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El
éxito en la economía del conocimiento les pertenece
a quienes conocen sus propios puntos fuertes, sus valores,
y sus formas de rendir mejor.
Aquellos
que han tenido más éxito en la historia de la
humanidad –un Napoleón, un DaVinci, un Mozart–
siempre han sabido manejarse a sí mismos: siempre han
ejercido automanagement. Eso es lo que, en gran medida, los
hizo tan exitosos. Sin embargo, son los menos. Tanto sus talentos
como sus logros deben considerarse fuera de los límites
de la existencia humana común y corriente. Pero todos,
inclusive los menos dotados, debemos aprender a autogestionarnos,
a manejarnos a nosotros mismos, a hacer automanagement. Debemos
aprender a desarrollarnos. Tendremos que ubicarnos en donde
podamos dar nuestra mayor contribución. Y tendremos
que mantenernos con la mente alerta y ocupada durante una
vida laboral de 50 años, lo cual significa saber cómo
y cuándo cambiar nuestro trabajo.
¿Cuáles
son mis puntos fuertes?
La
mayoría de la gente considera que sabe en qué
se desempeña mejor. Por lo general, están equivocados.
Es más frecuente que sepan en qué fallan; en
esto también suelen equivocarse. Sin embargo, una persona
sólo puede desempeñarse a partir de su fortaleza.
Uno no puede desarrollar su rendimiento basándose en
sus puntos débiles, más aún cuando se
trata de algo que no sabe hacer.
A lo largo de la historia, las personas han tenido poca necesidad
de conocer sus puntos fuertes. Uno nacía en una determinada
condición o posición social y se insertaba en
una especialidad laboral: el hijo de un campesino también
estaba destinado a ser campesino; la hija de un artesano,
esposa de un artesano, y así sucesivamente. Pero en
la actualidad la gente tiene opciones. Para saber a dónde
pertenecemos, debemos conocer nuestros puntos fuertes.
La
única manera de descubrir nuestros puntos fuertes es
a través del análisis de nuestras propias experiencias:
feedback. Cada vez que usted tome una decisión clave
o emprenda una acción clave, escriba lo que espera
que ocurra. Nueve o doce meses más tarde, compare los
resultados reales con las que fueron sus expectativas. Este
método lo vengo aplicando desde hace quince o veinte
años, y cada vez que lo aplico me sorprendo. El feedback
me demostró, por ejemplo y ante mi gran sorpresa, que
cuento con una comprensión intuitiva de las personas
técnicas, sean ingenieros o contadores o investigadores
de mercado. También me demostró que no tengo
demasiado eco entre los generalistas.
El
análisis de feedback no es, por cierto, algo nuevo.
Lo inventó un semidesconocido teólogo alemán
en algún momento del siglo catorce, y lo retomaron
de manera independiente John Calvin e Ignacio de Loyola unos
150 años más tarde; cada uno de ellos lo incorporó
a sus seguidores. De hecho, el constante análisis de
rendimiento y resultados que este hábito produce explica
el motivo por el cual las instituciones que estos dos hombres
fundaran, el calvinismo y la orden jesuítica, llegaron
a dominar Europa en menos de 30 años.
Si
se practica con constancia, este sencillo método le
demostrará en poco tiempo, quizá dos a tres
años, cuáles son sus puntos fuertes: y esto
es lo más importante que usted debe conocer. El método
le demostrará que lo que hace o deja de hacer lo priva
de aprovechar a fondo los beneficios de sus puntos fuertes.
Le indicará los temas para los que no es demasiado
competente. Por último, le demostrará en qué
áreas carece de puntos fuertes y, en consecuencia,
no puede desempeñarse.
El
análisis de feedback implica varios temas de acción.
Primero y principal, concéntrese en sus puntos fuertes.
Ubíquese donde estos puntos fuertes puedan producir
resultados.
Segundo,
dedíquese a mejorar sus puntos fuertes. El análisis
pronto le mostrará dónde necesita perfeccionar
sus técnicas o adquirir otras nuevas. También
le mostrará los baches en sus conocimientos; estos,
por lo general, pueden arreglarse. Se nace con vocación
por las matemáticas, pero cualquiera puede aprender
trigonometría.
En
tercer lugar, descubra si su arrogancia intelectual está
ocasionando una ignorancia paralizante, y supérelo.
Son muchas las personas (especialmente las que son altamente
competentes en determinado rubro) que tienen una actitud despectiva
hacia otras áreas de conocimiento, o que consideran
que la inteligencia puede reemplazar a los conocimientos.
Por ejemplo, los ingenieros de primera línea suelen
enorgullecerse de no saber nada del género humano.
Consideran que sus congéneres son demasiado desordenados
para la eficiente mentalidad de ingeniería. En contraposición,
los profesionales de recursos humanos suelen jactarse de su
ignorancia en lo que se refiere a contabilidad elemental o
métodos cuantitativos en general. Lamentablemente,
enorgullecerse de esta ignorancia puede conducir al fracaso.
Trabaje para adquirir las técnicas y los conocimientos
necesarios a fin de sacar el mayor provecho posible de sus
puntos fuertes.
Es
igualmente importante corregir los malos hábitos: todo
lo que usted hace o deja de hacer que pueda inhibir su eficacia
y rendimiento. Estos hábitos aparecen en seguida con
el feed-back. Por ejemplo, un proyectista puede descubrir
que sus hermosos proyectos fracasan debido a que no los considera
en su globalidad. Como mucha gente brillante, cree que las
ideas mueven montañas. Pero las que mueven las montañas
son las topadoras; las ideas muestran a dónde deben
ir a trabajar las topadoras. Este proyectista deberá
aprender que el trabajo no se detiene una vez completada la
planificación del proyecto. Debe encontrar gente que
lleve a cabo el proyecto y debe explicárselo. Debe
adaptar su proyecto y modificarlo a medida que lo va implementando.
Y, por último, debe decidir cuándo dejar de
imponer el proyecto.
Al
mismo tiempo, el feedback también revelará si
el problema radica en la falta de buenas costumbres o educación.
Las buenas costumbres constituyen el lubricante de una organización.
La ley de la naturaleza indica que dos cuerpos en movimiento
que están en contacto entre sí crean fricción.
Esto vale tanto para los seres humanos como para los objetos
inanimados. Buena educación: cosas sencillas como decir
"por favor" y "gracias" y conocer el nombre
de una persona o preguntar por su familia, que permiten que
dos personas puedan trabajar juntas independientemente de
gustarse o no. La gente brillante, especialmente los jóvenes
brillantes, a menudo no lo entienden. Si el análisis
demuestra que el excelente trabajo de una persona fracasa
una y otra vez en cuanto se requiere la cooperación
de los demás, es probable que la causa sea la falta
de cortesía, o sea, la falta de educación.
La
comparación de sus expectativas con sus resultados
también le indicará aquello que no debe hacer.
Todos tenemos una gran cantidad de áreas en las que
no contamos con ningún talento o habilidad y no podríamos
llegar siquiera a ser mediocres. Una persona no debería
aceptar trabajo en dichas áreas, especialmente cuando
se requieren conocimientos. No hay que desperdiciar esfuerzos
en mejorar las áreas en las que uno no es demasiado
competente. Lleva mucho más trabajo y energías
perfeccionarse a partir de una incompetencia para llegar a
ser mediocre que perfeccionarse de un desempeño muy
bueno para llegar a ser excelente. Sin embargo, la mayoría
de las personas, especialmente los maestros y las organizaciones,
se concentran en transformar a los incompetentes en mediocres.
Las energías, los recursos y el tiempo deberían
dedicarse, en cambio, a transformar a una persona competente
en un ejecutante estrella.
¿Cómo
me desempeño?
Es
increíble la poca cantidad de gente que sabe cómo
hacer que las tareas se cumplan. De hecho, la mayoría
de nosotros ni siquiera sabe que las distintas personas trabajan
y se desempeñan de manera distinta. Es muchísima
la gente que trabaja con costumbres que no le son propias,
lo cual prácticamente garantiza un mal rendimiento.
Para los trabajadores con conocimientos, "¿Cómo
me desempeño?" puede constituir una pregunta aún
más importante que "¿Cuáles son
mis puntos fuertes?"
Al
igual que nuestros puntos fuertes, la manera en que nos desempeñamos
es exclusiva de cada uno de nosotros. Es cuestión de
personalidad. Ya sea que la personalidad provenga de la naturaleza
o de la formación, por cierto que se forma mucho antes
de que una persona vaya a trabajar. Y la forma en que una
persona se desempeña es innata, igual que le son propias
aquellas áreas en las que funciona bien o mal. La manera
de desempeñarse puede modificarse levemente, pero es
poco probable que pueda alterarse por completo; por cierto
que, si así ocurriera, sería una tarea sumamente
ardua. Así como se obtienen buenos resultados al hacer
aquello para lo que uno sirve, también se consiguen
al desempeñarse lo mejor posible. Por lo general con
sólo algunos rasgos de personalidad puede determinarse
cómo se desempeña una persona.
¿Soy
‘lector’ o soy ‘escucha’?
Lo primero que usted debe averiguar es si usted es ‘lector’
o ‘escucha’. Casi nadie sabe que hay gente que
lee y gente que escucha, y que pocos hacen las dos cosas.
Son incluso menos los que saben a cuál de las dos categorías
pertenecen. Pero he aquí algunos ejemplos que demostrarán
cuánto daño puede acarrear esta ignorancia.
Cuando
Dwight Eisenhower era Comandante en Jefe de las fuerzas aliadas
en Europa, era el niño mimado de la prensa. Sus conferencias
de prensa eran famosas por su estilo: el General Eisenhower
mostraba un dominio total de lo que se le preguntaba, y era
capaz de describir una situación y explicar una política
en dos o tres frases elegantes e impecables. Diez años
más tarde, los mismos periodistas que lo habían
admirado lo empezaron a tratar casi con desprecio. Aducían
que el ex presidente les hablaba con rodeos, que nunca contestaba
directamente las preguntas que se le formulaban. Y vivían
burlándose de él por despedazar el idioma inglés
con sus balbuceos y respuestas monosilábicas.
Aparentemente,
Eisenhower no sabía que era un ‘lector’
y no un ‘escucha’. Cuando era Comandante en Jefe
en Europa, sus asesores se aseguraban de que todas las preguntas
de los periodistas fueran presentadas por escrito por lo menos
media hora antes del inicio de una conferencia de prensa.
De esta manera, Eisenhower estaba totalmente a cargo de la
situación. Cuando fue presidente sucedió a dos
‘escuchas’, Franklin D. Roosevelt y Harry Truman.
Estos dos hombres sabían que eran ‘escuchas’,
y disfrutaban de las conferencias de prensa abiertas a todo
el mundo. Quizás Eisenhower haya considerado que tenía
que hacer lo que habían hecho sus dos predecesores.
Como resultado, nunca escuchaba siquiera las preguntas formuladas
por los periodistas. Y consideremos que Eisenhower no era,
ni por mucho, un caso extremo.
Algunos
años después, Lyndon Johnson destruyó
su presidencia, en gran medida, al no darse cuenta de que
era un ‘escucha’. Su predecesor, John Kennedy,
era un ‘lector’ que había reunido un grupo
brillante de escritores para asistirlo, asegurándose
de que escribieran para él antes de encarar personalmente
cualquier tema. Johnson mantuvo este personal, y ellos siguieron
escribiendo. Aparentemente él nunca entendió
una palabra de lo que le escribían. Sin embargo, como
senador, Johnson había sido excelente; dado que, por
sobre todas las cosas, los congresistas deben saber escuchar.
Son
pocas las personas que, siendo ‘escuchas’, pueden
convertirse en ‘lectores’ competentes, y viceversa.
En consecuencia, el ‘escucha’ que intente ser
‘lector’ sufrirá el destino de Lyndon Johnson,
en tanto que el ‘lector’ que intente ser ‘escucha’
sufrirá el destino de Dwight Eisenhower. No rendirán
al máximo y no lograrán lo que se proponen.
¿Cómo
aprendo? Lo segundo que hay que saber acerca de cómo
se desempeña uno es cómo se aprende. A muchos
grandes escritores, y valga el ejemplo de Winston Churchill,
les va mal en la escuela. Por lo general, recuerdan su época
de colegio como una tortura. Pero son pocos los compañeros
que tienen ese recuerdo. Puede que no hayan disfrutado demasiado
de sus clases, aunque, en realidad, lo que más los
torturaba era el aburrimiento. La explicación radica
en que, por lo general, los escritores no aprenden escuchando
y leyendo. Aprenden escribiendo. Como en la escuela no les
permiten esto, sacan malas notas.
En
todas partes las escuelas parten de la base de que existe
una sola manera correcta de aprender, y que es la misma para
todo el mundo. Lamentablemente, para los estudiantes que aprenden
de forma distinta, es pavoroso que los obliguen a seguir las
pautas de enseñanza de la escuela. De hecho existen
quizá media docena de maneras de aprender.
Hay
gente que, como Churchill, aprende escribiendo. Otros aprenden
tomando infinidad de notas. Beethoven, por ejemplo, dejó
un legado profuso de anotaciones; sin embargo, decía
que en realidad casi nunca las miraba cuando componía.
Cuando le preguntaban para qué las anotaba, dicen que
respondía, "Si no las escribo de inmediato me
las olvido instantáneamente. Lo que anoto nunca me
lo olvido, y no necesito volver a mirarlo". Algunas personas
aprenden haciendo. Otras aprenden escuchándose a sí
mismas hablar.
Un
alto ejecutivo que conozco, que transformó una empresa
familiar mediocre en la compañía líder
del sector, era una de esas personas que aprenden hablando.
Solía convocar a todo su personal superior a su oficina
una vez por semana, y luego les hablaba durante dos o tres
horas. Planteaba temas referidos a las políticas de
la empresa, y para cada una de ellas presentaba a discusión
tres posiciones diferentes. Rara vez solicitaba comentarios
o preguntas; lo único que necesitaba era un público
ante quien exponer para escucharse a sí mismo hablar.
Así aprendía. Y si bien constituye un caso bastante
extremo, aprender hablando no es para nada un método
inusual. Muchos abogados litigantes sumamente exitosos aprenden
de esta misma manera, al igual que muchos diagnosticadores
médicos (y yo también).
De
todos los componentes significativos del conocimiento de uno
mismo, la comprensión de cómo uno aprende es
la habilidad más fácil de adquirir. Cuando le
pregunto a alguien, "¿Cómo aprende?",
casi siempre conoce la respuesta. Pero si pregunto, "¿Procede
de acuerdo con este conocimiento?", pocos contestan afirmativamente.
Sin embargo, proceder de acuerdo con dicho conocimiento es
la clave del desempeño; o, más bien, no proceder
de acuerdo con este conocimiento es condenarse a un mal desempeño.
"¿Cómo
me desempeño?" y "¿Cómo aprendo?"
son las primeras preguntas a formular. Pero de ninguna manera
son las únicas. Para que usted pueda ejercer su automanagement
en forma eficaz, también debe preguntarse, "¿Trabajo
bien con gente o soy un solitario?" Y si usted trabaja
bien con la gente deberá preguntarse, "¿En
qué tipo de relación?"
Algunos
trabajan mejor como subordinados. El General George Patton,
gran héroe militar norteamericano de la Segunda Guerra
Mundial, es un ejemplo excelente. Patton fue el mejor comandante
de las tropas norteamericanas. Sin embargo, cuando lo propusieron
para un comando independiente, el General George Marshall,
jefe de estado –y quizá la persona que mejor
ha seleccionado a sus hombres en toda la historia de Estados
Unidos–, dijo, "Patton es el mejor subordinado
que haya brindado jamás el ejército norteamericano,
pero sería un pésimo comandante".
Algunas
personas trabajan mejor en equipo. Otras trabajan mejor solas.
Algunas tienen grandes talentos pedagógicos; otras
son incompetentes en esta área.
Otra
pregunta fundamental es, "¿Produzco mejores resultados
como tomador de decisiones o como asesor?" Muchas personas
son sumamente eficientes como asesores, pero no pueden enfrentar
la carga y la presión de tomar la decisión.
Muchas otras personas, en cambio, requieren consejos que las
obliguen a pensar para luego tomar decisiones y proceder según
las mismas con celeridad, confianza en sí mismas y
valor.
Dicho
sea de paso, esta es una de las razones por las cuales el
segundo de una organización suele fracasar cuando lo
ascienden al primer puesto. El escalafón máximo
requiere alguien que tome decisiones. Los grandes tomadores
de decisiones suelen poner como vice a alguien en quien confían
como asesor; en ese puesto, esa persona es sobresaliente.
Pero esa misma persona fracasa cuando se hace cargo de la
máxima jefatura. Sabe cuál debe ser la decisión
a tomar, pero no puede aceptar la decisión de llevarla
a cabo.
Otras
preguntas importantes a formular son, "¿Me desempeño
bien bajo presión, o necesito un ámbito predecible
y altamente estructurado? ¿Trabajo mejor en una gran
organización o en una pequeña?" Pocas personas
trabajan bien en todo tipo de ámbitos. Una y otra vez
he visto gente de muchísimo éxito en grandes
organizaciones que, al pasarse a otra más pequeña,
sólo se desempeñaba con torpeza. Y viceversa,
por supuesto.
Vale
la pena repetir la conclusión: no trate de cambiar;
lo más probable es que fracase. Pero trabaje mucho
para mejorar su desempeño. Y trate de no aceptar trabajos
en los que no pueda desempeñarse o en los que su rendimiento
sea bajo.
¿Cuáles
son mis valores?
Para
poder llevar a cabo su automanagement, por último deberá
usted preguntarse, "¿Cuáles son mis valores?"
Esta pregunta no se refiere a la ética. Con respecto
a esta última, las reglas son iguales para todo el
mundo, y la prueba es sencilla. Yo la denomino la "prueba
del espejo".
En
los primeros años de este siglo, el diplomático
más respetado de todas las grandes potencias era el
embajador alemán en Londres. Era evidente que estaba
destinado para grandes cosas; por lo menos, para ser el primer
ministro de su país, o su canciller federal. Sin embargo,
en 1906 renunció abruptamente para no presidir una
comida ofrecida por el cuerpo diplomático a Eduardo
VII. El rey era conocido como un gran mujeriego, y no anduvo
con rodeos al solicitar el tipo de reunión que deseaba.
Dicen que el embajador expresó, "Me niego a mirar
a un proxeneta en el espejo cuando me afeito".
Esa
es la prueba del espejo. La ética requiere que usted
se formule esta pregunta, "¿Qué clase de
persona deseo ver en el espejo a la mañana?" Lo
que es conducta ética en una organización o
situación lo es también en cualquier otra. Pero
la ética configura sólo una parte de un sistema
de valores, especialmente del sistema de valores de una organización.
Si
una persona trabaja en una organización cuyo sistema
de valores es inaceptable o incompatible con el suyo propio,
está condenada a la frustración y al mal desempeño.
Considere
la experiencia de una ejecutiva de recursos humanos sumamente
exitosa, cuya empresa fue adquirida por una organización
más grande. Después de la adquisición
la ascendieron para hacer el tipo de tarea en que mejor se
desempeñaba, que incluía seleccionar personal
para cargos importantes. Esta ejecutiva creía firmemente
que una empresa debe contratar gente de afuera para este tipo
de puestos sólo una vez agotadas todas las posibilidades
de los miembros del personal dentro de la compañía.
Sin embargo, su nueva empresa prefería buscar afuera
para "incorporar sangre nueva". En realidad, ambos
enfoques tienen sus ventajas; quizá lo correcto sería
tomar un poco de cada uno. Sin embargo, son básicamente
incompatibles, no en cuanto a políticas sino en cuanto
a valores. Representan puntos de vista opuestos en las relaciones
entre las organizaciones y la gente, distintos enfoques de
la responsabilidad de una organización para con su
gente y con su desarrollo, y conceptos diferentes respecto
de la contribución más importante de una persona
a un emprendimiento. Tras varios años de frustraciones,
la ejecutiva renunció, con la consiguiente pérdida
financiera. Sus valores y los de la organización eran,
sencillamente, incompatibles.
De
manera similar, el hecho de que una compañía
farmacéutica intente obtener buenos resultados a través
de pequeños esfuerzos constantes o por medio de grandes
descubrimientos geniales pero arriesgados no depende, en principio,
de un tema económico. Los resultados de cualquiera
de estas dos estrategias pueden ser parecidos. En última
instancia, se produce un conflicto entre un sistema de valores
que contempla la contribución de la empresa en función
de ayudar a los médicos en su tarea, y un sistema de
valores que se orienta hacia los descubrimientos científicos.
También
el hecho de dirigir una empresa con vistas a los resultados
a corto plazo o con la mira puesta en el largo plazo constituye
una cuestión de valores. Los analistas financieros
consideran que ambos conceptos son compatibles. Pero saben
más los empresarios exitosos. Es cierto que toda empresa
debe producir resultados a corto plazo. Pero en cualquier
conflicto entre resultados a corto plazo y crecimiento a largo
plazo, cada organización debe determinar su propia
prioridad. No es, básicamente, un desacuerdo de tipo
económico. Es, más que nada, un conflicto de
valores con respecto a la función de una empresa y
la responsabilidad de la gestión.
Los
conflictos de valores no se limitan a las organizaciones empresarias.
Una de las iglesias pastorales de mayor crecimiento en los
Estados Unidos mide su éxito según la cantidad
de nuevos feligreses. Sus líderes consideran que lo
que importa es la cantidad de gente nueva que se una a la
congregación. El Buen Dios proveerá luego a
sus necesidades espirituales, al menos una buena parte. Otra
iglesia evangélica pastoral considera que lo importante
es el crecimiento espiritual de las personas. Esta iglesia
desalienta a quienes se le acercan si mantienen una distancia
espiritual.
Nuevamente,
esta no es una cuestión de cifras. A simple vista parecería
que la segunda iglesia va creciendo más lentamente.
Sin embargo, retiene una proporción mucho mayor de
miembros nuevos. En otras palabras, su crecimiento es más
sólido. Este tampoco es un problema teológico;
si lo es, al menos no es lo principal. Se trata de un problema
de valores. En un debate público, uno de los pastores
sostuvo, "A menos que primero vengan a la iglesia, nunca
encontrarán la puerta del Reino de los Cielos".
"No",
respondió el otro. "Hasta que no busquen la puerta
del Reino de los Cielos no tienen nada que hacer en la iglesia".
Las
organizaciones, al igual que las personas, tienen sus propios
valores. Para ser eficaces en una organización, los
valores de una persona deben ser compatibles con los valores
de la organización. No necesariamente deben ser los
mismos, pero deben ser lo suficientemente aproximados como
para poder coexistir. De lo contrario, la persona no sólo
se frustrará, sino que tampoco rendirá buenos
resultados.
Los
puntos fuertes de una persona y la manera en que dicha persona
se desempeña rara vez entran en conflicto; ambos aspectos
se complementan. Sin embargo, algunas veces existe un conflicto
entre los valores de una persona y sus puntos fuertes. Aquello
que hace bien –incluso sumamente bien y con mucho éxito–
puede no compadecerse con su sistema de valores. En ese caso
es posible que no valga la pena dedicarle la vida a ese trabajo
(ni siquiera una pequeña parte).
Permítame
insertar aquí una observación personal. Hace
muchos años yo también tuve que decidir entre
mis valores y lo que estaba haciendo con éxito. Me
estaba yendo muy bien como joven banquero de inversiones en
Londres a mediados de la década del 30, y el trabajo
por cierto que se llevaba bien con mis puntos fuertes. Sin
embargo, yo no veía la trascendencia de mi tarea como
gerente. Me daba cuenta de que lo que a mí me importaba
era la gente, mis valores estaban en otro lado: tampoco tenía
ningún interés en ser algún día
el hombre más rico del cementerio. No tenía
ni dinero ni otras propuestas laborales. No obstante, a pesar
de la prolongada depresión económica, renuncié...
y fue lo correcto. En otras palabras, los valores son y deben
ser la prueba definitiva.
¿A
dónde pertenezco?
Algunas
pocas personas ya saben temprano en la vida a dónde
pertenecen. Por ejemplo, los matemáticos, los músicos,
los cocineros, para cuando tienen cuatro años por lo
general ya son matemáticos, músicos o cocineros.
Los médicos suelen decidir sus carreras en la adolescencia,
incluso antes. Pero la mayoría de la gente, especialmente
quienes tienen grandes dones, no saben realmente a dónde
pertenecen hasta bastante después de los veinte. Sin
embargo, para esa época ya deben conocer la respuesta
a las tres preguntas: "¿Cuáles son mis
puntos fuertes?", "¿Cómo me desempeño?"
y "¿Cuáles son mis valores?" Entonces
pueden y deben decidir a dónde pertenecen.
Podría
decirse, al menos, que ya estarían en condiciones de
decidir a dónde no pertenecen. La persona que aprendió
que no se desempeña bien en una gran organización
ya debería haber aprendido a decir que no cuando le
ofrecen un cargo en una empresa de este tipo. La persona que
aprende que no puede tomar decisiones debe haber aprendido
a decir que no cuando le ofrecen una tarea en la que se requiera
dicha habilidad. Un General Patton (quien quizá personalmente
jamás haya aprendido esto) debería haber aprendido
a decirle que no a un comando independiente.
Es
igualmente importante aclarar que el conocer la respuesta
a estas preguntas permite a una persona contestar a una oportunidad,
una oferta o una misión, "Sí, eso lo puedo
hacer. Pero esta es la manera en que debo hacerlo. Esta es
la forma en que debe estar estructurado. Este es el modo en
que deben establecerse las relaciones. Este es el tipo de
resultados que ustedes pueden esperar de mí, y en este
plazo de tiempo, porque esta es la persona que yo soy".
Las
carreras exitosas no se planean. Se van desarrollando cuando
la gente está preparada para las oportunidades porque
conoce sus puntos fuertes, su método de trabajo y sus
valores. Si uno sabe a dónde pertenece, puede transformarse
de una persona común –muy trabajadora y competente
pero, en otros aspectos, mediocre– en un ejecutante
excepcional.
¿Cómo
puedo contribuir?
A lo largo de la historia, la gran mayoría de la gente
nunca tuvo que preguntarse, "¿Cómo puedo
contribuir?" Se les decía cómo contribuir,
y sus tareas las dictaba el trabajo propiamente dicho –como
para el campesino o el artesano– o un patrón
o patrona, como en el caso de los sirvientes. Y hasta hace
muy poco, se daba por sentado que la mayoría de las
personas eran subordinados que hacían lo que se les
indicaba. Inclusive todavía en las décadas del
cincuenta y del sesenta, los nuevos trabajadores con conocimientos
(los denominados ‘hombres de la organización’)
para planear sus carreras laborales dependían del departamento
de personal de sus empresas.
Y
de repente, para fines de la década del sesenta, ya
a nadie le gustaba que le dijeran lo que tenía que
hacer. Los jóvenes hombres y mujeres comenzaban a preguntarse,
"¿Yo qué quiero hacer?" Lo que oían
era que la manera de contribuir era "Haz lo tuyo".
Lamentablemente, esta solución estaba tan equivocada
como la de los ‘hombres de la organización’.
Muy pocas personas de aquellas que consideraban que "Hacer
lo suyo" conduciría a una contribución,
a una autorealización y al éxito llegaron a
lograr alguno de estos tres.
No
obstante, ya no se vuelve a la vieja respuesta de hacer lo
que a uno le indican o le asignan. En particular, los trabajadores
con conocimientos deben aprender a hacer una pregunta nunca
antes formulada: "¿Cuál debería
ser mi contribución?" Para responderla, deben
enfocar tres elementos diferenciados: "¿Qué
es lo que la situación requiere? En base a mis puntos
fuertes, mi forma de desempeñarme y mis valores, ¿cómo
puedo hacer la mejor contribución a lo que debe hacerse?
Y, por último, ¿qué resultados deben
lograrse para que surja una diferencia?"
Considere
la experiencia de un administrador hospitalario recién
nombrado. El hospital era grande y prestigioso, pero hacía
30 años que dormía en los laureles de su reputación.
El nuevo administrador decidió que su contribución
consistiría en dedicarse a establecer un nivel de excelencia
en un área importante durante dos años. Eligió
la sala de guardia; era grande, visible, y desorganizada.
Decidió que todo paciente que pasara por la guardia
debía ser atendido por una enfermera profesional dentro
de los 60 segundos de su ingreso. En doce meses, la sala de
guardia se convirtió en un modelo para todos los hospitales
de los Estados Unidos y, en los siguientes dos años,
la transformación se extendió a todo el hospital.
Tal
como sugiere este ejemplo, rara vez es posible –o particularmente
fructífero– mirar demasiado adelante. Por lo
general, un plan no puede abarcar más de dieciocho
meses si ha de conservar su claridad y especificidad. De manera
que, en la mayoría de los casos, la pregunta debería
ser, "¿Dónde y cómo puedo obtener
resultados que establezcan una diferencia dentro del próximo
año y medio?" La respuesta deberá equilibrar
varios temas. En primer lugar, los resultados deben ser difíciles
de lograr. Para usar una expresión sencilla, deben
requerir un esfuerzo. Pero también deben ser alcanzables.
Enfocar resultados que no puedan lograrse –o que sólo
puedan obtenerse en circunstancias sumamente improbables–
no es ser ambicioso; es ser tonto. Segundo, los resultados
deben ser significativos. Deben establecer una diferencia.
Por último, los resultados deben ser visibles y, en
lo posible, mensurables. De aquí surgirá un
curso de acción: qué hacer, dónde y cómo
empezar, y qué plazos y objetivos establecer.
Responsabilidad
en las relaciones
Son pocas las personas que trabajan por sí solas y
logran resultados por sí solas: algunos grandes artistas,
algunos grandes científicos, algunos grandes atletas.
La mayoría de la gente trabaja con otras personas y
son eficaces cuando lo hacen. Esto es así sea porque
son miembros de una organización o porque trabajan
en forma independiente. Cuando uno practica automanagement,
se requiere una responsabilidad en las relaciones. Esto tiene
dos partes.
La
primera es aceptar el hecho de que otras personas tienen tanta
individualidad como usted mismo. Siempre van a insistir hasta
el cansancio en comportarse como seres humanos. Esto significa
que ellos también tienen puntos fuertes; también
tienen formas de hacer que las tareas se cumplan; también
tienen sus valores. Por lo tanto, para ser eficaz, usted debe
conocer los puntos fuertes, las modalidades de desempeño
y los valores de sus compañeros.
Esto
suena obvio, pero pocos le prestan atención. Es característica
la persona a quien se capacitó para escribir informes
como primera tarea asignada debido a que su jefe pertenecía
a la categoría de ‘lector’. Inclusive si
su siguiente jefe es un ‘escucha’, la persona
sigue escribiendo informes que, invariablemente, no producen
ningún resultado. El jefe siempre considerará
que el empleado es un estúpido, un incompetente y un
vago, o que habrá de fracasar. Pero eso podría
haberse evitado si el empleado tan solo hubiera observado
al nuevo jefe y analizado cómo se desempeñaba
ese jefe.
Los
jefes no son simplemente cargos o funciones en el organigrama
de la organización. Son personas individuales, y tienen
derecho a hacer su trabajo como mejor sepan hacerlo. Les corresponde
a las personas que los rodean observarlos para averiguar cómo
trabajan, y adaptarse a aquello que haga que su jefe sea más
eficaz. Este es, de hecho, el secreto de "administrar"
al jefe.
Esto
mismo pasa con todos los que trabajan con usted. Cada uno
de ellos trabaja a su manera, no a la de usted. Y todos tienen
derecho a trabajar a su propia forma. Lo importante es saber
si rinden, y cuáles son sus valores. En cuanto a cómo
se desempeñen, lo más probable es que todos
lo hagan de manera diferente. El primer secreto de la eficacia
es comprender a la gente con quien trabaja, para que usted
pueda hacer uso de sus puntos fuertes, sus formas de trabajar
y sus valores. Las relaciones laborales que funcionan se basan
tanto en la gente como en el trabajo.
La
segunda parte de la responsabilidad en las relaciones es hacerse
responsable de la comunicación. Cada vez que cualquier
otro consultor o yo empezamos a trabajar con una organización,
lo primero de lo que nos enteramos es acerca de los conflictos
de personalidad. Muchos de ellos surgen del hecho de que las
personas no saben lo que están haciendo los demás
y cómo hacen su trabajo, o a qué contribución
se están dedicando los demás y cuáles
son los resultados que esperan. Y el motivo por el cual no
lo saben es que no han preguntado y, por lo tanto, no se les
ha informado.
Esto
de no preguntar es más un reflejo de la historia humana
que de la estupidez. Hasta hace poco no era necesario decirle
estas cosas a nadie. En las ciudades medievales, en cada distrito
todos se dedicaban a lo mismo. En el campo, todos los que
estaban en un valle cultivaban lo mismo en cuanto se derretía
la escarcha. Inclusive aquellos pocos que hacían cosas
"poco comunes" trabajaban por sí solos, así
que no necesitaban contarle a nadie lo que estaban haciendo.
Hoy
en día, la gran mayoría de la gente trabaja
con otras personas que tienen distintas tareas y responsabilidades.
El Vicepresidente de Marketing puede haberse iniciado en ventas,
y saber todo acerca de ellas, pero sabe poco acerca de aquello
que nunca hizo: asignación de precios, publicidad,
embalaje, etcétera. De manera que la gente que se ocupa
de estas cosas debe asegurarse de que el Vicepresidente de
Marketing comprenda en qué consisten estas tareas,
por qué hay que hacerlas, y qué resultados esperar.
Si
el Vicepresidente de Marketing no comprende lo que estos especialistas
con un alto grado de conocimientos están haciendo,
la culpa no es tanto de él como de sus empleados. Estos
no se han ocupado de educarlo. De la misma manera, es responsabilidad
del Vicepresidente de Marketing asegurarse de que todos los
que trabajan con él comprendan cómo es su filosofía
de marketing: cuáles son sus objetivos, cómo
trabaja, y qué espera de sí mismo y de cada
uno de ellos.
Incluso
aquellos que comprenden la importancia de asumir la responsabilidad
en las relaciones suelen no comunicarse lo suficientemente
con los demás. Temen que se los considere presuntuosos
o curiosos o idiotas. Están equivocados. Cada vez que
alguien se dirige a quienes trabajan a su alrededor y les
dice, "Esto es lo que sé hacer bien. Así
es como trabajo. Estos son mis valores. Esta es la contribución
en la que planeo concentrarme y estos son los resultados que
espero obtener", la respuesta es siempre, "Esto
es sumamente útil. ¿Por qué no me lo
dijo antes?"
Y
uno obtiene la misma reacción –según mi
experiencia, sin excepción- si a continuación
uno pregunta, "¿Qué necesito saber acerca
de sus puntos fuertes, cómo se desempeña, sus
valores, y la contribución que se propone?" De
hecho, los trabajadores acreditados deberían solicitar
esta información a toda persona que trabaje con ellos,
sea como subordinado, como superior, como colega o como miembro
de un equipo. Y aquí también, siempre que se
hace esto la reacción es, "Gracias por preguntarme.
¿Por qué no me preguntó antes?"
Las
organizaciones ya no se construyen a partir de la fuerza sino
de la confianza. La existencia de confianza entre las personas
no necesariamente implica que se agraden mutuamente. Significa
que se comprenden. Por lo tanto, asumir responsabilidad en
las relaciones es una necesidad fundamental. Es una obligación.
Tanto si uno es miembro de una organización, como si
es un consultor, un proveedor o un distribuidor que presta
un servicio a la misma, uno le debe esa responsabilidad a
todos los que trabajan alrededor: aquellos de cuyo trabajo
uno depende y aquellos que dependen del trabajo de uno.
La
segunda mitad de su vida
Cuando
para la mayoría de la gente el trabajo significaba
una labor manual, uno no tenía necesidad de preocuparse
por la segunda mitad de su vida. Uno sencillamente seguía
haciendo lo que siempre había hecho. Y si se tenía
la suerte de sobrevivir a 40 años de duro trabajo en
el molino o en el ferrocarril, lo mejor que podía suceder
era no tener que hacer más nada en lo que quedara de
vida. Hoy en día, sin embargo, la mayor parte del trabajo
requiere conocimientos específicos, y quienes trabajan
con dichos conocimientos no están "acabados"
luego de 40 años de labor; están, simplemente,
aburridos.
Mucho
se ha hablado acerca de la crisis de los ejecutivos en la
mitad de su vida. En su mayoría se trata de aburrimiento.
A los 45, la mayoría de los ejecutivos han alcanzado
la cumbre de sus carreras empresarias, y lo saben. Tras hacer
más o menos el mismo trabajo durante 20 años,
son sumamente eficientes. Pero no están aprendiendo
ni contribuyendo ni encontrando desafíos o satisfacción
en el trabajo. Sin embargo, lo más probable es que
enfrenten otros 20 o quizá 25 años de trabajo.
Es por eso que el automanagement lleva cada vez más
a que uno comience una segunda carrera.
Existen
tres formas de desarrollar una segunda carrera profesional.
La primera es, de hecho, empezar una. A menudo esto sólo
significa desplazarse de un tipo de organización a
otra: por ejemplo, un contralor de división de una
gran corporación que pasa a desempeñarse como
contralor en un hospital mediano. Pero hay cada vez más
gente que cambia totalmente de especialidad: por ejemplo,
el ejecutivo empresario o funcionario gubernamental que ingresa
en un ministerio a los 45; o el gerente de segunda línea
que abandona la vida corporativa luego de 20 años para
estudiar derecho y convertirse en abogado en un pueblo pequeño.
Lo
más usual es que sean las personas que han logrado
un cierto éxito en su primer trabajo las que se dedican
a una segunda carrera. Estas personas cuentan con buenas habilidades,
y saben trabajar. Necesitan a la comunidad –su casa
está vacía, los chicos se han ido– y también
necesitan un ingreso. Pero, por sobre todas las cosas, necesitan
un desafío.
La
segunda forma de prepararse para la segunda mitad de su vida
es estableciendo una carrera paralela. Muchas personas que
tienen mucho éxito en lo que es su primera carrera
profesional se quedan en el trabajo que han estado haciendo,
ya sea con tiempo completo o parcial o como asesores. Pero
se crean además un trabajo paralelo, por lo general
en una organización sin fines de lucro, que les lleva
otras diez horas semanales de trabajo. Por ejemplo, pueden
hacerse cargo de la administración de su iglesia, o
de la presidencia del Consejo Local de Niñas Exploradoras.
Pueden dirigir el Centro de Mujeres Golpeadas, trabajar en
la Biblioteca Pública Infantil, integrar el Consejo
Escolar, etcétera.
Por
último están los emprendedores sociales. Son,
generalmente, gente que ha tenido mucho éxito en lo
que fuera su primera carrera. Aman su trabajo, pero éste
ya no les plantea desafíos. En muchos casos siguen
haciendo lo mismo que venían haciendo, pero le dedican
cada vez menos tiempo. También empiezan otra actividad,
por lo general sin fines de lucro. Por ejemplo, mi amigo Bob
Buford construyó una empresa televisiva sumamente exitosa,
que continúa dirigiendo. Pero también fundó
y construyó una exitosa organización sin fines
de lucro que trabaja con iglesias protestantes, y está
desarrollando otra más para enseñar a los emprendedores
sociales cómo gestionar sus propios proyectos solidarios
sin necesidad de dejar sus negocios.
La
gente que administra la segunda mitad de su vida puede ser
siempre una minoría. La mayoría suele "jubilarse
en el trabajo" y contar los años que faltan para
su verdadero retiro. Pero es esa minoría, la de los
hombres y mujeres que contemplan una larga expectativa de
vida laboral como una oportunidad tanto para ellos como para
la sociedad, la que habrá de producir líderes
y modelos.
Existe
un requisito previo para administrar la segunda mitad de su
vida: debe usted empezar mucho antes de entrar en ella. Cuando
hace 30 años empezó a ser evidente que se estaban
alargando muy rápido las expectativas de vida laboral
útil, muchos observadores (entre los cuales me incluyo)
consideraron que cada vez más personas jubiladas se
volverían voluntarias para instituciones sin fines
de lucro. Esto no ocurrió. Si uno no empezó
a ser voluntario antes o alrededor de los 40, no lo hará
después de los 60.
Del
mismo modo, todos los emprendedores sociales que conozco empezaron
a trabajar en su segundo emprendimiento mucho antes de haber
alcanzado la cima en su actividad original. Considere el ejemplo
de un exitoso abogado, asesor legal de una gran corporación,
que inició el emprendimiento de establecer escuelas
modelo en el estado en que vivía. Empezó a ofrecer
asesoramiento legal voluntario en las escuelas cuando tenía
alrededor de 35 años. A los 40 formó parte del
consejo escolar. A los 50, cuando había amasado una
fortuna, inició su propio emprendimiento para construir
y dirigir escuelas modelo. No obstante esto, sigue trabajando
casi tiempo completo como asesor principal en la empresa que
ayudó a fundar cuando era un joven abogado.
Existe
otra razón para desarrollar un segundo interés
importante, y desarrollarlo en forma temprana. Nadie puede
pretender vivir demasiado tiempo sin sufrir algún revés
serio en su vida o su trabajo. Está el ingeniero eficiente
a quien no consideran para un ascenso a los 45. Está
el competente profesor universitario que se da cuenta a los
42 años de que nunca obtendrá una cátedra
en una universidad grande, aun si reúne las condiciones
para ello. Existen las tragedias familiares: uno puede perder
un hijo o ver su matrimonio destruido. En tales circunstancias,
un segundo interés importante –no tan solo un
hobby– puede ser fundamental. Es posible que el ingeniero
considere, en este momento, que no ha tenido demasiado éxito
en su trabajo. Pero en esta nueva actividad –por ejemplo,
como tesorero de la iglesia– realmente triunfa. Uno
puede ver que su familia se destruye, pero en la otra actividad
sigue existiendo la comunidad.
En
una sociedad en la que el éxito ha adquirido tanta
importancia, cada vez será más necesario contar
con opciones. Históricamente, al éxito no se
lo conocía. La gran mayoría de la gente no esperaba
nada que no fuera permanecer en su "propio lote",
como rezaba una antigua plegaria inglesa. La única
movilidad que existía era hacia abajo.
Sin
embargo, en una sociedad basada en los conocimientos, pretendemos
que todo el mundo tenga éxito. Esto constituye, claramente,
una imposibilidad. Para una gran cantidad de gente existe,
a lo sumo, una ausencia de fracaso. Siempre que existe éxito
tiene que haber algún fracaso. Y es entonces sumamente
importante, tanto para un individuo como para su familia,
que pueda contar con un área en la que pueda contribuir,
establecer una diferencia, y ser alguien. Significa encontrar
una segunda área –ya sea a través de una
segunda carrera, una carrera paralela o un emprendimiento
social– que ofrezca la oportunidad de ser líder,
de ser respetado, de ser un éxito.
Los
desafíos del automanagement pueden parecer obvios,
hasta elementales. Y las respuestas pueden parecer evidentes
en sí mismas, casi ingenuas.
Pero
el automanagement requiere cosas nuevas y sin precedentes
por parte del individuo, especialmente si se trata de un trabajador
con conocimientos. De hecho, para administrarse a uno mismo
se requiere que cada trabajador especializado piense y se
comporte como un CEO. Asimismo, el cambio de trabajadores
manuales que hacen lo que se les indica a trabajadores con
conocimientos que deben administrarse a sí mismos plantea
un gran desafío a la estructura social. Toda sociedad
existente, incluso la más individualista, da por sentadas
dos cosas, aunque sea de manera subconsciente: que las organizaciones
viven más que los trabajadores, y que la mayoría
de la gente se mueve por inercia.
Pero
hoy en día la realidad es otra. Los trabajadores con
conocimientos viven más que las organizaciones, y tienen
movilidad propia. En consecuencia, la necesidad de autogestionarse
está creando una revolución en los asuntos humanos. |
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