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Ahora
que tanto se habla, mal y bien, de los CEOs o, si se prefiere,
de los grandes líderes del mundo empresarial, me ha
parecido oportuno recordar a John D. Rockefeller, el creador
del imperio del petróleo en la América de los
monopolios, a finales del XIX. Era también aquélla,
como la de finales del XX, una bulliciosa época de
grandes cambios y oportunidades para los negocios. Aunque
Rockefeller no pudo formarse en ninguna business school, ni
quizá leer mucho sobre liderazgo, gestión del
cambio, planificación estratégica o management
científico..., parece que su gestión fue altamente
eficaz. Tratemos de encontrar algunas claves.
Saltemos
entonces a las últimas décadas del XIX. O un
poco más: vayamos, por ejemplo, al 26 de septiembre
de 1855, cuando, si no tomé mal el dato, el joven John
encontró empleo en Hewitt & Tuttle. O un poco menos:
a cuando, poco después, había formado su propia
sociedad, Clark & Rockefeller, desde la que saltó
al negocio del petróleo. El legendario emprendedor,
tras hacerse con unas cuantas refinerías y nuevos socios,
fundó Standard Oil en 1870, cuando tenía 31
años. Supo aprovechar las ventajas de la emergente
economía de escala, y emprendió luego una integración
vertical en el sector. El crecimiento fue espectacular, y
en su gestación debió sortear obstáculos
al estilo decidido de la plutocracia de la época, tal
como funcionaba en el nordeste de los Estados Unidos. Son
los años de los grandes monopolios (trusts), en que,
si el petróleo contaba con nuestro singular rey, el
acero contaba con Carnegie y la banca con Morgan, por no hablar
de otros sectores.
En
1885, Rockefeller I levantó en Manhattan su palacio:
lo que se viene a considerar el primer corporate headquarters.
Con ello quizá se inauguraba formalmente la dirección
a distancia, aprovechando que el avance técnico ya
ofrecía soluciones de transporte (ferrocarril) y telecomunicación
(a la telegrafía se iría sumando pronto la telefonía:
recuérdese que en 1891 Nueva York hablaba ya con Chicago,
y que en ese momento había cientos de miles de abonados
en Estados Unidos, quizá el doble que en Europa). Desde
entonces, no habría imperio que no dispusiera de su
gran edificio emblemático, parece que cuanto más
alto mejor.
El
imperio Rockefeller supuso una referencia aleccionadora para
su tiempo y para el management del siglo XX. Sin embargo,
nuestro businessman no parecía brillar en nada en su
niñez; si acaso diríase que era un gran observador
de su entorno. De niño, ya le hacía reflexionar
el hecho de que el mismo producto se vendiera a precio diferente
a poca distancia y, todavía adolescente, tomó
conciencia de las oportunidades que surgían a su alrededor.
Más tarde, una vez enfocado su purpose vital, se dedicó
a él con admirable empeño, amplitud de miras
y perspectiva sistémica, procurando poner en sinérgica
alineación los esfuerzos dedicados... Habrá
observado el lector que por entonces no se habían "inventado"
estas cosas: vision, purpose, courage, openmindedness, systems
thinking, sinergy, team spirit, achievement...; de modo que
fue con sencillez, como rasgos naturales emergiendo de una
subyacente personalidad inquieta y emprendedora, como el conspicuo
Rockefeller explotó su singular perfil del soft skills.
Según
la interesante biografía (Titan) escrita por Ron Chernow,
nuestro CEO del siglo XIX nunca se sentaba a la cabecera de
la mesa en la sala de reuniones de 26 Broadway, en Manhattan,
ni lo hacía en primera persona cuando hablaba de la
actividad de su organización; no consta que el culto
al ego le consumiera mucha atención, como sí
parece que era el caso de algunos grandes empresarios de los
trusts de la época, y lo es de muchos ejecutivos y
directivos actuales. Su atención de manager era atraída,
en el día a día, por las decisiones a tomar
y por las ya tomadas; así nos lo recordaba Jerry Useem
en un artículo suyo cuando, antes de hacerlo en Fortune,
escribía para la revista Inc. Este antiguo trabajo
de Useem, que reencontré recientemente entre mis viejos
papeles, me ha proporcionado algunos de los detalles que recojo
aquí; pero también puede encontrarse interesante
material en Internet, si al respecto lo desean, por lo que
no me extiendo en datos biográficos.
A
lo que voy
Si
importante es la construcción de su imperio, lo que
parece más destacable del gran empresario americano
es el hecho de que supo cómo organizarlo y dirigirlo.
No me refiero tanto a la particular persuasión en las
adquisiciones, o a los incipientes métodos de marketing
o espionaje industrial, como a la organización de la
actividad, intentando racionalizarla y controlarla para asegurar
la eficiencia colectiva tras los resultados perseguidos. La
organización industrial, y en general la gestión
empresarial, serían asignaturas de permanente estudio
desde entonces, pero Rockefeller careció de idóneas
referencias aleccionadoras; sin embargo, su pensamiento parece
significativo (dentro de su época), tanto en el lado
técnico como en el humano del luego tan subrayado jánico
rostro del management: "Si el directivo tuviera siempre
presente que los trabajadores son seres humanos, de carne
y hueso, con corazones y almas, y si, a su vez, los trabajadores
se dieran cuenta de que directivos e inversores son también
seres humanos, ¡cuánta amargura se evitaría!".
La
frase anterior manifiesta una inquietud –bien o mal
resuelta– por la dimensión humana de los obreros...,
pero veamos cómo continuaba Rockefeller su pensamiento:
"¿Son los intereses de las personas, unos con
su trabajo y otros con su capital, necesariamente antagónicos,
o recíprocamente necesarios? ¿Debe la ventaja
de una de las partes entorpecer el progreso de la otra? La
respuesta a estas cuestiones fundamentales condiciona cualquier
consideración sobre la relación entre Trabajo
y Capital... Si estas grandes fuerzas cooperan, los resultados
crecen sólidamente; si luchan entre sí, la producción
de riqueza se reduce o se detiene". (Espero haber traducido
con fidelidad el pensamiento original...).
Visto
hoy con cierta ironía, habrá quien piense que
nuestro businessman creía en la necesaria existencia
de ricos -incluso muy ricos- y pobres, aunque todos le parecían
seres humanos...; pero el hecho es que por entonces, en los
comienzos del siglo XX y aunque no resolviera la ecuación,
el planteamiento que hacía resultaba avanzado. Recordemos
que no se prestó gran atención a, por ejemplo,
Mary Parker Follett, y que pasarían varias décadas
hasta la aparición de la “Teoría Y”
de Douglas McGregor, sin olvidar la controversia que suscitó.
Pero recordemos, sobre todo, que hace cien años no
pocos grandes empresarios veían a los trabajadores
como meras herramientas necesarias; en realidad, aún
hoy, aunque empresarios y ejecutivos hablan mucho de "las
personas" -observen lo que voy a decir-, mienten casi
siempre: así de claro lo expresaba Tom Peters hace
unos meses en Madrid, donde tuve la oportunidad de escucharlo.
Ciertamente, hay en nuestros días frecuente cinismo
cuando los CEOs hablan de -o hablan a- los trabajadores.
Sin
olvidar el sentido religioso que explica su perfil de filántropo,
ya hemos apuntado algunos rasgos competenciales de John Davison:
todos ellos (purpose, afán de logro, amplitud de miras...),
y desde luego la perspectiva holística y sistémica
con que concibió su empresa, le sirvieron para prevenir
y neutralizar problemas, y para coordinar la actividad, orquestando
comités subordinados al comité ejecutivo. Las
nuevas realidades demandaban nuevos métodos, pero él
no los había aprendido en ninguna escuela de negocios:
éstas llegaron después, cuando tenían
algo que enseñar. Rockefeller era un hombre ordenado
y desplegó su burocracia. Ya desde el principio, la
burocracia generó controversia en las empresas, y mucho
más cuando, corriendo el siglo XX, fue adquiriendo
una dimensión a veces asfixiante; pero nuestro manager
parecía tener ideas claras sobre el manejo de la información
y el control cotidiano.
En
lo referido al reparto de poder, no parece que bajara la guardia
en su organización, aunque su imagen no destile el
autoritarismo o la arrogancia, tan comunes incluso hoy. A
modo de moderno CEO, controlaba bien su imperio, porque lo
había organizado para facilitar la necesaria coordinación,
basada en un clima de comunidad. Se hizo rico, muy rico, y
repartió riqueza, pero da la impresión de que
su fortuna fue una consecuencia y no tanto un fin (uno recuerda
aquí la actual corriente de CEOs-mercenarios -una nueva
clase surgida en el XX-, más empeñados, al parecer,
en el desmesurado enriquecimiento propio que en la prosperidad
de sus organizaciones). Nuestro empresario vio una oportunidad
de negocio, fue por ella con espíritu autotélico
y aun social, y le resultó rentable... a él
y a la sociedad. El petróleo pedía orden en
Ohio, y en otros estados de la Unión. Las claves: integración,
economía de escala, estabilidad, organización,
visión de futuro, buena digestión de éxitos,
contribución a la sociedad, actitud de ganar-ganar,
percepción de la realidad... En fin, no parece un caso
de colosal inmoralidad sino de colosal emprendimiento.
Sólo
quería mostrarles algunas pequeñas pinceladas
sobre el perfil profesional de Rockefeller, y a este fin termino
añadiendo una frase interesante que le encontré
atribuida: "A friendship founded on business is better
than a business founded on friendship". Pero, para terminar
el artículo deseo ubicar a nuestro hombre en su tiempo:
el escenario finisecular del siglo XIX. Quizá les resulte
familiar...
Su
tiempo
A
veces parece que los cambios son patrimonio de nuestro tiempo,
pero se diría que el paso al siglo XX también
fue bastante bullicioso. Recordemos lo que pasaba, entre otras
cosas, en las últimas décadas del XIX:
-
El desarrollo del telégrafo, el teléfono y el
ferrocarril reducía las distancias.
-
Nuevos inventos y otras oportunidades de negocio impulsaban
la iniciativa empresarial.
-
La competencia se intensificaba.
-
La economía de escala alentaba la fusión de
empresas.
-
Los jóvenes habían empezado a buscar trabajo
como empleados.
-
Aparecían los directivos asalariados: unos empleados
contratados para dirigir.
-
La organización y los métodos suponían
un reto para cada gran empresa.
-
Se desarrollaba la burocracia en las organizaciones.
Quizá
el lector desee hacer ahora su propia lista referida al panorama
finisecular del XX, o al neosecular del XXI..., por si se
identificara algún paralelismo. A primera vista, parece
que algunas realidades se mantienen, que otras están
cambiando de signo... Vaya, quizá esto daría
para otro artículo, si el lector siguiera prestándome
su atención.
Conclusión
Hemos
de reconocer la contribución de Rockefeller I al desarrollo
del management moderno; pero también hemos de extraer
enseñanzas. Este articulista se queda con algunas de
interés incuestionablemente vigente, pero sobre las
que se ha de insistir:
-
Parece que la eficacia exige que centremos la atención
en la actividad, y no la dispersemos en el culto al ego.
-
Parece que resulta eficaz llevar la mirada más allá
de su habitual alcance, tanto en el espacio como en el tiempo.
-
Parece que los demás son importantes, y que el principio
ganar-ganar, bien entendido, resulta rentable.
-
Parece que la prosperidad propia debería ser consecuencia
de la de las organizaciones a las que servimos.
-
Parece que deberíamos cultivar la observación,
además de la reflexión, procurando que nada
nos ciegue.
-
Parece que el pensamiento sistémico era ya importante
en el XIX, y quizá sigue siendo asignatura pendiente
en el XXI.
-
Parece que los cambios no son exclusivos de nuestro tiempo,
y que la innovación es una exigencia permanente.
-
Parece que, en vez de dejarnos llevar, conviene que nos formulemos
un purpose, y que protagonicemos nuestra vida profesional.
Consideren
también abierta esta lista y traten de completarla
ustedes, si me aceptan la sugerencia. En cualquier caso, espero
que no se arrepientan si, en su lectura, han llegado hasta
aquí: gracias por ello.
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