¿Qué
hace un buen líder? ¿Cuáles son sus mejores
prácticas?
¿Cómo lleva adelante su visión, y hace
crecer
organizaciones de todo tipo?
Condenso
en estas líneas los principios más importantes
que rigen el desempeño de los mejores.
Encarna la visión del cambio
A
diferencia de quien meramente gestiona una empresa u organización,
un líder se encarga de promover el cambio dentro de
ella. Lo concibe, lo proyecta, y se pone al frente para estimular
a sus colaboradores en la dirección que su visión
ha marcado. Gestores y líderes se precisan por igual.
Unos (los gestores) llevarán con precisión y
control a la práctica los nuevos rumbos marcados por
los líderes (que no necesariamente están en
la punta de la pirámide organizacional). Los otros
(los líderes) estudian el horizonte interno y externo
de la empresa, perciben las nuevas tendencias que ya emergen
como puntas de un iceberg, recopilan multitud de información
que proviene de innumerables fuentes, condensan claves y notas
que empiezan a sonar con cierta fuerza, y cuando están
convencidos de su urgencia, trazan el nuevo rumbo hacia la
competitividad. Establecer esta orientación, guiada
por una imperiosa necesidad de cambio y una poderosa creatividad
para hacer frente a los desafíos existentes y por venir,
forma parte del trabajo de todo líder moderno.
Promueve
la creatividad
¿Cómo
pueden empresas, organizaciones y profesionales, afrontar
los constantes desafíos y un escenario de cambios permanentes?
Sencillamente, siendo innovadores. Atrás quedaron las
doradas épocas en que sólo contaba producir
más, mucho más cada día. Hoy el escenario
ha cambiado. Hay que recrear constantemente la forma de hacer
negocios, mirando siempre hacia el cliente que, por lo general,
nos observará muchas veces indiferente, como lo hace
con el resto de los competidores. No debe extrañar
que la empresa deba cambiar también. Es una entidad
con vida propia y, por lo tanto, debe adecuarse a su entorno.
El líder utiliza, para ello, una llave mágica:
la creatividad.
Crear
es generar algo nuevo, y las organizaciones modernas necesitan
hacerlo a cada instante: nuevos productos y servicios, formas
diferentes de llegar al cliente, estrategias novedosas de
venta, diseños de vanguardia, organigramas mucho más
planos y eficientes. Y mil cosas más. Pero para ello
hay que contar con personal que, sin distinción de
niveles:
–
No tema afrontar desafíos con los riesgos controlados
que ello implique.
–
Posea iniciativa y capacidad de innovar y generar ideas.
–
Pueda trabajar en equipos interdisciplinarios.
–
Esté actualizado en las últimas tendencias y
se muestre partidario de la formación continua.
La
empresa u organización, a su vez, debe:
–
Reconvertir su forma de trabajar, delegando en los colaboradores
la toma de decisiones, cortando cadenas burocráticas,
fusionando tareas y reduciendo aquellos controles que sólo
se convierten en meros costes sin ninguna aportación
adicional.
–
Hacer mucho más en menos tiempo; tornarse ligera, adaptativa
y siempre lista a satisfacer a sus clientes.
–
Orientarse a resultados y recompensar muy bien a sus colaboradores
por su concreción.
–
Respetar, cultivar y acrecentar su Capital Intelectual.
–
Fomentar el liderazgo antes que la mera jefatura.
–
Destruir todo signo de rigidez, sea en sus estructuras o en
la mentalidad subyacente.
En este contexto, los líderes deben estar dispuestos
a tirar por la ventana sus viejos manuales de management y
marketing, y animarme a reescribirlos con su propia experiencia,
y con las propuestas creativas de sus grupos de trabajo. Porque
los modelos establecidos, que en el pasado pudieron dar excelentes
resultados (en otro escenario) ahora pueden demostrarse insuficientes.
Cinco
paradigmas-ejemplo que un buen líder debe desechar
por completo de su mente:
"Si
hasta ahora funcionó ¿para qué cambiarlo?"
"¿Si cambiamos y no funciona?"
"Es costoso, no vale la pena."
"La competencia no lo emplea y no les va mal."
"Mejor esperemos un poco más."
Crea
oportunidades
Un
líder no espera que las oportunidades llamen a su puerta;
él las genera, si es necesario. Está acostumbrado
a luchar por las cosas que quiere, y sabe que del fruto de
su esfuerzo y tesón surgirán logros que, tarde
o temprano, se convertirán en realidad. Sabe que en
el mundo hay dos tipos de personas: quienes reaccionan a los
cambios (algunas veces, luego de cierto tiempo), y quienes
los producen o se anticipan a ellos. Los primeros son reactivos,
y los segundos proactivos. El líder se torna proactivo,
porque el futuro lo construyen las personas dinámicas,
que establecen las circunstancias para que éste ocurra
de acuerdo a sus expectativas. Crear el futuro consiste en
eso: crear los caminos para llegar a lo que se ansía.
Nunca quedarse esperando a que la oportunidad llame a su puerta;
hay que poner la puerta delante de la oportunidad que usted
haya concebido. Si el camino ya está, muy bien, a seguirlo.
Si no está, a construirlo. Haga que las cosas pasen,
porque el que espera simplemente, es aventajado por el que
construye sin cesar, día a día, hora a hora.
Por ello, el líder se transforma en un generador de
circunstancias, y hace de eso su llave maestra para lograr
sus metas.
Sabe
que nada es para siempre. Los conocimientos tampoco
Nada
sirve para siempre, y mucho menos los conocimientos adquiridos
hace décadas. Los títulos, que simbolizan niveles
académicos alcanzados hace tiempo, no pueden sustituir,
bajo su ala, la necesaria actualización profesional
que a diario hay que llevar a cabo. Pero por otra parte, y
en un escenario global cada vez más interdependiente,
donde equipos de trabajo se arman y desarman para llevar a
cabo proyectos con mayor nivel de complejidad y calidad, es
preciso contar con una visión interdisciplinaria sumamente
amplia, que servirá para moverse con soltura en distintos
círculos. El líder concibe entonces su mente
como un conjunto de piezas que pueden conformar distintas
figuras, más que como un conjunto de figuras predefinidas.
Su mente, entonces, es un conjunto de piezas, todas ellas
intercambiables (algunas hasta desechables o reemplazables
por otras), dignas de una nueva versión de sí
mismo.
Busca
constantemente mejorar sus resultados
Quien
se queja porque no obtiene mejores resultados al encarar sus
asuntos, debería pensar antes en las causas que en
los efectos. Si no cambian las causas, tampoco cambiarán
los efectos. Si cada vez los resultados obtenidos son más
pobres, uno debería reformular (total o parcialmente)
la manera en que intenta producirlos. Como sabemos, todo cambio
empieza en la mente. Primero, modificando nuestra actitud
hacia él. Para que algo cambie realmente, debemos comprender
y asimilar en nuestro interior la necesidad de modificar nuestras
actitudes. Luego, y sólo luego, podrá cambiar
nuestro comportamiento. Los resultados cambiarán con
él.
Promueve
y encauza los cambios en la organización
Está
pendiente de los indicadores del cambio, sea porque internamente
algo debe ser modificado, o porque la situación externa
propicia dicho cambio. Pero no sólo lo sugiere, ni
lo bosqueja: se pone a la cabeza para llevarlo adelante con
éxito. Realiza todas las tareas que van desde convencer
al resto de la necesidad de cambiar, hasta instrumentarlo
efectivamente y seguir con detenimiento su evolución.
Es
carismático. Desarrolla la empatía
Sociable,
buen comunicador y carismático, el líder se
compenetra emocionalmente con los demás, adaptándose
a sus interlocutores en el modo y en la forma en que prefieren
ser tratados. Valora y respeta las opiniones y sentimientos
ajenos, a la par de promover un diálogo abierto y sincero.
Construye
excelentes relaciones
El
liderazgo se basa en las relaciones, pero en las auténticas
relaciones, que conllevan la empatía como su ingrediente
fundamental. Ponerse en el lugar de los demás, comprenderlos
y motivarlos, son características esenciales que todo
líder debe fomentar y aplicar a diario. La comprensión
pasa por entender el punto de vista de nuestro interlocutor,
y saber (además de valorar) que lo que dice y cómo
lo dice, se basa en sus experiencias y su forma de ver la
vida. Y por qué no, en sus prejuicios. El líder,
por ello, no impone; convence. No ordena; dialoga. No confronta;
busca la cooperación. Para ello, debe escuchar mucho
más que hablar. Debe actuar con generosidad para cosechar
de los demás en idéntica moneda.
Sabe
delegar responsabilidades
Estimula
el crecimiento de sus colaboradores, y cuando los ve preparados,
delega funciones en ellos sin temor ni falta de confianza
en las decisiones que tomen. Les ayuda en temas menores, pero
hasta cierto punto, de manera que no pierdan la capacidad
de volar solos.
Evita
compararse con otros
Compararse
con otros implica pensar que nuestro nivel de autoestima deriva
en forma directa de la mayor o menor similitud con ciertos
“estándares” establecidos. Si somos distintos,
si encaramos la vida o nuestra profesión de un modo
más original y creativo que lo hace el común
de los mortales a nuestro alrededor, de seguro no encajaremos
en el molde mayoritario. Pero cabe preguntarse: ¿Qué
hace avanzar las cosas? ¿El repetir siempre lo mismo,
sin evolucionar, o el tornarse creativo, adaptable a los cambios;
en una palabra: original? Si todos hacen siempre lo mismo,
¿cómo pensamos que lograrán un resultado
distinto a la media que obtiene la mayoría? ¿Estamos
dispuestos a correr el riesgo de crecer, evolucionar e influenciar
positivamente a otros, gracias a nuestro propio (y muy personal)
desarrollo interno?
Incentiva
en sus colaboradores la confianza en sí mismos
Si
alguien piensa que no puede lograr algo, de seguro no lo hará.
Si un grupo carece de la suficiente confianza en su capacidad
para alcanzar un determinado objetivo, toda formación,
experiencia o destreza particular que ostente le servirá
de muy poco, pues de seguro fracasará. Por ello, el
líder estimula en su grupo el sentimiento de pisar
firme, pero además hace partícipe a cada uno
de sus miembros de la convicción de que serán
ellos y sólo ellos quienes produzcan, con su trabajo
cotidiano, el futuro posible.
Crea
imágenes positivas y las utiliza como inspiración
Para
liderar, nada mejor que estar motivado con imágenes
positivas de lo que se espera conseguir. Veamos un ejemplo:
usted está en una agencia de viajes, observando con
detenimiento ese afiche que anuncia unas maravillosas vacaciones
en el Caribe. Hay algo que ha llamado su atención,
y ahora observa la imagen de una playa de suave arena, bañada
por un mar cristalino. Usted ya se imagina allí, disfrutando
del sol. Le agrada lo que imagina, y de hecho, ya está
mirando con atención el resto de imágenes que
componen el cuadro. Desea enterarse de los beneficios y condiciones
porque sus vacaciones se acercan y usted considera que se
merece esto. ¿Lo ve? Así actúan las imágenes
positivas, trasladándole por anticipado, motivándole
a lograr lo que desea. Y esto se aplica a todo en la vida.
Para
sortear los momentos difíciles, muchos líderes
evocan imágenes positivas de sus logros. Piensan: “Si
llegué hasta aquí, ¿qué me impide
continuar y lograr lo que deseo?” Crean, a su vez, otras
imágenes en las que se ven logrando lo que quieren,
disfrutando a pleno de sus beneficios. Ello les ayuda a motivarse
a sí mismos, y a no desfallecer cuando los obstáculos
(inevitables siempre) aparezcan en el camino.
Busca
administrar correctamente el tiempo laboral
El
tiempo es el capital más valioso que podemos disponer.
No puede regenerarse ni acumularse y, volátil como
es, sólo nos permite usarlo o dejarlo escapar. Entonces,
hay que usarlo provechosamente. Desde el punto de vista laboral,
el tiempo es oportunidad de producir cosas. Muchas, si sabemos
emplearlo; pocas, si lo dejamos correr en tareas improductivas.
He aquí algunas ideas para que líderes y colaboradores
puedan gestionarlo eficientemente:
–
Nunca hace falta más tiempo, sino aprovecharlo mejor.
– Dedique una buena parte del mismo a actividades de
planificación. Considere la planificación, y
el incremento o desarrollo de nuevos negocios, como una tarea
vital para su empresa.
–
Durante cada mes existen días considerados "clave",
en los que hay que cumplir sí o sí con ciertas
tareas impostergables. En esas fechas, desconéctese
del resto de los temas pendientes y evite concertar reuniones.
Dedique toda su energía a cumplir las metas que esos
días le requieran.
–
Aprenda a delegar. Y esto no sólo se aplica al uso
del tiempo, sino a toda gestión como tal. Nadie puede
(ni debe) abarcarlo todo. No se convierta en un hombre o mujer-orquesta.
– Si debe ausentarse de la oficina por un viaje de negocios,
reparta entre sus colaboradores aquellas tareas que pueden
instrumentarse durante su ausencia. Evite volver y asumir
un enorme volúmen de trabajo pendiente.
–
Recurra a métodos y software de control de proyectos.
–
Determine debidamente qué es urgente,
qué es importante y qué es
relegable en el tiempo. Obre en consecuencia,
pero tampoco desplace siempre lo importante en aras de resolver
un mar de urgencias.
–
Cuente con un lugar en la oficina, y un momento en el día,
destinados a trabajar sin interrupción de ninguna clase,
donde pueda concentrarse al máximo sobre ciertos temas.
– Enfoque su esfuerzo en una tarea, y termine con ella
antes de pasar a la siguiente. Evite dejar temas pendientes
o resueltos a medias. Uno de los problemas que aqueja a los
líderes es justamente éste: el tratar multitud
de temas al día, de forma muy rápida y casi
sin interiorizarse debidamente de los mismos. Cuidado con
esto.
En
las reuniones de trabajo
–
Elabore una minuta precisa y detallada de los puntos a tratar,
y envíela por anticipado a todos los participantes.
– Establezca coordinadamente horarios de inicio y cierre
de cada reunión, y exija su cumplimiento estricto.
– Solicite a las secretarias o colaboradores que mientras
dure la reunión, y salvo casos muy excepcionales, no
se produzcan interrupciones de ningún tipo. Pida a
todos que apaguen los teléfonos móviles.
–
Establezca un clima propicio para la generación de
ideas y la comunicación fluida, pero enfocando cada
tema sobre los puntos a tratar, evitando desviaciones innecesarias.
– Si se ha de tratar un tema que requiera alta concentración,
no prolongue la reunión por intervalos mayores de 60
minutos; recuerde que el nivel de atención cae bruscamente
a medida que pasa el tiempo. Establezca descansos de al menos
15 minutos.
–
Asigne tiempo para que todos los asistentes puedan participar,
dar su opinión o analizar los hechos, y resérvese
un período para establecer sus conclusiones. Para ello,
modere las exposiciones que tiendan a prolongarse más
de la cuenta.
–
Las conclusiones, ideas, nuevos conceptos y todo lo relevante,
deben anotarse para elaborar posteriormente un informe sobre
los resultados de la reunión, que se distribuirá
a cada miembro de la misma, con copia también a todo
el personal implicado en las decisiones y los procesos que
de allí se desprendan. Estas conclusiones deben resolver
cada uno de los puntos establecidos de antemano, y si esto
no fuera posible en la primer reunión, comprometer
a todos los miembros participantes a establecer otra reunión
con fecha y hora.
Sabe
negociar
Todo
buen líder debe ser también un buen negociador.
Tal como hicimos con referencia a la gestión del tiempo,
enumeraremos a continuación algunos puntos a tener
en cuenta, a la hora de sentarse a negociar:
–
Sepa de antemano con quién va a negociar y cuáles
son sus estrategias usuales de negociación. Cuente
con un detalle de los antecedentes de acuerdos similares que
la otra parte ya haya desarrollado, similares al que usted
propone. Conozca las necesidades de su interlocutor, sus puntos
fuertes y débiles, qué le motiva a negociar
con usted, y lo que desea lograr del acuerdo. Escuche con
toda atención, sin interrumpirle. No cometa el error
de encerrarse exclusivamente en lo que usted quiere.
–
Pregunte de forma abierta ("¿Cómo ve usted
este asunto?") para conseguir que su interlocutor se
exprese con amplitud sobre determinados temas y, al hacerlo,
pueda usted conocer mejor sus razones o intuir otras que permanezcan
ocultas. Estudie su lenguaje corporal (y tenga presente lo
que usted dice con sus propios gestos; pueden contradecir
sus palabras). Pregunte en forma cerrada (respuestas del tipo
"sí o no") cuando necesite verificar si van
por buen camino ("Hasta aquí, ¿estamos
de acuerdo?")
–
Esté preparado para posibles objeciones o preguntas
que su interlocutor podría hacerle al escucharle, y
ensaye de antemano respuestas satisfactorias. Disponga de
varios argumentos, con sus correspondientes ventajas. Conciba
permanentemente nuevas alternativas y opciones (siempre dentro
de lo que está dispuesto a aceptar como marco mínimo
de discusión), para no llegar a un punto muerto, y
brindar a las partes cierta flexibilidad de acción.
Recuerde que si bien toda negociación tiene un margen
de improvisación sobre la marcha, hay que tratar de
asistir lo mejor preparado posible.
–
Si su interlocutor es un directivo o funcionario de alto nivel,
recuerde que está acostumbrado a manejarse preferentemente
con resúmenes de hechos y una visión global
de los mismos. Evite por tanto aburrirle con detalles innecesarios;
vaya al grano. Para ello, utilice gráficos y enunciados
muy directos ("El incremento estimado será de
un 20 %, como se observa en la gráfica").
–
Promueva siempre un ambiente distendido y afable, donde primen
la empatía y los buenos modales. Pero recuerde que
su interlocutor puede utilizar ciertas tácticas para
hacerle ver su poder, o bien para forzarle a realizar concesiones
desmesuradas. Puede tornarse despectivo, e incluso agresivo,
al referirse a su propuesta o a usted mismo. Tome la negociación
como un juego, en el que nada es personal. Es simplemente
un juego donde cada parte hace uso de sus mejores (y lamentablemente,
a veces peores) tácticas. Evite ceder a la presión
que el otro aplica sobre usted. Jamás pierda el buen
temple. Desvíe las agresiones, haciéndole notar
a la otra parte que así no llegarán a ningún
lugar. Vuelva a enfocar la discusión sobre los puntos
a tratar. Recuerde que usted es un profesional, y como tal
está representando a su empresa. Debe lograr un acuerdo,
y para ello está sentado allí. Si el acuerdo
tarda varias reuniones en concretarse, no importa. Usted ya
está preparado para ello y, además, sabe bien
que eso puede suceder. En países de Oriente, de hecho,
ralentizar el ritmo de las negociaciones, o hasta evitar llegar
puntualmente a ciertos principios de acuerdo, forma parte
de una estrategia de desgaste milenaria, cuyo objetivo consiste
en desmoralizar y sacar ventaja de la otra parte. Encolerizarse
o responder airadamente sólo serviría para cerrarse
puertas.
–
Cuando deba exponer su oferta, destaque claramente los resultados
que la otra parte obtendrá, pero cuidando siempre de
mencionarlos dentro de los términos que ella considera
importantes para fundar su decisión de compra o venta
(¿ve por qué es tan importante escuchar bien,
al principio?)
–
Si lo comparan con la competencia (para ver si cede ante un
pedido de descuento, o de mejores condiciones, por ejemplo),
nunca empiece a criticarla. Usted y sus competidores son distintos,
recuerde esto. Ningún producto o servicio es igual
a otro. Siempre hay ventajas diferenciales. Apóyese
en ellas al contestar.
–
Jamás intente forzar un cierre en una negociación.
La otra parte (y usted mismo lo haría si fuese el otro
quien tomara la iniciativa de forma abrupta) dará un
paso al costado automáticamente, y esquivará
el tema. Todo cierre debe llegar como una consecuencia natural,
toda vez que las partes han discutido en profundidad y a plena
satisfacción los temas a tratar y están convencidas
de su conveniencia. Eso sí, llegado a este punto, no
tenga reparos en proponerlo abiertamente.
Un
líder puede, de hecho, liderar otras áreas
Por
sus habilidades directivas, el líder puede perfectamente
desempeñarse con éxito en áreas distintas
a la suya. Si bien deberá aprender los pormenores de
procesos y funciones que hasta ahora no conoce, su capacidad
de gerenciar le brindará las herramientas esenciales
para llevar adelante el nuevo sector.
Organiza
eficientes equipos de trabajo
Instrumenta
objetivos claros y expone los mecanismos de evaluación
y control que se utilizarán. Compara con el grupo las
desviaciones entre lo real y lo estimado, y juntos analizan
e implementan las soluciones pertinentes. Hace que el trabajo
sea estimulante para cada colaborador. Abre paso a toda iniciativa.
Promueve el aporte de ideas que hagan crecer el proyecto manejado
por el grupo. Brinda reconocimiento público a la labor,
y alienta a cada integrante a que se supere, otorgándole
la posibilidad de capacitarse y asumir mayores responsabilidades.
A la hora de dar el ejemplo, está siempre a la cabeza.
Sabe
destacar y recompensar los logros de sus colaboradores
Si
es necesario, concibe nuevas formas para recompensar el aporte
y desempeño de su grupo. No le pasa por alto que detrás
de la concreción de un objetivo ambicioso hay muchas
horas de sacrificio y entrega del grupo, y de ciertos miembros
en particular. Por ello, y en la medida que puede, intenta
que la gratificación sea significativa para el colaborador.
Es
tolerante con los errores ajenos
Ha
aprendido que lo importante es mejorar el desempeño,
y que esta mejora se sustenta muchas veces en cometer errores
y aprender de ellos. De hecho, da ejemplo de sus propios errores.
Sabe que una crítica destructiva sólo hará
que la persona tenga miedo a equivocarse, se paralice y pierda
su confianza. Por ello, no critica, sino ayuda a mejorar.
Estimula a todos a seguir avanzando con mejores herramientas.
Cambia
las reglas de juego
cuando considera que ya no son útiles
Si
la situación no puede resolverse con el actual esquema
de reglas (sean éstas mentales o de tradición
empresarial, por ejemplo) no teme romperlas y cambiarlas para
lograr hacer frente al nuevo escenario. Entiende que a veces
hay que construir nuevos caminos, sobre todo cuando los existentes
lo alejan demasiado de su destino.
Posee
un esquema de pensamiento positivo,
orientado a desarrollar cosas
Una
de las tantas diferencias entre un líder y alguien
que no lo es, es que en el primero existe una marcada tendencia
a concebir y desarrollar proyectos e ideas, y no parar hasta
llevarlos a la práctica. El líder nunca piensa
de manera conformista, diciéndose a sí mismo:
“Estoy cómodo y ya nada deseo”. Para él
(o ella) siempre restan cosas por hacer, por llevar adelante,
por investigar e implementar. Su vida se convierte en un bote
que navega por un río, a veces calmo, y otras veces
torrentoso, pero siempre navegable (de alguna manera logrará
el líder hacerlo).
Es
flexible, adaptativo y cambiante,
incluso con su forma de ver las cosas
Conservando
sus principios, sustentados sobre bases éticas, no
teme cuestionar su propia manera de encarar los negocios,
de cambiarla si es necesario, y siempre está dispuesto
a aprender, a desarrollar nuevas habilidades y a poseer una
visión multidisciplinaria.
Colabora
eficazmente con otros líderes
Gusta
integrar un equipo directivo donde prime la capacidad e idoneidad
para resolver problemas, y no el cargo y las ambiciones personales
de cada uno. Entre todos buscan aprovechar las sinergias que
se producen, porque saben que varias cabezas piensan más
y mejor que una sola. Bajo un plan definido, brindan valiosas
soluciones y mejoras a la organización.
Contrata
excelentes profesionales
Sabe
perfectamente que no puede ser el mejor en todo; de hecho,
estimula a sus colaboradores a que le superen en formación.
No busca destacar por sus títulos; busca ser el mejor
gerente. Sus habilidades pasan por otro lado. Por eso contrata
y se rodea de excelentes profesionales, capaces de asumir
proyectos ambiciosos y brindar un alto valor agregado a la
organización.
Es
seguido por su ejemplo, sus valores personales y la confianza
que pone en sus objetivos
El
líder no obliga a nadie a que lo siga, ni que lo tome
como modelo. El líder hace, da el ejemplo, influye
positivamente y es seguido por sus valores, tanto personales
como profesionales. Pero no por ello corta las alas a sus
colaboradores, o se rodea sólo de obsecuentes. Nada
de eso. Estimula el disenso y la crítica productiva
que conlleva una mejora de las cosas. Es humano y solidario,
y por ello es preferido a cualquier jefe a la antigua. Brinda
libertad y se limita a dirigir la mirada hacia el camino,
hacia donde se debe llegar. Él irá primero,
y acompañará activamente a su grupo.
Reduce
todo a lo esencial
Sabe
mirar la esencia de las cosas. Ataca el nudo del problema.
No se distrae con los detalles o posibles dificultades para
llegar a la meta, ni tampoco permite que lo desmoralicen y
aparten de su objetivo. “La vida es simple, y son los
hombres quienes la complican”, sería su frase
preferida.
Asume
riesgos controlados y actúa
No
se queda simplemente sugiriendo o esbozando proyectos; busca
llevarlos a la práctica. Todo involucra cierto riesgo
y él lo sabe. Pero cuando está mayormente seguro,
luego de establecer las medidas para prevenir y acotar posibles
contingencias, avanza directamente hacia el objetivo. ¿Que
surgen otros problemas en el camino? Es lógico que
así sea, pero él confía en su capacidad
de trabajo y resolución, y en el profesionalismo de
sus colaboradores. De seguro los resolverán. Sabe que
el nivel de riesgo de cualquier innovación depende
de su capacidad para acotarlo. ¿Cómo? Mediante
la experiencia y una formación interdisciplinaria,
una sólida actitud para enfrentar las cosas sin miedos
injustificados (si algo falla, ya se corregirá sobre
la marcha) y, por supuesto, el consejo de quienes pueden saber
más sobre el tema, además de analizar toda la
información disponible para tomar una decisión
fundada en certezas.
Ayuda
a que otros mejoren
La
capacidad de entregar lo recibido, de compartir y generar
mejores escenarios de trabajo, y por qué no, de vida
en sociedad. Difunda estas reflexiones entre su grupo laboral
y entre sus amigos. Analícenlas. Debatan sobre ellas.
Agregue nuevas características que considere importantes.
Mejore las prácticas existentes. Ayude a quienes lo
rodean a mejorar, a crecer día a día. Este es,
tal vez, el principio supremo: compartir lo que alguna vez
se recibió.
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