Una
empresa familiar es una organización operada y controlada
por los miembros de una familia. Son empresas con alma, dado
que el corazón de las familias está en ellas.
La
empresa de familia debe enfrentar siempre, a lo largo de su
crecimiento, distintos tipos de problemas. Poniendo estos
en orden, los tres más difíciles de superar
son: la sucesión, la sucesión y la sucesión.
Siempre
aclaro, en todos los artículos que he escrito, que
cada empresa es un ente único e irrepetible, y que
no se puede generalizar en cuanto a metodologías y
prácticas para enfrentar y solucionar los problemas
que se deben enfrentar.
Es
muy probable que muchas empresas estén operando con
prácticas que van en contra de lo que los especialistas
definen como exitosas, y sin embargo tengan éxito.
Son tantas las variables que influyen y entran en juego en
el manejo empresario, que lo mejor es adaptar los comportamientos
a cada situación en particular.
Cuando
los que trabajamos aconsejando a empresarios definimos prácticas
o formas de actuar, lo que estamos haciendo es, en base a
la experiencia, recomendar acciones que es muy probable que
eviten el problema o el conflicto, pero de ninguna manera
podemos decir que existan metodologías que se puedan
aplicar a todas las organizaciones, como recetas, y asegurar
el éxito.
Eso
sería como decir que existen recetas que, si usted
las sigue, le aseguran una vida plena de felicidad, y todos
sabemos, o intuimos, que debemos ir tomando decisiones a medida
que vamos creciendo, y que se trata de hacer lo que se puede
para ser feliz.
La
sucesión
Es,
en la práctica, la más traumática, para
todas las partes, de las etapas de vida de las Empresas de
Familia.
Es
problemático para quien debe dejar la empresa en manos
de la otra generación, si el sucedido no tiene en claro
qué hacer con su vida después del retiro, si
no preparó bien a los sucesores, si se siente “padre”
de la empresa y siente que debe dejar a su “hijo”,
si siente que la pérdida del control es pérdida
de poder y respeto, si no está preparado, en definitiva,
para comenzar esa etapa de la vida, que se percibe como la
última, aceptando los nuevos parámetros y formas
de aportar su experiencia en los que lo rodean.
Es
problemático para los que van a tomar la dirección
de la empresa, si los sucesores no fueron preparados para
eso, si perciben que no están habituados a tomar otro
tipo de decisiones, si no entienden que son responsables de
continuar y mantener el negocio que abastece a toda la familia,
si no son capaces de hacerse respetar por los empleados que
toda la vida respondieron a su padre, si no están preparados,
en definitiva, para comenzar esa nueva etapa de la vida, donde
comienzan a hacerse cargo de sus vidas.
Es
problemático para la familia. Porque, normalmente,
sucesor y sucedido, que están enfrentando cada uno
su respectiva crisis, conviven o se reúnen habitualmente
y nadie disfruta cuando los afectos sufren, y más si
alguno se siente responsable, directa o indirectamente, de
ese sufrimiento.
Es
problemático para los empleados. Porque deben adaptarse
a la nueva forma de dirección. Es muy difícil
que nada cambie en la sucesión, cada uno tiene su forma
de liderar. Normalmente, los empleados más antiguos
establecieron algún tipo de vínculo sentimental
con el anterior director, entonces sienten que pierden esa
relación.
Es
problemático para proveedores y clientes, generalmente
por las mismas razones que los empleados.
En
definitiva, todos, absolutamente todos, los involucrados de
una manera u otra con la sucesión, deben atravesar
una etapa de crisis.
La
profundidad y consecuencias de estas crisis van a depender
de la forma como se acompañe el cambio.
Normalmente
somos reacios a los cambios, sobre todo a los cambios bruscos.
Cuanto mayor es la intensidad del mismo, más resistencia
oponemos. Aceptamos la evolución porque son pequeños
cambios sutiles y continuos y casi no los percibimos, pero
somos reacios a las revoluciones, nos asustan, y las aceptamos
sólo si la situación anterior a ella es insoportable.
No
existen recetas para enfrentar la sucesión
Pero,
si entendemos qué genera este proceso en cada uno de
los involucrados, es probable que podamos entender las reacciones,
propias y ajenas, extrañas o inesperadas, que aparecen
en esta etapa, y que generan peleas y discusiones y hasta,
a veces, roturas de relaciones irreversibles.
Se
trata de saber que vamos a pasar por una crisis, que cada
uno va a experimentar formas nuevas de vivir y de trabajar,
que cada uno va a estar aprendiendo y acomodándose
a esa nueva situación. Entonces, si se habla, si todos
tratan de entender y entenderse, se ataca a los problemas
y no a las personas, y tratan de ayudarse unos a otros.
Casi
siempre es indispensable pedir ayuda, tener a alguien que
actúe de mediador y pueda ver los problemas desde afuera,
sin involucrarse emocionalmente.
Lo
más recomendable, siempre entendiendo que no es una
receta, es encarar la sucesión en etapas.
Que
los sucesores vayan haciéndose cargo de algunos sectores,
de acuerdo con sus capacidades (producción, o administración,
o compras), y comiencen a tomar decisiones por cuenta propia.
En esta etapa es imprescindible crear el órgano de
gobierno de la empresa, el Directorio, donde se discuten y
se deciden las acciones estratégicas, con la participación
de los sucesores. De esta forma se van enterando de cuáles
son los valores, las competencias esenciales, las fortalezas
estratégicas y la forma de solucionar los problemas.
En estas reuniones también se controla la marcha de
los negocios: ventas, rentabilidad, RESULTADOS.
De
a poco el sucedido va dejando los puestos operativos y comienza
a participar sólo de las reuniones de Directorio, como
un accionista, controlando sólo los resultados sin
participar de las decisiones del día a día.
Así, los sucesores van asumiendo la responsabilidad
de obtener resultados de su gestión. Siempre entendiendo
que cada uno está atravesando su propia crisis.
Estilos
de sucesión
A
lo largo de años de colaborar con Empresas de Familia
he visto todo tipo de crisis y reacciones al enfrentar la
sucesión. Cada una es un caso único, pero hay
características de fondo que, a veces, permiten tipificar
estas en estilos. Algunos de los estilos que voy a describir
ya están tipificados en alguna bibliografía,
otros los agrego yo.
Cuando
me muera todo esto será tuyo
Es
el estilo monárquico. La única forma de entregar
la corona es muriendo o enfermando. Siempre encuentra excusas
para no enfrentar la sucesión, maneja, casi en forma
exclusiva, el reparto del dinero y la información,
eso le da el poder.
Los
sucesores, si están en una posición cómoda,
lo dejan hacer sin comprometerse y sin participar. Aquellos
sucesores que quieren otra cosa se van de la empresa porque
saben o intuyen que nada va cambiar. Estos casos son los más
difíciles, y lo más probable es que la empresa
fracase cuando el fundador muere.
No
he asistido personalmente muchos de estos casos, el monarca
no necesita ayuda, así que no nos llama nunca.
El
arrepentido
El
sucedido confecciona planes de sucesión que no implementa
nunca. A veces se retira pero vuelve inmediatamente, porque
no sabe qué hacer con su vida, porque los sucesores
no estaban preparados o porque nunca estuvo convencido de
dejar.
Un
cliente me dijo una vez:
–
Ayúdelos a ellos (sus hijos) a llevar esto adelante,
yo no quiero seguir, ya estoy grande, quiero hacer otra cosa.
Después
de dos meses de trabajo.
–
Tuve que volver, porque a pesar de que las ventas mejoraron,
todavía les falta, hay muchas cosas que no funcionan
bien.
A
pesar de mi insistencia, sigue manteniendo el manejo del dinero,
él reparte beneficios a su buen criterio, nadie percibe
un salario de acuerdo a lo que hace, y maneja la información
y no la comparte. No se llevan a cabo las reuniones de Directorio.
Los
sucesores se frustran, no saben si el problema es su incapacidad
o el que no los dejan hacer, y dejan de participar.
El
sucesor:
–
Dijiste que te retirabas este año.
El
sucedido
–
Me voy a retirar el año próximo.
Sucesión
fallida
Cuando
no hay planificación, aunque el sucedido esté
convencido de dejar la dirección, lo que se traslada
a la otra generación son problemas. Los
nuevos directores no están capacitados, o no quieren
realmente hacerse cargo, pero el fundador no quiere seguir.
En este caso las crisis son profundas y todos se culpan por
los fracasos.
El
embajador
El
sucedido deja su lugar, de forma ordenada, y queda como cara
visible de la empresa. Es el representante ante las cámaras
sectoriales, ante los clientes importantes, negocia con los
proveedores. Es decir, sigue siendo la imagen de la empresa
hacia fuera.
Esta
es una buena manera de atenuar la crisis, el fundador se sigue
sintiendo útil y los sucesores se sienten apoyados
en el cambio.
El
inventor
Es
otra variante del caso anterior. El padre se aparta y se dedica
a desarrollar nuevos productos o servicios, o del mantenimiento.
Las consecuencias son las mismas del caso anterior.
La
sucesión inesperada
He
asistido a más de un caso de muerte súbita,
o después de una corta enfermedad, del fundador.
Este
tipo de sucesión es una de las más traumáticas
porque, además del dolor de la pérdida, la organización
se resiente hasta sus fibras más íntimas.
La
crisis de liderazgo es muy profunda. En una empresa que me
tocó ayudar debimos ir cambiando a todo el personal
paulatinamente, ya que nadie reconocía la autoridad
del joven sucesor, quien estaba afrontando su propia crisis.
Insisto
en que cada caso es único y cada uno tiene sus propias
características.
El
objetivo de presentarles esta tipología es que, quizás,
cada uno pueda verse reflejado en su forma de actuar y entender
por qué se siente tan incómodo en esta etapa.
Siempre
insisto en esto, que cada uno se mire a sí mismo y
trate de entenderse, somos especialistas en juzgar el comportamiento
de los demás. No hay cambio posible si no encaramos
un cambio personal profundo.
Si
sabemos y entendemos que vamos a enfrentar una etapa de crisis,
nos preparamos para entendernos y entender a los que están,
a su manera, atravesando su propio problema.
Para
comprender cómo muchas veces vemos las cosas, nada
mejor que un ejemplo.
Una
señora que estaba muy nerviosa y discutía y
peleaba con todo el mundo, fue a ver un médico y éste
le recetó un sedante, debía tomar uno por día.
A
la semana volvió y el médico le preguntó:
–
¿Cómo se sintió?, ¿le hicieron
algún efecto las pastillas?
A
lo que ella contestó.
–
¡¡Ninguno!! Me siento igual. Ayudó mucho
que todo el mundo estuvo más tranquilo esta semana. |