Abstract
En
este texto escrito en primera persona trato de mostrar,
a través de mi experiencia, el camino recorrido
en la construcción del discurso propio. El
desafío que todo ejecutivo debe llevar adelante
no es conocer la teoría de moda y seguirla
al pie de la letra sino, por el contrario, conocer
cuáles son las herramientas que le permitirán
edificar las bases de su propio atalaya.
Al
hacer el ejercicio de recorrer mi hoja de ruta profesional
tomo nota de la innumerable cantidad de horas que he
pasado en reuniones de trabajo. Al principio solo escuchaba
cómo otros discutían un determinado tema.
Algunos exponían sus ideas de manera vehemente,
tratando de convencer a todos los presentes, con algunos
pocos argumentos de dudosa fuente y comprobación.
Aprendí
que para refutar cualquier discurso debía anticiparme
y conocer al menos la teoría de aquel tema que
se estaba debatiendo. Con esa premisa comencé
una larga carrera de aprendizaje que consistió,
además de seminarios y posgrados, en devorarme
todo libro de management que cayera en mis manos.
Así
conocí los textos de Edward De Bono, Drucker,
Kofman, Mintzberg, Goldratt, Cox, Senge, Spencer Johnson
y Fisher, entre una interminable lista de autores. Sin
contar, por supuesto, la lista que hace a mi especialidad.
En
poco tiempo logré edificar una enorme biblioteca
con los textos que todo preciado gerente debía
conocer ¡Finalmente estaba gerenciando un área
de la empresa junto a mis “socios”, los
autores!
Los
resultados que lograba excedían lo esperado.
El clima de trabajo era de excelencia y el sentido de
pertenencia del grupo de colaboradores se hacía
más fuerte. Sin embargo, percibía cómo
una ausencia se adueñaba de mí y del grupo
a medida que el tiempo transcurría.
Era
martes a las tres de la tarde cuando se programó
la reunión mensual en la que participaban los
directores y gerentes de la empresa para discutir algunos
temas de producción que estaban haciendo ruido
en el área de marketing.
Tomé
mi lugar y me sentí cómodo cuando uno
de los directores entró rápidamente al
salón vociferando a viva voz: “¡Hoy
tengo puesto el sombrero rojo!”. Pasé las
siguientes dos horas tratando de identificar el color
de sombrero de cada uno de los participantes. Esto fue
así durante las siguientes cuatro reuniones.
En
la reunión mensual del mes de octubre, mi sorpresa
fue mayúscula cuando ya pocos hablaban del color
del sombrero. Sin embargo, el facilitador del grupo
dejó ver entre líneas que algo estaba
sucediendo cuando hizo mención a que alguien
¡se había llevado su queso!
Durante
dos años se sucedieron este tipo de reuniones
en las que cada tres o cuatro meses alguno de los presentes
traía una nueva receta, extraída de alguno
de los tantos libros publicados en el año.
Un
tiempo después recordé que a esas reuniones
asistía el responsable de una de las áreas
técnicas de planta. Un hombre de cincuenta y
tantos años al que le apasionaba la literatura
y que, casi desapercibido, tomaba nota de los temas
tratados.
Al
finalizar cada reunión se retiraba de manera
silenciosa. No sin antes detenerse frente a mí
y susurrarme al oído, casi como un ritual: ¡Olga
estuvo presente!
Nunca
supe a qué se refería, hasta que un día
llegó a mis manos la historia de Olga Semionovna,
del escritor ruso Antón Chéjov. ¡Ese
fue el día que decidí darle un descanso
a mis socios!
Es
difícil darse cuenta, cuando uno se está
moviendo a gran velocidad, que efectivamente se mueve.
El mundo de los negocios es extremadamente competitivo,
y arrastra a los ejecutivos en una carrera irrefrenable
hacia el dominio de la información. Conocer la
teoría del momento es el dogma a seguir, y quien
así no lo crea se gana un pasaje al exilio de
los ejecutivos.
El
cuento de Chéjov nos conduce de manera guiada
hacia la pérdida del discurso propio, al mostrarnos
cómo Olga, su protagonista, se mimetiza con el
argumento del otro y de manera virulenta sostiene su
posición –la de aquel que tiene a su lado–
sin darse cuenta de que lo que importa es la construcción
de un relato propio.
Sin
embargo, esta no es una tarea fácil. ¿Cómo
se hace para armar una base sólida que sostenga
nuestras propias ideas? ¿Cómo se defiende
una postura frente a aquel que quiere imponer las suyas?
En todo caso, cabe preguntarse si es necesario confrontar
dos puntos de vistas diferentes, o buscar puntos de
encuentro que permitan avanzar en una idea superadora
de todas las que están en juego.
Chéjov
me permitió finalmente asociarme a otros pensadores,
que trajeron la filosofía a cada estante de mi
biblioteca. De esa manera aprendí que la reflexión
es necesaria para la toma de decisiones y para mantener
la serenidad ante la duda. Sin saberlo, me dieron las
herramientas básicas para el análisis
de procesos.
Estoy
convencido de que una de las cualidades más importante
que debe desarrollar todo ejecutivo es su capacidad
de reflexión, y que más allá de
la bibliografía leída, no se debe perder
de vista que para alcanzar ideas superadoras es necesario
sumar. En definitiva, el sincretismo es un camino válido
para la construcción del discurso propio. Un
camino que nos llevará inevitablemente a conformar
equipos de trabajo altamente capacitados y motivados,
generadores de conceptos e ideas para ser aplicados
en el mundo real de los negocios.
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