“Una
crisis de talento acontece en una empresa cuando la
inaptitud de algunos de sus miembros otorga una desventaja
competitiva, que podría explicar una rentabilidad
inferior a la de la media del sector industrial.”
Todos
hemos tenido algún día de furia. Si asumimos
que el equilibrio de hechos positivos y negativos de
cada una de nuestras jornadas posee una distribución
estadística de tipo normal, podríamos
afirmar que en la mayoría de ellas, asuntos positivos
compensan los negativos, mientras que sólo unas
pocos se caracterizan por reunir “puras cosas
buenas”, y otras, “puras cosas malas”.
Estos últimos son los días de furia.
Pero
esta sumatoria de hechos negativos dentro de las mismas
24 horas, obedece en muchos casos a la simple incompetencia
humana, que se tradujo en el topón del auto,
en el vendedor que se equivocó al envolver la
compra, en el recado que nunca se recibió, en
la compra de acciones que no se realizó, en la
hora al médico que incorrectamente le dijeron,
y un largo etcétera que implicó asumir
el error del otro, y muchas veces contener la rabia
a fin de mantener la condición de caballero o
el ejercicio humilde del autocontrol.
Rabia,
porque uno se percata de que muchas veces el otro no
se esforzó de manera adecuada para hacer correctamente
lo suyo. Simplemente obró sin hacer de aquel
acto una obra especial, algo que pudo haber sido mejor,
idealmente perfecto.
Pero
no siempre un acto de resultado mediocre se debe a una
actitud débil, no esforzada. Puede también
ser producto simplemente de una inaptitud, de una carencia
de lucidez, de necedad, de falta de talento.
Sin
talento no se puede lograr lo grande, sino sólo
aquello al alcance. Le aseguro que por mucho esfuerzo
y ganas, difícilmente podríamos hacer
todo bien, y menos intentar hacerlo perfecto. Pero he
ahí el detalle importante donde no puede faltar
lucidez: la honestidad de reconocer para qué
somos “buenos” y en qué no.
Asumir
que somos talentosos en todo sólo perjudica a
quienes deben asumir nuestra debilidad, y nos expone
innecesariamente al juicio externo. Pero también,
no cultivar nuestros talentos es asumir que la existencia
puede ser vivida en la mediocridad.
Una
crisis de talento acontece en una empresa cuando la
inaptitud de algunos de sus miembros, de los que más
influyen en las decisiones, o de los responsables del
cumplimiento de las mismas, otorga una desventaja competitiva,
que podría explicar una rentabilidad inferior
a la de la media del sector industrial, y a la larga,
la desaparición de la empresa, y obviamente,
la reconversión de muchos en nuevos cargos y
responsabilidades.
Saber
cuáles son los talentos de cada uno y cuidar
al talento dentro de la empresa son labores del directivo
de cualquier organización. Pero por sobre todo,
el gerente debe entender que las crisis de talento son
en verdad crisis de reclutamiento y selección
de personas, puesto que es este proceso el que ha fracasado,
muchas veces originado en la escasa capacidad de la
misma empresa de atraer y de captar fuentes de talento
que la hagan crear un círculo virtuoso y propio
hacia la excelencia. |