Las
distintas experiencias en relación con cambios organizacionales
permiten detectar que, en muchas ocasiones, las empresas enfrentan
estos procesos disociados de estrategias comunicacionales.
Normalmente
la falta de alineación con la misión, visión
y valores surge del abordaje que se ha efectuado de la planificación
del cambio desde perspectivas individuales o sectoriales,
que desconocen un análisis sistémico. Esta última
concepción implica ver los cambios desde una perspectiva
multidimensional, visualizando y considerando a la organización
como la interrelación de los procesos de gestión
y los flujos comunicacionales, las actitudes, percepciones
y los modos en que se toman las decisiones.
Los
procesos de cambio dentro de una organización implican
transformaciones en sus hábitos de conducta. En este
sentido, la función del CEO es fundamental. Constituye
la piedra angular del cambio, ya que es él quien determinará
la perspectiva desde la cual se analizará el mismo.
Tiene
que definir y comunicar las causas que motivaron el cambio,
las directrices del mismo, las estrategias y acciones a seguir,
las posibles resistencias a su implementación y su
posterior resolución. Debe decidir y comunicar los
valores que privilegiará en su gestión, valores
que deben estar explicitados y que todos los miembros deberán
compartir.
Para
poder generar credibilidad en el plan de cambio, el CEO deberá
identificar cómo se manifiesta la resistencia natural
y esperable a los cambios, el miedo frente a la incertidumbre,
conocer y trabajar con las expectativas de los empleados,
para negociar los nuevos vínculos entre los empleados
y la organización. Esto incide en que el cambio sea
percibido como una oportunidad y no como un conflicto o una
amenaza.
En
términos generales, se podría establecer que
existen distintos umbrales de aceptabilidad y reacciones frente
al cambio: los que no desean el cambio por estar conformes
con el statu quo; los que no imaginan en qué los beneficiará,
por lo tanto aprueban el cambio pero sólo intelectualmente;
los que están de acuerdo con el cambio pero no aceptan
los primeros pasos que hay que efectuar, por considerarlos
traumáticos para los actores involucrados; los que
aprueban el cambio en su totalidad.
Cada
una de estas posiciones frente al cambio demandará
el diseño de una estrategia comunicacional diferente.
En este proceso es necesario dinamizar los sistemas y los
soportes de comunicación que potencien la fluidez de
los canales.
En
muchas empresas, los valores sólo quedan en una etapa
de definición, como por ejemplo, en carteleras, en
un video que todos observan, pero los miembros no saben cómo
traducirlos en conductas. Es por ello que la comunicación
de los valores tiene un rol fundamental en todo cambio organizacional.
Cabe aclarar que comunicación implica una modificación
del comportamiento del otro, para lo cual debe existir un
código común y darle al receptor una información
que sea significativa, para lograr un alto nivel de entendimiento.
Esta comunicación debe responder a la siguiente consigna:
¿qué puede hacer cada integrante de la compañía
para llevar los valores a la práctica? Este mensaje
debe resolver esta inquietud para que todos los niveles de
la organización puedan visualizar cuáles son
las conductas requeridas para llevar a cabo la materialización
de los valores.
Cuando
un cambio no es comunicado claramente, produce pérdida
de confianza, incertidumbre, entropía, patologías
comunicacionales y una baja de la productividad. Todo cambio
sólo podrá concretarse si la organización
puede proyectar, a través de sus valores, la visión
que se le propone.
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