Podría
decirse que el mundo de la producción y el trabajo
asociado a la educación siempre existió, y que
han habido cambios en la división del trabajo, los
aspectos tecnológicos y el desarrollo científico.
Según las circunstancias sociales, económicas
e históricas, el cambio del modo de formación
puede anticipar la del modo de producción o a la inversa.
La formación tiene así una autonomía
relativa respecto a la producción. Esta relación
ha sido objeto de tensiones y conflictos sociales, de allí
que podemos pensar a la formación en y para el trabajo
como un proceso de adaptación, pero también
de cambio.
Me
parece importante hacer una síntesis de este recorrido
histórico, para no limitar el análisis a la
capacitación en la empresa, además de ampliar
el campo a la formación en el mundo del trabajo y ver
qué cambios se fueron sucediendo, para luego analizar
la relación del adulto con la capacitación brindada
por la empresa o por agrupaciones de trabajadores, y cómo
estas últimas se vinculan con el conocimiento y el
lugar del cambio en este análisis.
Iniciando
el análisis en el siglo XI y la evolución hasta
el siglo XIX, tomando a M. Carton podemos hablar del pasaje,
un cambio desde una enseñanza corporativa a una enseñanza
escolar,
"(...)
en el Medioevo las prácticas de la enseñanza
y la reproducción del sistema estaban controladas por
los mismos formadores. En el sistema escolar la gestión
está a cargo del Estado y las fuerzas sociales que
lo controlan, mientras que las corporaciones regulaban la
utilización de quienes habían recibido una formación,
luego es el Estado el mercado de trabajo y los grupos de presión,
quienes participan en esa regulación... mientras que
la enseñanza corporativa y el trabajo estaban directamente
relacionadas, el sistema escolar corresponde a la aparición
del mercado de trabajo, que se inserta entre la formación
y el trabajo y en el que la posición de un diploma
otorgado por el Estado es una moneda de cambio para obtener
un empleo remunerado" (Carton M. “La educación
y el mundo del trabajo”, Unesco, 1985).
En
el siglo XIX y comienzos del XX, se da un desarrollo, junto
a la educación popular, de la promoción social
individual vinculada a los cambios en la situación
profesional. La crisis económica entre las dos guerras
mundiales acelera el desarrollo de sistemas de formación
profesional. La educación formal es necesaria, pero
no suficiente.
En
la década del ’50 se produce una llegada masiva
al mercado de trabajo de mano de obra con calificaciones escolares
generales, y sólo accesoriamente profesionales y técnicas,
planteándose problemas vinculados con las necesidades
productivas. En un contexto de crisis de los sistemas de planificación
de la educación, surgen las ideas de formación
continua y educación permanente, las organizaciones
patronales y de trabajadores proponen la aplicación
de sistemas de formación continua, en los cuales ellos
serán actores directos, con la posibilidad o no de
participación por parte del Estado.
Así
otra vez el trabajo aparece como objeto de confrontaciones
y negociaciones, planteando la cuestión del control
de la interacción entre el trabajo y la formación.
La relación entre formación y trabajo ya no
se plantea con referencia al modelo escolar, sino con referencia
a la empresa:
"...no
es más la solicitud individual de formación
lo que está en juego, sino la oferta institucional
de formación, en relación con las posibilidades
de empleo y la descripción de los puestos de trabajo,
las calificaciones requeridas y la evolución en los
mismos bajo la influencia conjunta de los cambios tecnológicos
y la crisis económica” (Carton M. “La educación
y el mundo del trabajo”, Unesco, 1985).
Actualmente,
en la competencia entre los bloques económicos, la
educación y los conocimientos juegan un papel relevante
en tanto las nuevas industrias dependen más de la organización
del conocimiento y el aprendizaje que se logren que de los
recursos naturales, el territorio o la materia prima:
"Las
cualidades de la fuerza de trabajo serán el arma competitiva
básica del siglo XXI, y las personas especializadas
la única ventaja competitiva perdurable (...) las organizaciones
serán redes finas de conocimiento que se limitan a
conectar necesidades con recursos en cualquier lugar del planeta..."
(Thurrow, L. “La guerra del siglo XXI”, Ed. Vergara).
Estamos
en el pasaje de una etapa industrial a otra dominada por la
información, en un contexto de vertiginosos cambios
y transformaciones, con la agudización de la problemática
del desempleo, con nuevas calificaciones que demandan los
cambios tecnológicos y organizacionales, exigencias
respecto al servicio y la calidad, en contextos de incertidumbre.
Tal
como plantea A. Gallart, el foco de atención se traslada
de las calificaciones a las competencias, entendidas como
conjunto de conocimientos, habilidades y actitudes que se
ponen en juego para resolver situaciones concretas de trabajo.
Por ello los cambios las pondrán constantemente a prueba
y necesitaremos de una formación continua, que nos
permita ir adaptándonos a las nuevas necesidades del
trabajo, con un aumento en nuestra profesionalidad y flexibilidad.
Veamos
qué pasa con este adulto que aprende en este contexto.
Lo primero que podemos pensar es qué es aprender. Allí
es interesante retomar el planteo de formación para
la adaptación y para el cambio. Veamos la definición
de aprendizaje que nos presenta O. Blake:
"El
aprendizaje es un cambio adaptativo que se expresa a través
de una conducta de la persona, la cual tiende a perdurar y
que se produce en su interacción equilibrada con el
medio tanto físico como social".
Si
a partir de esta definición nos ubicamos en la palabra
“cambio”, la capacitación brindada por
la empresa o por agrupaciones de trabajadores, podría
ser un recurso dinamizador, que colabora a que el adulto aprehenda
su mundo y lo transforme. Justamente dinamiza en la medida
en que se convierte en un instrumento esencial en los procesos
de cambio que llevan las personas. En cambio, si nos ubicamos
en la palabra “adaptativo”, podríamos pensar
en la necesidad de aprendizaje para "sobrevivir"
en el mercado laboral actual: ¿adaptarse para sobrevivir?
Pero
en la capacitación laboral, estamos hablando de un
proceso de aprendizaje, de una formación peculiar,
ya que vinculamos formación con trabajo, y por ende
en un grupo de adultos. Así esta persona y este medio
social enunciados por Blake cobran características
particulares.
Los
cambios enfrentan a este adulto a diversos problemas, entre
ellos la amenaza a lo desconocido, cambios en las relaciones
con el mundo laboral, incluyendo allí las relaciones
con colegas, la propia imagen, relaciones de poder, entre
otras. También se desarrollan nuevas formas de lenguaje,
de argumentaciones, realizamos frente al cambio el abandono
de formas de pensar anteriores. Todos estos procesos llevan
un tiempo considerable y modificaciones de conocimientos,
habilidades y actitudes, en mayor o menor medida.
Si
hablamos de interacción con el medio, podemos pensar
que en el ámbito laboral cobra relevancia en esta relación
lo que yo puedo transferir de lo aprendido a este medio específico
que es mi campo de trabajo. Allí cobra relevancia la
formación en las competencias, pero estas competencias
no se limitan a nuestra experiencia profesional, sino que
también conllevan todas nuestras experiencias sociales
y personales, las peculiaridades de nuestra identidad profesional,
convirtiendo en única a cada trayectoria profesional
y de formación. De allí que si queremos que
la capacitación dinamice en los procesos de cambio,
debemos respetar dicha trayectoria.
Si
la formación es la formación de competencias,
es la enseñanza basada en el adulto que se está
formando, no podemos dejar de hablar de acción y transferencia
de lo aprendido al mundo del trabajo. También podemos
pensar que una de las competencias a desarrollar en estos
adultos es la de transmitir conocimiento, convirtiéndose
este adulto tanto en un sujeto que aprende como en uno que
enseña. Allí nos encontraríamos con la
mayor diversidad de perfiles en lo que sería la figura
del formador, ya que cualquier empleado de la organización,
desde el presidente al operario, tiene un conocimiento con
posibilidades de ser transmitido, a partir del fenómeno
de especialización del trabajo.
Pero
no sólo hablamos de la necesidad de sobrevivir de las
personas, sino también de las organizaciones. Así,
el desarrollo organizacional
"...es
un esfuerzo de la empresa, planificado y de largo alcance,
para un proceso de renovación que solucione sus problemas
y aumente su estabilidad" (Gore E., “La educación
en la empresa”, Ed. Granica).
Si
la capacitación es entendida como formación,
debe centrarse en la acción, enfrentando los problemas
que se viven en la realidad del trabajo, analizándolos
y resolviéndolos a través de la aplicación
o transferencia del conjunto de conocimientos, habilidades
y actitudes de los trabajadores en sus puestos de trabajo.
Para ello es fundamental que el área de capacitación
involucre desde la elaboración hasta el seguimiento
de cada proyecto, a todos los actores que se vinculen al mismo,
especialmente a los jefes operativos y a los propios adultos
en formación, a partir de la escucha de sus demandas.
En
relación con el desarrollo organizacional, la capacitación
se convertiría en una obligación, tal como lo
plantea Louart, ya que la introducción de las nuevas
tecnologías requiere nuevas competencias, estando en
juego en el largo plazo la supervivencia o transformación
de los empleos y de la propia organización, convirtiéndose
así en una reflexión estratégica de alta
complejidad. Debemos tener en claro que la capacitación
no genera cambios en la cultura de la organización,
ya que es un proceso muy complejo si entendemos que la cultura
organizativa
“...es
un patrón de supuestos básicos que un grupo
inventa, descubre o desarrolla para enfrentar su necesidad
de responder a las demandas externas sin perder la coherencia
interna (...) confiriendo una cierta identidad" (Gore
E., “La educación en la empresa”, Ed. Granica).
Así,
la cultura organizativa condiciona los aprendizajes. Las estructuras
organizativas son resistentes a los cambios, ya que crean
estereotipos de relación que se incorporan a la cultura
y perduran más allá de los individuos. La capacitación
colaborará a que la organización se modifique
a sí misma, a que dude de sus propios aprendizajes,
"... a objetivar y poner en contexto la experiencia aprendida,
para que la persona misma pueda imaginarse qué aprendizajes
necesitaría en el nuevo contexto” (Gore E., “La
educación en la empresa”, Ed. Granica).
Esto
implica reflexión en la acción, donde aprender
se convierte en hacer, aprender de lo que se hace, a partir
de una red de acuerdos entre los distintos actores.
La
capacitación podrá ayudar a la adaptación
o al cambio en la medida en que colabore o no con la organización,
en el proceso de convertirla en una organización inteligente,
que requiere de sujetos que aprehenden en un contexto plagado
de complejidades, y se reconozca a sí misma en esta
complejidad.
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