Los
sueños universitarios
Cuando
inicié la Maestría en Desarrollo Organizacional
(D.O.) en 1992, a los 35 años de edad, pensaba
que el D.O. era la panacea universal para resolver los
problemas del ser humano en las organizaciones. Ahora,
diez años después, tras diversas intervenciones
en varias empresas, sigo creyendo que los principios
humanistas del D.O. aún pueden ayudar a crear
centros de trabajo armoniosos, justos y satisfactorios
para los empleados de todos los niveles.
En
febrero del ’92 iniciamos nuestros estudios 20
alumnos, de los cuales sólo uno abandonó
la carrera, en la prestigiosa Universidad de Monterrey
(UDEM), pionera del Desarrollo Organizacional en México.
La UDEM inició la Maestría en D.O. en
1976 y nuestro grupo fue la trigésima generación
de egresados,
Escogimos
como símbolo la mariposa Monarca, y nuestro lema
generacional fue “Monarca 30”. Mis compañeros
y yo vivimos la experiencia de un “Grupo T”
durante una semana y sobrevivimos a dos años
de convivencia grupal, conflictos, sueños y profundas
amistades. En diciembre del ’93, en la última
sesión de cierre y graduación, no queríamos
separarnos. Las despedidas fueron abruptas y rápidas.
Pero había llegado el fin de una etapa.
En
la UDEM quedarían registradas nuestras tesis
de graduación y nuestro lema. En cada uno de
nosotros, los recuerdos de tiempos idos y los sueños
optimistas de transformar a las organizaciones
en centros laborales donde los trabajadores pudieran
desarrollarse y realizarse como personas.
Mi
microcosmos organizacional
Una
de mis primeras experiencias como Deoísta recién
egresado fue descubrir que el D.O. era considerado como
una utopía o como un sistema progresista aplicable
en países industrializados del primer mundo.
Nuevo Laredo, mi ciudad de origen, no figuraba en este
contexto, y la industria maquiladora, subsidiaria de
grandes corporaciones estadounidenses, importaba sus
propios modelos organizacionales copiados de sus corporativos.
No
había necesidad de cambiar, porque las organizaciones
no deseaban cambios, sino resultados a bajos costos.
Además, las condiciones del ambiente externo
eran estables. Por ese tiempo también aparecieron
“consultores” locales que ofrecían
cursos de capacitación. Muy pronto me di cuenta
de que la posibilidad de ganarme la vida como consultor
de Desarrollo Organizacional era muy remota.
Así
que continué laborando en la industria maquiladora
ocupando diferentes puestos en dos plantas: Instructor
de Entrenamiento, Coordinador de Capacitación,
Supervisor de Producción, Coordinador de D.O.,
Gerente de Recursos Humanos, y hasta uno de
corte borgiano inventado por un gerente de planta: Coordinador
de Desarrollo de Personal y Producción Esbelta
(léase Production).
A
menudo, mi formación deoísta interfería
con los sistemas administrativos internos, y cuando
ponía en práctica algunos principios,
especialmente la toma de decisiones grupal o algún
sistema de reconocimiento, invariablemente generaba
conflictos.
Una
de las cosas que me causó gran frustración,
y varias veces perder la oportunidad de trabajar en
proyectos de D.O. en algunas empresas, fue la inseguridad
gerencial. Especialmente la manifestada en el deseo
de controlar absolutamente todo. Desde la programación
de la producción hasta dar instrucciones sobre
la forma y el horario en que el barrendero recoge la
basura, o verificar si cada empleado ha estacionado
su vehículo en el lugar correspondiente. El verdadero
D.O. no está sujeto a ningún tipo de manipulación,
sino al incremento de la productividad mediante el cambio
de actitud y el beneficio colectivo.
Al
principio no entendía las grandes resistencias
causadas por la inseguridad gerencial. Volví
a repasar mis libros de D.O. y a releer los capítulos
relacionados con las resistencias al cambio, especialmente
el texto de Pierre Collerette y Gilles Delisle. De paso,
leí también la descripción de las
resistencias psicológicas de Ana Freud.
Otro
de mis indescifrables enigmas en las empresas era el
ejercicio del poder individual inherente al puesto.
No entendía cómo la alta gerencia proclamaba
una cosa y practicaba otra, amoldando las políticas
a su propia interpretación personal –lo
cual a menudo generaba incongruencia gerencial.
Pero, como dice un dicho, “el que manda, manda,
y si se equivoca, vuelve a mandar”. Nuevamente,
volví a repasar mis libros de D.O. y a releer
los capítulos relacionados con el poder en las
organizaciones. Releí las teorías expuestas
por Larry E. Greiner y Virginia E. Schein sobre el poder
y el D.O. Entendí, más no comprendí.
Luego
vino mi trabajo con la formación y el desarrollo
de equipos de trabajo, y con ello un nuevo descubrimiento.
Los equipos operaban solamente mientras duraban los
proyectos, después todo volvía a ser peor.
Muchas veces la participación y la motivación
de los miembros del equipo era grande y, en contadas
ocasiones, se les concedía tomar decisiones en
las áreas/actividades que les afectaban directamente
en su trabajo.
Por
lo general los equipos acababan siendo manipulados por
la gerencia, se les retiraba el apoyo inicial y no eran
reconocidos por sus logros. Se esperaba que los equipos
generaran resultados rápidos y acelerados para
compensar años de deficiencias operativas. La
cultura laboral estadounidense, acostumbrada a la innovación,
no entendía el significado de “mejoramiento
gradual y continuo”, ni la importancia de la participación
del trabajador para resolver los problemas que le afectan
directamente en su trabajo.
Muchas
veces vi mi título colgado en la pared de mi
cuarto y me pregunté si el D.O. me serviría
para algo.
La
esencia del D.O.
Durante
el último semestre de la Maestría, en
1993, mientras realizábamos nuestro proyecto
final, nuestros asesores dejaron en claro una realidad
deoísta: el mejoramiento de una organización
sólo puede lograrse mejorando a los empleados.
O sea, el Desarrollo Organizacional sólo es posible
a través de equipos de trabajo y desarrollando
a las personas.
Sonaba
buena esa teoría. Sin embargo, durante los dos
años de formación deoísta, esperábamos
convertirnos en verdaderos agentes de cambio organizacional,
y algunos de nosotros tomamos muy en serio ese papel.
La prueba está en que al menos tres de nosotros
nos lanzamos como consultores el año que nos
recibimos.
Consideraba
que estábamos lo suficientemente preparados para
aplicar los principios de las ciencias del comportamiento,
la administración y la psicología social
en las organizaciones, y que era capaz de cambiarlas
por una realidad mejor. Pero mi necesidad sentida de
cambio organizacional no era compartida por el microcosmos
industrial de mi entorno. Era sólo mía.
Después
de varios intentos frustrados de hacer D.O., me olvidé
por un tiempo de sus principios y sólo el título
colgado en mi cuarto era la única constancia
que lo había estudiado. Trabajé en descripciones
de puestos tradicionales –supervisor, coordinador,
gerente–, cumplí las expectativas de mis
jefes, sentí el pavor al pensar en lo que sería
de mí y de mi familia si me despidieran del trabajo,
mas dentro de mí me sentía insatisfecho
con lo que hacía.
Tomé
un Diplomado en Psicodrama y otro en Psicoterapia Gestalt
Individual y Grupal, mi matrimonio estuvo a punto de
zozobrar, y la primera semana de enero del ’99
me pidieron “por favor” que renunciara en
el trabajo a cambio de mi indemnización.
Ese
año fue de profunda reflexión y cambios.
Ingresé en un grupo de encuentro, diseñé
talleres para la prevención y recuperación
del abuso sexual infantil, escribí artículos
sobre Desarrollo Organizacional, liderazgo, grupos y
administración en la industria, e ingresé,
sin querer, en la lista negra de varias compañías
importantes. También realicé varios descubrimientos.
Hasta entonces comprendí que no puede haber cambio
organizacional si no hay cambio individual. El cambio
es intrínseco y profundamente personal y creo
que esa es la esencia básica del D.O. Si no estamos
dispuestos a correr el riesgo de cambiar nuestro comportamiento
y nuestras actitudes, seremos incapaces de fomentar
el cambio en las personas y en las organizaciones.
También
me di cuenta de que podía escribir sobre muchos
temas, que hay cientos de teorías para explicar
casi todo y que casi todos tenemos razones de sobra
para justificar nuestra forma de ser. En el nivel organizacional
sucede lo mismo. Sobran teorías de liderazgo,
equipos de trabajo, selección de personal, de
administración, de calidad, etcétera,
etcétera. Sin embargo, todas se estrellan en
las personalidades gerenciales rígidas e intransigentes.
Y siguen siendo letra muerta atrapadas por la inercia
del temor al cambio.
Uno
de los descubrimientos más importantes fue darme
cuenta de que las teorías de liderazgo actuales
emplean un enfoque extrínseco y superficial al
definirlo y aplicarlo, o sea un enfoque puramente mecanicista.
Según
mi propia teoría, el estilo de liderazgo está
directamente relacionado con la personalidad del individuo
que lo adquiere a través de su puesto. O sea
que la forma en que un administrador ejerce poder, depende
de su forma de pensar, sentir y actuar. Lo cual es producto
de su crecimiento y desarrollo dentro de su átomo
(ambiente) familiar y de las circunstancias y experiencias
vivenciales que han configurado su personalidad.
Para
que se dé un cambio en su forma de liderazgo,
es necesario que modifique su forma de pensar-sentir-actuar
en el aquí y en el ahora, en vez de pensar-sentir-actuar
de acuerdo a modelos de conducta adquiridos y perpetuados
desde el allá y el entonces. El estilo de liderazgo
debe ser flexible, existencial y espontáneo,
y para ello se requiere una personalidad psicológicamente
sana y espontánea, capaz de desaprender viejas
conductas y de sustituirlas por otras nuevas sin
sentimientos de culpabilidad.
En
el aquí y ahora
Actualmente
mi título de D.O. sigue colgado en mi cuarto.
Hace diez años me veía cambiando sistemas
de trabajo en las empresas y mejorando las condiciones
laborales de los trabajadores. Esta visión tal
vez procedente de mi trauma pseudo mesiánico
originado en mis años de seminario.
Sin
embargo, el sujeto/objeto de cambio ya no es la organización
ni los elementos que la integran. Ni mis amigos, ni
mis compañeros de trabajo, ni mi familia, sino
yo mismo. Si yo no cambio mi forma de pensar-sentir-actuar,
nada cambia a mi alrededor. Finalmente he comprendido
que el verdadero Desarrollo Organizacional comienza
en la persona, se extiende al grupo y trasciende a la
organización. Del mismo modo, es imposible generar
cambios organizacionales sin afectar a las personas
que ahí trabajan.
Mi
percepción ha cambiado. Doy clases en la universidad,
dirijo talleres de sensibilización y encuentro,
escribo artículos sobre D.O., y asesoro a una
o dos empresas interesadas en proyectos de mejoramiento
continuo mediante equipos de trabajo.
Mis
esfuerzos ahora están dirigidos a las personas
–a mis alumnos, a mis lectores, a mis amigos.
Con ellos comparto casos, experiencias, y mi visión
particular del ser humano en el trabajo. Espero que
ellos tarden menos en comprender lo que a mí
me ha tomado diez años de vida.
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