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Uno
de los pasos que pueden leerse en cuanta receta se ha inventado
para garantizar los resultados de un proceso, ya sea de la
creación de un producto o el otorgamiento de un servicio,
es sin duda el famoso “seguimiento” o “monitoreo”
de los responsables o ejecutores.
El
seguimiento o monitoreo se vende como una forma de asegurarse
que el empleado haga correctamente lo que se le ha pedido,
que esté a tono con el cronograma, o para evitar demoras
innecesarias. Monitorear al personal o sus avances suele asociarse
con el “chequeo” médico periódico
de un paciente. Si está bien, verá en el doctor
una sonrisa, sino la preocupación o los correctivos
serán evidentes.
Pero
no hay prueba más contundente de la ausencia de responsabilidad,
identificación, e incluso de la capacidad de un personal
que, precisamente, la presencia de un seguimiento constante
de sus actividades y logros.
Resulta
difícil imaginar que una persona que esté verdaderamente
identificada con su trabajo requiera de otra que le esté
no solo recordando sus funciones sino comprobando que las
mismas se hagan bajo los estándares acordados. Lo anterior
solo tiene validez cuando se trata de un período de
adaptación y aprendizaje de una función o tarea,
lo cual no solo es necesario, sino importante, pues nutre
la relación entre el individuo y sus responsabilidades.
Pero
una vez que se ha logrado un período de madurez en
un cargo o nivel de conocimiento, y la persona ha demostrado
destreza, capacidad y pericia, ¿hay que seguir haciéndole
seguimiento?
La
respuesta no puede ser otra. ¡Claro que no! Para eso
está la evaluación de resultados.
La
idea del seguimiento, monitoreo o supervisión, es un
lastre subconsciente que ha quedado en el colectivo de las
expresiones culturales, donde solo a través de la presencia
omnipresente del supervisor la obra se culminaría con
calidad y a tiempo. La expresión “el ojo del
amo engorda al ganado” se usa para justificar largas
horas de monitoreo.
De
hecho, cientos de empresas utilizan la figura del coordinador,
encargado o líder de proyecto, para garantizar la presencia
de una persona que haga seguimiento al trabajo de sus subordinados,
e incluso se han ofrecido premios e incentivos para aquellos
que lo realizan a cabalidad, declarándose así,
de manera obvia, incapaces de contratar personal auto-dirigido
que procure resultados de altura.
No
habrá quien señale que el monitoreo previene
los malos resultados y las desviaciones. Nada más cierto
cuando no se posee el personal correcto, y la posibilidad
de que surjan retrasos o haya errores sea alta; la falta de
pericia, experiencia y conocimiento, aunada a la ausencia
de identificación, incrementan estos riesgos, por lo
que un gerente o supervisor preocupado se mantendrá
atento a todo aquello que pueda afectar el proceso. Pero cuando
el equipo es el ideal, será él mismo el que
ofrezca de manera espontánea el estatus de sus logros
y mejoras. No necesitará que nadie se lo pida. Ejemplos
de esto sobran, desde los equipos para viajes espaciales de
la NASA hasta los escuadrones de atención médica
de la Cruz Roja, desde los programadores de Microsoft hasta
los creativos de Leo Burnett. O al menos así es en
teoría.
Estar
atento a lo que realiza el personal durante sus labores, como
una forma de garantizar el servicio o la calidad del producto,
es una muestra de ineficacia a la hora de seleccionar y contratar
al personal, inexperiencia a la hora de establecer el perfil
del candidato y su relación con el mismo, ineficiencia
al gerenciar y alimentar la identificación de los empleados
con la empresa y con la labor y, finalmente, una declaración
inequívoca de incapacidad de disponer de personas responsables,
maduras, expertas y automotivadas, que puedan llevar a cabo
el trabajo sin tener que experimentar el látigo virtual
del monitoreo permanente de sus actividades.
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