Siempre
me gustó creer que ser libres constituye una
característica esencial de los seres humanos.
Como Jean Paul Sartre alguna vez nos advirtiera, los
seres humanos estamos condenados a la libertad. Ante
cada circunstancia de nuestra vida, no podemos escapar
a la elección de cómo responder frente
a cada uno de los desafíos planteados.
Es
verdad que no elegimos lo que nos pasa. Lo inesperado
y contingente gustan de presentarse imprevistamente.
Pero también es cierto que podemos elegir, como
seres humanos responsables y dotados de conciencia,
la manera en la que hemos de responder, a través
de nuestras acciones, a cada uno de los desafíos
que la vida nos plantea.
Claro
que responder adecuadamente, es decir con acciones que
nos acerquen a nuestros objetivos y a la vez honren
nuestros valores, no siempre es una tarea sencilla.
Sólo una comprensión cabal del fenómeno
sobre el cual queremos intervenir, ha de posibilitarnos
conseguir los resultados planteados. Así el saber
nos hace más libres. Nos otorga la libertad de
obtener lo que deseamos y, lo que es aún más
importante, la libertad incondicional de elegir la forma
en que perseguimos lo que deseamos.
Nuestra
vida está edificada sobre sistemas de enorme
complejidad. Nuestras acciones impactan no solamente
sobre nuestros propios resultados, sino sobre los resultados
de quienes nos rodean. Lo mismo sucede a la inversa.
No
podemos evitar intervenir en el juego. Y de hecho lo
hacemos de variadas maneras. Muchas veces de maneras
que ni siquiera nosotros mismos advertimos.
Ante
esta circunstancia, resulta imperativo ponernos en situación
de poder elegir cómo actuar para adquirir cada
vez mayores niveles de productividad y armonía.
¿Cómo
esperar diseñar un avión que se sustente
en el aire, sin conocer las leyes de la aerodinámica?
¿Cómo
pretender intervenir en un mercado, sin comprender cabalmente
la naturaleza de las relaciones que se verifican entre
los agentes económicos?
¿Cómo
intentar liderar una organización empresarial,
un grupo humano, ignorando la complejidad de las interrelaciones
personales?
¿Qué
ocurre cuando intervenimos en sistemas complejos, sin
conocer las leyes que los gobiernan?
Creo
advertir que el Pensamiento Sistémico nos permite
desarrollar herramientas conceptuales que mejoran decisivamente
nuestra competencia para intervenir productiva y eficientemente
en procesos de alta complejidad. He aquí la profunda
relación que adivino encontrar entre la disciplina
sistémica y la libertad.
Pero
intervenir adecuadamente no es una cuestión de
buena voluntad, no se trata de una expresión
de deseos nobles, sino de un riguroso trabajo de comprensión
de las sutiles leyes del pensamiento sistémico.
Es
por ello que, a modo de resumen y humilde colaboración,
me permito recordar aquellas leyes sistémicas
que, creo, vale la pena recordar al ensayar una intervención
orientada a resultados.
•
La estructura determina el comportamiento.
Son
las relaciones fundamentales entre las partes de un
sistema, las que determinan el comportamiento del mismo.
Cuando observamos funcionar un motor, o una central
eléctrica o la cocina de casa, vemos partes que
se mueven, o cilindros que giran, o una hornalla quemando
gas. Lo que nuestros ojos ven, sin embargo, son las
manifestaciones de una estructura subyacente, que normalmente
permanece oculta a nuestra mirada.
No
son las partes, en su forma física o en el material
del que están hechas, lo único que determina
el comportamiento de un sistema. Más bien las
partes están diseñadas para cumplir con
ciertas relaciones entre ellas que hacen que el sistema
sea un motor, una central térmica o una cocina.
Podemos
cambiar el aspecto de las partes, e incluso podemos
construirlas en distintos materiales alternativos, pero
si queremos seguir teniendo el mismo artefacto, deberemos
respetar algunas relaciones que deben verificarse entre
sus componentes. El aspecto exterior de la cocina de
mi casa y la que tenía mi abuela en la suya son
bien distintos. Sin embargo, las relaciones fundamentales
entre las partes de una y otra son casi exactamente
las mismas.
Esta
ley del Pensamiento Sistémico nos permite comprender,
cuando se trata de sistemas humanos complejos como lo
son nuestras actuales organizaciones, que en lugar de
ocuparnos en buscar un culpable cuando se verifica un
resultado no deseado, debiéramos centrar nuestros
esfuerzos, y también nuestros recursos, en indagar
cuáles son las condiciones más sutiles
que dieron lugar al error, en primer lugar.
•
Pensar globalmente, actuar localmente
Para
comprender el funcionamiento de un sistema es necesario
recordar la ley anterior. Esto nos ayudará a
pensar en términos globales, a ver más
allá de la mirada lineal que nuestro sentido
común nos propone. Sin embargo, no es posible
intervenir en el todo. Para diseñar nuestras
acciones debemos focalizar nuestra atención sobre
ciertos aspectos puntuales del sistema.
Debemos
pensar globalmente y actuar localmente. Ambas cosas
a la vez. Si nos quedamos en el pensamiento global,
jamás seremos capaces de pasar a la acción
efectiva. Si actuamos sin tener en cuenta el todo (las
partes y sus interrelaciones) accionaremos pobremente,
con baja productividad o con resultados desalentadores.
Nuestra
atención debe ir desde el todo a las partes,
pero no en la manera que propone el método analítico,
es decir descomponiendo el todo, sino más bien
lo contrario, yendo de lo global a lo local sin perder
de vista el todo, sin ignorar ni destruir las relaciones
entre las partes. Actuar localmente no implica olvidar
el sistema global, sino accionar sobre un punto de apalancamiento,
el que se constituye como tal precisamente porque en
dicho punto confluyen ciertas relaciones fundamentales
sobre las que es preciso intervenir.
•
Antes peor que mejor (y viceversa)
El
comportamiento observado de un sistema, ante una intervención
en su estructura, normalmente empeorará antes
de mejorar.
Esta
ley tiene su corolario inverso, es decir que ante intervenciones
de bajo poder de palanca sistémica, el comportamiento
observado tenderá a mostrar una mejoría
antes de desbarrancarse definitivamente.
Por
lo tanto: cuidado con las soluciones inmediatas. Suelen
ser engañosas cuando nos enfrentamos a sistemas
complejos.
•
Problemas de hoy, soluciones de ayer
Esta
ley deriva lógicamente de la anterior. Muchos
de los peores problemas que hoy tenemos que enfrentar,
son el resultado de lo que en el pasado consideramos
“soluciones muy adecuadas”.
Nuestros
horizontes de aprendizaje son, por lo general, muy cortos.
No somos demasiado hábiles para comprender, a
través del tiempo, las verdaderas consecuencias
de nuestro accionar.
Tenemos
inconvenientes para intervenir en sistemas que contienen
una cierta demora entre nuestra acción sobre
ellos y el resultado de tales acciones. (¿Recuerda
su última ducha en un hotel? ¿Cuántas
veces el agua se calentó demasiado antes de enfriarse
más allá de lo soportable? ¿Recuerda
qué difícil es alcanzar el punto justo,
cuando no conocemos el tiempo que transcurre entre que
movemos los comandos y llega el tipo de agua seleccionada?)
Imagine
los resultados catastróficos que pueden ocurrir
en nuestras organizaciones empresariales, si ignoramos
recurrentemente esta cuarta ley.
Vivir
en armonía con un mundo complejo
¿Cuáles
son las barreras que nos impiden pensar más sistémicamente?
Creo que todo parte de una comprensión fragmentada,
asistémica, del mundo que nos rodea. Es la fragmentación
la que nos hace pensar en términos de partes,
de divisiones, de áreas, de departamentos. Los
sistemas de management de nuestras organizaciones descansan
fuertemente en este tipo de comprensión.
A
partir de la fragmentación de nuestras organizaciones
caemos en un pobre entendimiento de la competencia.
Esto explica por qué muchas veces, en nuestras
empresas, nos encontramos compitiendo denodadamente
contra aquellas personas con las que se supone debiéramos
cooperar.
Inspirados
en la competencia así entendida, actuamos reactivamente,
es decir que diseñamos nuestras acciones como
una respuesta adecuada a las acciones de los otros.
Terminamos haciendo lo que consideramos mejor para responder
a las acciones de nuestro medio, en lugar de hacer lo
que deseamos de verdad.
El
Pensamiento Sistémico intenta presentar una respuesta
alternativa a este estado de cosas. Propone la Memoria
del Todo allí donde reina la Fragmentación,
la Cooperación en libertad allí donde
impera la Competencia, y el Actuar Generativo en lugar
de Accionar Reactivamente.
Cada
vez más nuestras organizaciones necesitan de
personas libres para decidir qué caminos tomar
y responsables para responder por sus elecciones.
Al
pensar en forma sistémica nos volvemos más
libres como individuos, ya que se amplían nuestras
posibilidades de intervención y nuestro poder
para modificar el estado del mundo. Asimismo, nos volvemos
más responsables de los resultados globales de
nuestras propias acciones, al comprender profundamente
las estructuras en las que jugamos el triple papel de
actores, observadores y creadores.
Es
por todo esto que me gusta creer que el Pensamiento
Sistémico representa una enorme posibilidad de
vivir en armonía en un mundo complejo, apoyados
en una sólida disciplina conceptual y en una
serie de prácticas e intervenciones inspiradas
en una ética de responsabilidad y libertad.
©
CePAO – Reproducido con autorización.
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