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Todos
nos enfrentamos a conversaciones difíciles. Estas conversaciones
se caracterizan por una sensación de incomodidad a
la hora de pensar en ellas. Por ejemplo, discutir con un vecino,
llamar a la atención a un empleado, enfrentar un altercado
de opiniones con un compañero que hirió nuestros
sentimientos, poner fin a una relación afectiva, entre
otras, son situaciones indeseables que nos gustaría
poder evitar, pero que tarde o temprano debemos enfrentar.
Por lo general, estas cuestiones no son difíciles en
sí, más bien somos nosotros, nuestra forma de
pensar en ellas y el temor a las consecuencias lo que hace
que sean incómodas.
Estas
conversaciones son una combinación de tres charlas
en una:
La
primera de éstas es la conversación del “yo
dije y tú dijiste”. En ésta,
la discusión se concentra sobre el qué se dijo
y qué no se dijo, seguida de una serie de racionalizaciones
sobre lo que en verdad quisimos decir, acompañada de
un conjunto de acusaciones sobre lo que nuestro “contrincante”
interpretó que en realidad dijimos. Esta conversación
suele ir subiendo de tono en un bucle de refuerzo semejante
a una bola de nieve que se va haciendo más grande,
y por supuesto, más destructiva.
La
segunda es la conversación de los “sentimientos”.
En esta parte de la charla, cada una de las partes comienza
una pulseada sobre quién resultó más
herido en sus sentimientos. Suelen hacerse recriminaciones
y sacar a colación hechos pasados, lo que genera otro
bucle de refuerzo que hace que la conversación suba
de tono, a tal punto que se hieran aún más los
sentimientos ya heridos. También existe una versión
de la conversación de los sentimientos un tanto más
sutil y destructiva, en la que se combinan cruelmente el sarcasmo
y la ironía.
Por
ultimo tenemos la conversación de la “identidad”.
En esta parte se suelen infiltrar y confundir el comportamiento
con la identidad de la persona. Frases como: “eres un
inútil”, aunada a generalizaciones temporales
del tipo: “tú siempre..., o tú nunca...”,
etc., suelen atentar contra la identidad de la persona, pues
se hiere lo más profundo de su ser, por lo que la otra
persona intentará defenderse contraatacando también
a la identidad del primero. Y aquí tenemos otro bucle
de refuerzo.
Muchos
de estos ataques a la identidad pueden ser originados por
lo que nosotros pensamos o interpretamos que dijo nuestro
interlocutor. Esas inferencias llevan a más y más
malos entendidos, pues volvemos a empezar con el “quién
dijo qué”, y así sucesivamente.
Tres
conversaciones en una, tres posturas en una
Este
tipo de discusiones suele ser producto de nuestros propios
modelos mentales. Modelos que se apartan
de la realidad objetiva, pero que a su vez forman nuestra
propia realidad y que por eso defendemos con uñas y
dientes. Ante ésto, la primera medida que debemos tomar
es poner en duda o desafiar nuestros modelos mentales y tratar
de ajustarnos lo más posible a la verdadera realidad.
Esto
se logra tratando de penetrar en el modelo mental de la otra
persona. En otras palabras, demostrando empatía. La
empatía es la capacidad de ponerse en el lugar del
otro, e intentar ver las cosas de la manera como él
las ve, las oye o las siente, teniendo en cuenta sus circunstancias.
Por lo general, este pequeño ejercicio mental de ponerse
en los zapatos del otro, suele darnos otra óptica de
la misma situación. En esta posición, estamos
siendo un poco más objetivos.
Sin
embargo, esto no termina aquí. Necesitamos disociarnos
de la situación, no estar ni en la propia postura ni
en la del otro. Debemos situarnos en una “tercera posición”.
Tratar de actuar como espectadores de la discusión.
Al hacer esto, podemos analizar de forma más realista
la conversación y notar cómo las mismas palabras
dichas en diferentes formas y momentos, pudieron afectar a
nuestro interlocutor. Cuando nos disociamos mentalmente quitamos
presión sobre los sentimientos. Y es posible que ya
no nos afecte tanto lo que se dijo o no se dijo, y por ende
estaremos en mejor situación para desenvolvernos con
éxito.
Pero
aún queda la conversación de la “identidad”.
Para resolver esta cuestión, necesitamos utilizar lo
que se llama el lenguaje E-primo (Español primo). Este
tipo de lenguaje evita el verbo “ser” en las calificaciones
negativas y lo reemplaza por otro verbo. Por ejemplo en vez
de decir “eres un imprudente”, en lenguaje E-primo
sería: “te comportaste, o actuaste de forma imprudente”.
Esto le quita fuerza a la frase, ubicándola en el nivel
del comportamiento, haciéndola más objetiva,
y por otro lado, se evita lanzar una granada contra la identidad,
que no es otra cosa que un atentado a la autoestima.
Es
cierto que a veces uno puede verse tentado a postergar o evitar
temporalmente este tipo de conversaciones y su correspondiente
dolor de cabeza, pero hacer eso sería como quitarle
el seguro a la granada y guardarla en el bolsillo: más
tarde o más temprano va a estallar. Sin embargo, enfrentar
la situación aplicando los principios antes mencionados
nos capacitará para enfrentar la próxima conversación
evitando que se torne tan difícil. |
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