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El
rápido crecimiento del comercio mundial, de las inversiones
extranjeras directas y de los flujos financieros transnacionales
a lo largo del último decenio ha sido el hecho más
significativo de la creciente "mundialización"
de la economía planetaria. El fenómeno puede
achacarse principalmente a la oleada de liberalización
económica que recorre todos los continentes: la reducción
de las barreras tanto arancelarias como no arancelarias al
comercio internacional, el fomento de la inversión
extranjera y la desreglamentación de los mercados financieros.
Al mismo tiempo, las repercusiones de esta política
liberalizadora se han visto amplificadas por el desarrollo
tecnológico, que ha permitido reducir los costos del
transporte y de las comunicaciones, lo cual, a su vez, ha
ampliado la gama y el volumen de los bienes y servicios que
pueden ser objeto de comercio internacional.
La
corriente de liberalización económica sobre
la que se asienta esta mundialización de la economía
refleja un cambio radical de las actitudes respecto de la
política económica. En las sociedades democráticas,
este nuevo rumbo político se ha adoptado de manera
claramente voluntaria. Aun cuando no pueda decirse lo mismo
de las sociedades de signo autoritario, lo cierto es que los
regímenes en el poder en todo el mundo, salvo raras
excepciones, han hecho suyo el punto de vista según
el cual una mayor liberalización del comercio, las
inversiones y los flujos financieros es el instrumento más
eficaz para garantizar la prosperidad económica. Aunque
este parecer se apoya en los principios fundamentales de la
economía neoclásica, acaso haya ejercido una
influencia mucho más decisiva el ejemplo internacional
del éxito económico sin precedentes logrado
por las políticas económicas aperturistas desarrolladas
en Asia oriental, éxito que contrasta con el colapso
de las economías de planificación centralizada
y con el fracaso del intervencionismo estatal en gran parte
del mundo en desarrollo.
Ello
no obstante, se observa al mismo tiempo una importante corriente
de recelo ante las consecuencias de la mundialización
en lo referente al empleo y a la desigualdad de ingresos entre
las diferentes capas de la población. En las sociedades
democráticas resulta difícil vencer estos temores
y lograr un sostén colectivo y voluntario a la apertura
a la economía mundial, puesto que estas sociedades
son, además, las únicas en las que el recelo
se expresa públicamente. Por supuesto, puede decirse
que ello forma parte del debate democrático clásico,
pero existen motivos que justifican dicho recelo. Como ocurre
en toda transformación económica de gran alcance,
la mundialización ocasiona tanto beneficios como perjuicios.
Por ende, algunos de los perjuicios se concentran a menudo
en determinados estratos de trabajadores o en ciertas zonas
geográficas, lo cual los hace sobresalir, mientras
que los beneficios son de alcance más general y, en
consecuencia, resultan menos perceptibles. Por supuesto, los
partidarios de la mundialización no niegan la existencia
de estos costos de transición o de ajuste; más
bien aducen que los beneficios superan a los costos, que ha
de ser posible conseguir que quienes se ven beneficiados compensen
a quienes resultan perjudicados durante el período
de ajuste y que, una vez transcurrido éste, todo vaya
mejor. Evidentemente, la dificultad radica en que la posible
compensación con frecuencia no llega a hacerse realidad.
A todo ello ha de sumarse la incertidumbre respecto del porvenir,
pues no existe certeza de que los futuros resultados sean
tan beneficiosos como predicen los partidarios de la mundialización
y, por lo tanto, cabe entender hasta cierto punto el temor
de que ésta acarree la pérdida de puestos de
trabajo y una agravación de la desigualdad.
En
este contexto, procederemos a examinar cuatro de las principales
fuentes de recelo respecto de las consecuencias de la mundialización:
- El
temor que existe en los países industrializados a
que la mundialización esté dando rienda suelta
a una nueva competencia comercial con los países
de reciente industrialización –a la que no
puedan hacer frente– y que impulse el crecimiento
del desempleo y el descenso de los salarios relativos de
los trabajadores poco calificados.
- Un
temor similar en los países en desarrollo a que la
liberalización ocasione la pérdida de puestos
de trabajo y una creciente desigualdad salarial.
- El
temor a que la mundialización esté causando
una competencia a la baja en lo que respecta a los salarios
y las normas del trabajo.
- El
temor a que, frente a estos nuevos problemas, el proceso
de mundialización implique además una merma
de la autonomía política nacional y una impotencia
creciente de los gobiernos.
Es
necesario tratar de disipar estos temores a fin de sentar
las bases para atajar el problema de la desocupación
y confirmar la factibilidad del objetivo del pleno empleo
(véase OIT, 1996).
Desempleo
y desigualdad salarial
en los países industrializados
En
los países industrializados, los motivos de zozobra
ante las consecuencias de la mundialización para el
empleo han sido dos, aunque están relacionados entre
sí, y provienen de la configuración del comercio
internacional y de la inversión extranjera directa.
Existe la impresión de que el crecimiento de las importaciones
procedentes de países con bajos niveles salariales
ha causado la destrucción de empleos industriales,
especialmente en los sectores económicos que requieren
un alto coeficiente de mano de obra. Este mismo proceso se
considera a la vez responsable del agravamiento de la desigualdad
salarial que se observa en algunos países industrializados
(Wood, 1994). Se cree que la progresiva desaparición
de empleos en los sectores con alta densidad de mano de obra
ha ocasionado un descenso de la demanda de trabajadores poco
calificados, lo cual se ha traducido, a su vez, en una disminución
relativa de sus salarios respecto de los que perciben los
trabajadores más calificados.
Esta
interpretación se deriva del teorema de la igualación
del precio de los factores productivos, el cual se inscribe
dentro de la teoría del comercio internacional y predice
que el crecimiento de las importaciones procedentes de los
países con salarios bajos dará lugar, en el
país importador, a una caída tanto del precio
relativo de los bienes que requieren alta densidad de mano
de obra como de los salarios relativos de los trabajadores
poco calificados. De no producirse una disminución
suficiente de los salarios para alcanzar este nuevo nivel
de equilibrio, se producirá un crecimiento del desempleo,
sobre todo de trabajadores poco calificados. Por otra parte,
si los salarios se reajustan plenamente, aumentará
la desigualdad salarial. En caso de un reajuste salarial parcial,
lo más probable es que se observe un incremento tanto
del desempleo como de la desigualdad.
El
segundo motivo de zozobra nace de los flujos crecientes de
inversiones extranjeras directas hacia los países con
bajo nivel salarial, con el fin de lograr una reducción
de los costos. Las consecuencias de este proceso son similares
a las del crecimiento de las importaciones procedentes de
esos mismos países. Los empleos que exigen un escaso
nivel de calificación se "exportan" a las
economías con niveles salariales bajos a través
de la reubicación de empresas (véase por ejemplo
Arthuis, 1993), lo cual acarrea en los países ricos
un descenso de la demanda de trabajadores poco calificados
y una competencia más encarnizada de los productos
importados. La tesis subyacente es que la salida de inversiones
directas hacia el extranjero conlleva una destrucción
neta de empleo, ya que serán escasos los efectos compensatorios
resultantes del incremento de las exportaciones de bienes
intermedios y de bienes de capital y del flujo de beneficios
correspondiente.
En
las publicaciones científicas se ha entablado un encendido
debate respecto del alcance de estas repercusiones en la práctica.
Dos han sido las cuestiones clave que se han planteado: en
primer lugar, ¿el teorema de la igualación del
precio de los factores tiene validez empírica?; en
segundo lugar, suponiendo que la respuesta a la primera pregunta
fuera afirmativa, ¿han sido suficientemente amplios
los volúmenes comerciales y de inversión como
para que sean los causantes del aumento del desempleo y de
la desigualdad salarial?
En
definitiva, las pruebas empíricas de que se dispone
indican que tanto los flujos comerciales como los de inversión
son factores de menor importancia a la hora de explicar el
crecimiento del desempleo y de la desigualdad salarial en
los países industrializados.
En
lo que atañe a las repercusiones del comercio con los
países de bajos ingresos sobre el empleo, no hay pruebas
que avalen las predicciones del teorema de Stolper y Samuelson.
En los Estados Unidos, por ejemplo, el precio de los productos
manufacturados que requieren alta densidad de mano de obra
ha aumentado respecto del precio de los productos con un alto
componente de trabajo calificado, lo cual se opone a las predicciones
del teorema. Además, la evolución de la relación
entre trabajadores poco calificados y trabajadores calificados
ha sido uniforme en todos los subsectores manufactureros,
mientras que el teorema de Stolper y Samuelson predice una
evolución distinta entre los sectores con elevada densidad
de mano de obra y los demás. En consecuencia, es poco
probable que el comercio con los países de bajos salarios
haya desempeñado un papel decisivo en el declive de
la demanda de mano de obra poco calificada, ni tampoco en
el agravamiento de la desigualdad salarial. Resulta evidente
que intervienen otros factores como son la débil tasa
de crecimiento, la evolución tecnológica, el
aumento de la tasa de actividad de las mujeres casadas y la
transformación del mercado de trabajo,-- más
concretamente, la liberalización del mismo y el descenso
de la afiliación sindical--.
Por
otra parte, la magnitud del comercio internacional es relativamente
pequeña, por lo que sus efectos no pueden ser muy grandes.
Pese al rápido crecimiento de los últimos años,
la proporción de las importaciones de manufacturas
procedentes de los países de bajo nivel salarial representó
en 1994 tan sólo el 3,8 por ciento del PIB de los países
de la OCDE. De manera similar, la parte del sector manufacturero
en el empleo total es tan sólo del 21 por ciento en
los Estados Unidos y, de esta cifra, el empleo en empresas
con alta densidad de mano de obra constituye como mucho la
cuarta parte (Lawrence y Slaughter, 1993). Así pues,
aun admitiendo posibles efectos indirectos (como las reformas
destinadas a reducir la plantilla de personal, con el fin
de ahorrar costos para hacer frente a las importaciones procedentes
de países con bajo nivel salarial), resulta harto improbable
que puedan haber sido muy importantes las consecuencias globales
del comercio sobre la disminución del número
de empleos en empresas con alta densidad de mano de obra (Sachs
y Schatz, 1994; véase también Rowthorn, 1995).
Es
asimismo necesario incluir en los cálculos los beneficios
que supone para los países industrializados el comercio
con las economías de bajo nivel salarial. Entre éstos,
cabe citar el incremento de sus exportaciones, tanto de bienes
de consumo producidos por empresas en las que predominan los
trabajadores calificados como de bienes intermedios y de capital.
Cabe
aducir argumentos similares en lo que atañe a la pérdida
de puestos de trabajo que se achaca a los flujos de inversiones
directas hacia las economías con bajo nivel salarial.
En primer lugar, el volumen de los flujos de inversiones extranjeras
directas no supera en los países industrializados el
0,5 por ciento del PIB (Krugman, 1994a). En segundo lugar,
no está claro qué proporción de esa corriente
inversora, relativamente modesta, representa en realidad una
desviación de inversiones que, en otro caso, se habrían
realizado en el país de origen. Resulta evidente que
una parte de éstas presentan bajos costos de oportunidad
en la economía de la que proceden: muchas inversiones
son de carácter muy marcadamente sectorial, por lo
cual no habrían sido viables en el país de origen
al no gozar de ventajas relativas (Bhagwati, 1994). Antes
al contrario, la inversión en el extranjero ha deparado
a menudo al país de origen nuevas fuentes de ingresos,
gracias a la repatriación de los beneficios conseguidos
y al incremento de las exportaciones de bienes de capital
e intermedios. Así pues, tomando en consideración
que las cifras globales son modestas y que existen beneficios
compensatorios, no es verosímil la tesis de que las
relaciones comerciales y de inversión con los países
de bajo nivel salarial hayan sido un factor principal de crecimiento
del desempleo en los países industrializados.
Un
último punto que ha de tomarse en consideración
es que, en los países industrializados, la mayor parte
de la fabricación corresponde hoy a las industrias
con alta densidad de trabajo calificado y de métodos
innovadores, las cuales no se ven directamente amenazadas
por el traslado a economías de bajo nivel salarial.
En estas actividades, "la ventaja competitiva se ve hoy
mucho más afectada por factores tales como la infraestructura
material, la existencia de una mano de obra flexible y entregada
a su trabajo y el desarrollo de lazos exclusivos tanto en
las relaciones entre usuario y proveedor como en las demás
relaciones de apoyo. Estos nuevos factores que influyen sobre
la ventaja competitiva hacen que destaquen las ventajas derivadas
de la inmovilidad y de la sinergia en la producción
de bienes y servicios que hacen un uso intensivo del trabajo
calificado y de la innovación" (Wade, 1996, pág.
87). Así pues, cualquiera que haya sido la repercusión
real en los países industrializados de los flujos comerciales
y de inversión establecidos con los países de
bajo nivel salarial, no tendría sentido proceder a
una generalización desmesurada y prever, por extrapolación,
un futuro apocalíptico de total desindustrialización
del mundo desarrollado.
Desempleo
y desigualdad en los países en desarrollo
La
principal preocupación de los países en desarrollo
es que la liberalización económica, motivada
por el afán de beneficiarse del crecimiento del comercio
mundial y de los flujos de inversión, ocasione durante
la etapa de transición un auge considerable del desempleo
y una agravación de la desigualdad. La pérdida
de puestos de trabajo en las empresas que no son competitivas
se produce de manera inmediata, mientras que la creación
de empleos en las nuevas industrias competitivas puede demorarse
por la incapacidad del sistema financiero para atender a las
necesidades de inversión de las empresas, por la carencia
de infraestructuras básicas como son la energía
y el transporte, y por la escasez de mano de obra calificada.
A estas dificultades básicas pueden venir a sumarse
errores políticos durante el proceso de liberalización,
tales como unas medidas desmesuradas de estabilización
macroeconómica o unas disposiciones erróneas
en materia monetaria y de tipo de cambio que provoquen una
crisis de la deuda. Lo ocurrido en Chile a comienzos del decenio
de 1980 sirve como ejemplo de las graves repercusiones derivadas
de una política de estabilización excesiva.
La producción se redujo en un 23 por ciento entre 1982
y 1993 y durante cinco años la tasa de desempleo se
mantuvo por encima del 24 por ciento. De manera similar, la
crisis mexicana de 1994-1995 demostró las devastadoras
consecuencias de una política monetaria y de tipo de
cambio equivocada.
De
estas consideraciones se desprende que, aunque los beneficios
potenciales de la liberalización sean positivos, es
muy posible que los costos de transición sean elevados.
Por lo tanto, se necesita una gestión prudente del
proceso que no sólo respete el ritmo y las etapas de
la liberalización del comercio, sino que asegure, además,
un entorno económico estable. Esta gestión necesitará
a menudo del apoyo de medidas destinadas a favorecer a los
productores, con el fin de que la oferta aproveche las nuevas
oportunidades económicas: inversiones públicas
para resolver los problemas de infraestructuras, reformas
financieras para ampliar las posibilidades de obtener créditos,
medidas destinadas a promover la formación en nuevas
profesiones y especializaciones, acicates a la inversión
y medidas de fomento de las exportaciones. Por lo demás,
es necesario aplicar políticas sociolaborales activas
que, además de crear una red de seguridad para quienes
se vean perjudicados por el programa de liberalización,
refuercen la capacidad de los pobres para aprovechar las nuevas
oportunidades económicas.
Otra
preocupación surgida recientemente en algunos países
en desarrollo consiste en que la liberalización económica
esté provocando una agravación de la desigualdad
en materia de ingresos y salarios. De ser esto cierto, se
trataría de un problema especialmente grave en países
donde las desigualdades de ingresos y los niveles de pobreza
ya son considerables.
A
primera vista es un fenómeno sorprendente, ya que la
teoría de Heschker-Ohlin sobre el comercio internacional
y las tesis derivadas de la misma predicen que la liberalización
del comercio eleva el salario relativo de los trabajadores
poco calificados y reduce la desigualdad de las remuneraciones
en los países con bajo nivel salarial.
Se
cita a menudo la experiencia de las economías de Asia
oriental a partir del decenio de 1960 con el fin de demostrar
que la liberalización del comercio contribuye a reducir
la desigualdad salarial en los países en desarrollo.
Tanto los países y territorios que fueron los primeros
en industrializarse-- República de Corea, Hong Kong,
Singapur y Taiwán (China)-- como los de industrialización
más reciente-- Indonesia, Malasia y Tailandia-- tienen
un largo historial de rápido crecimiento económico
unido a una desigualdad reducida. Todos ellos han orientado
su industria hacia la exportación y han liberalizado
mucho su economía.
No
obstante, lo ocurrido recientemente en diversos países
en desarrollo, sobre todo de América Latina, denota
una agravación de la desigualdad salarial a raíz
de la liberalización (Berry, 1996, y Robbins, 1995),
de la que se han beneficiado de manera desproporcionada los
trabajadores calificados en varios países latinoamericanos.
Se
han propuesto varias posibles explicaciones a esa correlación
entre liberalización del comercio y desigualdad salarial
(Wood, 1995; Robbins, 1995; Horton, Kanbur y Mazumdar, 1995).
Una de ellas afirma que es posible que la desigualdad salarial
esté menos relacionada con el comercio que con la política
económica. En Chile, por ejemplo, se produjo simultáneamente
una liberalización generalizada del mercado de trabajo
y del comercio, y ésta, y no el comercio, podría
ser la principal explicación al aumento de la desigualdad
salarial. Otra explicación es que la mayor apertura
del comercio haya ido unida a una difusión más
rápida de tecnologías con gran densidad de personal
calificado. Se piensa que esto es lo que ocurrió como
consecuencia de un mayor aflujo de inversiones extranjeras
directas, que traen consigo tecnologías con una densidad
relativamente grande de personal calificado, según
el patrón de los países en desarrollo, así
como un aumento de las importaciones de bienes de capital
técnicamente más complejos destinadas a los
productores nacionales. Se asegura que todo ello vino provocado
por un cambio técnico específicamente sectorial
que aumentó los beneficios en unos sectores cuya densidad
de personal calificado era relativamente mayor. Otra explicación
es que los países de ingresos medianos, en los cuales
la desigualdad salarial ha aumentado, tengan ahora un plantel
de personal calificado bueno según los criterios mundiales,
aunque sea todavía inferior al de los países
industrializados. Es posible que la ventaja comparada no radique
ya en unas exportaciones que se valen ampliamente de mano
de obra no calificada, por lo que la liberalización
del comercio podría traer consigo una demanda creciente
de personal más calificado y acrecentar, por ende,
la desigualdad. Una última explicación argumenta
que el reciente auge de exportaciones de gran densidad de
mano de obra de países como China, India e Indonesia
haya agudizado el declive histórico de la relación
de intercambio de tales exportaciones, rebajando con ello
de manera indirecta los salarios de los trabajadores poco
calificados de todos los países en desarrollo.
Dado
el estado actual de nuestros conocimientos sobre el particular,
no es posible determinar cuál es la explicación
cabal de la desigualdad salarial creciente que se produce
en muchos países en desarrollo. No obstante, este fenómeno
ha de preocupar y debe incitar a centrar de nuevo la atención
en las medidas políticas que, directa o indirectamente,
influyen sobre la posición relativa en materia de ingresos
de las diversas categorías de trabajadores. En particular,
dada la actual tendencia a una mayor desigualdad de la demanda
de mano de obra, cobrarán una importancia cada vez
mayor las políticas que apunten a facilitar el acceso
a la enseñanza y a la formación, así
como las medidas de política laboral encaminadas a
mejorar la situación de los trabajadores más
vulnerables. Procede asimismo tener muy en cuenta las consecuencias
de las diferentes políticas macroeconómicas
para los salarios y para la distribución de los ingresos
entre la población.
Aparición
de un mercado de trabajo mundial
Otra
faceta de la mundialización que causa desasosiego es
el crecimiento de la proporción de la población
activa mundial que se dedica a actividades ligadas al comercio
internacional y a los flujos de capital. Es una consecuencia
lógica del auge antes descrito del comercio y las inversiones
transnacionales, pues aumenta el porcentaje de la producción
mundial destinado al comercio internacional, crecen los flujos
de inversión extranjera directa y se amplían
las redes transnacionales de producción. Todos estos
factores redundan en que una mayor proporción de la
mano de obra mundial tenga algún vínculo con
las relaciones económicas internacionales. El creciente
intercambio de servicios laborales que se lleva a cabo a través
del comercio, los flujos de inversión y la subcontratación
internacional de la producción está forjando
vínculos más estrechos entre los mercados de
trabajo. "Consideremos, por ejemplo, el caso de un empresario
británico que contrata con una empresa italiana el
diseño de una nueva gama de prendas de vestir y que
manda luego esos patrones, para su fabricación, al
sur de China y dispone que una naviera de Hong Kong envíe
el producto terminado, para su venta en los Estados Unidos,
sin que el empresario ni uno sólo de los trabajadores
hayan cruzado una frontera: habrá habido un intercambio
de servicios laborales de trabajadores de cinco países"
(Bloom y Brender, 1993). La migración internacional
es otro mecanismo a través del cual los mercados de
trabajo quedan conectados más directamente, pero la
importancia de su papel no ha crecido en términos generales.
Varios
fenómenos concretos han contribuido a estrechar la
relación entre los mercados de trabajo. Uno de ellos
es la incorporación al mercado mundial de los países
que se encontraban antes relativamente desconectados del mismo.
A este respecto, tuvieron gran importancia tanto el desmoronamiento
del comunismo y los comienzos de la transición a una
economía de mercado, como la creciente participación
en la economía mundial de los países en desarrollo
más densamente poblados (China, India e Indonesia).
De un modo más general, la oleada mundial de liberalización
del comercio y de las inversiones ha hecho aumentar la proporción
de trabajadores cuyo empleo depende de los mercados de otros
muchos países. La parte que corresponde a los países
en desarrollo en el empleo industrial mundial pasó
del 43 por ciento en 1970 al 53 por ciento en 1990 (Freeman,
1994a).
A
juicio de algunos observadores, está surgiendo un mercado
de trabajo planetario en el que "el mundo pasa a ser
un gigantesco bazar formado por naciones que ofrecen su mano
de obra en competencia unas con otras, proponiendo los precios
más bajos para conseguir el trato" (Donahue, 1994).
Aun sin expresarlo de manera tan cruda, puede decirse que
el auge de la competencia internacional, que afecta a un número
cada vez mayor de trabajadores de todo el mundo, se considera
como la consecuencia más preocupante de esta evolución.
El
temor fundamental es que la intensificación de la competencia
mundial ejerza presiones que redunden en una rebaja de los
salarios y de las normas del trabajo en todo el mundo. Tres
son los mecanismos, relacionados entre sí, que pueden
actuar en este sentido. El primero es la reacción de
las empresas tanto nacionales como transnacionales frente
a sus rivales. La agudización de la competencia lleva
a estrategias de reducción de los costos al mínimo,
las cuales tienen consecuencias potencialmente perjudiciales
para los salarios y las condiciones de contratación
y de trabajo en las empresas. Estas se reestructuran, reducen
su plantilla y adoptan posturas más intransigentes
en la negociación colectiva, cuando no trasladan la
producción a lugares del extranjero donde los costos
son más reducidos. El segundo mecanismo, consecuencia
del primero, es el debilitamiento de la posición negociadora
de los trabajadores, debido a que la curva de la demanda de
mano de obra es tanto más elástica cuanto más
expuesto se encuentra el mercado de trabajo a la competencia
del extranjero (Rodrik, 1995). Los empleadores pueden sustituir
con más facilidad trabajadores nacionales por extranjeros
mediante el traslado de la producción a otro país.
Así se refuerza su posición en la negociación,
tanto si escogen esta opción en la práctica
como si se limitan a amenazar al personal con hacerlo. De
este modo, los trabajadores han de reducir sus exigencias
en la negociación colectiva y soportar en mayor medida
los costos que entraña el mantenimiento de normas del
trabajo exigentes.
El
tercer mecanismo que puede forzar una disminución de
los salarios y unas normas del trabajo inferiores es el debilitamiento
de la capacidad reglamentaria del Estado ante una competencia
económica internacional más enconada. La necesidad
de competir para hacerse con mercados extranjeros e inversiones
extranjeras directas lleva a los gobiernos a responder de
manera favorable a las demandas de las empresas nacionales
y transnacionales. La amenaza de que las empresas instaladas
en el país (tanto locales como foráneas) se
vayan al extranjero limita la facultad del gobierno de gravarlas
con impuestos o imponerles obligaciones. Del mismo modo, la
posibilidad que tienen las empresas transnacionales de elegir
entre distintos puntos de destino de sus inversiones estimula
la competencia entre los países para ofrecer concesiones
fiscales y legales mejores que las de los rivales. Un ejemplo
que se cita con frecuencia para describir este fenómeno
es la proliferación en los países en desarrollo
de las zonas de elaboración para la exportación,
que ofrecen a menudo exenciones fiscales y legales.
Son
todavía muy escasos los datos empíricos que
den fe del vigor con que han actuado estas fuerzas y de su
impacto cuantitativo global. No resulta sorprendente, pues,
que algunos aseguren que dicho impacto global ha sido en realidad
relativamente modesto (véase por ejemplo Krugman, 1994b).
De cualquier modo, conviene desconfiar de las exageraciones
sensacionalistas al respecto. Hay que tener presente que,
aunque haya aumentado mucho el número de trabajadores
que se dedican a actividades relacionadas con el mercado mundial,
la cifra global sigue siendo pequeña. En los países
industrializados, casi el 70 por ciento de los trabajadores
se encuentra ocupado en el sector de los servicios, esto es,
en tareas que en su mayor parte no pueden ser objeto de comercio
internacional. Análogamente, la mayor proporción
del empleo en los países en desarrollo de ingresos
bajos sigue correspondiendo a la agricultura tradicional o
de subsistencia y a las actividades del sector no estructurado
que tampoco se prestan a un comercio internacional. Si se
excluye a China y a la India, la proporción del empleo
que corresponde a actividades del sector moderno destinadas
a fabricar productos comerciables internacionalmente es del
12 por ciento como media en los países en desarrollo
de ingresos bajos. En los dos países antes citados,
esta proporción es del 15 y del 16 por ciento, respectivamente.
Sería pues disparatado creer que cientos de millones
de trabajadores pertenecientes a grandes países de
ingresos bajos como China y la India se hayan incorporado
de repente al mercado mundial de trabajo a consecuencia de
la liberalización de su economía.
Otro
factor que ha de tenerse presente es que las empresas multinacionales
no gozan de tanta libertad como se suele afirmar en algunos
de los estudios sobre la mundialización. Un estudio
reciente ha demostrado que dichas empresas siguen estando
básicamente centradas en su país de origen.
Sobre la base de datos correspondientes a los años
1987 y 1992-1993 acerca de una amplia muestra de empresas
multinacionales de los Estados Unidos, el Reino Unido, Japón
y Alemania, el estudio llega a la conclusión de que
entre el 70 y el 75 por ciento del valor añadido generado
por las empresas multinacionales se producía en los
países de origen de las mismas (Hirst y Thompson, 1996).
Se ha señalado asimismo que "salvo en lo que se
refiere a las operaciones de ensamblaje más rutinarias,
no gozan de entera libertad respecto de ningún lugar
de establecimiento una vez que han invertido en él.
A partir de ese momento, tienen diversos costos que constituyen
otras tantas barreras de salida. Entre éstos se cuentan
los gastos de instalación y los costos que conlleva
familiarizarse con un entorno determinado, hacerse una buena
reputación y lograr que la administración pública,
los empleados y las otras empresas confíen en ella
como productora, empleadora o suministradora (Wade, 1996).
Además, algunos cambios de organización-- como
son la producción "justo a tiempo" para reducir
las existencias de insumos y la "especialización
flexible"-- tienden a acrecentar las desventajas de una
producción dispersa en el plano mundial y refuerzan
la tendencia a ubicar la producción cerca de los mercados
finales (Wade, 1996). Así pues, se desprende de estas
reflexiones que el Estado aún conserva un ascendiente
considerable para influir sobre el comportamiento de las empresas
multinacionales.
Pero
tan injustificada como la exageración está la
satisfacción. Ha habido ciertamente un cambio cualitativo
en el entorno económico mundial que afecta a los trabajadores
del mundo entero y que ha tenido cierta repercusión.
Por lo tanto es importante pensar en las consecuencias políticas.
Una fundamental es la necesidad de complementar la política
laboral nacional con una cooperación internacional
destinada a salvaguardar las normas del trabajo básicas
frente a la creciente mundialización.
Pérdida
de autonomía política nacional
Otro
motivo de temor nace de que la mundialización está
restringiendo la independencia de la política nacional
y limitando la eficacia de los instrumentos políticos
tradicionales, tanto en el plano macroeconómico como
en el de la política laboral y social. Por ejemplo,
el poder creciente de los mercados financieros mundializados
reduce la facultad de un país de determinar sus tipos
de interés y de cambio, y limita sus posibilidades
de financiación del déficit público.
De manera similar, se considera que la creciente movilidad
de los capitales y de las empresas impone severas cortapisas
a la capacidad de los gobiernos de fijar los impuestos y ordenar
la actividad económica.
Ya
no cabe duda de que, si se compara con los decenios inmediatamente
posteriores a la guerra, en los que existían controles
sobre los movimientos de capital, unos tipos de cambio fijos
y barreras comerciales relativamente elevadas, el actual entorno
económico plantea nuevos retos a las políticas
nacionales.
La
eficacia de ciertas políticas nacionales ha quedado
limitada de varias maneras. En la actualidad, las políticas
fiscal y monetaria han de tener mayor respeto por los juicios
y el estado de ánimo de los mercados financieros mundiales.
Análogamente, la mayor apertura de la economía
implica la exigencia de conceder mayor importancia que antes
a las consecuencias de las políticas nacionales sobre
la competitividad internacional y el equilibrio exterior de
una economía determinada.
En
consecuencia, existen presiones más fuertes para el
mantenimiento de políticas macroeconómicas viables,
para evitar distorsiones del mercado y para mejorar la eficacia
en la asignación de los recursos. Ello implica en muchos
casos difíciles reformas económicas como son
la liberalización financiera y comercial, la supresión
del control de precios y otras formas de desreglamentación.
Pero dichas reformas serán beneficiosas para el crecimiento,
puesto que incitan a asignar recursos a las actividades que
ofrecen un alto grado de productividad y que aprovechan mejor
la ventaja comparada de un país. A su vez, la elevación
de la tasa de crecimiento propicia la creación de empleo,
y esta última se verá aun más beneficiada
si se eliminan distorsiones tales como la infravaloración
del capital y la sobrevaloración de los tipos de cambio,
que aumentan el coeficiente de capital de la producción
y reducen con ello el empleo.
Pero
todo esto parte de la hipótesis de que el entorno económico
internacional será estable y de que las políticas
nacionales no quedarán desbaratadas por sacudidas externas.
Un
asunto preocupante es el riesgo de inestabilidad del sistema
financiero internacional y las repercusiones negativas que
podría tener una crisis para la producción y
el empleo. La reciente mundialización de los mercados
financieros se ha caracterizado por el rápido incremento
de las transacciones internacionales a corto plazo, tanto
de divisas como de acciones y de obligaciones. A diferencia
de lo que ocurre en el caso de las inversiones extranjeras
directas, que son por definición de larga duración,
estos flujos son más inestables. Gracias a la nueva
tecnología de las comunicaciones, los costos de transacción
son muy bajos y el reajuste de las carteras mundiales de valores
puede hacerse de manera casi instantánea. Debido a
una información incompleta, los gestores de carteras
de inversión tienen a veces reacciones exageradas y
toman decisiones que no guardan relación con las condiciones
económicas internas de ciertos países. Es posible
que se desencadenen crisis financieras en determinados países
y que se contagien a otros.
No
hay un acuerdo general sobre la manera de resolver este problema,
pero se acepta ampliamente que hay que seguir intentando encontrar
el modo de prevenir o reducir los riesgos de crisis financieras,
y de zanjarlas antes y más eficazmente cuando se producen
(Eichengreen y Portes, 1995). Además, un dispositivo
internacional de financiación urgente a los países
afligidos por una crisis les ayudaría a recuperarse,
a salir de ella y a limitar las repercusiones sobre los demás
países. También resultaría útil
adoptar medidas encaminadas a mejorar los mecanismos de control
de los mercados de nuevos instrumentos financieros y a dar
una mayor transparencia a las transacciones de las instituciones
financieras y estatales. Ha suscitado gran atención
una propuesta destinada a frenar el ritmo de las transacciones
en los mercados de divisas imponiendo un gravamen universal
a las mismas. Pero también se han expresado dudas en
cuanto a su viabilidad administrativa y a la posible secuela
de reducción de la eficacia de los mercados (Eichengreen,
Tobin y Wyplosz, 1995; Garber y Taylor, 1995).
Prescindiendo
de sus consecuencias sobre la estrategia económica
general, el hecho de tomar en consideración la competitividad
internacional influye también hoy más que antes
sobre la índole de la política laboral nacional.
Pero conviene hacer tres observaciones. La primera es que
esto no presupone automáticamente que la única
manera de alcanzar la competitividad sea la reducción
de los salarios y de las normas del trabajo. Hay una alternativa
viable y preferible que consiste en hacer frente a las presiones
competitivas por el "camino real" del incremento
de la productividad del trabajo. Este objetivo se puede lograr
invirtiendo en formación profesional, aprovechando
el potencial de productividad que deparan unas normas del
trabajo más exigentes y unos métodos de organización
del trabajo más cooperativos y efectuando inversiones
en infraestructura y en investigación y desarrollo
que aumenten la propia productividad.
La
segunda observación es que una integración mayor
en lo económico no significa que desaparezca la autonomía
política nacional respecto de las normas del trabajo.
Una razón básica es que no está comprobado
ni teórica ni empíricamente que unas normas
de trabajo más exigentes supongan costos laborales
más altos (Freeman, 1994b). De hecho, los costos de
muchas prestaciones obligatorias recaen a la postre en los
trabajadores porque bajan sus salarios. En tal caso, los costos
laborales totales y, por consiguiente, la competitividad internacional
no se ven afectados por unas prestaciones no salariales más
elevadas. Además, en teoría siempre es posible
contrarrestar el incremento de los costos laborales derivado
de una elevación de las normas del trabajo mediante
la depreciación del tipo de cambio. De este modo, los
costos derivados de unas normas superiores correrán
a cargo de los consumidores en forma de unos precios de importación
más altos. Es asimismo posible redistribuir esta carga
por medio de una elevación de los impuestos, siempre
que ello resulte aceptable desde el punto de vista político.
La
tercera observación se refiere a una afirmación
que se realizó anteriormente y según la cual
no sólo las empresas multinacionales no tienen tanta
movilidad como se les atribuye en algunos de los artículos
más sensacionalistas acerca de la mundialización,
sino que se han producido algunas novedades en la organización
de la producción que favorecen la producción
nacional frente a la transnacional. En consecuencia, aún
existe un importante margen de influencia política
en el plano nacional.
Una
cuestión de alcance más general es que no parece
tener apenas respaldo empírico la tesis de que la mundialización
genera presiones irresistibles hacia la convergencia política
e institucional. Por ejemplo, el ordenamiento de los mercados
de trabajo y de capital de los Estados Unidos, Japón
y Alemania sigue siendo muy diferente y todos ellos parecen
ser igualmente viables. Nada indica que exista un solo "sistema
óptimo" que deban hacer suyo todos los países
para sobrevivir a la competencia, cualquiera que sea su pasado
institucional y su estructura socioeconómica actual.
Conclusiones
La
conclusión importante que se desprende de todo lo dicho
es que, pese al avance de la mundialización, las políticas
nacionales siguen teniendo una importancia capital para determinar
los niveles de empleo y las normas del trabajo. Es preciso
que tengan más en cuenta la competitividad internacional,
pero esto no significa en absoluto que haya desaparecido la
autonomía política de los países o que
la disminución de los salarios y de las normas del
trabajo sea la única solución viable frente
a la creciente mundialización.
En
la actual fase de la mundialización persiste, sin embargo,
una paradoja fundamental: al mismo tiempo que se acrecientan
las dislocaciones sociales originadas por una competitividad
internacional más dura, se debilita la capacidad, e
incluso la voluntad, de los gobiernos para adoptar tales medidas
de compensación o de mejora. La mundialización
viene acompañada de una tendencia a reducir por doquier
el papel del Estado, lo cual se pone de manifiesto en los
recortes del gasto público, la bajada de los impuestos,
un menor apoyo político a las medidas redistributivas
y una liberalización generalizada de los mercados,
entre ellos el de trabajo. Sin embargo, en un momento de desigualdades
crecientes, y ante la necesidad cada vez mayor de compensar
a quienes resultan perjudicados por la mundialización,
todo ello resulta, como mínimo, inútil. Hace
falta más que nunca ayudar a los trabajadores expulsados
de su empleo a readaptarse profesionalmente y reincorporarse
a la vida laboral, a la vez que se prosigue la lucha contra
la pobreza. Es también más necesario que antes
promulgar normas laborales destinadas expresamente a proteger
a los sectores más indefensos del mercado de trabajo.
Todo ello es muy importante para mantener la cohesión
social y contrarrestar el descontento popular que puede desbaratar
la mundialización.
Así
pues, interesa encontrar la manera de resolver esta paradoja.
Una posibilidad sería idear medidas capaces de alcanzar
los objetivos sociales, pero que resultaran más económicas
y más compatibles con los incentivos. Por ejemplo,
los regímenes de prestaciones de desempleo deberían,
por una parte, reducir al mínimo los móviles
que disuaden de trabajar y de crear empleos. Convendría
asimismo evitar toda reglamentación del mercado de
trabajo que cause distorsiones y procurar que los programas
de activación del mercado de trabajo sean más
económicos. Si esto pudiera llevarse a cabo, se obtendrá
el doble fruto de que los programas de redistribución
sean fiscalmente más viables y políticamente
más aceptables.
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*
OIT, Ginebra. Este artículo se ha tomado en parte de
El empleo en el mundo 1996/97. Las políticas nacionales
en la era de la mundialización. Se trata de un informe
publicado recientemente por la OIT del que el Sr. E. Lee es
el autor principal.
Fuente:
OIT (Organización Internacional del Trabajo)
http://www.ilo.org/public/spanish/180revue/articles/lee.htm
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