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La
visión del líder sobre el ser humano tiene
profundas implicancias en su manera de relacionarse
con él. La generación de emociones como
el miedo y la confianza en los dirigidos, son el resultado
directo de una manera de entender y ejercer el liderazgo.
Cuando
el hombre es considerado un recurso, ¿de qué
manera se relaciona con él la persona que detenta
el poder? Si la relación es básicamente
utilitarista, ¿existe la posibilidad de una relación
madura? Si el rol del que manda quiebra el equilibrio
entre personas iguales en su humanidad, ¿qué
característica tendrá esta relación?
Me animaría a decir que la concepción
utilitaria del ser humano lleva casi necesariamente
a una relación de dominio-sometimiento. La cosa,
el instrumento, el recurso, no es nuestro igual, ¿cómo
es posible tratarlo de igual a igual? Si el otro es
un recurso, entonces, es inferior a nosotros y, si lo
es, la manera de relacionarnos con él es desde
el dominio. Dominamos la naturaleza, los animales, las
herramientas, los recursos. Con los inferiores –los
recursos– los que detentan el poder no se relacionan
desde la autoridad, sino desde su deformación:
el autoritarismo.
El
autoritarismo podrá ser más o menos visible,
se podrá manifestar explícitamente (el
“patrón de estancia”) o se encubrirá
bajo una superficial capa democrática (esto es
muy frecuente en personas que han aprendido qué
es “lo correcto” en estos días –participación,
delegación, comunicación– pero sin
cambiar su concepción profunda sobre el significado
del otro, de su semejante). Sea como fuera su manifestación,
la emoción que el autoritario provoca en aquellos
que están sometidos a él es el miedo.
El miedo genera consecuencias concretas en la organización,
afectando a las personas y sus relaciones internas y
externas, la creatividad, la asunción de responsabilidades
y riesgos y, finalmente, los resultados.
Para
alcanzar una relación madura entre seres humanos
necesitamos desarrollar una emoción distinta
al miedo. El miedo es incompatible con la libertad,
con dar lo mejor de nosotros mismos, con la creatividad
y hasta con la lealtad. Cuando analizamos los climas
en las organizaciones o de las sociedades vemos que
uno de los aspectos centrales que los definen es la
existencia o la falta de confianza entre sus miembros.
¿Qué es la confianza? Las distintas acepciones
de la palabra confianza, nos abren la puerta a su significado:
esperanza, fe // seguridad // ánimo, aliento,
vigor // pacto, convenio // familiaridad. Y el verbo
confiar: creer, fiarse // contar // delegar, encomendar,
entregar. La desconfianza, por otro lado, significa
desesperanza, incredulidad, y desconfiar, descreer.
La
confianza, la antítesis del miedo, tiene un impacto
“sonoro” sobre las organizaciones y las
sociedades. “Sonoro” por las voces y las
risas que se escuchan, por las exclamaciones que provocan
el arte y la creatividad, por las disculpas en voz alta
ante los errores cometidos sin consecuencias. Qué
diferencia con el “silencioso” miedo que
tiñe de grises los días, interminables
las jornadas en las que se habla poco y en voz baja,
y el humor es visto con desconfianza y como una pérdida
de tiempo.
Para
Rafael Echeverría, “todas las relaciones
sociales que no se basan en la fuerza requieren sustentarse
en la confianza. Este es el elemento unificador básico,
el que hace de cemento en la relación. Si no
hay confianza, es difícil concebir una relación
entre el padre y el hijo, entre los miembros de una
pareja, entre el maestro y el alumno, entre amigos,
entre el médico y el paciente, entre integrantes
de un mismo equipo de trabajo, entre gobernantes y gobernados,
etc. Sin confianza, cada una de esas relaciones se ve
comprometida y tenderá a disolverse”(1).
Es que las condiciones que necesitamos para querer seguir
juntos –si somos libres, por supuesto– son
las que se derivan solamente de una relación
de confianza. Sin sustento en la fuerza, el dominio
y el miedo no pueden perdurar; sólo cabe la confianza
en las relaciones humanas libres. Donde hay “recursos”
hay dominio, y donde hay dominio hay fuerza y miedo.
Sólo el profundo respeto por el otro puede construir
la confianza necesaria para desarrollar una verdadera
relación humana.
También
Erich Fromm habla de este tema con la claridad que lo
caracteriza: “La confianza es la emocionalidad
clave del nuevo modo de hacer empresa. Con confianza,
el trabajador se abre al aprendizaje, se atreve a innovar,
acepta cometer errores y confrontar sus ignorancias
e incompetencias. ¿Cómo desplazarse del
miedo a la confianza? ¿Cómo se construye
o cómo se destruye la confianza?”(2).
Aquellos
que hemos trabajado muchos años en organizaciones,
sabemos lo dificultoso y lento que es construir ámbitos
de confianza y qué fácil se destruyen.
Contestando a la primera pregunta de Fromm, creo que
para revertir una situación de miedo a otra de
confianza es imprescindible un buen liderazgo. Creo
que sólo el líder que concibe a las personas
como personas y no como recursos, está en condiciones
de dar vuelta esta situación; el buen líder
se expondrá, dará la cara, hablará
abiertamente y cumplirá sus promesas; tendrá
paciencia, comprensión del efecto del miedo y
de la desconfianza y, poco a poco, irá convirtiéndose
en alguien confiable. ¿Por qué una persona
es confiable? Porque nos transmite principalmente honestidad
y coherencia, porque es predecible, escucha interesadamente
otras opiniones, y cuida a su gente. Creo que el rol
del líder es clave ya que, aunque la confianza
no dependa exclusivamente de él, el impacto de
su conducta es determinante. Si en una organización
existe miedo, miremos a sus directivos; si existe confianza,
también.
(1)
Rafael Echeverría. La empresa emergente, la confianza
y los desafíos de la transformación.
Granica, Buenos Aires, 2001, pág. 109.
(2) Erich Fromm. La condición humana. Paidós,
Barcelona 1981, pág.91. |
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