El
concepto de excelencia está muy difundido en el campo
empresario. Para muchos es algo tan lejano que hasta hace
perder el interés (y los beneficios). Sin embargo,
la excelencia está mucho más cerca de lo que
creemos.
La
necesidad de establecer normas de calidad surge con la producción
en masa allá por mediados del siglo XIX. La evolución
se produce rápidamente a partir del siglo XX. Es alrededor
de los años 50 cuando se estandarizan prácticas
que garantizan cierta calidad en las empresas. Es hacia fines
de los 70, y francamente en los 80, cuando se produce el verdadero
estallido de las ideas de calidad, con el establecimiento
a nivel mundial de las normas ISO (una serie de normas internacionales
de garantía de la calidad dentro de las organizaciones).
Estas
normas tuvieron una gran aceptación y difusión.
En el año 1987 la comunidad internacional aceptó
masivamente la aplicación generalizada de estas normas.
Si bien se idearon originalmente para empresas industriales,
desde comienzos de los 90 su aplicación se está
difundiendo rápidamente a otros sectores de la economía
y los servicios.
Hoy
día no queda práctica o proceso organizacional
que no esté sometido de alguna manera a alguna de las
normas ISO.
Paralelamente,
desde el ya clásico libro “En busca de la excelencia”,
de Tom Peters y Robert H. Waterman, de 1982 (y su versión
en español de 1994) se instaló como paradigma
del funcionamiento de las organizaciones el concepto de “excelencia”.
Este concepto es entendido como “lo más”
a donde una producción o un servicio debe llegar. Las
normas ISO establecían el cómo y la garantizaban.
Desde
entonces el concepto de excelencia sobrevuela las actividades
de las organizaciones.
En
mi experiencia como consultor en todas las empresas, hasta
en las más pequeñas, la idea de la excelencia
está presente. Aunque pareciera que ha quedado reservada
solo para las grandes empresas y grandes organizaciones.
En
las medianas y pequeñas, la excelencia se ve más
como un anhelo inalcanzable, expresado en frases como “quién
pudiera”, “ojalá pudiéramos”,
“eso no es para nosotros”, expresiones basadas
en la creencia de que la excelencia se consigue sólo
a través de esos procedimientos costosos y sofisticados.
No es así.
Excelencia
es hacer bien las cosas, y hacerlas bien todo el tiempo. No
tiene más secretos. Y esto está al alcance de
cualquiera, no es más costoso. Mucho más costoso
es hacerlas mal.
En
primer lugar, los dueños y directivos de las organizaciones
deben tomar conciencia de que hacer las cosas bien siempre
es mejor negocio que hacerlas más o menos, o mal. Aunque
el cliente lo sea por única vez.
¿Por
qué? Porque la excelencia es un hábito que se
construye día a día y se va incorporando en
todos y cada uno de los miembros de la organización,
a partir de que sea parte genuina de la cultura organizacional.
Excelencia no es atender con una sonrisa. Excelencia es hacer
las cosas bien porque está bien hacerlas bien, y además
con una sonrisa.
¿Cómo
se hace, qué hay que hacer?
- Como
se señala más arriba, tomar conciencia en
primer lugar.
- Prepararse
y preparar a la gente.
- Aprender
y capacitar.
- Capacitar
a los gerentes, jefes y supervisores para que a su vez sean
buenos capacitadores.
- Contar
con y proveer los recursos suficientes y adecuados.
- Educar
en los beneficios de aprender cada día.
- Escuchar.
- Escuchar
al empleado, al cliente, al proveedor; todos ellos nos pueden
enseñar alguna cosa para mejorar.
Los
gurúes del marketing nos dicen que un cliente insatisfecho
nos hace perder una cantidad mayor de potenciales clientes.
Eso es así si no aprendemos de la situación.
Un cliente insatisfecho también es una extraordinaria
fuente de aprendizaje para la excelencia.
No
hacen falta personas excelentes, hacen falta personas comunes
que hagan las cosas de manera excelente.
La
excelencia está mucho más cerca de lo que creemos.
Como el dicho que se le atribuye a los chinos: una caminata
de cien mil kilómetros comienza por el primer paso. |