
como ya dijimos, la disonancia es un fenómeno que naturalmente
surgirá, lo importante es que usted esté emocionalmente
estable, lo suficiente como para no potenciarla. En su lugar,
haga preguntas para asegurarse de que la “columna izquierda”
(lo que la gente no dice y guarda, por motivos personales)
no esté cargada de dobles mensajes, percepciones erróneas
o malos entendidos. Haga preguntas que le permitan aclarar
y expresar a su gente por qué piensan lo que piensan,
cómo ven su propia realidad, qué relatos se
cuentan de ella. Si lo hace, usted se llevará un mapa
de criterio de los miembros de su equipo, fundamental para
entender, en el futuro cercano, su proceso de toma de decisiones.
Podría preguntar, por ejemplo, ¿cómo
llegas a esa conclusión?, ¿cómo saldrías
tú de esta situación?, ¿cómo sueles
evaluar la conveniencia de un curso de acción u otro?
4.
Y OFREZCA UNA PERSPECTIVA Y UN PLAN: la gente, al
momento de querer resolver un problema o tomar una decisión
(sobre sus objetivos del año próximo, en nuestro
caso) la mayoría de las veces transita en círculos
dentro de su propio modelo mental, por lo que no encuentra
opciones para “oxigenar” su mapa de alternativas.
En otros casos habla con gente que sintoniza 100% con ese
mapa, con lo cual refuerza sus creencias, carencias o posibilidades,
sin que esto aporte mucho al problema. Su trabajo allí
es ofrecer perspectiva, que es lo que mucha gente necesita:
perspectiva. Alguien que ya ha explorado nuevas tierras, se
ha arriesgado y ha encontrado nuevos senderos, es alguien
que tiene alto valor, para usted o para mí. Es alguien
digno de escuchar. Eso es lo que es usted para su interlocutor,
sea jefe o empleado. Si usted ya es manager, comparta esa
experiencia, pero sin dar consejos. Allí radica el
valor de la perspectiva. La gente talentosa huele el talento,
y lo saborea. Y luego asegúrese de decir, con confianza
y solidez, qué es lo que deberá hacerse en los
próximos meses o años, cuál es su plan,
qué es lo que espera de ellos (ubique la responsabilidad
donde realmente va: en el empleado) y en qué medida
pueden contar con usted. También pídales sugerencias
de cómo lo harían. Pero por sobre todo dígales
por qué estarán persiguiendo tal o cual objetivo.
Hará que esa evaluación de desempeño
sea memorable. En el buen sentido.
En
resumen, “resonar” en sus equipos tendrá
que ver con re-crear el significado de algo en alguna otra
cosa distinta, para luego compartirlo con su equipo. Y las
evaluaciones de desempeño son un gran momento para
hacerlo. ¡Aproveche esa oportunidad para seguir desarrollando
y reteniendo a sus talentos!
¿Has
sentido experiencias de liderazgo resonantes durante una evaluación
de desempeño, como líder o subordinado? ¿Momentos
de disonancia cognitiva? Compártelos con nosotros en
nuestro grupo en LinkedIn, desde el botón un poco más
abajo.
*
Jim Kouzes & Barry Posner / El Desafío del
Liderazgo.
|
|