No
podemos pensar en transformar nuestras empresas si no transformamos
primero la mentalidad de los hombres que las dirigen.
En
Argentina el 75% de las empresas son "empresas de familia",
que representan aproximadamente el 30% del Producto Bruto
Interno y producen la mayoría de los bienes y servicios
que consumimos.
Sus
dirigentes toman decisiones apelando a su conocimiento, su
experiencia o su autoridad; a los modelos paternos –o
maternos–, a su "olfato", y a algún
que otro buen curso de actualización. Confían
en su intuición, reniegan del management y les cuesta
aceptar patrones organizativos.
A
su leal saber y entender fijan criterios, deciden quién
obtiene qué recompensas y por qué, enlazan la
producción, la venta y las finanzas. Es decir, administran
y obtienen resultados que, a veces, satisfacen sus propias
expectativas.
"Cuando
el abuelo fundó esta empresa, él preparaba el
helado, lo probaba, lo vendía, lo repartía y
lo cobraba. El elegía los gustos, decidía cuánto
fabricar y cuándo. Conocía una sóla receta:
trabajar, trabajar y trabajar; comer un pedazo de queso entre
pan y pan, seguir y seguir" dijo, sin disimular su orgullo,
el nieto del fundador.
"Sin
duda, fue un genio –continuó–, un verdadero
ejemplo de tenacidad, lo que se dice un hombre con visión
de futuro. Su carisma será difícil de imitar
y esa capacidad de hacer que las cosas se hagan no se aprenderá
jamás en ningún libro. El hizo que ESTO fuera
lo que es".
Pero
hoy ya no es suficiente dar a probar la nueva casatta a la
esposa, al nene o al almacenero de enfrente. No es la confianza
la única condición requerida a quien quiera
manejar las finanzas de la empresa, ni basta el título
de sobrino para ingresar como gerente.
Los
balances anuales –cuando los hay y son confiables–
tampoco alcanzan. Es necesario disponer de información
sobre los gustos y las preferencias de los consumidores, la
fidelidad de nuestros clientes, la eficacia de nuestros vendedores,
el rendimiento de la mano de obra y los materiales, la rentabilidad
del capital invertido, los ingresos y egresos esperados, etc.,
etc., etc.
No
basta con conseguir información, hay que saber qué
hacer con ella. Muchos dirigentes quieren saber todo de todo,
quieren conocer hasta el último detalle del último
rincón de su empresa y terminan el día sepultados
bajo un mar de listados e informes que dejan para mirar después
y lo que tenía que salir hoy queda sin salir.
Están
"tapados de trabajo"; hacen cosas que podrían
hacer sus empleados y no hacen las que sólo ellos pueden
hacer. ¿El resultado?: lo que tenía que estar
listo ayer, con suerte se terminará mañana y
lo importante, si no es urgente, no se termina nunca.
La
empresa ya dejó atrás su infancia; ha crecido
y enfrenta nuevas dificultades y nuevos desafíos. Los
problemas a resolver son muy diferentes y no pueden seguir
manejándose con el viejo concepto de una sóla
cabeza que piensa y muchos brazos que ejecutan.
Aquel
solitario juglar ha ido poco a poco convirtiéndose
en una orquesta, donde todos, desde el primer violín
(un pariente del fundador) hasta el último trompetista
(otro pariente del fundador), deben afinar sus instrumentos
en cada función para que los amantes de la música
(los clientes) no vayan a deleitarse a otro teatro (la competencia).
Así
es que o afinan bien o se van con la música a otra
parte.
Argentina
está cambiando y seguirá cambiando. No podemos
fingir que la realidad no existe. Existe, es amenazadora para
todos y será particularmente severa con los que la
ignoren.
El
siglo XXI ya llegó; el futuro no puede tomarnos desprevenidos.
Los dirigentes de las pequeñas y medianas empresas
tendrán que cambiar rápidamente de actitud si
quieren sobrevivir.
Tendrán
que despertar su creatividad; tendrán que trabajar
con eficiencia; tendrán que competir. Tendrán
que crecer para hacer crecer a sus empresas; tendrán
que espantar los fantasmas de la mediocridad y aprender las
nuevas respuestas de las viejas preguntas.
En
el mundo moderno las oportunidades se multiplican. El crecimiento
se manifiesta en muchas tareas diferentes que necesitan personas
que las coordinen. Es necesario conocer y aplicar elementos
que nos ayuden a hacerlo bien, fácil y rápido.
Que nos ayuden a fijar objetivos y a tomar decisiones. A esperar
lo inesperado y a prevenir lo imprevisible.
Hace
cuarenta años Maslow dijo: "Las cien personas
más valiosas que habría que introducir en una
sociedad en decadencia no serían ni economistas, ni
políticos, ni ingenieros, sino cien DIRIGENTES DE EMPRESA".
DIRIGENTES
DE EMPRESA –con mayúsculas– necesitamos.
DIRIGENTES DE EMPRESA, y no sólo buenos negociantes;
DIRIGENTES que sepan cómo convertir un puñado
de pequeñas empresas obsoletas y mal equipadas, que
pueden ofrecer muy poco a nuestra sociedad, en un tejido de
pequeñas empresas, sanas, dinámicas, innovadoras
y capaces de asumir los riesgos de su crecimiento.
Aunque
la imagen del abuelo sabio, talentoso y triunfador aún
nos suene contemporánea, vayamos preparando los dirigentes
que necesitamos para mañana; teniendo en cuenta que,
como todos sabemos, mañana llega demasiado rápido. |