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La
palabra Responsabilidad deriva del
latín responsum, que significa “obligado
a responder sobre algo o por alguien”. A su vez,
responder (L. respondere), tiene varias acepciones,
entre las que se destacan dos:
“Contestar
a lo que se pregunta o propone” y, “satisfacer
al argumento, situación, duda, dificultad o demanda”.
El
contexto global actual, y por extensión el organizacional,
signado por demanda, incertidumbre, cambio continuo
y desconfianza generalizada, requiere personas que crean
en la casi obligatoria necesidad de contestar, de satisfacer,
de dar la cara sobre la genuina base de sus convicciones
más profundas, para cumplir con sus metas de
negocio.
En
este marco, la empresa necesita reinstalar el concepto
de responsabilidad no como slogan, sino como creencia
profunda, como valor, ya que éste trasciende
al cargo o a la función que temporalmente ocupa
una persona.
El
sistema aún vigente –“planifico,
organizo, dirijo y controlo”–, clasifica
a las personas: director, gerente, mando medio o supervisor.
Así, se recrea la dinámica en la cual
pocos piensan y muchos hacen, ignorando que las motivaciones
trascendentes e iniciativas de la gente, están
por encima de cargos circunstanciales, a menudo erróneamente
asignados.
La
organización (cada uno de nosotros desde su lugar),
necesita crear entornos de trabajo basados en la libertad
responsable de pensamiento y en la comunicación
asertiva, impulsando a las personas a ser, pensar
y ejecutar profesionalmente.
Este
momento requiere respuestas independientemente de posiciones
jerárquicas; los cambios continuos inducen a
trabajar de manera distinta, incluso nueva para muchos,
en la que sobresale el desarrollo de un liderazgo superador
orientado a convertir a las personas en generadoras
de proyectos más que en administradoras de rutinas,
a asignar responsabilidades más que tareas, y
a alinear voluntades y compromisos con objetivos retadores.
Fomentar
nuevas ideas y aportes es quizás uno de los pocos
puntos de apalancamiento que quedan, so pena de vivir
en un estado de victimización, generado por situaciones
a menudo ajenas, pero que la propia “no respuesta”
(irresponsabilidad), ayuda a incrementar postergando
decisiones, dejando todo como está, propiciando
la “cultura del zafe”, y otra serie de comportamientos
endémicos observados en muchos equipos de trabajo.
Si
como cabezas de equipo somos percibidos como personas
de convicciones y respuestas con las que se coincidirá
o no, pero ofrecidas de acuerdo a lo esperado de nosotros,
nos llamarán “líderes”, “referentes”,
“número uno”, y una serie de rótulos
de moda, consecuencia de un proceder responsable surgido
de convicciones, más que por asistir a sendos
cursos de liderazgo, que salvo excepciones, no van al
fondo del problema.
Responsabilidad
implica liderar sabiendo que más que recetas,
las personas necesitan que las ayuden a pensar, a desandar,
y especialmente a dudar, cuestionando responsable y
profesionalmente su propia forma de contribuir al logro
de objetivos.
Hoy
el “fondo del problema” son los valores;
la responsabilidad entre ellos, y ¿quiénes
sino los líderes para meterse con los valores?
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