Un
día cualquiera estás dirigiéndote a tu
puesto de trabajo y antes de entrar decides darte la vuelta
y cambiar tu vida, dedicándote a algo que nada tiene
que ver con tu profesión hasta la fecha, ¿te
atreverías?
Aunque
suene a película post crisis económica, maravillosa
obra de Frank Capra por la que recibió un Oscar, esta
acción es posible. Claro está que para ello
hay que ser coherente y consecuente con hacer lo que quieres
y no lo que puedes.
Pensemos
que toda persona es “trina”, es decir, está
formada por tres personalidades, que conviven conjuntamente
en toda su extensión, a saber, como ellos se creen
que son, como los demás creen que son y como realmente
son.
En
los momentos de incertidumbre (económica, profesional,
personal) también se oye por ahí que hay que
refugiarse en los valores, es decir, en aquello que creemos
que es lo correcto y tranquilizador para nuestro cuerpo y
nuestra mente. Pero también se comenta, en varios foros,
que no existen valores, que estamos cambiando nuestros valores,
que hay que volver a los valores tradicionales.
Creo
que nos estamos embarcando en un bucle de melancolía
(“cualquier tiempo pasado fue mejor”) que justifique
lo que nos está sucediendo, y utilizando en sentido
contrario la expresión de los fisiócratas franceses
del siglo 18 –laissez faire, laissez passer–,
convirtiendo nuestros hechos y comportamientos en respuestas
a no-acción, siendo damnificados. Buscamos que alguien
nos ilumine en el rescate de los valores y, sin embargo, puede
que lo que haya sea una crisis de valor. Gobierno, oposición,
agentes sociales, todos hablan pero nadie actúa, o
por lo menos esa es mi percepción.
Creo
que nos estamos convirtiendo en sujetos que vemos los problemas
como algo ajeno a nosotros, donde nuestro papel es pasivo,
surgen plataformas de apoyo a trabajar en común, y
en una misma dirección utilizando el “entre todos
lo arreglamos”, pero al final nos encojemos de hombros
y lanzamos frases del tipo “las cosas son así”,
“con estos mimbres que tengo, este es el cesto que puedo
hacer”, “mi empresa tiene esta cultura”,
“yo soy así”.
Detrás
de este victimismo se encuentra la educación a la que
hemos sido sometidos. Hace tiempo leí en un artículo
la cuestión acerca de si en la educación de
los alumnos de enseñanza secundaria debería
ser obligatoria la asignatura de gestión de habilidades
para desarrollar la Inteligencia Emocional. El debate se iniciaba
sobre el tabú en el que nos educamos a la hora de expresar
públicamente emociones como miedo, felicidad, enfado
o locura.
Continuaba
dicho artículo hablando de la escucha empática
y la autoconfianza, como habilidades emocionales que se consideran
básicas y necesarias en el ser humano para iniciar
cualquier proceso de aprendizaje, y el impacto positivo que
podían tener, tanto en la salud mental como física,
en las personas que fueran capaces de aprender a gestionar
sus emociones desde una edad temprana.
Quizás
es a esa edad donde empieza la crisis de valor, nos enseñan
a desarrollarnos “fuertes y robustos mentalmente”,
el reconocimiento de la vulnerabilidad es una señal
de debilidad.
Nada
más lejos de la realidad: la vulnerabilidad es un paso
del aprendizaje y una oportunidad excelente para el desarrollo.
El reconocer que no sabemos y que pedimos ayuda para aprender,
lejos de debilidad es un punto de valentía, sólo
las personas con una fuerte competencia emocional son capaces
de reconocer su ignorancia y abrir las puertas al conocimiento
y al desarrollo de nuevas experiencias.
Volviendo
al título (“vive como quieras”) nos encontramos
ante un caso claro de falta de alineamiento entre los objetivos
personales y los profesionales. Esto que suele suceder con
cierta asiduidad en el desempeño profesional dentro
de nuestros trabajos, es un síntoma de que nos dejamos
llevar por los acontecimientos y no somos capaces de manejar
nuestro desarrollo profesional de una manera acorde a nuestros
intereses tanto personales como profesionales.
Por
regla general, los que tenemos suerte terminamos nuestros
estudios, hacemos nuestro master, comenzamos a trabajar. Nuestros
intereses son adquirir experiencia, posición y ganar
dinero. En ese momento poco nos preocupa si hacemos lo que
debemos, lo que queremos o lo que podemos.
Pasan
los años y cambiamos de funciones o de empresa, y creemos
que nos estamos realizando como profesionales, pero un buen
día miramos hacia atrás y en muchos casos nos
damos cuenta de que nuestros ideales y nuestras pretensiones
han ido modificándose con el tiempo.
Nuestros
valores y nuestros ideales han podido mantenerse, en el mejor
de los casos, adaptándose a nuestro entorno. Lo lógico
es que aunque los mantengamos inalterables, se modifiquen
en cuanto al orden de prioridades que les damos.
Pero,
¿qué ocurre si nos damos cuenta de que lo que
hacemos no coincide con lo que pretendíamos cuando
empezamos a trabajar, de que nuestros valores e ideales se
han quedado en el fondo del baúl de los recuerdos?
En
este caso podemos hacer dos cosas: la más fácil
es dejarnos llevar por los acontecimientos y dejar diferida
nuestra felicidad a cuando nos jubilemos o cobremos una “primitiva”,
o sentir el “vértigo” de deber intentar
conducir nuestro destino.
Si
decidimos ser consecuentes con nuestro alineamiento personal
y profesional, debemos asumir la responsabilidad de pasar
de la preocupación a la ocupación. Cuando algo
nos preocupa, estamos evadiendo la respuesta dirigida a resolver
la situación o el reto; cuando algo nos ocupa nos convertimos
en conductores de la situación y pasamos de ser parte
del problema a parte de la solución.
En
esta situación empezamos a conducir nuestra carrera,
empezamos a sentir que somos dueños de nuestros actos,
asumimos que el reto al que nos enfrentamos es un objetivo
a alcanzar. Por lo tanto, podemos dejar de ser víctimas
para ser responsables, para asumir la habilidad de responder
al objetivo y actuar en consecuencia.
A
partir de aquí seremos honestos con nuestros propósitos,
honrados con nuestros proyectos y, finalmente, valientes para
tomar decisiones por nosotros mismos. Seremos vencedores porque
iremos más allá de la expresión “hicimos
lo que pudimos”. En definitiva, conseguiremos alinear
nuestros planteamientos con la realidad que nos hemos fijado. |