El
conocimiento en la organización es un conjunto colectivo
de saber y saber hacer. Gestionarlo supone administrarlo y
rentabilizarlo, lo cual implica planificar y controlar y conlleva
adquisición, mantenimiento, medición y puesta
en disponibilidad de los recursos.
El
conocimiento es la fuente de la competitividad de las empresas;
es lo que les proporciona su capacidad de adaptación
y competitividad en el mercado. Sin conocimiento, no hay más
que oscuros seguidores, y sin planificación de los
recursos, sólo parches de improvisación y focalización
de las energías en la supervivencia en lugar de en
el crecimiento.
Conocimiento
individual y colectivo
Cuando
el funcionamiento de la empresa está basado en las
competencias individuales, el conocimiento total de la organización
es la suma de los conocimientos individuales. Sin embargo,
cuando la organización funciona sobre la base de verdaderos
equipos cohesionados, su conocimiento total es significativamente
superior, debido al enriquecimiento producido por los intercambios,
la creatividad y el efecto de sinergia.
En
una organización fundamentada en las competencias individuales,
cuando un trabajador abandona la empresa, se lleva con él
lo esencial de su conocimiento (aunque parte del mismo se
queda en la propia empresa). Uno de los principales objetivos
de la Gestión del Conocimiento es precisamente el de
lograr que la mayor parte posible de su conocimiento permanezca
en la organización, lo cual nos plantea algunas preguntas
preliminares: ¿en qué consiste realmente el
conocimiento de la persona?, ¿dónde se sitúa?
y ¿cuál es su naturaleza?
¿En
qué consiste el conocimiento?
Es
un producto de la información, las habilidades y la
experiencia, que permite producir respuestas lo más
adecuadas posibles a las situaciones que se presentan (reactivo),
o que es capaz de provocar (proactivo).
¿Dónde
se sitúa?
En
las empresas enfocadas en la capacitación individual,
está situado en las personas. Cada trabajador es conocedor
o experto en su puesto de trabajo. Controla la información
y el saber hacer necesarios y suficientes para desempeñar
su función. En los equipos de trabajo, el conocimiento
no tiene ubicación más precisa que “dentro
del equipo”. Nadie posee realmente el conocimiento del
equipo sino que está repartido y difundido entre todos
los miembros.
Las
consecuencias son importantes:
a)
Si un miembro del equipo abandona la organización,
el conocimiento permanece en una proporción máxima.
Esto no significa en absoluto que las personas se conviertan
en modelos estándar o indiferenciados, como algunas
empresas lo han creído, esforzándose en crear
empleados clónicos. Son las diferencias y especificidades
individuales las que permiten tener equipos superiores.
b)
El conocimiento de una persona que se ha ido es mucho más
fácilmente transmisible al nuevo miembro del equipo,
porque no era un bien aislado y tabicado, sino compartido.
c)
Proporciona una mayor estabilidad, predictibilidad y consistencia
de los comportamientos, es decir que frente a un determinado
estímulo, un mismo conocimiento producirá respuestas
idénticas, similares o por lo menos coherentes.
d)
No sólo se produce este fenómeno dentro de un
mismo equipo, sino también entre equipos diferentes,
lo cual significa que los equipos son más fácilmente
sustituibles entre sí que los individuos, porque disponen
de una mayor experiencia colectiva, de una mayor capacidad
creativa y de un conocimiento más amplio y más
estable lo que, a fin de cuentas, les proporciona una mayor
adaptabilidad.
¿Cuál
es su naturaleza?
El
conocimiento puede ser individual o colectivo; cognitivo o
emocional; consciente o inconsciente.
El
conocimiento cognitivo está constituido sobre todo
por información y metodología para tratarla.
Un financiero que establece un balance contable, por ejemplo,
utiliza informaciones y procedimientos establecidos. Está
formado por habilidades razonables, en el sentido de que quien
lo aplica lo hace utilizando procesos y decisiones que sabe
razonar. Se sitúa en el nivel córtico del cerebro.
El
conocimiento emocional se sitúa en el sistema límbico
y está constituido por emociones, estereotipos, actitudes
y esquemas mentales parcialmente conscientes.
Gran
parte de nuestro conocimiento es inconsciente. Es el caso
de estas habilidades forjadas tras años de experiencia
y que aplicamos sin siquiera pensar en ellas, y que nos costaría
mucho definir y explicar. Un buen ejemplo es el del pianista
de bar, cuyas manos siguen tocando la melodía a la
vez que participa en una conversación.
Hay
emociones conscientes, como puede serlo el enfado o la alegría
que manifestamos en determinadas situaciones, y otras inconscientes
como los prejuicios sexistas o raciales.

El
conocimiento inconsciente no sólo es difícil
de transmitir y gestionar, además es muy poco susceptible
de mejorar. Sólo responde a automatismos adquiridos
y repetidos con escaso replanteamiento y, por tanto, está
condenado a estereotiparse.
Parte
del conocimiento emocional puede ser pasado a cognitivo gracias
al establecimiento de puentes entre el sistema límbico
y el córtex, cosa de la que se ocupa, por ejemplo,
la Inteligencia Emocional. Sin embargo, sólo parte
de este conocimiento puede ser gestionado, porque parte de
nuestra experiencia escapa a la racionalización.
La
Gestión óptima del Conocimiento implica concienciarnos
al máximo de lo que constituye nuestro conocimiento.
Concienzarse no significa en absoluto transformar el conocimiento
emocional en cognitivo, lo cual sería una triste utopía,
sino conocer y admitir el papel de las emociones, propias
y ajenas, en nuestros procesos de percepción, decisión
y comportamientos.
¿Qué
es la experiencia?
La
experiencia puede ser vista como un catálogo, un conjunto,
de modelos de respuesta ante determinadas situaciones y estímulos.
Estas
respuestas vienen condicionadas por nuestras actitudes emocionales,
nuestras representaciones mentales personales y nuestros procesos
conscientes de decisión. La experiencia personal no
es transmisible, cada uno debe adquirir la suya propia.
Las
actitudes emocionales son totalmente personales y no pueden
ser transferidas por procesos cognitivos. El miedo a las alturas
o a las serpientes, el amor, la amistad, las filias y fobias,
condicionan nuestros comportamientos y no pueden transmitirse
por procesos cognitivos voluntarios. Cada uno forja los suyos
propios a través de sus vivencias.
Las
representaciones mentales también son personales y,
además, la mayoría de ellas son inconscientes.
Estas representaciones son susceptibles de ser modificadas
y reestructuradas, lo cual pasa por un proceso de concienciación
que requiere una técnica específica, como ocurre
en el coaching personal.
Los
procesos cognitivos conscientes son la parte más fácilmente
susceptible de ser gestionada por la Gestión del Conocimiento.
Importancia
de los equipos
en el aprovechamiento del conocimiento
Todos
sabemos que una misma persona puede adoptar decisiones y comportamientos
diferentes ante los mismos estímulos con sólo
que cambie el entorno o la situación emocional del
momento.
Por
ejemplo, un trabajador que opera bajo la estrecha observación
del jefe se comportará de forma diferente que si no
estuviera. En algunos casos para mejor, porque se concentrará
y esmerará más, y en otros para peor, porque
el miedo a equivocarse o a ser reprochado le quitará
espontaneidad y soltura.
Es
aún más obvio que frente a los mismos estímulos,
dos personas que disponen de la misma información,
las mismas habilidades y las mismas competencias, son susceptibles
de adoptar comportamientos diferentes y hasta totalmente opuestos.
Esto
se debe a que la capa emocional y las representaciones mentales
son totalmente personales; el hecho de que compartamos una
misma formación y las mismas informaciones no significa
que reaccionaremos igual. Como consecuencia, en una organización
de tipo tradicional resulta imposible almacenar y compartir
todo el conocimiento porque habría que codificar y
almacenar toda la variedad emocional de todo el personal de
la misma. Esta imposibilidad corresponde a la ley de la
variedad requerida de la gestión de sistemas:
ningún sistema de control puede controlar totalmente
a otro si tiene una variedad inferior al sistema controlado.
Controlar
totalmente significa que para cada situación o estímulo
disponemos de una respuesta programada, lo cual es imposible
con un sistema ilimitado como el conocimiento de una organización.
Todos los intentos de llegar a un control total se traducen
en un incremento de la complejidad del sistema y de su entropía.
La creatividad parece la única forma de evitar el colapso,
y creatividad es adaptación.
Cuando
se trata de un verdadero equipo cohesionado, los comportamientos
del equipo son el producto de la misma información,
las mismas habilidades y competencias de antes, pero pasan
ahora por la interacción y la integración de
las emociones y representaciones mentales de todos los componentes
del equipo.
La
estabilidad y consistencia de los procesos de respuestas de
un equipo son enormemente superiores a sus correspondientes
individuales, y la energía del sistema aumenta con
la creatividad de todos los miembros.
No
confundamos, sin embargo, equipo cohesionado con grupo de
decisión. Lo que caracteriza a un equipo unido es la
confianza, en uno mismo y recíproca. Hasta que el grupo
adquiera el suficiente nivel de confianza, las percepciones
de cada uno son estereotipadas, y los demás son considerados
como espectadores pasivos, observadores críticos, jueces,
posibles aliados, o bien enemigos al acecho.
Cuando
mejoran las relaciones, la presión social tiene como
resultado la facilitación social, etapa en la que se
trata de no discrepar, dar la nota, o disociarse del grupo.
Se trata de llevarse bien y transigir para permitir la cohabitación.
Se intenta no ofender, y por eso se renuncia a expresar ideas
personales si con esto pueden evitarse conflictos.
El
siguiente nivel del grupo se caracteriza por una implicación
personal de cada uno en las tareas que le corresponde, en
la defensa de sus ideas y de su concepción de los procedimientos
a seguir. En este nivel, las personalidades aprovechan las
tareas para intentar reforzar su esfera personal de poder
o de independencia. Cada uno “cumple con su cometido”
individual pero aporta poco al equipo y no hay sinergia. Los
intentos de trabajar en equipo, en otros las reuniones, hacen
perder tiempo sin ganar en eficacia.
Cuando
se alcanza el nivel de madurez de equipo, la confianza es
suficiente como para que desaparezcan los mecanismos de autodefensa
social y de protección del Yo. Cada uno se preocupa
por lo que puede aportar al equipo para lograr una victoria
común y se siente co-responsable de las tareas y objetivos
colectivos. El conocimiento de los demás permite prever
las reacciones y adaptarse a la personalidad de cada uno.
El grupo es capaz de autorregularse, de fijarse normas y respetarlas.
En
un grupo, las aportaciones personales suman; en un equipo,
multiplican. Cuando un simple grupo de trabajadores debe tomar
una decisión, cada uno se considera el más capacitado
en su función, y las intervenciones de los demás
se pueden ver o bien como directrices a las que someterse
(no crear conflictos) o bien como molestas interrupciones
que hacen perder tiempo.
En
un verdadero equipo, las aportaciones de los demás
constituyen un mecanismo natural totalmente asumido para que
el equipo logre la mayor eficacia asociada a la satisfacción
socio-afectiva de cada uno. En lugar de que las decisiones
y acciones sean el denominador más pequeño,
se convierten en el mayor multiplicador gracias a la sinergia
del conocimiento de todos los miembros.
Equipos
y selección de personal
El
enfoque a las competencias de equipo empieza desde el proceso
de selección.
Es
interesante observar el empeño que se pone en materia
de selección de personal en la individualización
de las competencias. Puede resumirse el objetivo de los mismos
en: captar a la persona más competente para el puesto.
Para
lograr este objetivo, se dedican muchos esfuerzos y tiempo
a determinar con la mayor precisión posible el conjunto
de tareas a realizar y las habilidades que debiera poseer
el candidato para realizarlas.
Después,
se invierten otros tantos esfuerzos y tiempo en buscar a la
persona que posee estas competencias individuales.
Pero,
¿cuánto se invierte en analizar su entorno?,
¿cuánto se invierte en un estudio específico
del equipo de trabajo en el que deberá integrarse para
determinar, no el perfil de tareas, sino el perfil de conocimiento
necesario? Y cuando se procede a la búsqueda y selección
del candidato, ¿qué importancia real se otorga
a investigar la capacidad sinergética del candidato
con el equipo existente, y a determinar la complementariedad
de su rol social?
Si
el candidato cumple con los criterios de complementariedad
con el equipo en el que se debe integrar, sus competencias
profesionales en el momento de su integración pueden
pasar a un segundo plano, porque el equipo podrá transmitirle
conocimiento con mayor rapidez y él podrá aportar
los suyos de forma más efectiva. Prima más la
capacidad de aprendizaje que su estado de competencia actual.
Sin
embargo, muchas empresas quieren resultados inmediatos, quieren
que las tareas que realizaba el saliente, las haga a la mayor
brevedad posible, y de la misma forma el entrante. Está
claro que esta necesidad se debe a una carencia en la Gestión
del Conocimiento; más exactamente en la planificación
de recursos. Quien no ha podido o sabido planificar, sacrifica
siempre el largo plazo para las contingencias inmediatas.
Al
privilegiar el rendimiento individual e inmediato, la organización
hipoteca su futuro porque limita dramáticamente el
desarrollo del conocimiento colectivo, fuente de su diferenciación
competitiva. Se condena a procedimientos reactivos, yendo
al remolque de los acontecimientos y a limitar su capacidad
a la suma de simples óptimos locales.
En
este contexto, concebir a la empresa como un conjunto de equipos
cohesionados y coordinados en lugar de una agrupación
de competencias individuales, permite gestionar el conocimiento
colectivo con el aprovechamiento máximo.
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