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Desde que surgió la máquina, la industria no ha dejado de evolucionar. La Primera Revolución Industrial comenzó a mediados del siglo XVIII, la segunda en el siglo XIX, pero ¿estamos ya en la tercera? En mi opinión la respuesta es contundente, comenzó al final del siglo pasado. Para que exista una revolución industrial, deben producirse tres acontecimientos básicos. El primero es la existencia de una explosión tecnológica, el segundo, una variación en la forma de trabajar, y el último un cambio social importante. Estas características se dieron en las dos primeras revoluciones industriales. En la primera, que comenzó en Inglaterra, surgió la máquina y con ella las empresas y la figura del empresario. Emergió la cultura obrera, las personas comenzaron a trasladarse a los centros de trabajo y el clan familiar se fue desmembrando poco a poco. Como consecuencia de los grandes adelantos científicos del siglo XIX, surgió la Segunda Revolución Industrial. Esta derivó en un cambio importante en la forma de trabajar. El norteamericano Frederick Taylor diseñó la organización científica del trabajo, dividiéndolo en tareas pequeñas y dándole a cada trabajador la más apropiada para ejecutarla en un tiempo determinado, premiándole o castigándole dependiendo de los resultados. Durante años, las ideas de Taylor supusieron un notable aumento de la productividad en las empresas, con gran beneplácito por parte de los empresarios, pero no de los trabajadores. Durante el presente siglo, más concretamente en los años 20, el australiano Elton Mayo, profesor de la Universidad de Pennsylvania, adoptó un punto de vista totalmente diferente para resolver el problema del trabajo. Eligió como lugar de investigación la planta de la Western Electric Company en Hawthorne (Illinois). Los estudios que desarrolló allí junto a Fritz Roethlisberger y William Diskson en la Escuela de Administración de la Universidad de Harvard, les llevaron a la conclusión de que en una organización el trabajador es, sin duda, el elemento más importante. Los acontecimientos de las dos últimas décadas del siglo XX demuestran que estamos inmersos en la Tercera Revolución Industrial. Los últimos años se han caracterizado por una explosión tecnológica llamativa en el campo de la informática, el desarrollo de la inteligencia artificial, la robótica industrial, el mundo de las comunicaciones y la aparición de los nuevos materiales. Todo esto ha alterado de nuevo la forma de trabajar, y unido a la incorporación masiva de la mujer al mundo laboral está provocando un cambio social importante. Hoy en día, por los hechos comentados, es necesario cambiar en las empresas las estructuras organizativas verticales (consistentes en muchos jefes y pocas personas en el tramo de control de cada uno) por estructuras planas u horizontales. Las verticales surgieron tras la segunda revolución industrial de las ideas de Taylor y del industrial francés Henry Fayol. Ahora no son válidas porque “el jefe tiende a intervenir en el trabajo del subordinado y también hay mucha distancia entre el nivel superior y el inferior, lo que dificulta la comunicación”. La organización vertical desaprovecha a los trabajadores. Hay aproximadamente un 20 por ciento de personas que trabajan mucho a un ritmo estresante y un 80 por ciento al que no se le saca partido, no se delega la suficiente responsabilidad en ellos. En mi opinión, la única manera de afrontar el futuro en todas las empresas u organizaciones es tendiendo a una organización horizontal, donde haya pocos líderes (de gran calidad) y muchas personas debajo de su nivel jerárquico. Se debe tender a la organización por procesos y no por funciones, asignando cada proceso a la persona más indicada, que liderará el mismo y contará con un equipo de trabajadores de distintos departamentos de la empresa. Esta es la única manera de aprovechar el potencial creativo de todos, trabajando en equipos multidisciplinares y autogestionados, al mismo tiempo que supone un factor motivador importante y una participación masiva de los empleados en los objetivos de la organización. Lo que más cuesta cambiar es la mentalidad de las personas: los jefes deben aprender a delegar, a dar autonomía plena. Esto es bastante más difícil de lo que parece, es una cultura que se debe adquirir poco a poco. Por supuesto, la persona en la que se delega debe asumir esa responsabilidad dando confianza a su jefe, cumpliendo los objetivos establecidos. En la actualidad las empresas se encuentran con un mercado rico y saturado donde prima el servicio al cliente. Esto les obliga a ser cada día más flexibles y dar respuesta inmediata a la demanda. La única forma de poder ser eficaz es que todos sus empleados trabajen con responsabilidad y sean mutifuncionales. Complacer al cliente en un mercado globalizado, rico pero a la vez saturado por la capacidad de producción de los continuos adelantos tecnológicos, es sin duda no solamente el reto actual de las empresas sino la meta para lograr sobrevivir. Navegar en el entorno turbulento actual, difícil e inestable por la alta competitividad existente es complejo. La planificación de cada ejercicio empresarial debe contemplar todos los años una mejora en eficiencia y eficacia respecto al ejercicio anterior con las mismas personas, e incluso en ocasiones con menos. Lo vital, que es el servicio al cliente, tiene que ser mejor, la calidad de los productos superior, pero sin embargo el coste tiene que disminuir. Si sus competidores logran este proceso, usted debe superarlos si quiere permanecer en el mercado. Es la guerra económica donde nunca se habla de lograr la paz, que hasta en los conflictos bélicos más cruentos ha sido y es posible. En la guerra económica actual solo existe la opción de ganar o desaparecer. Se
estrechan los ciclos de vida de los productos ante la necesidad
de satisfacer al cliente, que aprovechándose de la
coyuntura se ha vuelto caprichoso, y también para no
dejar reaccionar al competidor.
Los avances tecnológicos han revolucionado las plantas de fabricación y los negocios debido a la tercera revolución industrial. Al igual que sucedió con las anteriores revoluciones industriales, los avances tecnológicos de finales del siglo XX pueden hacer pensar que las personas puedan perder importancia relativa a medida que avanzan las nuevas tecnologías. Sin embargo la tendencia actual indica que no sólo las personas no pierden importancia, sino que cada vez es y será mayor su protagonismo. Las empresas disponen de lo mejor en el campo técnico: ordenadores, maquinaria avanzada y procesos altamente mecanizados, pero los triunfos o fracasos de las empresas dependen de las personas. Su valor es más importante que nunca. Las personas son el principal activo de las organizaciones, por encima de los activos materiales y financieros. Son las mentes creativas de las que depende todo el proceso industrial: diseñan el producto, gestionan los aprovisionamientos, planifican la producción, controlan el proceso y la calidad, comercializan los productos y establecen los objetivos y estrategias de la organización. Las personas son la clave para que las empresas, sujetas al cambio continuo, puedan lograr sus objetivos en el mercado competitivo de hoy. La competitividad nos ha hecho asistir a la quiebra de muchas organizaciones empresariales. Pero otras se consolidan y emergen con pujanza: se trata de aquellas que un día decidieron afrontar el reto de cambiar su modelo de organización y apostar por las personas. |
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Angel Baguer Alcalá.
Doctor Ingeniero Industrial, Consultor de Dirección, especialista en
Gestión Empresarial y Recursos Humanos. 11 años Director General
de la empresa GEIDE, S.A. Subdirector durante 7 años de la Escuela
Superior de Ingenieros de TECNUN (Tecnológico de la Universidad de
Navarra en España). Imparte actualmente en este centro las asignaturas
de “Economía” y “Recursos Humanos”. Autor de
los libros ¡Alerta!, ¡Dirige! y Un timón en
la tormenta, de Editorial Díaz de Santos.
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