Cuando
enfrentamos las dificultades de la vida cotidiana recurrimos
a los más íntimos sentidos: el olfato
y el tacto. “Esa persona tiene olfato para los
negocios”, “aquel otro tiene tacto para
tratar a la gente”, aseguramos cuando calificamos
a quienes tienen la capacidad de manejarse en medio
de la incertidumbre y las turbulencias humanas. Pero,
¿estamos reconociendo y educando el olfato y
el tacto? Creo que no. Estos sentidos son menospreciados,
a tal punto que nos hemos olvidado que la espiritualidad
es ante todo una experiencia tacto-olfativa.
Nadie
niega que el tocar reviste en la vida afectiva y en
la experiencia social una importancia considerable,
sobre todo en las estrategias de comunicación
humana. Las metáforas del tacto se usan de manera
privilegiada. Casi sin darnos cuenta señalamos
que algo es cálido, duro, frío, agradable,
áspero, ardiente. Estos son términos originarios
de la percepción táctil que circulan con
facilidad para expresar modalidades del mundo actual.
Para
calificar a las personas torpes en sus relaciones sociales
y contactos cotidianos, o al jefe de mal genio, los
franceses dicen que esa persona es “un oso mal
lamido”, integrando en un solo movimiento la experiencia
del acunaje maternal y corporal con el campo del manejo
interpersonal del poder y las exigencias diarias.
Aplicadas
a la voz y a la vista, encontramos también transferencias
de sentido que confieren a estas modalidades sensoriales
las características de percepción recibidas
por la piel: se habla de voz sobrecogedora, de palabras
o miradas acariciadoras. Todo parece indicar que el
espíritu de la personalidad está en gran
parte mediado por las modalidades táctiles puestas
al uso de la cultura. Resulta entonces que el tacto
es el auténtico punto de encuentro entre los
sujetos. El tacto es el único sentido que está
disponible en todo el cuerpo humano.
Sin
una adecuada estimulación táctil el cachorro
humano no puede sobrevivir, a pesar de que nuestra sociedad
occidental favorece lo viso-auditivo sobre lo táctil.
En
ausencia de una adecuada estimulación táctil,
el niño puede presentar severos trastornos en
su sistema inmunológico incompatibles con la
vida, o alteraciones cognitivas que dificultan el proceso
de socialización. Niños huérfanos
en la Segunda Guerra Mundial, cuidados en albergues
pero sin contacto y estimulación afectiva, fallecieron
antes de los tres años.
Sin
lugar a dudas el cerebro necesita del abrazo para su
desarrollo, y las más importantes estructuras
cognitivas dependen de este alimento afectivo para alcanzar
un adecuado nivel de competencia. No debemos olvidar
que el cerebro es un auténtico órgano
social, necesitado de estímulos ambientales para
su desarrollo. Sin matriz afectiva, el cerebro no puede
alcanzar sus más altas cimas en la aventura del
conocimiento. Al desconocer este hecho, el racionalismo
instrumental reduce de tajo las posibilidades cognitivas
de nuestra especie.
A
oso mal lamido, gerente mal querido.
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