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No
es del todo cierto que los empleados relacionan la satisfacción
únicamente con el sueldo, pues se debe recordar que
los beneficios socioeconómicos, presentes en la contratación
colectiva o contrato individual, juegan un papel importante
en el entorno laboral. Lo que sí es cierto es que la
tendencia, desde hace algunos años, se inclina a satisfacer
la necesidad de ganar más dinero, pero ello no responde
a la asociación colectiva de cantidad con calidad;
tiene su origen en la comprensión consciente o no de
la pérdida del poder adquisitivo por causa de la inflación.
Las
personas desean poseer una compensación que les permita
adquirir bienes y servicios sin que ello signifique sacrificios
adicionales. Por lo tanto, cuando la empresa aumenta el salario,
el personal muestra su insatisfacción, pues sabe que
el incremento no cubre la pérdida del valor real de
su ingreso y usualmente desconoce los esfuerzos que la empresa
realiza al ejecutar la medida.
Lo
anterior conlleva a algunos interrogantes: ¿qué
satisface más: la cantidad de dinero ganado o el poder
adquisitivo del salario recibido; que paguen mucho o que se
pueda adquirir mucho con lo que pagan; que los beneficios
ofrezcan un espacio para invertir lo ganado o que sirvan tan
sólo de complemento? ¿Qué conviene más:
que pueda elegirse lo requerido de acuerdo al escenario, o
que la empresa diga lo que se necesita para él?
El
paradigma reinante hace suponer que la gente no da valor al
adiestramiento, a los beneficios, reconocimientos, a la comunicación,
etc., cuando la realidad es otra: eso vale y mucho, pero la
manera en que se administran tales recursos es débil,
subjetiva e inoportuna. En momentos de crisis las personas
se preocuparán más por el dinero porque la economía
presiona, y día a día las exigencias son mayores:
salud, educación, transporte, equipos, servicios, etc.,
y sin embargo, las organizaciones orientan sus esfuerzos a
dar incentivos, como cursos o premios nominales que, por la
situación, poco aportan al trabajador. Sin descuidar
esa parte soft, las empresas deberían hacer uso de
las “alianzas estratégicas” con más
frecuencia para intentar “abaratar” el costo de
la vida de sus trabajadores, mejorando así el poder
adquisitivo del salario que devengan por su labor.
Lo
anterior significa que las compañías deben abrirse
a sus empleados, conocer lo que necesitan y ajustar los beneficios
y compensaciones de acuerdo a las preferencias de los grupos
que surjan del estudio. Hasta ahora ha existido una sola línea,
resultante del antiquísimo patrón de la contratación
colectiva, donde todos los empleados reciben los mismos beneficios
para evitar discriminación o desigualdades, el cual
fue traducido casi literalmente a los contratos individuales.
Ese modelo de pensamiento debió perder vigencia cuando
las empresas comenzaron a valorar a su personal, observándolo
no como un recurso sino como un capital, entendiendo que su
correcta inversión se traduciría en mejoras
para la organización. Si bien hubo un cambio en la
visión, se mantuvo la línea para administrarla,
sin advertir que no se puede aplicar la misma fórmula
a diferentes problemas.
Son
contadas las empresas que ofrecen alternativas o “combos”
que se ajusten a las necesidades del individuo sin que ello
vaya en detrimento de su economía interna. Esas empresas
administran la demanda de beneficios, incrementando, disminuyendo,
obviando o maximizando elementos de acuerdo a las expectativas
de los empleados. Como las personas ya no valen por la labor,
el lugar que ocupan en el proceso, o el nivel académico,
siendo el rango de medida el conocimiento y la manera en que
éste es puesto en práctica para agregar valor,
no se puede continuar ofreciendo beneficios y compensando
haciéndose eco del viejo paradigma.
La
idea de estandarizar la compensación y los beneficios
en las organizaciones pudo haber tenido sentido cuando lo
sustancial era el proceso o los resultados, sin importar a
qué costo se obtenían, cuando se pensaba que
un trabajador eficiente era aquel que cumplía su jornada
laboral ajustada a las horas exigidas en la contratación
o las leyes vigentes. En la actualidad ese pensamiento estrictamente
lineal sólo sirve como ejemplo de lo que no debe hacerse,
de aquello que las empresas no deben practicar, y por lo tanto
abre la puerta a una visión holística que ofrece
un nuevo abanico de oportunidades.
Observando
de una manera sencilla el anterior planteamiento, puede decirse
que se trata de poner en práctica aquel “win-win”
(ganar-ganar) que señaló Stephen Covey. Las
empresas invierten mucho en programas de incentivos no económicos
para sus empleados, así como en adiestramiento, bajo
la premisa de mantener alimentada la motivación de
su gente y, a la vez, olvidando la pregunta inicial: ¿qué
es lo que ellos quieren o necesitan? Si tales recursos fueran
invertidos en convenios para la adquisición de bienes
y servicios cuyo impacto inmediato sea percibido en el salario
del trabajador, se estaría minimizando el riesgo de
insatisfacción por compensación de la cual se
habló al comienzo.
Los
premios internos motivan, en la mayoría de los casos,
sólo a quienes los reciben, los cuales representan
un mínimo porcentaje de la población trabajadora.
Usualmente son reconocimientos que no significan ascensos
o aumento salarial, e incluso tampoco se relacionan con mejoras
directas del entorno de trabajo, y de ser así casi
nada tienen que ver con el ambiente social del empleado. Son
fugaces y momentáneos y como diría Joel Barker,
no garantizan el éxito futuro.
En
lo que respecta al adiestramiento, es útil si ello
agrega valor al empleado. Usualmente es percibido y orientado
como una manera de realizar mejor el trabajo y no para el
desarrollo de competencias, principalmente porque se niega
al trabajador el acceso a los programas que no se ajustan
a su cargo o función. Lo anterior obliga al personal
a pagar por el entrenamiento que quiere y no el que la empresa
impone, y ello impacta en su ingreso e incrementa su descontento.
Otros elementos, como el aspecto físico de la empresa,
herramientas tecnológicas, medios de comunicación,
etc., prácticamente son considerados como parte del
paquete y, en algunos casos, los empleados poseen mejor tecnología
que la compañía donde trabajan.
He
aquí, entonces, una parte de la raíz del problema.
Si bien es cierto que no se puede aumentar los salarios de
manera arbitraria porque ello responde a costos, ingresos
y comportamiento del mercado, no es menos cierto que mientras
las empresas mantengan el mismo paradigma de compensación
y beneficios, estarán asumiendo el costo de la insatisfacción
de sus empleados.
La
reflexión pretende exigir a las organizaciones mostrar
una postura más agresiva en cuanto a alianzas estratégicas
se refiere, y ello se traduce en la búsqueda de elementos
que sirvan como medios para incrementar el poder adquisitivo
sin que ello represente aumentar nominalmente el salario,
principalmente porque pagar más significa mayor pasivo
laboral y no es a lo que se aspira.
Usualmente
las empresas ofrecen bonos o compensaciones adicionales directamente
a los empleados para reembolsar gastos por concepto de estudio,
servicios médicos, transporte, etc., pero al momento
de hacerlo parecen olvidar que el personal tuvo que utilizar
primero su dinero y que habrá de esperar para recuperarlo
el lapso que la organización tenga estipulado, sin
advertir el costo del dinero en el tiempo, el cual se impone
en economías inflacionarias. Ello evidentemente afecta
al trabajador porque merma su liquidez. Además estos
reintegros pueden colindar con el concepto del salario, haciéndolos
susceptibles de cómputos una vez que fenezca la relación
laboral, convirtiéndolos en un riesgo innecesario.
Otras compañías omiten cualquier aporte que
signifique dinero, asumiendo costos al ofrecer servicios de
transporte, médicos o didácticos, los cuales
suelen ser criticados por varias razones. Es simple, se aferran
al viejo paradigma, aun cuando tienen la visión correcta.
Pero
si en cambio las organizaciones hicieran alianzas estratégicas
con universidades, centros hospitalarios, empresas de transporte,
guarderías, entre otras, todo cambiaría. En
primer lugar, en vez de incrementar el salario sin que esto
sea percibido por los empleados, minimizarían el costo
de bienes y servicios, imprimiendo poder adquisitivo al sueldo
del trabajador; evitarían el riesgo que los bonos y
complementos salariales generan porque el convenio es estrictamente
comercial, garantizarían ingresos a sus aliados, lo
que se traduce en un beneficio para ellos y pone en movimiento
la economía.
Por
otro lado promoverían la competencia y la alta calidad,
basados en la oferta y la demanda entre las firmas que quieran
formar parte de la alianza. Serviría para promocionar
los productos y servicios que la misma empresa genera, garantizando
su consumo o uso regular. Además, transformarían
los beneficios y el monto por ingresos en paquetes de libre
elección por parte de los empleados, basados en competencias
y valor agregado; éstos escogerían si quieren
más sueldo o mayores beneficios, haciendo todo tipo
de combinaciones posibles que al final representan el mismo
nivel de inversión (o tal vez menos) que se posee en
el presente.
Al
ostentar mayor poder adquisitivo, la satisfacción vendrá
dada por la calidad de los bienes o servicios y no por la
cantidad de salario que se perciba, como ocurre en los países
cuya clase media es mayoría. El costo de insatisfacción
por concepto de salario recaería en el empleado: es
él quien seleccionará el paquete que se ajuste
a sus necesidades. Lo anterior no significa la ausencia de
flexibilidad: si cambia el escenario habrán de cambiar
las opciones y ello imprimirá dinamismo al modelo ajustándose
a la realidad que impere.
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