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Cuando
las organizaciones, así como su gente, han entendido
que el cambio es una realidad inmensurable, propia de la naturaleza
misma del universo, y cuya constante renovación y cuestionamiento
acercan cada vez más a la empresa al equilibrio propio
de quienes, sin ostentar la perfección, buscan incrementar
sus conocimientos y con ellos explorar y explotar nuevas fuentes
de bienestar y riquezas, no es posible prohibir a nadie que
innove.
Las
organizaciones que aprenden están en constante intercambio
con las revoluciones, saben que aquello que es cierto hoy
podrá ser una quimera en el mañana y viceversa,
por lo que se dedican más a la visión que poseen
del futuro que a la fotografía que conservan del presente;
saben que habrá elementos que por su condición
o naturaleza, en el momento en que lo observan no habrá
de cambiar, pero que en un futuro inmediato podría
cuestionarse su existencia y, al percatarse de su obsolescencia,
convertirse tan sólo en el recuerdo de los buenos viejos
tiempos, sin que ello signifique la añoranza de los
mismos.
Es
un hecho: lo único constante es el cambio, y para quienes
así lo asumen, cada día es un reto que al finalizar
representa la recompensa de haber superado la prueba, por
más similar que que resultara al pasado.
Para
un importante número de empresas, el cambio resulta
una ventaja competitiva que de no estar presente restaría
valor a la existencia misma de la organización. Empresas
donde se encuentra involucrado el puesto más básico
de su estructura hasta el más complejo, quienes aportan
con la misma efectividad ideas que pueden enriquecer los procesos,
sus servicios o productos, donde la sinergia no es una extraña
palabra extraída de un libro de texto, o de un importante
seminario, sino que conforma uno de los valores más
preciados de su gente.
Resulta
imposible imaginar empresas de tecnología donde la
innovación no sea "el pan de cada día",
así como las empresas del ramo automotor, de telecomunicaciones
o de sistemas, pues sus mercados están diseñados
para estar siempre un paso adelante, pero ¿aplica sólo
para ellas? ¿Se puede ser constante con el cambio en
otras empresas?
El
cambio no significa transformase en un ente completamente
diferente a lo que ahora se es, eso estaría más
cerca de ser una reingeniería –en el aspecto
más radical de la misma– que una transformación.
El cambio en las organizaciones debe ser un proceso que apunte
a la mejora, que inspire la innovación y alimente la
creatividad para mantenerse en el mercado-meta o explorar
mercados nuevos, debe ser una ventaja comparativa y competitiva,
donde se evolucione sin perder la identidad, salvo que ello
represente realmente un salto cuántico.
En
todas las empresas la innovación está presente;
todas tienen la misma oportunidad de agregar valor a sus procesos
de manera constante y sostenida, sólo que dependerá
del nivel de identificación que alcancen sus integrantes,
lo oportuno y la agudeza de los cambios que se propongan.
Se
dice que una vez que se ha alcanzado una fórmula para
realizar un proceso a la perfección, debe ser desechada,
pues la soberbia de la exactitud impide observar la posibilidad
de mejorar y continuar evolucionando.
Existen
ejemplos sorprendentes de estas transformaciones, pues hace
apenas dos década los teléfonos celulares representaban
grandes piezas de metal y plástico cuya autonomía
de uso apenas si alcanzaba los 15 minutos y su peso superaba
un kilogramo, en tanto hoy en día caben en la muñeca
y pueden extender su funcionamiento por más de una
semana. ¿Dejaron de ser teléfonos celulares
por ello? ¡No! Se transformaron tal vez en el principio
de lo que en realidad será su más alto nivel.
Lo mismo pasó con el modelo “T”: ayer apenas
si se diferenciaba de las carretas, hoy cualquier vehículo,
por más sencillo que sea, ofrece confort a quien lo
maneja y está muy distante de su predecesora. Todas
esas revoluciones fueron introducidas por personas que entendieron
la necesidad de ofrecer de manera constante mejoras, de innovar
sin cambiar la esencia, las mismas que fungieron como ondas
expansivas que excitaron la imaginación de usuarios
y competidores y llevaron al mundo empresarial a la lucha
constante por mantenerse en movimiento.
Por
lo tanto el cambio tiene, para quienes lo observan como una
herramienta, la capacidad de ajustarse a las necesidades,
los sueños o las expectativas de quienes lo administran
y gerencian, ya sea convirtiendo un quiosco de periódicos
en un "centro de información", o quienes
observan que el futuro de las telecomunicaciones está
en el desarrollo de la genética.
El
cambio es un proceso de innovación cíclico,
ya sea sutil o radical. Todo lo nuevo produce la transformación
de lo que se conoce, y ello lleva a sumar un paso en la evolución,
la cual experimenta de nuevo el proceso y continúa
avanzando. En realidad, por más que se prohíba
innovar, el cambio terminará por imponerse. Así
sucedió en el pasado y así será en el
futuro. De hecho, la negación misma del cambio es la
aceptación indirecta de su existencia: la gente no
se puede oponer a algo que no existe.
Por
todo lo anterior, es posible entender el hecho mismo que señala
al cambio como una constante, una espiral ascendente en la
cual no se es espectador sino protagonista, no se es el efecto
sino la causa.
Cuando las organizaciones alcanzan ese nivel de madurez, el
cambio no es un enemigo sino un aliado. La necesidad de agregar
valor forma parte del desempeño de quienes la integran
y ello repercute en la calidad de sus resultados. No se trata,
entonces, de restar valor al nivel alcanzado en el presente,
sino de observarlo como parte del proceso que sirve de cimiento
para los niveles subsiguientes.
Todo
cambio, por mínimo que sea, es la suma de una idea
que llegó a buen término, avalada por una Directiva
abierta a escuchar a su gente, por gente motivada a desarrollar
su creatividad, por empresas donde lo único que está
prohibido, en materia de transformaciones, es prohibir la
innovación.
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