Una
vez entendida la importancia de asimilar el cambio y la
responsabilidad que las empresas tienen de facilitar los
procesos para mantenerse en constante innovación,
resulta poco serio suponer que sea una práctica exclusiva
de las organizaciones impedir que su gente aporte ideas
y agregue valor a la gestión administrativa. En algunos
casos, son los mismos empleados quienes se han prohibido
innovar.
Así
como las empresas se aferran a lo que por costumbre tienden
a denominar “su cultura", cada individuo posee
una forma particular de observar el mundo y de exteriorizar
o mantener ocultas sus ideas o pensamientos, e incluso de
dedicar tiempo a generarlos. Es precisamente por el uso
de ese libre albedrío que algunos trabajadores deciden
mantenerse con un perfil bajo en sus puestos de trabajo,
tratando de no sobresalir por su ingenio ni quedar fuera
por su desinterés, limitándose a repetir las
experiencias que le han resultado exitosas una y otra vez,
bajo la falsa creencia de que el futuro puede parecerse
al pasado.
El
trabajo estrictamente operativo permite el desarrollo de
una conducta orientada a la rutina, así como las
pocas expectativas de crecimiento personal, el miedo a ser
considerado obsoleto y la falta de orientación al
logro se convierten en ingredientes indispensables para
crear un equipo humano que rechace el cambio por más
sencillo que éste sea.
Así
como algunas empresas no sólo han entendido que el
cambio es la regla y no la excepción, y constantemente
ofrecen recursos a sus empleados para desarrollar aquellas
iniciativas que se acerquen más a la visión
y misión del negocio, motivando con ello la necesidad
de mantenerse actualizados; en algunos casos, los procesos
de inserción en el mundo de las transformaciones
constantes obvian un hecho innegable: forma parte de la
naturaleza humana resistirse a los cambios, incluso cuando
ella misma los provoca.
La
estabilidad y la posibilidad de predecir el futuro, o por
lo menos proyectarlo con el mínimo error, han acompañado
a lo largo de la historia a sus más importantes protagonistas.
Incluso las religiones se basaron en ello para mantener
por largo tiempo su poder, creando en el individuo una especie
de código que se ha transferido sigilosamente por
generaciones, el cual sólo pocos han logrado superar
iniciando así las famosas revoluciones. Lamentablemente
no siempre les ha sido posible ver en la práctica
sus propuestas consolidadas como parte de la sociedad, pues
terminaron siendo perseguidos, expulsados o abatidos por
quienes no desean participar en ellas.
Existen
muchos ejemplos para ilustrar lo anterior: tal vez el más
famoso es el caso de Galileo, pues cuando todo el mundo
estaba convencido de que la Tierra era el centro del universo,
él observó que se movía. Galileo fue
duramente atacado, criticado e incluso torturado por tal
afirmación y ahora, siglos más tarde, resulta
simple entender por qué ocurrió tal abominación:
los individuos de su época estaban tan segados por
su paradigma, que no era precisamente aceptar la idea del
investigador lo que les motivaba a resistirse, sino el hecho
de que todo cuanto creían cierto dejaría de
serlo, todo lo que consideraban estable y seguro desaparecería.
Precisamente
en el ejemplo anterior se puede observar la responsabilidad
que posee el individuo en los cambios y cómo la apatía
del común puede retrazar el desarrollo de toda una
sociedad, y ello sin percatarse de que es factible contar
a quienes han marcado la diferencia, siendo el resultado
de la suma una insignificante porción si se le compara
con aquellos que se mantenían inmersos en la rutina,
y esto ha ocurrido en cualquier época de nuestra
historia.
Por
eso no es del todo cierta la afirmación que asegura
que los cambios fueron graduales en el pasado y que el siglo
XX es el inicio de todo cuanto hoy ha de enfrentar cada
persona. Sin ánimo de hacer uso de rebuscados precedentes
históricos, el hombre ha experimentado cambios desde
su aparición hasta el presente: glaciaciones, terremotos,
avalanchas, depredadores, inundaciones, guerras, invasiones,
erupciones volcánicas, etc., sin dejar de sumar a
ello los cambios culturales, de lenguaje, de creencias,
de exigencias sociales, invenciones... y todas han sido
superadas, con o sin resistencia. Hoy en día cada
situación pasada fue asimilada con tal facilidad
que resulta difícil aceptar el hecho natural mencionado
en párrafos anteriores.
El
ser humano es la pieza clave de las empresas. Sin él
las organizaciones serían monumentos vacíos,
inertes y fríos. Sin embargo, la necesidad de mantenerse
estable y seguro ha impedido a las personas percatarse de
un hecho también innegable: cambiar no significa
dejar de ser, es mejorar lo que se es sin perder la esencia.
Si un individuo cambiara totalmente ¿quién
sería? Otro individuo ajeno a su principio. Pero
si generara cambios en aquello que considera débil
de sí, la transformación resulta una mejora.
El
concepto anterior es susceptible de ser aplicado en las
organizaciones: los empleados deben observar el cambio más
como una mejora que como un elemento distorsionante del
entorno, creado o planteado para devastar la estabilidad
alcanzada.
No
obstante, la pérdida de posibilidades de cambios
puede considerarse a su vez un elemento distorsionante,
pues atenta contra la naturaleza humana también,
en estados de constante monotonía, donde las actividades
se repiten de manera perseverante. El individuo presenta
necesidades de reto y superación, de lo contrario
se deprime.
He
aquí cómo terminan por contradecirse algunos
elementos que conforman el dilema individual del cambio:
existen personas que pretenden evitar que el cambio ocurra,
prohibiéndose a sí mismas innovar; mas la
rutina genera hastío entre ellas y surge la necesidad
del cambio, ya sea de generarlo o aceptarlo.
Por
lo tanto, puede decirse que el individuo termina, tarde
o temprano, adaptándose a las nuevas exigencias de
su entorno, pues al final –como en el caso de Galileo–
la realidad se impone aun en contra de quienes quieran erradicarla,
permitiendo con ello alcanzar el próximo nivel, por
lo que resistirse resulta ser sólo un proceso dilatorio.