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Mucho
más de lo que uno cree las personas le asignan un valor
muy bajo a la formulación de la pregunta. En todo caso
se la piensa como la razón de ser de la respuesta.
Suele ocurrir que ante una determinada situación, las
personas se conforman con la primera pregunta. La más
fácil, la del sentido común, la habitual. Mientras
que la respuesta se exhibe claramente sin tapujos, la pregunta
correcta se oculta detrás de innumerables interrogantes.
Formular la pregunta es mucho más difícil que
encontrar la respuesta.
La
respuesta está asociada a los hechos, y estos en última
instancia son realidades concretas. Frente a éstas,
la experiencia cobra un valor fundamental. Cuando en el ámbito
de una fábrica los equipos de producción sufren
una parada repentina, la acción reparadora no se hace
demorar. Aquí la respuesta, como hecho plenamente visible,
se manifiesta como máquinas paradas. Entonces, la pregunta
correcta se ve reemplazada por la acción directa del
equipo de mantenimiento, que vuelve a poner en funcionamiento,
aunque sea por poco tiempo, a las líneas de producción.
De esta manera, el ejercicio saludable de preguntar “correctamente”
se va perdiendo.
Una
empresa no puede darse el lujo de tener máquinas paradas
cuando las ventas de sus productos se encuentran en franco
crecimiento. Esta es una de las razones por las que ante determinados
problemas se apliquen las mismas soluciones. La experiencia,
la solución más rápida, es la que manda.
Sin embargo esta resulta ser, en muchos casos, causa de retrasos
tecnológicos en la pequeña y mediana empresa.
En
mi experiencia personal, me he encontrado con empresas en
las cuales su “manera de hacer las cosas” siempre
fue la misma. Ante determinadas situaciones recurrentes se
operaba con la misma respuesta. Este accionar rutinario había
logrado retrasar a la organización. Las habilidades
de su personal eran básicas para los nuevos tiempos
que se venían. Parte de su problema residía
en la escasa importancia que se le daba a la acción
de preguntar. La pregunta inteligente dejaba paso a la acción
rápida de la solución de corto plazo, entrando
así en un círculo vicioso del cual es muy difícil
salir. Finalmente, puedo decir que el punto de inflexión
se dio cuando comenzó a darse valor a la indagación.
Revalorizar
la pregunta es, de alguna manera, acercarse a la mayéutica;
es incorporar este método de aprendizaje para crecer
en lo intelectual. Es reconocer que no se sabe, para finalmente
conocer más. Saber elegir la pregunta es una tarea
difícil, y saber preguntar es agobiante. Pero cuando
dejemos de hacerlo, nuestra empresa dejará de crecer.
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