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Resulta
sumamente interesante observar cómo el pensamiento
humano ha evolucionado tan rápidamente, especialmente
en los últimos cincuenta años, con relación
a la importancia y el impacto que poseen las personas
en las organizaciones. Es como si de pronto hubiese
despertado de un largo letargo que le impedía
comprender que no se trataba de una raza ajena a su
especie, sino que era simplemente un reflejo de sí
mismo. Sin embargo, si se comparara este espectro evolutivo
con las doce horas dibujadas en un reloj, sólo
le corresponderían unos pocos minutos a este
momento que se vive en el presente con relación
al concepto del ser humano y su relación con
las empresas que conforman. Ha costado mucho haber llegado
allí.
No
fue sencillo entender que la gente es la empresa. De
hecho aún hay organizaciones (en el concepto
tradicional de la palabra) cuya visión está
a años luz de esa contundente premisa, y todavía
se vislumbran en los albores de lo que ha sido todo
este inmenso camino andado y desandado por las mentes
más revolucionarias que ha producido el ejercicio
de la administración del talento humano.
No
basta sólo con echar una mirada al pasado, se
necesita una intensa e incisiva visión retrospectiva
para tratar de explicar en unas líneas cómo
ha sido el génesis y la evolución del
pensamiento administrativo que llevó a las personas
de simples piezas sin valor a convertirse en el verdadero
sentido de toda organización. Tal vez las líneas
que siguen no abarquen todo lo que significa escudriñar
el pasado y dibujar el génesis de lo que hoy
se comprende, pero sin duda servirá de base para
futuras investigaciones.
Si
la idea es deambular por los intríngulis del
pasado, hay que comenzar por el asentamiento humano
en la más temprana era de su aparición
y una vez superado el aislamiento y la concepción
social que había ofrecido el hombre de Neardenthal
a sus grupos. Según se especula, la aparición
del homo sapiens representó el inicio de comunidades
más organizadas y transformadoras del medio ambiente,
totalmente distantes de los primeros brotes inteligentes
de nuestra especie.
Más
aún cuando no tardó en aparecer la sociedad
compleja (valga la expresión), regida por fenómenos
naturales, incomprensibles para el momento, o expresiones
de egocentrismo que asimilaban tales maravillas a una
persona como representante de su poder en la tierra.
Es imposible olvidar que para ese entonces la gente
cazaba y consumía más como una consecuencia
del instinto de supervivencia que por la necesidad de
alimentarse para tener fuerzas, ingenio y construir
imperios. Las sociedades de ese entonces no estaban
lejos del concepto de “la manada”, y por
lo tanto las expresiones básicas del “trabajo
en equipo” surgían como todavía
pueden apreciarse en los leones, tigres y otros depredadores
existentes en su hábitat natural.
No
es fácil precisar cuándo o cómo
las comunidades dejaron tras de sí la vida silvestre
y salvaje, y tal vez no sea necesario. Lo que sí
es un hecho es que después de muchos años
empezaron a aparecer asentamientos humanos que desarrollaron
la tecnología y los conocimientos necesarios
para ser recordados en el tiempo. Prácticamente
de la noche a la mañana los sumerios, cerca del
-2750 A.C., comenzaron a dejar códigos escritos
en lenguaje cuneiforme y superaron las rústicas
expresiones de talla y grabados que habían dejado
atrás sus ancestros en sus expresiones pictóricas.
Estos ocupantes de la región mesopotámica
crearon una sociedad donde las personas eran dirigidas
y utilizadas para cumplir con las metas de un dios o
de varios de ellos y, sin percatarse de ello, pusieron
la simiente de uno de los paradigmas más dominantes
que de alguna forma ha quedado inamovible en el ADN
humano y que reza: La gente trabaja para terceros, no
para sí.
El
proceso de desarrollo de esa línea de pensamiento
se extendió como pólvora en el mundo entero.
Todas las expresiones culturales que se dieron cita
en el pasado conservaron la dominante estampa de este
rígido pensamiento. Desde las encumbradas civilizaciones
mayas, aztecas e incas hasta las ostentosas dinastías
chinas, pasando por los imperios romanos, las expresiones
griegas y las legendarias figuras egipcias, el principio
era el mismo: un importante grupo de personas, usualmente
numerosas y fuertes, se rendían ante unas pocas
que poseían un poder casi ilimitado el cual era
alimentado y respetado por todos... o casi todos.
La
esclavitud y/o el trabajo para complacer a los dioses
fue la más primitiva expresión de la utilización
del talento humano en beneficio de una empresa. No se
necesitaba mucha inteligencia o conocimientos profundos
para saber que sin la gente no sería posible
arar la tierra, coser el barro, alzar monumentos, obeliscos
o construir ciudades.
Es
difícil pensar que no existiera una reflexión
conciente de ello. Definitivamente se necesitaba de
la gente para todo, pero ello requería una inversión
que se pensaba en granos, tierras, papa o ganado; debió
ser una cifra de cuidado y preocupación para
las primeras expresiones administrativas, porque los
grandes reyes y líderes del pasado se las arreglaron
para someter y disponer de la gente a su antojo, comprendiendo
casi automáticamente que a la par de utilizar
a las personas se debía ofrecer alguna especie
de motivación que los mantuviera “atados”
al régimen, por más absurdo y descabellado
que éste fuera, por lo que no tardaron en aparecer,
en su mayoría, expresiones de represión,
obligaciones religiosas y morales, impuestos, ofrendas
y toda clase de condiciones que sometían la voluntad
y exigían ser respetadas para pernoctar en la
sociedad y sobrevivir en ella.
Pasaron
siglos antes de que se comprendiera que el trabajo debía
poseer una contraprestación que beneficiara a
quien lo realizara, pues no hay que olvidar que todavía
existía la esclavitud cuando se comenzó
a pagar con sal y se mantuvo esa expresión de
sometimiento por mucho tiempo, aún después
de ser el dinero un concepto social y laboralmente aceptado.
Pero
comprender tal elemento diferenciador entre un esclavo
y un trabajador no trajo consigo la valoración
ni un mejor trato para la gente. El pago por los servicios
se hizo desigual y desproporcionado hasta el punto en
que ser esclavo podía ser, en ocasiones, más
atractivo, pues se contaba con cobijo y alimento y no
era necesario hacer ningún esfuerzo extraordinario
al que ya correspondía por la condición
de esclavo.
No
puede decirse que hubo ausencia de experimentos diferentes
a las expresiones comentadas. En algún momento
de la historia se habló de igualdad de derechos
y oportunidades antes que tales consignas fueran el
motor de la Revolución Francesa. Los griegos
imaginaron al pueblo ejerciendo el poder en todas sus
expresiones. Ello incluía el trato justo en la
expresión laboral y la valoración por
méritos. Espartaco, en el imperio romano, intentó
crear una sociedad autogestionada y autoaministrada,
así como otros tantos intentos que sirven de
antecedentes al pensamiento que rige el mundo contemporáneo.
Siempre
estuvo presente la inquietud que señalaba a las
personas como el elemento esencial, aun cuando tan importantes
muestras de lucidez fueron bloqueadas y obstaculizadas
de manera férrea y sistemática. Si se
observa con detenimiento el mensaje de los personajes
inspiradores que han existido y cuya existencia ha marcado
importantes cambios en las sociedades, desde Confucio
hasta Sai Baba, el centro del espiral se concentra en
la importancia de las personas y el impacto que la manera
de gestionar los intercambios genera en las comunidades
de cualquier índole.
Lo
que sí se comprendió y se practicó
en muchas culturas con rapidez fue el concepto de la
motivación por intercambio. No importa si se
habla de los bárbaros o los etruscos, de los
romanos o los vikingos; las sociedades del pasado pensaron
y comprendieron que sólo podían mantener
atados a un grupo importante de personas si a cambio
de su fuerza y fiereza se le ofrecían bienes
y riquezas. Ya fuesen efímeras o de larga data,
estas regalías sirvieron para “motivar”
a pueblos enteros a extender los dominios de sus líderes
y monarcas. Otras civilizaciones utilizaron las creencias
religiosas o el temor a lo desconocido para mantener
sometida a la masa trabajadora y hacerles creer que
su esfuerzo sería recompensado en otro mundo.
Y por mucho tiempo se creyó así.
En
la historia de la humanidad se pueden apreciar altos
y bajos con relación a lo antes expuesto: la
Edad Media, ya sea la alta o la baja, se caracterizó
por el desprecio y la servidumbre. Sólo podían
ser considerados miembros de la sociedad quienes gozaban
de privilegios auto-impuestos por las condiciones existentes
de la época o heredados de expresiones similares
y, sin embargo, ese oscuro pasado dio origen al Renacimiento,
donde el hombre (la persona) era el protagonista, lo
que realmente importaba; breve momento de lucidez que
se vio opacado por el Absolutismo, donde el oscurantismo
y nuevamente el desprecio se impusieron en el pensamiento
humano.
Con
la llegada de la era industrial de manera formal, pues
ya en Asia existían expresiones similares antes
de declararse como tal en Europa y Estados Unidos, la
empresa como medio de enriquecimiento y poder dejó
a un lado, aunque no del todo, las guerras y las conquistas
que ocupaban el primer lugar para tal fin. Otro tipo
de batalla habría de librarse en el mundo y esta
no tenía bajas humanas en el sentido tradicional.
El principio era el mismo, intercambio de trabajo por
manutención y una vida digna o al menos cercana
a ese concepto. Es obvio, no todos vivían los
infortunios de las tempranas expresiones de “administración
del personal”, siempre se contó con individuos
hábiles e inteligentes que hicieron la diferencia.
Pero
fuese en el siglo II A.C o en 1960, el principio era
el mismo: La gente era un recurso para el trabajo y
como tal era considerado, hasta el punto de que aún
hoy persiste la costumbre de llamarlo Recurso Humano.
De
una manera lenta y sumamente elaborada se entendió
que el hombre necesitaba de ciertas condiciones para
el trabajo y fue ahí cuando surgió el
término de Relaciones Industriales, esa vinculación
entre la gente (a un lado) y la empresa (del otro lado),
dos entes diferenciados por el poder y la necesidad
de subsistir. Las relaciones industriales inspiraron
muchos cambios que hoy en día aún se aprecian,
principalmente porque se dedicaron a considerar importante
lo que antes eran meros peones.
No
tardó en aparecer el Departamento de Personal
(expresión por demás errada) una suerte
de unidad pagadora de salarios y recolectora de la información
básica de la gente. En él se pusieron
de moda los archivos de personal que imitaban a las
grandes carpetas que resumían la vida del estudiante
en colegios y universidades.
Posteriormente
se vio otra luz en el pensamiento humano y se comenzó
a reforzar el concepto de recurso. La idea inicial era
valorar al ser humano por su condición única
y tratarlo como lo que se merecía, pero los recursos
se agotan, y algunos de ellos son susceptibles a ser
sustituidos, como lo fueron el carbón, el aceite
y las velas cuando llegó el alumbrado eléctrico.
Lamentablemente esa “luz” no fue lo suficientemente
intensa y justamente se pensó que el hombre como
recurso era “renovable”, paradigma que aún
se encuentra en expresiones comunes como “nadie
es indispensable para la empresa”, y otras como
“el que se fue no hace falta”.
Ahora
bien, para no dejar en el aire la afirmación
realizada con relación a la expresión
“Departamento de Personal”, es importante
señalar que bajo ninguna circunstancia la unidad
orientada a gerenciar o gestionar el talento humano
debe ser observada como un departamento. Es probable
que se trate de un problema de sintaxis o conceptual,
pero la palabra “departamento” está
asociada a labores operativas de poco impacto, de modo
que al estructurar la empresa sirva como guía
para hacer recortes, tercerizar o fusionar, pues no
se consideran como esenciales para el negocio. La unidad
de Talento Humano es altamente estratégica y
posee un profundo impacto en toda la organización,
por lo cual debe ser denominada o visualizada como una
Gerencia, siendo ésta el nivel más básico
donde se le puede colocar.
Retomando
el tema, aun en las circunstancias descritas con relación
al concepto de “recurso”, la idea de continuar
llamando a la gente “el recurso humano”
o “recursos humanos” se ha mantenido hasta
el presente, aun cuando, recientemente, se comenzó
a escuchar expresiones como Capital Humano, el cual
trató de introducir el concepto de “inversión”
al mundo de las personas en convivencia con la empresa.
Pero una vez más. el término se prestaba
a interpretaciones diversas, pues “el capital”
también se agota si no es debidamente utilizado;
hay que incrementarlo o es susceptible a presentar mermas
de acuerdo a los acontecimientos. El capital es transferible
y negociable (principio fundamental del outsourcing)
y, finalmente, el capital forma parte del concepto contable
de las cuentas, por lo que puede ser visto como un “objeto”.
De hecho, la expresión inglesa headcount tiene
su raíz en esa línea de pensamiento, pues
no se trata de contar personas, en el más puro
estilo ganadero, se trata de “contar cabezas”.
Pero
como se comentó al principio, en los últimos
cincuenta años el pensamiento ha evolucionado
hasta el punto de escucharse expresiones como “Talento
Humano”. Ya no se oye en boca de las personas
responsables del área hablar de administrar el
talento sino de gestionarlo, de gerenciarlo; ya no se
escucha hablar de invertir en el capital humano sino
en desarrollar su talento, sus competencias, pues finalmente
se entendió que si la gente crece la empresa
también lo hace, si la gente es próspera
la empresa también lo será, pues al final
de la historia sin las personas no hay empresa, no hay
trabajo, ni empleo, ni ganancias, ni perdidas. Las organizaciones
existen para satisfacer a otras que demandan productos
o servicios que están compuestos por personas,
es así de simple.
Por
lo tanto, y en unas pocas líneas, puede decirse
que las personas pasaron de ser peones en un tablero
de ajedrez para convertirse en la razón de librar
y ganar el juego, que pasaron de ser la base para ser
la meta, como una confirmación de aquella visión
maravillosa del Renacimiento donde, como ya se dijo,
el hombre era el centro de todo, visión que emergió
después de la obscura Edad Media y murió
con el Absolutismo... lo cual se espera no sea el destino
de todo este importante avance cultural en la era del
conocimiento y la información.
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