Tal
vez uno de los paradigmas más arraigados que posee
nuestra sociedad puede ubicarse en la creencia de que una
vez que ocupamos una posición en la empresa, nuestra
tarea de buscar empleo ha terminado y, de inmediato, ha
comenzado otra orientada a mantenernos en ella. Nada más
contrario a la lógica y la razón.
Visualicemos
por un momento la situación anterior haciendo un
símil con la figura de un deportista aficionado a
la carrera. Para él, mantenerse en forma significa
entrenar diariamente, exigirse día a día un
poco más, cuidar la dieta, evitar excesos, medir
sus logros y, una vez que los alcanza, inmediatamente buscar
la manera de poder superarlos.
El
hecho de que un corredor llegue a la meta en un minuto treinta
segundos no le proporciona estabilidad, jamás se
plantea mantener el mismo ritmo y alcanzar, cada vez que
compita, la misma marca; por el contrario, observa la puntuación
como una barrera que pronto deberá rebasar. Sencillamente
es un corredor.
Pero
en el entorno laboral la lógica es distinta pues,
al contrario del deportista, la tendencia está más
orientada a cuidar la marca, o sea, mantener el empleo,
que a dedicarse a romperla. Esto sucede cuando nos observamos
más como empleados que como profesionales empleables.
Y ello tiene su razón de ser.
En
el competitivo mundo en que vivimos, donde la oferta supera
a la demanda, cuidar el empleo, más que una señal
de "incapacidad a asumir retos" o "poca disposición
al cambio", se ha convertido en una necesidad. El profesional
promedio tarda entre seis y ocho meses en ubicarse nuevamente
en el mercado laboral y ello, aunado al estrés que
genera la falta de ingresos, es una experiencia que difícilmente
se desee repetir.
Es
por esa razón que una vez alcanzada la meta, al volver
a formar parte del equipo empresarial la tendencia a aferrarse
a la posición es inmediata. Esto supone la responsabilidad
de un rendimiento superior al promedio, pues de lo contrario
la amenaza de ser reemplazado estará siempre presente.
Es ahí donde se intercambia un estrés por
otro, donde dejamos de preocuparnos por ser contratados
y comenzamos a obsesionarnos por mantenernos empleados.
Pero,
¿es que acaso estar empleados es la meta final? ¿Se
trata, entonces, de mantenernos atados a un trabajo todo
el esfuerzo que hacemos? Además, ¿quién
nos asegura que ése es el empleo que merecemos y
que no había uno mucho mejor a la vuelta de la esquina?
Y por otro lado, ¿no se contradicen las tendencias
mundiales con la realidad? En la actualidad se asegura que
vale más veinte experiencias vividas en un año
que veinte años repitiendo una experiencia.
El
uso y las costumbres administrativas, hasta ahora presentes,
nos han hecho suponer que lo importante es prolongar nuestra
permanencia en un empleo hasta que la misma se extinga por
razones ajenas a ambas partes. Cuando se revisa un resumen
curricular cuyos lapsos de trabajo son breves, inmediatamente
se tiende a suponer que estamos en presencia de inestabilidad,
olvidando completamente que la experiencia no se mide por
el tiempo sino por la intensidad.
Pero la premisa
del tiempo se mantiene presente como un paradigma permanente,
y ello obliga de manera inconsciente al profesional a autolimirtarse
e impedir que se desenvuelva en el mercado laboral con la
libertad y la amplitud que sus conocimientos le ofrecen.
El profesional de verdad no es un empleado, es empleable.
Ser
un profesional empleable rompe con el concepto tradicional,
tan arraigado en nuestras empresas y resumido en el dicho
popular "el ojo del amo engorda al ganado". Al
contrario de lo que ello expresa, la labor de este individuo
es la de transferir conocimiento, generar confianza y promover
el liderazgo colectivo y no individual, haciendo posible
que en su ausencia, el equipo de trabajo sea lo suficientemente
capaz de desempeñarse igual o incluso mejor que cuando
él está presente.
Un
profesional empleable evidentemente hace bien su trabajo,
agrega valor, pero no puede sentirse atado a una empresa
donde no pueda continuar aprendiendo y desarrollando sus
competencias, lo que le da todo el derecho a alzar la mirada
y buscar nuevos horizontes.
Esa
es una realidad que las empresas deben entender. En el momento
en que vivimos, la lucha por mantener al talento es algo
que debe preocupar a las organizaciones, pues los profesionales
están tomando cada día mayor conciencia de
que no se trata de pernoctar por años en un solo
escenario, pues ello atrofia su visión holística
y su capacidad de innovación. Saben que mientras
más conozcan del todo, más capaces serán
de tomar decisiones objetivas, oportunas y con éxito.
Una
vez entendido este concepto, dejaremos atrás esa
visión obsoleta de juzgar el desempeño por
el tiempo en que se ha permanecido empleado, pues habrá
de entenderse que las personas valen más por lo que
son capaces de hacer y no por lo que hicieron. Quedará
entendido que el límite de permanencia en las organizaciones
responderá más a lo que se pueda aprender
y obtener de ella, que al renombre, al cargo o a la posición
ejecutiva que se ostente. La rotación no será
vista como una consecuencia de buenas o malas políticas
laborales, sino como una constante renovación y oportunidad
de mantenerse de acuerdo con los tiempos.
Sin
embargo, mientras el paradigma no cambie, el profesional
estará bajo el influjo de una visión que lo
limita a cuidar el puesto, alimentar el paradigma del poder,
guardar para sí el conocimiento y reducirlo a ser
simplemente un empleado. No importa el lugar que ocupe en
la organización, no importa cuan básico o
estratégico sea su cargo, mientras más tiempo
dure en él, más posibilidades tiene de experimentar
la miopía laboral y acercarse a la obsolescencia.
No
obstante, es prudente señalar que la necesidad imperante
de ser empleables y no empleados no se trata de observar
un desempeño desordenado y a la ligera, pues existen
ciertos elementos que permitirían establecer las
bases para diferenciar conductas. Se es empleable en la
medida en que las experiencias están interconectadas,
se asocian entre sí y pueden ensamblar a un profesional
con una amplísima visión del negocio. Los
ejercicios aislados, de poca profundidad y carentes de coherencia,
podrían sugerir un comportamiento inestable contrario
al esperado.
Finalmente,
volviendo al símil inicial, los profesionales debemos
imaginarnos como deportistas, y las empresas deben vernos
como tales. Mientras existan metas que alcanzar, nuestro
esfuerzo y nuestra dedicación deberán estar
orientados a ello; pero una vez divisada la cima, resulta
contradictorio no echar un vistazo al horizonte, escoger
una montaña más alta, que permita poner a
prueba los conocimientos alcanzados y nos dé una
posición más amplia de observación,
y ello puede ocurrir en años o tal vez en pocos días;
nuestra permanencia dependerá de la capacidad de
mantenernos cautivados, interesados en la meta, afrontando
retos y cosechando éxitos, de lo contrario nada puede
detenernos para continuar.
Recordemos:
no se trata de estar empleados, es cuestión de ser
empleables. Un empleado está vedado al mundo, vive
en una constante rutina, aprende de memoria sus funciones,
conoce hasta el más mínimo detalle de la operación,
hasta el punto que es incapaz de innovar. Desestima el costo
de oportunidad.
Un
profesional empleable está abierto a las opciones,
conoce lo suficiente su trabajo, lo realiza de manera optima,
oportuna y con calidad, pero no se deja envolver por él,
sabe que al hacerlo perderá la objetividad, será
incapaz de crear. Observa su empleo como una experiencia,
aprende de su entorno y transfiere el conocimiento, porque
también sabe que en cualquier momento habrá
un reto mayor que alcanzar y nada le impedirá que
lo haga... ni siquiera la práctica errada de juzgar
su desempeño por su duración y no por sus
resultados.