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En
las conversaciones que mantengo con mis clientes o con empresarios,
sobre todo cuando ya ha pasado cierto tiempo y empiezo a conocer
a los diferentes miembros de esos grupos, suele aparecer algún
comentario acerca de las respuestas, en términos de
crecimiento, de ciertos miembros en relación a las
expectativas de un superior.
“Hace
tres años que estoy invirtiendo en Marcela pero siento
que ha llegado a su techo...”, o bien, “Insisto
con Carlos. Lo reprendo, lo amenazo, lo premio, lo envío
a seminarios, y nada. Siempre consigue hacer una pequeña
parte de lo que creo es su verdadero potencial. Finalmente
opté por ponerle un plazo.”
Estas
son algunos de la sentencias que he oído y me resultan
familiares. Es decir, en mi propia experiencia como gerente,
cometí varias veces el mismo... ¿error? Ni siquiera
sé si cabe este término, pero lo cierto es que
pasa tan frecuentemente que dejamos de verlo como un fenómeno
en sí mismo.
Y
lo es. Porque hay dos sujetos, por lo menos, comprometidos
afectivamente en el hecho. Aquí se ven expuestas sus
ambiciones, sus talentos, la carencia de algunos de ellos,
sus debilidades, sus secretos y sus proyectos de vida.
Recuerdo
que en mi primer empleo, al que ingresé aprovechando
las vacaciones de tres meses en la universidad cuando tenía
18 años, hallé un jefe maravilloso. Paciente
y didáctico conmigo, cierto día, casi al cumplirse
el tercer mes, me sorprendió con una reunión
que parecía ser muy importante para él. Me reveló
que tomaría a otra persona para que haga mi trabajo
de secretaria con el fin de ascenderme para que pudiera colaborar
con él en asuntos “mas importantes”. No
pude responder nada. Sólo asentí. En mi interior
ni siquiera se libraba una batalla: sabía con seguridad
que quince días después presentaría mi
renuncia para retomar mis estudios en el turno mañana
de la universidad. Me sentí mal, llena de culpa. Nunca
antes me había atrevido –lo confieso– a
mencionarle que no estaría más tiempo por temor
a no ser tomada en cuenta y, además, ni siquiera consideraba
que mi función no sería reemplazada de inmediato
por otra joven como yo. Pero no esperaba tan rápido
un ascenso. No era una empresa grande, de hecho, era bien
pequeña. Por eso era tan importante para él
–lo llamaré Armando–, que estaba creando
un nuevo puesto de trabajo que yo sería la primera
en ocupar.
Historias
como ésta suceden a diario. Por una parte, el jefe
apuesta todo a su “sucesor”, “elegido”,
“preferido”, o como se llame. Y, como es de esperar,
la mayoría de las veces la respuesta es exactamente
la opuesta. El elegido empieza a apagarse como una llama sin
oxígeno, lentamente. Su perfil emprendedor y dinámico
se apaga mientras se encienden las ideas y los proyectos de
su directivo.
Por
la otra, este directivo de alguna manera sufre. Es como si
el sujeto que fue merecedor de su confianza (“Yo sé
que él será grande un día”) pierde
terreno en relación a otros que presentaban hasta ese
momento un bajo perfil.
Y
no logra entender. Por eso, como el Coyote (el personaje del
“Correcaminos”) cada vez lo intenta con mayor
esmero que la anterior: habla y habla horas con él;
lo invita a almorzar para compartir sus proyectos; le presenta
a otros socios; lo lleva de viaje de negocios para que aprenda
a ser como él; le paga decenas de horas de capacitación
y le regala libros y corbatas.
Pero
nada sucede. La luz se sigue extinguiendo. Comprensiblemente,
claro. Porque el aprendiz no necesariamente tiene las mismas
intenciones ni los mismos proyectos. Porque quizás
no es su momento para dar el salto y crecer. Porque no puede
–¿no quiere?– colocarse a la altura de
las circunstancias. Y aquí intervienen diversos factores:
La
mayoría de las veces, estos jefes son apasionados por
lo que hacen y sienten que para todos los que comparten su
tarea debe ser igual. Es un error. Para Armando era una gran
propuesta la que me hacía, para mí era una interferencia
entre mis estudios y yo (en ese momento de mi vida).
Como
líder también es frecuente que vea más
allá de la propia persona y se asigne la dote mágica
de transformar al aprendiz en un ser exitoso. La verdad es
que eso también es una decisión del conducido.
Tampoco es garantía la capacitación, ni los
almuerzos, ni las corbatas. Creo que de alguna manera eso
retarda aún más el plan, ya que va creciendo
la “deuda moral” dentro del sujeto proyecto. Otras
veces no se está buscando desarrollar un talento del
sujeto, y por tanto nunca será excelente como lo creemos.
A
estas alturas sé que más de un lector se ha
sentido identificado con uno u otro rol. Y la pregunta es,
¿qué hacer? Bien, cuando uno esparce un puñado
de semillas en la tierra y las riega y observa durante días,
emergen brotes. Rara vez, y dependiendo de la especie, asoman
juntos. Siempre algunos se adelantan con todo el vigor que
el sembrador desea ver. Luego van apareciendo los demás.
Al
cabo de un tiempo los primeros súbitamente secan, y
prosperan los que quizás habían comenzado con
alguna dificultad para asombro y desconcierto del jardinero
inexperto. Es una parábola. Pero si alguna vez han
compartido ambas actividades, la jardinería y el liderazgo,
sabrán que la sensación, salvando distancias,
es semejante.
Debemos
dejar, pues, estimado lector, que ellos nos muestren sus verdaderos
anhelos. Si invertimos en alguien y nos sentimos decepcionados,
debemos comprender que entonces no era la persona que necesitamos
en este momento. Porque tampoco es el suyo o porque sus proyectos
no residen en nuestra empresa, pero por obvias razones no
lo pueden revelar.
He
visto cientos de veces cómo llegan a ocupar cargos
estratégicos personas que no habían llamado
la atención de nadie en sus inicios. También
vi cómo un líder encendía la llama de
alguien a quien nunca se le apagó. Y con más
frecuencia todavía, vi a los descritos al principio
del artículo: los que no responden. Siempre vale la
pena intentarlo, lo que no me parece atinado es dirigir la
mirada atenta sólo en una dirección, perdiendo
por esto de vista otras oportunidades (para uno mismo y para
los que no habían sido “vistos”). Y si
pasado un plazo se perciben los síntomas que mencioné,
y que seguramente han vivido, reconocer que no tomamos el
camino correcto y cambiar la dirección a tiempo es
lo apropiado. Si era la persona que creímos debía
ser, “despertará” sóla frente a
este comportamiento. Si no, nunca lo fue.
(Perdón,
Armando...)
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