Muchos
creen que ser líder es una cuestión de
ir primero en una competencia, ser gerente, dirigente,
destacar en una actividad, ser jefe o manejar un proceso.
Inclusive otros incluyen a estadistas, jefes de bancadas
políticas, jefes de organismos gremiales y deportistas
destacados.
Muchas
veces escuchamos que tal o cual equipo de fútbol
lidera el campeonato, o que un jugador ha liderado la
delantera del mismo.
Si
aceptásemos que ser lider es ir primero o destacarse
en algo, o en su defecto dirigir o gerenciar una organización,
estaríamos con un tremendo superavit de líderes
en Latinoamérica. Hasta podriamos exportarlos
a los países desarrollados que están ávidos
por éstos.
Además
estamos llenos de artículos de prensa que recomiendan
acciones para ser líder, cursos y capacitación
de todo tipo para transformarlo a uno en un líder.
Algunas organizaciones publican sus avisos de reclutamiento
señalando que son líderes en sus área
de actuación.
A
mí me parece ésto increíble.
Lo
que en realidad parece existir es gente capaz de dirigir,
gerenciar, gobernar, supervisar a un grupo de personas
frente a un objetivo, pero dudo que pueda liderarlo.
Pero
veamos, ¿qué hace la diferencia en un
verdadero líder?
No
es la cantidad de cursos y títulos que posea,
su posición jerárquica, sus orígenes
o sus redes de contacto. No es su edad, sexo u ocupación,
sino su preocupación por las necesidades de otros,
su forma de encarar los desafíos con los cuales
se enfrenta. Es su entusiasmo en mejorar las cosas,
en crear nuevas oportunidades.
El
líder tiene pasión por una causa y desea
dar algo de retorno para la sociedad. Este obtiene su
recompensa por servir a otras personas.
Para lograr dar esperanza, el líder debe ser
capaz de vender una visión positiva del porvenir,
que sirva de puente entre el presente incierto y un
futuro esperanzador. Los líderes son constructores
de puentes, no de murallas.
El
liderazgo es un diálogo y no un monólogo,
lo cual implica desarrollar cada vez más las
habilidades de comunicación que las técnicas,
donde el escuchar es básico. Difícil en
un continente donde es costumbre no devolver las llamadas,
menos un e-mail.
Esta
América Morena, donde se privilegia la razón
y no la pasión, no es cuna propicia para desarrollar
líderes tan fácilmente.
La
gente apasionada que desea liderar, generando empleo,
desarrollando nuevos emprendimientos o cumpliendo funciones
sociales, conforma una generación pujante que
crece vertiginosamente, en forma rebelde y contestaria,
como una reacción natural de rechazo a una sociedad
que se sustenta en la racionalidad, en las normas, en
las regulaciones y en el poder del Estado.
Personas
como las descritas arriesgan su reputación, sus
posiciones y su situación económica al
seguir el camino de una nueva solución fundamentada
en una decisión no racional, saltando desde un
territorio iluminado y conocido a uno desconocido y
sin claridad, sin saber, como en el caso de Colón,
si están al borde de un continente o en una pequeña
isla.
En
síntesis, actuar más con el corazón
que con la cabeza.
Por
el momento, ser líder no se enseña en
ninguna Universidad local. Hay que buscarlo dentro de
nosotros mismos, quizá en células adormecidas
de nuestro cerebro, o quizá en nuestro propio
corazón.
Creo que es hora de no condenarse a un “cuentapropismo”
vegetativo o a un destino gris, en empleos que lejos
de apasionarnos nos hacen morir de a poco, en grageas
de ocho horas diarias.
¿Podría
entonces alguien decirme quién reúne estos
requisitos para denominarse un Líder. Yo no conozco
ninguno, pero sí a muchos líderes de papel.
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