I.
Introducción
La
comunicación (el famoso acto de poner en común)
juega un papel fundamental en el desarrollo de cualquier interacción
humana, máxime cuando su campo de acción se
circunscribe a la actividad laboral, en donde es preciso que
los mensajes sean leídos con un mínimo de distorsión
para alcanzar un desempeño eficiente.
Que
nadie confunda lo dicho con una exaltación de la Teoría
de la Información de Shannon o con una concepción
conductista de la comunicación: cualquier reduccionismo
de este tipo es fácilmente desacreditado exponiendo
la inevitable asimetría que se presenta entre la codificación
y la decodificación. Mucho menos pretendo "interacciones
limpias": el malentendido es casi la quintaesencia, el
quid de la comunicación, al punto de tener que lidiar
como regla (y no como excepción) con "comunicaciones
sistemáticamente distorsionadas".
Sencillamente,
el hombre –tal como afirma el semiólogo italiano
Umberto Eco– es un ser que navega por las aguas abiertas
del sentido y no una máquina que transmite información.
La complejidad de la comunicación humana es la que
nos impide sostener la mirada ingenua de un mundo de "comunicaciones
perfectamente transparentes". Por tal motivo, cuando
me refiera a comunicaciones eficientes, lo haré pensando
en un universo que supere la estrecha analogía comunicación
= transmisión de información, para situarme
en un marco de acción que, alineándose con los
objetivos de la empresa, no desconozca que el impacto de cualquier
campaña de comunicación es, en buena medida,
indeterminable.
Pero
"indeterminable" no quiere decir "azaroso".
Immanuel Kant sostiene que la voluntad no define los resultados
porque tiene como límite para su realización
tanto al mundo de la naturaleza como a la voluntad del otro.
En una ampliación desde la fenomenología –y
en tanto que el diseño es una disciplina poiética,
un fruto de la acción– el cuerpo también
limita desde la práctica a la voluntad. Pero sin entrar
demasiado en una discusión filosófica por demás
fecunda, la eficacia comunicacional que mediante la prefiguración
racional se pretende lograr, nunca puede ser garantizada antes
de ser puesta en práctica, pese a lo cual no debe renegarse
del "diseño" en tanto intento de prever y
controlar el sentido y su(s) efecto(s).
Desde
el sujeto y el objeto (el sentido reside en ambos, o mejor
dicho, nosotros asignamos sentido pero no independientemente
de lo que la cosa es) la temida polisemia (que no debe confundirse
con pluralismo) no juega en contra de una planificación,
por el contrario, es necesario que las organizaciones perciban
la complejidad que envuelve a la acción de "comunicar"
para que por fin le asignen el valor que verdaderamente tiene
y encomienden su gerenciamiento (en verdad, el intento de
dirigir la lectura dentro de los límites proyectados
orientando la decodificación hacia un significado preferente)
a un profesional. Quizá esto parezca una perogrullada,
pero todavía no existe en la Argentina una conciencia
empresarial sobre la importancia y el valor (monetario, concreto)
que representa tener buenas comunicaciones internas y externas.
II.
Nueva economía
En
la actualidad, toda línea de gestión en comunicaciones
debe dar cuenta de los cambios que acontecieron en la sociedad
(bautizada como sociedad de la información y el conocimiento)
en los últimos años, prestando especial atención
al hecho de que el modelo económico produjo una traslación
en su forma de ponderar el valor: de cuantitativo a cualitativo,
de tangible a intangible. Signo de estos tiempos, como bien
ilustra el consultor de imagen Norberto Chaves, es que el
esquema tradicional de la comunicación comercial en
la que se hablaba con fines persuasivos de las bondades de
un producto ha caducado, teniendo que apelarse a entidades
más "quietas" (como la marca) en un delicado
enroque entre el valor del producto y el valor de la empresa.
¿Qué significa esto? Cito a Martin Heidegger:
"Ser, hoy día, es ser-reemplazable. La idea misma
de ´reparación´ ha llegado a ser una idea
´anti-económica´. A todo ente de consumo
le es esencial que sea ya consumido y, de esta manera, llama
a su reemplazo. La permanencia no es ya la constancia de lo
transmitido, sino lo siempre-nuevo del cambio permanente".
Justamente,
frente a este "cambio permanente", la imagen corporativa
se ha convertido en el principal activo (pese a su invisibilidad)
de las empresas, pero con el coste de obligarlas a expandir
el aparato comunicacional y a proyectar todo lo que pueda
ser soporte de mensajes y significación, como ser:
la gráfica, la indumentaria, el mobiliario, las normas
laborales, las relaciones humanas, etcétera.
Jean
Baudrillard, en su libro Crítica de la economía
política del signo, plantea que la clave para dilucidar
el nuevo entorno surgido a partir de la Bauhaus es advertir
que se ha pasado de la producción de "productos"
(con valor simbólico en relación al hombre)
a la producción de "objetos" (con valor sígnico
en relación a un sistema de objetos), donde estos últimos
dejan de ser una cosa o una categoría para convertirse
en un status de sentido, en sintonía con una sociedad
que ha abandonado su propiedad "metalúrgica"
para transformarse en "semiúrgica".
Estas
reflexiones acerca del status del objeto y su relación
con la sociedad nos permiten comenzar a trazar las líneas
de una nueva cartografía en materia de comunicación
y diseño, cuyo vector principal tal vez sea el de la
imagen.
Analicemos
el caso de Nike. Frente a la pregunta de ¿qué
produce Nike?, una persona desprevenida podría decir
que se trata de un fabricante de indumentaria deportiva. A
simple vista la respuesta parece correcta, pero sin embargo
no lo es. Y no lo es, porque aún perdura un imaginario
social anacrónico sobre lo que significa "producir".
Nike no produce otra cosa que diseños, tercerizando
la confección de sus prendas a factorías distribuidas
en países tercermundistas. (Recordemos la crisis que
le significó el descubrimiento por parte de la prensa
estadounidense de la mano de obra esclava e infantil que se
empleaba en sus fábricas asiáticas).
Un caso similar lo podemos encontrar en el mercado de las
Computadoras
Personales. Cualquiera que medianamente conozca de computación
sabrá que tanto las PC de IBM, Compaq o Hewlett Packard
poseen procesadores Pentium Intel en su interior. ¡El
"corazón" de todas es igual! Entonces, ¿qué
las diferencia? Pues sus servicios extra, su soporte técnico,
su garantía, sus valores intangibles, su no-producto.
Por
medio de estos ejemplos, descubrimos que el objeto (el mensaje)
no vale por lo que es sino por quién lo produce (lo
emite), y que la magnitud de una empresa ya no puede medirse
por su cantidad de fábricas o empleados, al igual que
el desarrollo de un país ya no se mide por cabezas
de ganado o toneladas de acero producidas al año.
Trabajar en comunicaciones internas y externas demanda conocer
a la perfección esta realidad para no quedar encerrados
dentro de los imaginarios productivos de la década
del `30.
III.
¿Comunico o no?
La
Comisión de Comunicaciones de ADRHA realizó
en junio de 2000 una investigación sobre comunicaciones
internas. En una de las preguntas, le pidió a los empleados
de distintas organizaciones que enumeren cuáles serían
los beneficios de contar con una buena comunicación:
- El
25% hizo mención a una mayor eficacia en la tarea
(aunque, en mi opinión, lo correcto hubiese sido
hablar de eficiencia).
- Un
18% dijo que permitiría alinear a toda la organización.
- El
17% contestó que agilizaría los procesos internos.
- Un
14% que crearía sentimientos de pertenencia y motivación.
- Y
una idéntica proporción afirmó que
mejoraría el clima laboral, tal vez como consecuencia
directa de lo anterior.
En
suma, los beneficios de contar con una buena comunicación
interna son beneficios monetarios concretos y no una extravagancia
que se permiten las grandes empresas multinacionales (y a
veces ni siquiera ellas, como veremos más adelante)
para lograr la certificación ISO. Y son beneficios
concretos porque sus riesgos son reales: una mala comunicación
afecta el trabajo: se demoran, se duplican o se pierde calidad
en las tareas, baja la productividad, hay desmotivación,
incertidumbre. Perder eficiencia significa perder dinero.
Ahora
bien, ¿la comunicación es una decisión?
Es decir, ¿las empresas pueden decidir si "hacen"
o "no hacen" comunicación interna o externa?
Para responder a este interrogante repetiré una frase
que figura hasta el cansancio en cualquier manual: el no comunicar
también comunica. ¿Por qué insisto con
algo tan trillado? Porque todo cliché impide siempre
el desarrollo genuino del significado.
Convengamos
que por acción u omisión las cosas suceden,
y que al igual que tener un bajo perfil no significa no tener
perfil alguno, la peor política de comunicación
es la inexistente ya que siempre –y muy a pesar nuestro–
existe comunicación.
Por
lo tanto, es un error clasificar a las organizaciones entre
aquellas que:
- "Hacen"
comunicación interna y/o externa.
- "No
hacen" comunicación interna y/o externa.
Lo
correcto es que todas las organizaciones "hacen"
comunicación, diferenciándose entre aquellas
que:
- Planifican
activamente sus comunicaciones.
- Las
dejan libradas al azar o a un engañoso silencio.
Aunque
parezca meramente conceptual, la diferencia no lo es. Pero
lo más curioso es que si bien todas las organizaciones
comunican –ex profeso o no– muy pocas capitalizan
este recurso ya existente en favor de sus intereses, o lo
que es peor, agravan la situación cayendo en la contradicción
entre lo que dicen y lo que en verdad hacen. (Un ejemplo clásico
es el de las empresas que se vanaglorian de su compromiso
por el "desarrollo de sus empleados" pero que niegan
sistemáticamente el día de estudio a quienes
lo solicitan.)
Tal
vez parezca extraño que desde esta posición
se alerte lo siguiente, pero considero que la conciencia crítica
debe prevalecer porque es la única conciencia que vale: hay
que terminar con la utopía comunicacional de pensar
que todos los problemas sean problemas de comunicación
per se y que una vez resueltos todo funcionará como
es debido. Lo cierto es que cuando la cultura de la organización
no funciona como pilar, se terminan enfrentando fatalmente
las dimensiones de identidad (lo que la empresa es), de comunicación
(lo que la empresa dice que es), y de imagen (lo que el cliente
interno o externo cree que la empresa es).
Además,
todo mensaje vale por lo que dice y por quién lo dice,
pero también por el ánimo con que se dice, por
su nivel metacomunicativo. A nadie se le escapa que la comunicación
visual sea una herramienta necesaria e imprescindible en virtud
de que nuestra sociedad desarrolla cada vez más las
competencias indiciales propias de una cultura audiovisual,
de un hommo videns. Pero tampoco hay que pasar por alto que
la comunicación humana funciona en varios niveles de
abstracción y que es absolutamente necesario que estos
niveles coexistan sin contradicciones. Por caso, de nada vale
que yo lea "A nuestra empresa le importa la opinión
de sus empleados: ¡Participe del survey!", si la
consigna está pegada detrás de la puerta de
un pasillo, torcida y manchada.
Simplemente
los mensajes se contradice y se anulan.
VI.
Urbi et Orbi
Es
difícil decir por qué fallan las comunicaciones
internas en las empresas globalizadas. Cada organización
es un mundo particular y no conviene generalizar a partir
de un caso particular. No obstante, considero que si las vivencias
no se convierten en un corsé intelectual prêt-à-porter,
pueden ser compartidas sin riesgo alguno –mal que les
pese a los inductivistas.
A
lo largo de mi experiencia laboral advertí algo obvio
que, no obstante, era pasado por alto: las comunicaciones
–y sobre todo las internas– no resultan efectivas
cuando están digitadas desde una casa matriz. Desde
luego, esto podría solucionarse incorporando un profesional
que adapte los mensajes "globales" a la cultura
"local" de cada país. Algo así como
una "glocalización" de la comunicación.
Lamentablemente esto no sucede, ni siquiera sobre algo tan
"íntimo" como la Intranet.
Lo
cierto es que me tocó presenciar cómo el management
reducía la comunicación interna al acto de recibir
del cartero los tubos de cartón que llegaban desde
Estados Unidos, desenrollar los posters que venían
dentro y pegarlos en las carteleras. La única mediación
que existía era la de ponerle chinches o cinta adhesiva.
A esta pereza intelectual me gusta llamarla "el síndrome
del copiar y pegar" y viene de la mano de la idea de
"comunicación única, perfecta y universal"
y de la falacia ideológica que pregonan los apologistas
de la "Aldea Global".
Por
lo tanto, el primer aspecto a tener en cuenta es que la globalización
no significa decir lo mismo a todos, sino conservar el sentido
adaptando la forma a la idiosincrasia de los destinatarios,
que son siempre activos y que decodifican consciente e inconscientemente
los mensajes siguiendo patrones culturales, ideológicos
y psicológicos propios.
Podría
seguir deshilachando la soga causal, pero encontraría
los mismos hilos: las comunicaciones –para ser efectivas
y para que no se conviertan en un bumeran– deben ser
coordinadas y diseñadas por profesionales.
A
modo de cierre, voy a relatarles una anécdota que sin
duda es un magnífico ejemplo de cómo la falta
de idoneidad puede poner absurda y peligrosamente en ridículo
la imagen de una gran empresa dentro del contexto de comunicaciones
globales.
El
hecho, detalle más, detalle menos, fue el siguiente:
asustados por el juicio millonario que hiciera una empleada
en Estados Unidos, la casa central de la empresa lanza una
campaña global para todas sus filiales en el mundo
en contra del "acoso sexual". Acto seguido, llegan
a la oficina de Buenos Aires los famosos tubos de cartón
y, como de costumbre, se desenrollar los posters y se pegan
detrás de las puertas. Al mes siguiente arriba una
pequeña comitiva de estadounidenses para explicar qué
situaciones podían ser consideradas y penalizadas por
"sexual harassment" demostrando, entre otras cosas,
que no existe nada más hipócrita que la moral
puritana y que la comunicación face-to-face no es el
bálsamo de todos los males.
¿Alguien
puede pensar que un argentino tome en serio que tocarle el
hombro a una mujer sea motivo suficiente como para que lo
denuncien por acoso sexual? Y con esto no estoy fomentando
una "rebelión", porque desde luego toda filial
de la empresa que fuere debe obedecer las directivas y normas
laborales de la casa matriz. Pero revela no sólo una
miopía intelectual soberana, sino también una
falta total de sentido común, que nadie haya intentado
adecuar (no tan sólo interpolar) ese contenido a la
idiosincrasia, no digo argentina, sino al menos "latina".
Para
los estadounidenses tocar el hombro de una mujer es algo ofensivo,
pero para una cultura como la nuestra no lo es. ¿Eso
significa que somos todos acosadores sexuales? Desde luego
que no. Tan sólo tenemos códigos culturales
distintos porque somos (por fortuna) distintos.
Pero
cuando un departamento de Recursos Humanos se reduce a ser
una mera oficina administrartiva-burocrática para liquidar
sueldos y controlar el ausentismo, hablar de proxémica
se vuelve una tarea ardua e inútil.
Volviendo
al tema del acoso sexual, los resultados son ilativos: desde
luego nadie hizo el menor caso a la campaña y todos
tomaron a las charlas (¡incluso los propios jefes!)
como una perdida de tiempo y una idiotez.
Al
igual que del éxito no se deduce el mérito,
la torpeza no se deduce del error, sino de saber de antemano
que lo que se hace es un error y no hacer nada para remediarlo.
Pero los errores sirven para aprender de ellos y, en este
caso particular, para reforzar algunos saberes básicos:
pensar en forma global, trabajar siempre en forma local.
Desde
luego que la idoneidad es la piedra angular para encarar la
actividad que fuere.
Incluso
en algo tan "sencillo" como la comunicación.
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