Uno
de los énfasis más importantes de quienes marcan
el rumbo en el management moderno está orientado a
destacar la importancia del trabajo en equipo. Al punto que
cada vez con más insistencia los responsables de reclutamiento
de las empresas están indagando en las aptitudes para
el trabajo en equipo por parte de los candidatos a ocupar
posiciones vacantes.
No
es necesario ahondar demasiado para comprender las razones
del interés por rescatar a los individuos del aislamiento
de sus cubículos. Es claro que la conformación
de equipos de trabajo facilita y vehiculiza el hallazgo de
soluciones y la generación de planes de acción
que difícilmente puedan surgir de mentes atomizadas.
Una
eventual encuesta entre líderes de empresas mostraría
la coincidencia en la fe que los managers profesan hacia el
trabajo en equipo. Una indagación más profunda
en las prácticas cotidianas de la gran mayoría
de estos mismos dirigentes empresariales revelaría,
sin embargo, un gran déficit de comprensión
acerca de las estrategias y los mecanismos que llevarían
a sus empresas hacia el verdadero éxito en el camino
del trabajo en equipo.
Y
pondría en evidencia, simultáneamente, las sutiles
trampas del inconsciente que obstaculizan el desarrollo de
verdaderas formas de organización que legítimamente
pudieran merecer el certificado de "equipos de trabajo".
Conflicto
de ideas vs. conflicto a secas
Si
pudieran establecerse indicadores que sirvieran para medir
el grado de un equipo de trabajo, uno de los que recibiría
mayor ponderación sería el conflicto
de ideas. La libertad para plantear ideas conflictivas
es vital para el descubrimiento de novedosas soluciones creativas.
Las
más de las veces en las empresas, sin embargo, el conflicto
de ideas es sinónimo de conflicto a secas. Es decir,
el conflicto se plantea en un nivel interpersonal, o incluso
interdepartamental. Si el conflicto de ideas no es adecuadamente
encauzado, conducido de acuerdo con una estrategia organizacional,
mantiene un signo de disolución antes que de búsqueda
corporativa.
Peter
Senge estableció a principios de los ’90 la distinción
entre diálogo y discusión,
destacando la importancia de ambos componentes en el proceso
de aprendizaje de los equipos. Sus conclusiones se basaban
en aportaciones anteriores de David Bohm, quien reconoció
el hecho de que el pensamiento es ante todo un "fenómeno
colectivo".
"Nuestro
pensamiento es incoherente", afirmaba Bohm, y no podemos
mejorarlo en forma individual ya que "surge de nuestro
modo de interactuar e intercambiar un discurso recíproco".
"Colectivamente podemos ser más agudos e inteligentes
de lo que somos en forma individual. El cociente intelectual
del equipo es potencialmente superior al de los individuos",
afirma Senge (La quinta disciplina; Granica, 1992).
En
este contexto cobra sentido cada uno de los dos momentos del
aprendizaje en equipo propuestos por Senge: el diálogo
y la discusión.
Suspender
los supuestos
Un
diálogo bien encaminado ayuda a poner de manifiesto
las incoherencias del pensamiento de los integrantes del equipo
(incluyendo los prejuicios), al colocar a las personas en
un lugar que les permite observar sus propios pensamientos
como desde un lugar exterior.
Este
es precisamente uno de los mayores desafíos del aprendizaje
en equipo, y una condición para que éste sea
realmente fructífero. Por eso Senge propone un ejercicio
(más que un ejercicio, una "disciplina" que
requiere una enorme ejercitación), al que define como
"suspensión de los supuestos".
Suspender
los supuestos consiste en mantenerlos como colgando delante
de nuestros ojos, "accesibles para el cuestionamiento
y la observación", dispuestos a que sean sometidos
a examinación.
Pero
aquí es donde aparece una de las barreras más
difíciles de vencer para lograr un verdadero clima
de equipo. Porque suspender los supuestos requiere adentrarse
en un terreno en el que no todos están predispuestos.
Es el momento en que aparecen los mecanismos de defensa, el
temor ante la amenaza de exponer nuestros razonamientos al
cuestionamiento de los demás.
Los
mecanismos de defensa están reforzados en la mayoría
de las organizaciones empresariales por la creencia de que
aquellos que ocupan posiciones clave o de liderazgo, deben
tener respuestas adecuadas ante cada situación. La
necesidad de aparentar un saber sin fisuras bloquea la riqueza
que deviene de exponer los pensamientos propios al escrutinio
de la mirada del grupo.
Un
equipo efectivo debe desarrollar la capacidad de analizar
no sólo lo que ocurre "afuera", en el ámbito
de los negocios, sino también "adentro" del
propio grupo.
Confianza
como entre amigos
Uno
de los secretos que plantea Senge para superar estas restricciones,
es la generación de espacios donde los actores puedan
percibirse como colegas, y más aún, como amigos.
Los integrantes del equipo deberían poder decir las
cosas tal como las dirían al encontrarse con sus amigos
durante una cena.
"Suspender
los supuestos –dice– supone cierta vulnerabilidad.
Tratarse como colegas reconoce el riesgo mutuo y establece
cierta seguridad para afrontar el riesgo." Esta actitud
debe venir precedida de un renunciamiento voluntario a los
privilegios de la jerarquía. La jerarquía actúa
como antídoto a un diálogo sin atenuantes. Pero
también los extremos inferiores de la cadena de mando,
más habituados a callar sus opiniones, deben renunciar
a la seguridad del silencio para que todo el esquema funcione.
Es
en un escenario de estas características donde puede
desarrollarse sana y creativamente la segunda instancia del
trabajo de equipo: la discusión. Si no existe la confianza
como fundamento del quehacer grupal, la discusión degenera
en un enfrentamiento con vencedores y perdedores, pero sin
ningún proceso capaz de conducir a la decisión
de nuevos cursos de acción.
Mientras
que en el diálogo ocurre la presentación de
todos los puntos de vista posibles y la búsqueda de
un punto de vista nuevo y compartido, la discusión
conlleva la defensa de perspectivas particulares con la finalidad
de alcanzar conclusiones y tomar decisiones respecto de cursos
de acción futuros.
Ambos
momentos –el diálogo y la discusión–
convergen y fluyen de uno a otro a través de un movimiento
continuo en la vida de un equipo. Con el tiempo se va generando
una confianza entre los integrantes del equipo, que nace en
el momento del diálogo pero se traslada al tiempo de
la discusión.
En
palabras de Senge, “aprendemos el arte de mostrar una
posición con respeto en vez de ser respetados por nuestra
posición. Cuando corresponde defender un punto de vista,
lo hacemos con mayor gracia y menos rigidez”.
El
árbitro
En
vista de la cultura viciada que impera en la mayoría
de las organizaciones empresariales, marcada por los celos
y la desconfianza mutuas, la vida de los equipos –como
microcosmos de la organización en su conjunto–
debe ser desarrollada a partir de un proceso de aprendizaje.
Hasta
que los equipos rompan esas murallas defensivas y sus miembros
alcancen el grado de confianza necesaria, suele ser necesaria
la figura de un “árbitro”. La función
del árbitro es, fundamentalmente, la de mantener las
condiciones para el diálogo, es decir, lograr que se
mantenga la “suspensión de los supuestos”
de todos y cada uno de los integrantes del equipo.
Pero
el equipo debe aprender a prescindir del árbitro, objetivo
que logrará en la medida en que adquiera el “hábito”
ó la “habilidad” para mantener autónomamente
las condiciones explicadas.
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