La
palabra ambición siempre ha tenido una connotación
ambigua. Si determinada persona es llamada “ambiciosa”,
normalmente se queda sin saber si agradecer el elogio, o protestar.
Si no se presta atención a la entonación o a
la manera como la frase fue dicha, continuará la duda.
En suma, no hay como calificar a alguien de ambicioso sin
dar una explicación a continuación. Ese trazo
de desconfianza se debe a nuestra cultura, que impone un conjunto
de valores que determinan lo que es y lo que no es aceptable
en el comportamiento social.
Pero,
convengamos que ejercer la ambición no siempre es algo
que se pueda hacer con mucha cautela ni diplomacia. Generalmente
presupone una demanda de energía, respuestas, gusto
por el poder, agresividad e innovación, actitudes que
pueden desagradar a mucha gente, sobre todo en nuestros países.
La
ambición en la verdad merece una mejor reputación.
La historia confirma que la ambición está más
orientada hacia una acción buena que hacia una mala.
La
única energía humana que mueve a las personas,
que las hace avanzar y que derecciona sus esfuerzos para realizar
una cosa, es la ambición.
Las
personas ambiciosas son impulsadas por un poderoso deseo de
cambiar las cosas a su alrededor, y también su propio
destino durante el proceso. Donde los otros observan obstáculos,
ellas ven una oportunidad. Ignoran lo viejo y tienen coraje
para explorar lo nuevo. Piensan en grande y se llenan de entusiasmo
con las innovaciones y maneras diferentes y mejores de hacer
las cosas.
Batallar
por una idea es una de las características comunes
de todos los ambiciosos. Otra, no menos importante, es mirar
hacia adelante y ver cosas que otros no ven.
La
visión es, probablemente, uno de los sentidos más
aguzados, como un surfista que reconoce de lejos la mejor
ola y genera una forma de salvarla mucho antes que la mayoría
de sus contendores.
Los
ambiciosos abren la mano de un presente seguro y promisorio
en pos de un futuro incierto.
Pero
a los ambiciosos les agrada correr riesgos, cambiar lo cierto
por lo incierto. Pero es necesario reconocer que el exceso
de ambición, como en todas las cosas, es siempre peligroso
y la moderación es sinónimo de inteligencia.
Icaro
representa a la ambición como ciega, imprudente y peligrosa.
Pero la ambición equilibrada, al contrario, es compuesta
de un propósito constante y gobernada por el buen sentido
y por fuertes valores. De preferencia valores que mantengan
el coraje, la perseverancia y, sobre todo, la ética.
Aquellos
que ultrapasan los límites de la honestidad, corren
un serio riesgo de ver su carrera naufragar.
En
el ámbito personal o profesional, nuestras relaciones
son gobernadas por los valores y por las creencias que adquirimos
a lo largo del tiempo. Ese criterio también nos ayuda
a trazar una línea entre la conducta mora y la inmoral.
Los ambiciosos deben aferrarse a esos valores para no ser
vulnerables a la corrupción.
Es
claro que todos queremos más: más dinero, más
poder, más reconocimiento. Al final, el deseo de crecer
es el combustible que alimenta la ambición. El asunto
es identificar los límites para obtenerse lo deseado.
Pero
una buena ambición requiere algo más que eso.
El ideal es que el éxito sea alcanzado de una manera
que beneficie e inspire a los otros. O sea el buen ambicioso
necesita de una causa de valor que lo guíe por medio
de la adversidad.
Algo
que enriquezca la vida y dé a la persona un sentido,
un significado. La mayoría de los profesionales no
piensa cómo su trabajo puede contribuir en un sentido
más amplio, más ambicioso.
La
ambición es una de las características de los
emprendedores. Muchos de ellos consiguen transformar la arrogancia
en altruismo. Pero otros, al contrario, sucumben a las ganancias,
a la megalomanía y al autoritarismo, fallas humanas
comunes que representan el lado más oscuro de la ambición.
Muchas
veces las personas se tornan tan seguras de su superioridad
que no se dan cuenta de que nadie consigue obtener éxito
solo, y acaban aislando a sus seguidores. Ignoran consejos
y no aceptan fácilmente comentarios ni sugerencias.
Prefieren mandar a oír, y dominar por la fuerza de
la autoridad, en vez de por la fuerza de las ideas. Conviven
mal con la competencia ajena. Se sienten amenazados por las
opiniones de los otros, principalmente si ésta difieren
de las de ellos.
En
líneas generales, la ambición es algo poderoso,
capaz de promover una rápida escalada o una caída
brusca. Alcanzar la cima o llevarse una caída con ella.
El hecho es que la ambición funciona como un motor,
un resorte propulsor del crecimiento.
Si
usted es uno de aquellos o aquellas que se aplican, cumple
deberes y obligaciones, y no tiene perspectivas con relación
al futuro, óptimo. Puede ser que usted sea feliz de
esa forma. Pero una cosa es cierta: probablemente tendrá
que hacer malabarismos si quiere mantenerse en el mercado.
Por
lo tanto, la ambición no es pecado.
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