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Martín
y David a menudo se sientan juntos mientras esperan
el tren de la mañana. A pesar de la regularidad
de este ritual en días de trabajo, nunca se han
hablado. Son –¿cómo decirlo?–
diferentes. Una vez, sin embargo, después de
que una joven mujer pasó frente a ellos, sus
ojos se encontraron brevemente en un reconocimiento
común del momento. Aparte del veredicto sobre
el cuerpo de la joven, algo más fue afirmado
silenciosamente. Se acomodaron de nuevo, sus identidades
intactas, seguros por la proyección externa de
la vaga amenaza que su propia proximidad física
implicaba.
También
comparten el tren. Este lleva a Martín a un suburbio
donde trabaja como maquinista en una planta de ingeniería.
"Sí, el trabajo se vuelve aburrido y repetitivo",
dice, "pero los compañeros lo alegran, contamos
algunos chistes, embromamos a las secretarias, cosas
normales. Y después del trabajo salimos a beber.
Así la vamos pasando. Después de todo,
un hombre tiene que ganar el sustento, ¿no? Especialmente
con la esposa y los hijos en casa".
El
tren lleva a David a la ciudad, donde trabaja como vendedor
en una gran compañía de seguros. Se siente
orgulloso de sus agresivas estrategias de ventas y de
su habilidad en ser uno de los mejores del equipo. "Claro,
no siempre disfruto las decisiones fuertes, pero es
necesario ser competitivo o te quedas rezagado en el
negocio, no digamos en las promociones. El éxito
es muy importante para mí, y también para
mi familia. La gente confía en mi liderazgo –sabe
quién está al mando. Es una gran responsabilidad,
pero es importante y yo soy bueno en esto".
Aunque
Martín y David son personajes ficticios, sus
historias representan algunas realidades fundamentales
acerca de las vidas de innumerables hombres en las sociedades
occidentales industrializadas. En un sentido, es una
historia sobre masculinidad: de hecho, una gran historia
que se cuenta en todos lados, con algunos temas muy
gastados pero importantes. La primera representa la
actitud hacia las mujeres. La versión dominante
de la masculinidad refleja, a nivel personal, la tendencia
de las sociedades patriarcales a reducir a las mujeres
a sus funciones sexuales y reproductivas. De manera
ilustrativa, las mujeres entran en las historias de
Martín y David como personajes menores, que no
son nombrados ni escuchados, pero centrales para la
identidad y la autoestima de los hombres. También
hay homofobia, así como un énfasis en
la importancia del trabajo, de proveer para la familia,
de ser quien lleva el sustento a la casa y, por tanto,
la cabeza del hogar.
En
otro sentido, sin embargo, es una historia de las vidas
reales de hombres en los contextos económicos
y sociales específicos a través de los
cuales la masculinidad se convierte en una experiencia
vivida. Para la mayoría de la gente, el trabajo,
o lo que se hace, es central en la construcción
de su identidad, el determinante primario de lo que
se es. Tal como Martín y David ilustran, sin
embargo, la naturaleza del trabajo en el contexto de
la economía capitalista varía enormemente
según la posición de clase de cada quien,
en términos de satisfacción, autonomía
y poder. La lógica estructural de la economía
capitalista, organizada en torno al lucro privado y
a la producción costo-eficiente, requiere de
la existencia de una gran clase de trabajadoras y trabajadores
con salarios deficientes, con relativamente pocas habilidades
y poco o ningún control en sus lugares de trabajo.
Los diferentes tipos de trabajo bajo el capitalismo
interactúan en varias formas con el carácter
y las posibilidades de la masculinidad convencional,
brindando apoyo crítico para la organización
del trabajo bajo el capitalismo, pero también
produciendo conflicto, contradicción y resistencia.
Trabajo y masculinidad
Para
la mayoría de hombres en las sociedades occidentales,
entrar al mundo del trabajo significa alcanzar la hombría,
el rito de iniciación en el mundo público
y productivo del hombre. Las definiciones culturales
de la masculinidad dan un énfasis particular
al papel del hombre como proveedor en el hogar y, consecuentemente,
funcionan como parte de una red de suposiciones ideológicas
que apoyan la división sexual del trabajo entre
hombres (público/productivo) y mujeres (privado/doméstico).
De la misma forma, las expectativas acerca de la masculinidad
fusionan los roles de "hombre" y "trabajador":
ser un hombre exitoso es ser un buen trabajador.
Tal
como Andrew Tolson apunta en “Los límites
de la masculinidad” (1977), las definiciones occidentales
contemporáneas de la masculinidad están
inextricablemente vinculadas a las de trabajo, a través
de valores, cualidades y prioridades que se les atribuye
a ambas: fuerza física, destreza mecánica,
ambición, competitividad, y así sucesivamente.
A los niños se les enseña, por medio de
la familia, la escuela y, finalmente, el lugar de trabajo,
a aspirar a estos valores como pilares de la hombría,
y eventualmente llegan a interiorizar estas normas como
“identidad”. Los hombres aprenden a definirse
y juzgarse a sí mismos de acuerdo con estos valores
y el trabajo es el terreno de prueba más importante
para estos atributos.
Tanto Martín como David, en diferentes formas,
dan fe de la fijación de la identidad masculina
en torno al trabajo, y de la transformación de
las expectativas sociales en asuntos de autoestima y
responsabilidad.
Para
los hombres, la capacidad de proveer no sólo
representa una cierta posición social y presencia
como representante público/económico de
la familia, sino que garantiza los derechos a la independencia
y al dominio en el mundo doméstico del hogar.
Así como la hombría se forja en el escape
del mundo doméstico de la madre, el trabajo es
crítico para el mantenimiento de la identidad
masculina a fin de sostener la separación del
ámbito de la mujer: regresar a éste de
otra forma que no sea como proveedor significa fallar
como hombre.
Esta
separación de trabajo y hogar construye y refuerza
la masculinidad a otros niveles. El lugar de trabajo
en la sociedad capitalista es un terreno de racionalidad
técnica: las emociones son una desventaja para
el trabajador/hombre en el mundo de la producción,
la eficiencia, la solución de problemas y el
manejo de recursos. Las emociones son asociadas a la
esfera doméstica de las mujeres, y es mejor dejárselas
a ellas.
Dadas
las potentes conexiones entre el trabajo y la masculinidad,
no es sorprendente que el desempleo traiga consigo el
estigma de una masculinidad fallida y de una dependencia
"forzada". De hecho, los medios invariablemente
pintan al hombre desempleado como "hombre derrotado",
atrapado, en peligro y efectivamente castrado en el
hogar femenino.
Se
hace obvio, al examinar estos asuntos, que la masculinidad
es significativamente definida por, y a la vez termina
apoyando y justificando, la organización del
trabajo en la sociedad. La fuerza de la identidad de
género como ideología se deriva del hecho
de que a la hombría se le confunde fácilmente
(y deliberadamente) con la masculinidad biológica.
Así, a las suposiciones ideológicas se
les otorga el estatus de "lo natural".
En
este contexto, probablemente no es una coincidencia
que los valores masculinos reflejen los valores que
caracterizan a la economía y la ideología
capitalistas: competitividad, autoridad, individualismo,
fuerza, agresión y el creer en las jerarquías.
De hecho, la noción del hombre "proveedor",
tal como existe actualmente, surgió con el advenimiento
del capitalismo industrial desde mediados y hasta finales
del siglo diecinueve. En la sociedad pre-capitalista,
si bien la masculinidad y el patriarcado eran afirmados
mediante el trabajo en la transmisión de ocupaciones
de padre a hijo, la producción era, en general,
una empresa conducida desde el hogar por toda la familia.
En
contraste, la estructura del trabajo en el orden capitalista
emergente requirió de una separación entre
el hogar y el lugar de trabajo. A las mujeres, las niñas
y los niños se les prefirió inicialmente
como mano de obra industrial, y conforme declinó
el viejo orden de producción artesanal feudal,
la base económica y material de la autoridad
patriarcal empezó a desaparecer. La noción
del proveedor masculino surge de este período
como resultado de la lucha popular, la presión
de la iglesia y la acción estatal, en respuesta
a la amenaza al orden patriarcal.
En
Australia, esto puede verse en la decisión sobre
el salario mínimo: el Caso Harvester (1907),
que determina que el salario del hombre debe ser suficiente
para mantener una esposa y tres hijos/as, mientras que
el de la mujer sólo debe bastar para mantenerse
a sí misma.
El
hecho de que el ideal del proveedor masculino haya resultado
ser considerablemente resistente a la luz de una mayor
participación femenina en la fuerza laboral pagada
es un testimonio de la fuerza ideológica de la
relación entre el trabajo y la masculinidad.
Clase y masculinidad
Habiendo
planteado estos argumentos acerca de los vínculos
entre masculinidad y trabajo, es importante reconocer
que la mayoría de las personas que no son independientemente
afluentes no tienen más opción que vender
su trabajo para sobrevivir. Sin embargo, cuando los
empleos escasean, como frecuentemente ocurre en la economía
capitalista, la ética laboral masculina y la
división sexual del trabajo se confabulan para
asegurar que los hombres tengan más probabilidades
de obtenerlos.
Además,
en el contexto de la obligación general de trabajar,
la masculinidad adquiere un especial significado político.
Dado que los hombres perciben el trabajo como integral
para la identidad masculina, como una responsabilidad
"natural", la masculinidad de hecho funciona
para limitar la resistencia contra la organización
del trabajo. De manera similar, es más probable
que los hombres desempleados vean su suerte como una
derrota personal y no como una razón para cuestionar
el sistema que los hace redundantes. Este aspecto de
la masculinidad es particularmente importante cuando
se analizan cuestiones de clase.
Para
la mayoría de hombres de la clase trabajadora,
como Martín, el trabajo raras veces es una experiencia
recompensante o satisfactoria. No es el lugar donde
se cumple la promesa de la independencia o del poder
masculinos. Por el contrario, el ingreso al trabajo
de un joven de la clase trabajadora es prácticamente
una garantía de subordinación constante.
Largas horas, bajos ingresos, tareas repetitivas y en
absoluto desafiantes, monotonía y una continua
subyugación a la incuestionable autoridad de
la administración caracterizan la realidad del
trabajo para los hombres y las mujeres de la clase trabajadora.
Un
control limitado del entorno laboral y oportunidades
reducidas de aportes individuales acerca de las rutinas
diarias y las prácticas laborales, así
como el hecho de que las formas del trabajo en esta
clase son escasamente valoradas por la sociedad... todo
funciona para socavar la autoimagen masculina de un
"individuo libre", poderoso y autónomo.
Según
Tolson, el estatus masculino es contradicho constantemente
por la indignidad del trabajo asalariado. Más
aún, es la clase trabajadora la que inevitablemente
carga con el peso del desempleo.
Aunque
la ideología de la masculinidad es dirigida a
todos los hombres, las realidades del trabajo y la clase
necesitan compromiso y reinterpretación, y tienen
como resultado la formación de particulares estilos
de masculinidad de clase. Para los hombres de la clase
trabajadora, tener poder e independencia, ser exitosos
y competitivos es un sueño patentemente irrealista.
Como consecuencia, el estilo de masculinidad de la clase
trabajadora tiende a compensar la falta de poder político
y económico con un estilo de machismo más
inmediato y agresivo.
También
sirve para promover formas de solidaridad colectiva
en el lugar de trabajo, en los rituales de camaradería
que se evidencian en las bromas, el consumo de alcohol,
etc. Estos pueden funcionar como patrones importantes
de resistencia a la autoridad de los gerentes y a las
rudezas del trabajo. Sin embargo, dado que la masculinidad
en general se basa en la exclusión, cosificación
y derogación de las mujeres, estas formas de
resistencia son inevitablemente parciales.
Es
posible que la masculinidad de la clase trabajadora
sea a la vez una estrategia de manejo y una resistencia.
Los rituales en el lugar de trabajo, más que
desafiar la organización del trabajo, la hacen
tolerable. Ciertamente, la masculinidad alienta a los
hombres a identificarse como grupo, en oposición
a las mujeres y con dominio sobre ellas, evitando así
que los hombres de la clase trabajadora se identifiquen
como trabajadores subordinados con intereses de clase
particulares que son compartidos con las mujeres de
la clase trabajadora. En este sentido, la masculinidad
genera solidaridad entre hombres de clases diferentes.
Adicionalmente,
tal como Collinson apunta en su artículo “La
ingeniería del humor”, las relaciones entre
hombres en el lugar de trabajo tienden a ser, en su
mayoría, defensivas y superficiales. Esto podría
atribuirse, en gran medida, a la competitividad, la
represión de emociones y la homofobia de la masculinidad
convencional.
Para
hombres de la clase media como David, el trabajo puede
proveer oportunidades significativas de autonomía,
satisfacción, poder y respeto. La masculinidad
de la clase media tiende a ser definida más por
autodisciplina que por autoridad, más por individualismo
que por metas colectivas o la cultura. Si bien la masculinidad
de la clase media cultiva un estilo más austero
y restringido, ciertamente no es menos misógina,
competitiva o dominante. Las masculinidad, aunque fracturada
parcialmente por la clase, une a los hombres como grupo
al permitir actitudes y conductas sexistas.
Sin
embargo, es importante recordar que el poder no es compartido
en forma pareja entre hombres, y que es la minoría
más afluente de hombres blancos la que ejerce
mayor influencia en las instituciones que refuerzan
y mantienen el sexismo, los estereotipos de género
y los patrones de la organización del trabajo.
Implicaciones para el movimiento de hombres
En
general, el movimiento de hombres antisexistas ha evadido,
hasta cierto punto, el abordaje de los asuntos de trabajo
y clase. Probablemente en esto haya dos razones principales.
En primer lugar, los asuntos relacionados con el trabajo,
el capitalismo y sus conexiones con el sexismo y la
masculinidad son relativamente difíciles, y a
menudo no se los considera particularmente relevantes.
En segundo lugar, el movimiento de hombres es un fenómeno
predominantemente de clase media y, debido a las divisiones
de clase inherentes a la sociedad capitalista, no comparte
una fuerte base cultural con los hombres de la clase
trabajadora.
Como
punto de partida, yo exhortaría al movimiento
de hombres antisexistas a ser conscientes de los asuntos
relacionados con el trabajo, la clase y la construcción
de la masculinidad. Las expectativas, y también
las limitaciones, del trabajo son críticas para
la definición de la masculinidad y la perpetuación
del sexismo. Así como el trabajo define de manera
crucial a la masculinidad, la economía capitalista
define la naturaleza del trabajo. El capitalismo promueve
y se apoya en el sexismo y el racismo, al dividir a
las personas a quienes más explota.
Ciertamente,
como Friedrich Engels apuntó hace más
de un siglo, la estructura de la familia, una fuente
primaria de opresión para las mujeres, funciona
para posibilitarle al hombre trabajador mantener su
labor al quitarle la carga del trabajo doméstico
y la crianza infantil. Consecuentemente, la lucha contra
el sexismo y las masculinidades opresivas debe cuestionar
y confrontar la organización del trabajo dentro
del capitalismo.
Por
lo mismo, una buena parte de la masculinidad convencional
no puede ser explicada adecuadamente con referencia
a la clase y la economía. La misoginia, la homofobia
y la magnitud de la violencia sexual contra las mujeres
se explican mejor como aspectos de la masculinidad que
mantienen el poder de los hombres de diferentes clases
sobre las mujeres. Tal como claramente ilustran las
investigaciones sobre la violación y la violencia
doméstica, no existen prejuicios de clase en
la masculinidad opresiva: los hombres de la clase media
tienen tantas probabilidades de perpetrar violencia
sexual como los de la clase trabajadora. En relación
con estos asuntos, hay un marco y una justificación
para el activismo de los hombres antisexistas.
De
manera similar, los movimientos socialistas necesitan
apreciar el grado al cual la masculinidad apoya la organización
del trabajo y de esta manera funciona como una fuerza
conservadora y divisionista en la política de
clase.
El
movimiento de hombres también necesita apreciar
que si bien sus asuntos y agendas se priorizan primordialmente
en términos de desarrollo personal, no es probable
que consiga atraer a muchos hombres de la clase trabajadora.
La mayoría de éstos no tiene la energía,
el tiempo libre o la libertad personal que se requieren
para tal compromiso. El movimiento de hombres debe llevar
activamente su lucha contra el sexismo a la cultura
del lugar de trabajo, y esto probablemente pueda lograrse
mediante proyectos conjuntos con los sindicatos.
Esta
tarea también necesita ser realizada sin perder
de vista las realidades de la estructura del trabajo.
Por ejemplo, no es probable que la mayoría de
hombres de la clase trabajadora algún día
tendrá suficiente seguridad laboral ni "valor
de mercado" como para conseguir el establecimiento
de disposiciones para ausencia por paternidad. El futuro
de los grupos políticamente movilizados en torno
a los asuntos de violencia masculina, sexismo y masculinidad
radica en su capacidad de apreciar adecuadamente y actuar
sobre las interconexiones de todas las formas de opresión.
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