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Quien
ha leído o estudiado al Dr. Freud alguna vez sabe que
el ser humano está instintivamente dotado de voluntad
para vivir a pesar de los obstáculos (concepto de pulsión).
Relaciono
esto con la motivación porque todo hombre es de por
sí naturalmente “motivable”, como si estuviera
predispuesto a encontrar un MOTIVO para despertar, accionar,
vivir. Sin embargo, sólo es posible motivar a otros
si uno mismo está incentivado. Caso contrario, todo
intento es vano, o por lo menos poco consistente. La regla
una vez más se repite: empecemos por nosotros.
Despertar
más temprano, no poder dormir pensando en alguna acción
o proyecto a realizar, sentirse físicamente bien, son
signos de estarlo, independientemente de la recompensa. El
estímulo monetario NO es en sí mismo motivador
si no va acompañado de algunos factores que cubren
las llamadas “necesidades psicológicas”,
a saber, seguridad, reconocimiento, sensación
de pertenencia, ser tratado con respeto y dignidad, satisfacción
con los objetivos cumplidos, competencia (desafío,
oportunidad de destacarse) y la posibilidad de desarrollarse
y crecer.
La
motivación obra milagros, pues obtiene lo mejor de
cada colaborador puesto al servicio de un objetivo común,
que vivirá como propio. De hecho lo es ya que ha contribuido
a esa causa. Y eso es maravilloso. Un grupo motivado va más
allá de sus fuerzas para conseguir un objetivo.
Quien
tiene a su cargo un equipo que funciona así recupera
rápidamente su energía invertida en ellos, y
quien forma parte de él encuentra sentido a su trabajo
de todos los días. Es frecuente ver un buen proceso
mientras se desarrolla un proyecto, y con la conclusión
de éste sobreviene el desgano porque ha concluido el
desafío inicial que le dio sentido a la acción.
Curioso, ¿no es cierto? Por eso la tarea del motivador,
entre otras, es crear nuevos objetivos o convertir circunstancias
de las que ni siquiera es responsable en desafíos.
Si podemos sentirnos plenos mientras perseguimos un destino
y a veces decae cuando lo concretamos, entonces... es el futuro
lo que nos mantiene VIVOS hoy. Volviendo a Sigmund Freud,
habrá vida mientras haya deseo.
A
pesar de la revolución que provoca Albert Einstein
en el ámbito de la física, parece no haber conseguido
reemplazar nuestro modo de vida occidental y fatalmente newtoniano.
Incorporemos el concepto de “relatividad” a las
técnicas de motivación: nada es en sí
mismo bueno o malo. De nosotros dependerá que sea de
un modo o de otro para nuestra gente. Los orientales nos invitaron
a pensar que crisis es también oportunidad, y que nada
tiene un único significado. Esa es la tarea de un motivador:
mostrar la realidad y los hechos con la vestimenta que desee
para que resulte útil a su equipo.
En
definitiva, un motivador puede hacer de sí mismo y
de su entorno un oasis en pleno desierto, y eso lo convierte
en un referente importante en la vida de muchas personas.
Y nada puede destruir la actitud, el poder y la energía
que caracterizan a un puñado de seres incentivados.
NADA.
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