Autoestima
es el grado de autovaloración que pone en juego el
concepto que cada uno tiene de sí mismo. Solemos
hablar con cierta frivolidad acerca del tema, pero pocos
saben sobre las causas o las consecuencias de tal valoración.
Los
niños nacen y van creciendo viéndose a sí
mismos y a los demás como lo más perfecto
y maravilloso. Ellos no encuentran defectos en las personas
a las que aman ni creen que aún deben ser mejores
que otro bebé y superarse. Entonces la sobrevaloración
o subestimación del propio yo sobreviene después,
habiendo pasado tiempo e influencia suficientes como para
sentirnos feos, inútiles y fracasados, o equilibrados,
comprensivos y valientes.
Enumerar
las posibles causas es tarea sencilla; su correspondiente
explicación requiere un poco más de tiempo.
Pero veamos: ¿qué amenaza la autoestima? Sí,
también en este caso, la influencia de nuestros padres.
En realidad nos constituimos de acuerdo a cómo nos
ven los demás, poca importancia tiene cómo
somos realmente. Importa si nos han demostrado cuán
importantes somos para ellos y cómo se comunicaban
con nosotros siendo pequeños. Los niños tienden
a entender los mensajes literalmente. No capturan el contenido
simbólico de determinadas frases ni, claro está,
las metáforas. “Quien bien te quiere te hará
llorar”, puede destinarnos a una relación de
pareja en la que una de las partes “hace llorar”
y la otra... ¡se siente amada!
El
aspecto físico de un niño es, frecuentemente,
un factor que produce mayor o menor aceptación en
su medio. Muchos de ellos, siendo feos cuando niños
(víctimas de las típicas bromas escolares,
nada inocentes), pueden transformarse en personas sumamente
agradables de aspecto, pero que sienten y accionan como
lo que fueron algún día.
Por
otra parte, la vida misma nos pone a prueba permanentemente:
el éxito profesional, la carrera, el empleo, la falta
de trabajo, son factores que hacen fluctuar los valores
de estimación, al igual que el enamoramiento (en
lo personal y afectivo) y los objetivos cumplidos (en lo
laboral y profesional). Estos otorgan gran satisfacción
y aumentan el grado de estimación.
Todos,
sin excepción, pasamos por momentos de baja autoestima
sin transformarse por ello en una característica
“crónica” de nuestra personalidad. Desafortunadamente
muchas personas en el mundo están pasando por un
momento de baja autovaloración a causa de la falta
de trabajo. Ninguna explicación racional relacionada
con estudios sociológicos y económicos que
lo marcan como tendencia mundial parecen aliviar la sensación
de sentirse “ser poco”. Es una rara enfermedad
que sólo sana al estar ocupados.
Y
es lógico. Conseguir un trabajo, por lo menos en
los primeros días, nos hace sentir valorados y reconocidos,
lo que en sí no tiene que ver con lo que realmente
somos pero, de todas maneras, así parece funcionar.
El sentimiento de saber que alguien nos necesita es enormemente
reconfortante y capaz de sanar rápidamente cualquier
depresión aguda. Es mucho más efectivo que
cualquier medicación.
Ya
dentro de un empleo, esta responsabilidad se la cedemos
a todos los pilares de la motivación (reconocimiento,
capacitación, atención, corrección
de errores, etc.) que son los que mantienen la autoestima
elevada.
Pero
lo más increíble es la influencia que esto
tiene sobre la vida personal. Porque todos los aspectos
de nuestras vidas parecen converger en el punto de la carencia
afectiva (o cómo nos enseñaron a querernos
a nosotros mismos). Es así como, mágicamente,
tuvimos un buen día de trabajo y sentimos la inmensa
felicidad de llegar a casa e invitar a nuestra pareja a
cenar afuera, llevamos regalos a nuestros hijos o minimizamos
cualquier problema doméstico. Porque nada parece
tan grave cuando nos sentimos bien.
Ocupados o desocupados, satisfechos o no con nuestro empleo,
debemos aprender a buscar los soportes de nuestro amor propio
también fuera de nuestra ocupación, examinando
la posibilidad de desarrollar actividades en principio no
rentadas que nos demuestren que estamos más allá
de la mirada y del juicio de los demás.
Esperar
que los otros aprueben lo que hacemos (que es lo que somos)
puede llevarnos una vida o gran parte de ella. Y este es
un precio muy alto porque, en definitiva, todo lo que tenemos
es a nosotros mismos.