Hemos
sido testigos del paradigma empresarial de los últimos
diez años: “Buscamos gente que tenga vasta experiencia
en el mercado. El pasaje por diversas empresas es altamente
valorado”.
En
un estudio realizado por Profiles International encontramos
que la principal razón por la cual la gente abandona
su trabajo es el aburrimiento. La gente se aburre, dice no
tener desafíos, proyección, etc.
Según
las estadísticas del mismo estudio, el 30 por ciento
de la gente no deja sus trabajos. La gente deja a la gente
que la dirige o los proyectos no desafiantes.
Cuando
indagamos sobre las expectativas de los profesionales en un
proceso de selección, encontramos respuestas que se
repiten sistemáticamente: “Busco un proyecto
desafiante que me permita ampliar mis conocimientos, que me
de visión global, que me permita ver el negocio de
cerca y me forme en management”. Palabras más,
palabras menos, esto es permanente.
Las
estadísticas muestran que los principales motivos de
atracción son: desarrollo profesional (20%), trabajar
en una empresa líder (14%), trabajar en una empresa
innovadora (13%), alta retribución (sólo el
7%).
¿Qué
quiere decir esto? ¿Cómo se conciben los profesionales
a sí mismos?
Mi
visión es que el profesional en la empresa hoy se vive
y se construye a sí mismo como “Producto”.
Un producto que tiene que ser integral, orientado al negocio,
multifuncional, marketinero, con proyección a futuro
y hasta rentable.
Es
decir, que la empresa ya no es el fin como lo era en otras
épocas (“trabajo en” o “trabajo para”).
Ya
casi no encontramos profesionales ávidos de tener prolijas
carreras corporativas como sus padres. Hoy la empresa es el
medio que les permite a los profesionales ser más ellos
mismos. Ser mejores para sí mismos, tener perfiles
más integrales para sí mismos. Por eso se preguntan:
¿de qué me sirve el proyecto de la empresa para
ser mejor yo? Sostener una estructura piramidal jerárquica,
en la que cada uno sabe exactamente qué tiene que hacer
para llegar al nivel que sigue, tiene el beneficio del orden
y la proyección de carrera, pero tiene la desventaja
de no contemplar el potencial particular de las personas.
La lateralidad, el valor agregado, lo que no necesito hoy
pero me sirve para la empresa del mañana.
Si
el profesional se ve a sí mismo como producto, tratará
de construirse de manera integral. Con lo cual sus inquietudes
no siempre machearán con el puesto que ocupa hoy. Sin
embargo, esa es la forma de obtener valor agregado en las
empresas. Hacer explícitos estos acuerdos comienza
a darle otro matiz al desarrollo. Hacer la propia experiencia
de generar talento implica un mayor compromiso de los profesionales
y la posibilidad a futuro de mayor valor agregado para la
empresa.
A
partir de ahí. el desafío es tener una política
lo suficientemente flexible para estar cerca del desarrollo
del talento de los empleados. y orientar la carrera de manera
tal que el beneficio sea mutuo en una relación “ganar-ganar”.
Ahora
bien, dijimos que hoy se valora la circulación en el
mercado. ¿Qué se valorará dentro de diez
años? La preocupación por la detección
y el desarrollo de talento tal como se la concibe hoy demuestra
que todos los esfuerzos que una empresa haga serán
el rédito que se llevará el próximo empleador.
Con lo cual todos entramos en un sistema donde le formamos
management a la competencia.
¿Cuánto
tiempo se sostiene esta idea? El tiempo que las empresas tarden
en darse cuenta que esto es efectivamente lo que están
haciendo.
Un
estudio de Harvard, en el que se hizo un seguimiento de 360.000
personas en sus carreras profesionales a lo largo de 20 años,
demostró que un ingrediente clave para la permanencia
de las personas en las empresas es asegurarse la identidad
cultural. Es decir que sus intereses, habilidades y personalidad
sean afines con los de la empresa.
Es
por ello que yo insito tanto, en el momento en que las empresas
encaran un proceso de selección, en que focalicen en
buscar postulantes que sean afines a la cultura de la empresa.
Estoy
convencida de que la identidad cultural es una de las claves
de relaciones duraderas. Cada persona tiene motivaciones diferentes,
expectativas diferentes, y un estilo propio. Por lo tanto
no debemos lamentarnos de estas diferencias ni tratar de eliminarlas.
Lo que debemos hacer es aprovecharlas y lograr que cada uno
sea más de lo que ya es.
Esto
cambia el centro de atención. Así como hace
más de veinte años hemos entendido que las empresas
deben poner en el centro a sus clientes, debemos entender
que a futuro las empresas girarán en torno a las personas
con talento y sus necesidades y no al contrario, como sucede
ahora.
Por
eso la identidad es la única clave que salva esta situación.
Si el profesional se identifica con los valores de la empresa,
si la organización es el mejor entorno para él,
entonces la empresa se hace elegible y a la vez fideliza al
empleado.
Por
lo tanto, las empresas que quieran ser “empresas talentosas”en
el futuro deben afrontar el riesgo de hacer acuerdos explícitos
con sus empleados que contemplen las necesidades de ambos.
A partir de allí la variabilidad del tiempo de permanencia
es directamente proporcional a la creatividad de ambas partes
para hacerlo valer y sostenerlo en el desarrollo del negocio
y de la carrera de las personas.
¿Por
qué me preocupo por la estancia prolongada en la empresa?
Porque estamos en el umbral del mercado de los próximos
cinco años. Y el análisis que podemos hacer
de la perspectiva es que dentro de cinco a siete años
estaremos buscando gente que haya permanecido ese tiempo en
las empresas, que haya desarrollado su perfil, que haya aprendido
herramientas y que las haya utilizado efectivamente en un
proyecto de mediano / largo plazo y que sea capaz de mejorarla.
Para
ello, ambos deben entender que el desarrollo del negocio personal
de los profesionales (ser un producto de alta calidad, alta
performance y altamente valorado [$]), y el de la empresa
(contar con los mejores profesionales, en tanto tengan identidad
cultural), tienen en sus manos la clave de la permanencia
del empleado por años en la empresa para maximizar
el potencial del negocio.
Entonces,
señores lectores, es hora de desterrar la idea de que
nadie es profeta en su tierra.
¿Por
qué nos empecinamos en invertir hoy en el futuro profeta
de la empresa de enfrente?
Recuerden
que el talento en una organización no supera, generalmente
el 15 por ciento de los trabajadores de ella. Es sólo
una porción, un grupo reducido, el que hará
cosas grandiosas. Vale la pena buscarlos. Sigan mi consejo:
llegó la hora de mirar para adentro.
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