Comunicar
la dirección estratégica y los objetivos de
una empresa o institución –con o sin fines de
lucro– es fundamental para lograr el apoyo y la sinergia
de todas las personas que trabajan en ella.
–
¿Podría decirme, por favor, qué camino
he de seguir desde aquí?
– Eso depende en buena medida del lugar a donde quieras
ir, dijo el Gato.
– No me importa donde... – dijo Alicia.
– Entonces no importa por donde vayas, respondió
el Gato.
(Lewis Caroll, de Alicia en el País de las Maravillas)
¿En cuántas empresas u organizaciones que usted
conoce, el Gerente General o Presidente comunica a todos los
empleados/colaboradores la dirección general en la
que se va a trabajar? Desde diez años atrás
a esta parte, cada vez son más los líderes que
comunican a sus colaboradores la visión o la dirección
estratégica que seguirá la compañía,
y lo hacen por una razón fundamental: necesitan todo
el apoyo que puedan conseguir de su gente para lograr los
objetivos, tanto comerciales como corporativos.
Hacia
dónde van las organizaciones
La
“visión” es la estrella que guía
todas las acciones de las organizaciones, e incluso de los
países, explicita la razón de la existencia
de los mismos, a la vez que sirve de poderoso catalizador
de todas las energías en pos de la consecusión
de la misma. Sin una visión, cualquier emprendimiento
pierde el foco, el objetivo final.
Como
en Alicia en el País de las Maravillas, si no se tiene
una dirección definida y predeterminada, no se llega
a ningún lado. Pero la visión no sólo
indica la dirección en la que un grupo humano trabaja,
sino que también señala con qué valores
se va a recorrer el camino trazado. Esta definición
de valores es estratégica porque es tan importante
el fin como los medios que se acuerdan para lograrlo.
Un
ejemplo sencillo para ilustrar lo dicho. Una importante marca
de artículos deportivos tiene como visión “batir
siempre a la competencia”. Es una visión que
puede ser criticable, sobre todo por su estrechez, sin embargo,
el problema más grande que enfrentó (hace algo
más de dos años) y por lo que la opinión
pública la castigó negándose a consumir
esa marca, fue cuando salió a la luz a través
de medios masivos de comunicación, que se utilizaba
a niños asiáticos para la confección
de zapatillas a fin de abaratar los costos laborales y que
el precio final fuera más accesible. Con esta política
de producción por cierto que se batía a la competencia,
pero ¿a qué precio? Al precio de una tremanda
depredación de su capital institucional. Porque si
para muchas empresas el argumento humanitario no es suficiente,
entonces debería serlo el valor de su marca.
La
empresa a la que nos referimos tuvo que hacer un enorme esfuerzo
a través de políticas de relaciones con la comunidad
para subsanar un error que podría haberla llevado a
la quiebra. La erosión de su imagen sigue viva en la
mente de muchos consumidores que ya no comprarán “nunca
más” esa marca.
Pero
como decíamos, este no fue un error de un gerente de
productos masivos, sino de la ideología de una empresa
que privilegia ante todo el resultado sin reparar en los medios.
El error está en la visión que no estipula los
valores que “limitarán” la máxima
de “siempre batir a la competencia”.
El
éxito atrae a los exitosos
En
mercados laborales “normales” (la Argentina con
más del 20% de desocupación no lo es) cualquier
persona, pero en especial los profesionales más brillantes,
a la hora de ser “tentados” por empresas para
que trabajen para ellas, no sólo evalúan los
beneficios directos que pueden obtener en materia de sueldo
y beneficios sociales, entre otros, sino la reputación
que esa empresa tiene y que por extensión podría
proyectarse sobre el mismo profesional o empleado.
Es
que la visión y la misión de una empresa conforman
su identidad, y es a partir de la identidad que las organizaciones
proyectan sus imágenes. Son estas, en definitiva, las
que aportan un verdadero diferencial local y global. Son las
que llevan al consumidor a preferir un producto o servicio
y no otro. Por lo tanto, la guerra comercial no se libra en
el punto de venta o en los medios de comunicación (independientemente
del enorme valor de cada uno de estos ámbitos), sino
en la mente del consumidor. |