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El
uso del e-mail como medio de comunicación está
provocando un cambio en la organización: se escribe
más (…y muchas veces peor). Es momento
de revisar qué habilidades tiene nuestra gente
a la hora de comunicarse.
La
reunión se estaba desarrollando de una manera
más que agradable. Habíamos pasado casi
40 minutos hablando de cine, la familia, la inseguridad
y demás cuestiones, hasta que, finalmente, hubo
espacio para el “verdadero” tema de la reunión:
la eventual contratación de un entrenamiento
para la empresa.
“Sí,
a mi me parece muy interesante y útil lo que
usted propone”, contaba el directivo de una de
las empresas más grandes del país. “De
hecho, alguna vez, hace tiempo ya, entrenamos a un grupito,
en temas de comunicación escrita. Definitivamente
–continuó– la gente escribe cada
vez peor. No se entiende nada, escriben larguísimo,
dan vueltas hasta llegar a la idea…”, seguía
hablando, mientras revisaba unos papeles que yo desconocía...
“Sí,
nosotros le damos mucha atención a todo ese tema…
–mientras daba vuelta las hojas que le había
acercado su secretaria– pero, uy, ¿sabe
qué?, no creo que pueda ser este año…
Estaba revisando, y no, no lo tenemos dentro de nuestra
lista de competencias”.
“A
ver… para este año tenemos que desarrollar
Negociación, Liderazgo y Presentaciones Efectivas…
No, no lo tenemos... Cualquier cosa la llamo”.
Fin
de la reunión.
“No
lo tenemos en nuestra lista de competencias”.
La
frase me resonaba en la cabeza. No sabía si el
rechazo que había recibido en aquella reunión
obedecía a un tema burocrático-administrativo
(“No pensamos en ese tipo de entrenamiento porque
no figura en la lista. Esto es, si figurara –si
alguien lo hubiera anotado en ella– lo consideraría)
o de valoración (“No consideramos que esa
habilidad sea vital para nuestra empresa”).
Se
supone que las competencias que una empresa intenta
desarrollar en sus recursos humanos tienen que ver con
la misión y visión de la compañía
y con el negocio. Sin
embargo, no sé si por el eterno tema de atacar
lo urgente y no lo importante, o por falta de visión,
las empresas argentinas no están logrando ver
que hay una nueva competencia que, hoy más que
nunca, se está haciendo necesaria en las organizaciones:
escribir bien.
El
correo electrónico, o e-mail, es hoy, sin lugar
a dudas, la herramienta más utilizada en todas
las organizaciones. Todos, en mayor o menor medida,
lo utilizan. El e-mail se ha convertido ya no en una
manera de comunicarnos, sino en “la” manera
como nos comunicamos. Es que el e-mail es perfecto,
casi sublime para muchos. Ha logrado combinar lo mejor
de los dos mundos: la comodidad del teléfono
y la permanencia de una carta.
Pero
esa es también su mayor debilidad. Como el teléfono,
es rápido, corto, espontáneo e informal.
Como la carta, puede ser corregido, copiado, reenviado,
guardado y contestado cuando uno tiene ganas o tiempo.
Pero
la rapidez en la llegada y salida de nuestra computadora
es peligrosa: este asunto de escribir “cortito
y al pie”, como decimos los argentinos, puede
resultar abrupto y agresivo para alguna gente; la espontaneidad
resulta liviana y fuera de lugar, y la informalidad
no siempre es bienvenida por todos los lectores.
El
correo electrónico y la cultura de la empresa
Y
nuestra gente tiene motivos sobrados para equivocarse.
¿Cómo podríamos criticar a un ejecutivo
de cuentas por no dirigirse al cliente de la manera
correcta, si nunca lo entrenamos? ¿Le dijimos,
acaso, que un envío no soporta más de
250 palabras, que a muchísima gente no le gustan
los adjuntos, que debe firmar de tal o cual manera,
que los párrafos deben separarse entre sí,
que lo más importante debe escribirse primero,
que las malas noticias no se dicen por correo…?
Nadie
le explicó que el correo electrónico es
un híbrido entre el teléfono y la carta,
y que el principal error consiste en considerarlo una
llamada y no ponderarlo suficientemente, tal como lo
haríamos si se tratara de una carta de las “tradicionales”.
Aquellos
que usan el correo electrónico como una llamada,
tienden a saltear todas las formalidades y las cortesías.
No editan su texto, no lo corrigen, y subestiman la
importancia de la gramática y la ortografía,
así como la puntuación. Normalmente no
completan las oraciones, o no dividen el texto en párrafos.
No lo vuelven a leer antes de mandarlo, y olvidan que
otros ojos pueden revisar ese mismo texto meses, o incluso
años, más tarde.
Es
verdad que el e-mail es espontáneo e informal,
pero sigue siendo escritura, y cualquier material escrito
que está mal construido –abrupto, desorganizado,
difícil de leer o de seguir, indiscreto, aburrido–
no funciona. Y si no funciona el correo, lo que no funciona
en realidad es la comunicación.
Si
consideramos la cantidad de horas diarias que nuestros
empleados usan el e-mail para comunicarse con proveedores,
clientes, prospectos, accionistas, consumidores, líderes
de opinión, otros empleados, etc., nos daremos
cuenta de la cantidad de situaciones incómodas,
malos entendidos, abusos de confianza, falta de saludo
y cortesías y demás cuestiones que provocan
por día.
Así
como el packaging de un producto es vital para la elección
de compra de un consumidor, y cualquier imperfección
puede atentar contra su venta, el e-mail es parte de
la imagen de la empresa. Es tan fundamental como entrenar
a una bella recepcionista para que use el tono adecuado
y no masque chicle mientas saluda a una persona que
ingresa al edificio.
Los
textos que confeccionan nuestros empleados son la cara
de la empresa, hablan de nuestra cultura como organización,
revelan qué consideración tenemos por
el cliente, el proveedor o cualquier desconocido que
esté del otro lado de la pantalla.
La
imagen de nuestra empresa hoy se juega más a
través de los e-mails que confeccionan nuestros
empleados en el día a día que en la folletería
a todo color que encargamos a costosas agencias de diseño.
Nuestros
empleados no se comunican en su nombre, sino en el de
la empresa, y es la organización la que debe
enseñarles cómo dirigirse al otro.
Así
como en el pasado, cuando todo se manejaba por teléfono,
entrenamos a nuestras telefonistas o decidimos contratar
locutores y grabar cintas más agradables, hoy,
cuando todo se maneja por correo electrónico,
debemos entrenarlos para que tengan un mensaje eficiente
y estandarizado.
Es
función de los líderes de la empresa reducir
al mínimo el nivel de error y de fricción
con el otro que recibe permanentemente comunicaciones
de nuestra compañía.
Es
más fácil entrenar a nuestra gente que
cambiar la imagen que genera en un cliente recibir un
texto de un joven de 23 años, redactado a las
apuradas, con faltas de ortografía y lleno de
términos “modernosos”, que lo único
que hacen es revelar que el autor no se detuvo a considerar
por un segundo que “el otro” tiene más
de 50 años.
La
manera como nuestros empleados confeccionan las comunicaciones
por e-mail habla de nuestra empresa, porque las comunicaciones
electrónicas no son en su nombre propio sino
en el de la organización.
Es
responsabilidad de los que cuidan el mensaje institucional
de la compañía, así como se ocupan
de su página web o del discurso que adoptan sus
dirigentes en los medios.
La
comunicación escrita está hoy más
presente entre las habilidades que requieren los empleados
de la organización que cualquier otra habilidad,
incluso que la oratoria.
Una
presentación pública, antes de ser contada
frente a un auditorio, con un micrófono y un
puntero láser en la mano, fue escrita, fue presentada,
fue entendida en términos de quién es
el que me va a escuchar, cómo hago para captar
su atención.
¿Qué
es algo nuevo? ¿Que antes no estaba en la lista?
¿Que nunca lo hicimos?
Es
probable que sea nueva, que no estuviera antes, pero
¿cuántas cosas que antes no estaban, ahora
son un dato de nuestra realidad?
Las empresas que operan en la Argentina saben de memoria
los términos flexibilidad, capacidad de adaptación
y manejo de nuevos escenarios.
Las
competencias de nuestros empleados no pueden quedar
congeladas cuando todo nuestro alrededor cambia permanentemente.
¿Habrá llegado el momento de revisar el
listado?
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Pero
si no es escribir...
No
hay duda de que la gente toma al e-mail como parte
de su vida, pero mucha gente aún no lo
entiende como escritura. No siente que escribe,
sólo lo hace. Y ahí radica el problema.
Las
empresas, que están integradas por personas,
no ven a la escritura como una competencia que
va asociada al uso del e-mail. No perciben que
aquello que funciona mal con el e-mail es lo mismo
que funciona mal en cualquier tipo de tipo de
escritura: quizás el que escribe no conoce
el tema, o no mantiene a su lector en mente, o
no usa un lenguaje claro.
Quizás
el mensaje está escrito pobremente, el
autor se come palabras o letras, no tiene signos
de puntuación… el texto es difícil
de entender.
Tomemos
el caso de un profesional encargado del soporte
al cliente. Es el representante de primera línea
de la compañía. Lo que haga o diga,
y la forma en que haga o diga las cosas, se refleja
en la compañía.
Por
eso es que muchas compañías entrenan
a sus profesionales en las habilidades de comunicación
oral. Pero eso es pasado. Ahora que las compañías
están tratando de dirigir el tráfico
de soporte a través del correo electrónico
o la web, las habilidades de escritura se convierten
en una importante herramienta profesional.
Los
profesionales de soporte al cliente deben conocer
algunas reglas simples que hagan que sus transacciones
escritas sean profesionales y efectivas. Por ejemplo:
• Siempre utilizar el nombre del cliente
en el saludo. No asumamos que por ser este un
"reply" a un e-mail, podemos obviar
la cortesía.
•
No utilizar abreviaturas o lenguaje coloquial,
tales términos propios de Internet. Pueden
no ser claramente entendidos por todos los clientes.
•
También tratemos de lograr un balance en
el nivel de conocimientos técnicos de nuestros
clientes, y por ende, seamos cuidadosos de no
utilizar términos que se vayan por encima
de ello.
•
Hay que preguntar cuestiones relevantes en el
correo inicial que ayuden a determinar el contenido
del soporte, sin bombardear al cliente con demasiadas
cuestiones al unísono.
•
Evitar respuestas emotivas. No importa cuál
sea la dificultad, las respuestas emotivas pueden
ser obviadas solamente tomándonos un minuto
para repensar nuestras ideas y redactar el correo. |
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