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Preguntita
arriesgada la del título, ¿no? Porque si la
mayoría de ustedes responde “¡nada!”,
bajo la persiana y me dedico a hacer otra cosa que me guste,
como escribir obras de teatro. Pero si, por el contrario,
la mayoría de ustedes grita “¡todo!”,
me voy a una cabina telefónica, me pongo el traje de
Superman y salgo a volar por Buenos Aires.
Los
extremos, como se sabe, son malos, y el todo y la nada, de
tan absolutos, se vuelven conceptos excluyentes: si decimos
que la comunicación sirve para todo, también
es posible afirmar exactamente lo contrario. Por ende, las
dos respuestas anteriores son perjudiciales para elaborar
un plan realista de comunicación interna.
¿Qué
hacer?, ¿buscar un punto medio?, ¿decir que
la comunicación sirve un poco, un poco mucho, algo?
Considero que hay dos parámetros que enmarcan de modo
claro las expectativas y las demandas que a nivel empresarial
se pueden depositar en la comunicación interna y que
consisten en entenderla como:
-
Una herramienta que permite prevenir y solucionar problemas.
-
Una herramienta que permite alcanzar objetivos.
Problemas,
utopías y realismo
Hay
quienes dicen que en su raíz más profunda, todos
los problemas parten de un problema de comunicación.
El postulado es insensato porque, siguiendo esta lógica,
la solución a todos los problemas tendría que
llegar, presumiblemente, de la mano de la comunicación.
Esta mirada (ligada a la corriente de la “utopía
comunicacional” sostenida por algunos tecnofílicos
como Marshall Mc Luhan y Nicolas Negroponte), es una mirada
que está muy anclada en el imaginario social y que,
por ende, toca al quehacer de las empresas.
Pensemos
por ejemplo en Internet. Se nos prometió que a partir
de Internet los conflictos en el mundo iban a disminuir porque
los pueblos iban a poder conocerse, descubrirse, comunicarse
libremente. Aun hoy la publicidad lanza frases como “Internet
borra las fronteras”, o coquetea con la tramposa metáfora
de la “Aldea Global”. Bueno, creo que no es necesario
decir que cada vez hay más guerras en marcha y por
marchar, pese a que la Tierra está embobinada por miles
de kilómetros de cables de fibra óptica.
Ahora
pensemos en el ámbito organizacional y reemplacemos
la palabra “Internet” del caso anterior por “Intranet”,
“revista interna”, “cartelera”, “desayunos
de trabajo”, “eventos al aire libre”, etcétera,
y depositemos en estas acciones o herramientas de comunicación
la esperanza de solucionar todo tipo de problemas internos
como “falta de motivación”, “bajo
sentido de pertenencia”, “pérdida de tiempo
y de energía” o “mal clima laboral”.
¿Cuál cree usted que será el resultado?
Sí, acertó: negativo. Porque la comunicación
no se hace desde las herramientas sino desde la cultura, desde
el andamiaje estratégico que enmarca y dirige las acciones
a nivel organizacional.
Voy
a ser más directo: si una empresa arrastra vicios como
difundir mensajes contradictorios, brindar poca información,
abusar del doble discurso o no ser coherente entre lo que
dice y lo que hace, de poco le va a servir que esos mismos
“mensajes enviciados” salgan editados en la Intranet,
por más linda, interactiva y bien diseñada que
sea. En este caso, la solución al problema estaría
contaminada por el mismo problema que se pretende solucionar.
En
síntesis, la comunicación por sí misma
no puede resolver ningún problema si no está
acompañada y sustentada por la cultura de la empresa,
por el compromiso de sus directores y de su personal.
No
obstante, hay muchísimos problemas que sí se
originan en una mala comunicación. ¿Qué
hacer con estos problemas, cómo emplear acciones o
herramientas de comunicación para solucionarlos? No
hay recetas universales pero, como primer paso, le comento
cuáles son las preguntas que yo me hago antes de encarar
un diagnóstico en cualquier empresa:
-
¿Qué es lo que la empresa entiende por “problema
de comunicación”? ¿Puede ser que yo
“vea” problemas donde ellos no los ven y viceversa?
¿Mi definición de “problema” se
aplica a todas las culturas, empresas, rubros? ¿Lo
que yo considero un problema de comunicación lo es
realmente, o sólo es un efecto de una causa anterior
y más profunda? (Recordemos que en ciencias sociales
la definición del objeto construye al objeto, y por
eso plantear un marco teórico es ineludible.)
-
¿Cómo puedo detectar este problema? ¿Por
observación directa, participante, a través
de lo que me cuentan ciertas personas, con entrevistas,
encuestas? (Recordemos que la herramienta con la cual observo
o recolecto datos también construye al objeto de
estudio).
-
¿Cómo determino que la mala comunicación
fue la responsable de originar este problema en particular?
¿Cómo delimito o mido la responsabilidad de
otros factores? ¿Cómo establezco el famoso
principium causalitatis, o principio de causa y efecto?
¿Cómo aíslo las variables y determino
qué es causa y qué efecto?
Con
estas preguntas invito a cuestionar nuestro sentido común,
nuestras certezas petrificadas... hacerlo es necesario cuando
navegamos por las agitadas aguas de las ciencias sociales
y cuando descubrimos que un problema de comunicación
no es un cajón de manzanas que todos pueden ver y tocar,
sino un objeto que se construye, se interpreta y recién
después se intenta –con mayor o menor suerte–
resolver o prevenir.
Objetivos,
omnipotencia y acción
Dejemos
de lado los problemas y pasemos al segundo campo de análisis.
Se dice que la comunicación puede ayudar a cumplir
cualquier objetivo. Suena un poco omnipotente, ¿no
es cierto? Pero le pido que se ponga un poco en nuestro lugar,
en el lugar de los comunicadores organizacionales. Durante
años y años la comunicación interna no
fue tenida en cuenta por las empresas, así que ahora
que por suerte hemos encontrado un espacio, estamos contentos
y a veces, por culpa del sano entusiasmo, exageramos un poco
y decimos:
“¿Querés
aumentar tu facturación? La comunicación te
puede ayudar. ¿Querés que tu personal sea feliz?
Nosotros lo podemos lograr. ¿Querés abrir una
sucursal en China? Podemos colaborar…”
De
hecho, si visitan mi página web van a ver que comienza
enumerando los objetivos que la comunicación puede
ayudar a cumplir, y son muchos. ¿Esto significa que
soy un exagerado? Espere, antes de responder permítame
que le dé mi punto de vista.
La
comunicación puede ayudar a cumplir objetivos, sirve
para todas las cosas que enumeré antes. Pero también
puede ser completamente inútil. Y aquí podría
decir:
“¿Querés
vender más? OK, con un plan de comunicación
interna y externa podemos ayudarte, pero ojo, que todo va
a ser en vano si tus productos no llegan al punto de venta.
¿Querés que tu personal se sienta más
comprometido con la empresa? Algo podemos hacer, pero si los
obligás a trabajar 18 horas por día y no los
dejás ir al baño, va a ser difícil. ¿Querés
abrir una sucursal en China? Podemos armar algo para sentar
buenas bases en la región y con la comunidad, pero
todo se va a caer si no tenés dinero para invertir.”
Entonces,
la comunicación no es una varita mágica que
por sí sola puede lograr algo. Al igual que en la vida,
el individualismo no permite construir a largo plazo, y menos
en el sistémico mundo de las organizaciones. Por eso,
antes de hacer ninguna promesa, es importante saber que un
plan de comunicación puede ser perfecto, pero que el
éxito o el fracaso en alcanzar los objetivos no dependen
exclusivamente de su correcta implementación. (Sí,
claro, esto se vincula con lo que vimos anteriormente acerca
del compromiso político y cultural de la empresa).
Ahora
bien, párrafos atrás señalé que
no hay que ser exagerado con los objetivos que nos proponemos
alcanzar... perfecto, entonces la pregunta que tenemos que
hacernos es: ¿qué objetivos puede alcanzar la
comunicación interna?
Nuevamente
le cuento cuál es mi metodología, no por considerar
que sea la mejor, sino porque a mi me resulta efectiva y tal
vez también lo sea para usted. En primer lugar, yo
le pido a la empresa que me cuente todos los objetivos que
quiere alcanzar. Luego analizo de modo realista cuáles
puedo ayudar a cumplir a través de la comunicación.
Por ejemplo, si la empresa tiene por objetivo aumentar los
sueldos, no debe recurrir al departamento o al encargado de
comunicación interna para lograrlo, debe ir al departamento
de finanzas para que vean cómo consiguen los recursos.
En
segundo lugar, clasifico los objetivos del plan de comunicación
en dos categorías:
-
Operativos: Dirigidos a los aspectos funcionales de la organización,
al saber hacer la tarea, a la coordinación de acciones,
a la reducción de la distorsión de la información.
-
Motivacionales: Aquellos que impactan no en la tarea sino
en cómo se hace la tarea, en el comportamiento del
personal, y que están dirigidos a construir la identidad,
la cultura, la motivación, el consenso, la participación,
la socialización, etc.
Pero
además, Joan Costa nos revela otro objetivo cuando
afirma que si bien la comunicación no reemplaza a la
acción, es más poderosa que ésta porque
le da sentido. Esto quiere decir que la comunicación
no construye la realidad de la organización (esto le
corresponde a la Dirección) pero sí la percepción
de esa realidad. ¡Y esto es valiosísimo!
Les
voy a contar una anécdota. Hace un tiempo una empresa
me contrató para hacer un plan de comunicación
interna y me encontré con esta situación. En
Navidad la empresa compraba juguetes a los hijos de todo el
personal (pelotas, juegos de mesa, muñecas, etc.).
Esta acción era positiva, sin embargo era percibida
como negativa. ¿Por qué? Porque la encargada
de repartir los aproximadamente cien juguetes era la secretaria
de un gerente a la que ese día le llenaban su oficina
de cajas, le desorganizaban todo y la obligaban a cumplir
una tarea que le disgustaba. Entones ella, muy fastidiada,
mandaba un mail al personal diciendo más o menos lo
siguiente:
“Por
Navidad la empresa compró juguetes. Así que
todos los que tengan hijos pasen a buscarlos si o sí
hoy por mi oficina y lo antes posible porque estoy llena de
cajas y no puedo trabajar. Mañana estas cajas van a
para otro lado, así que si no vienen hoy no vengan
después a pedirme nada”.
¡El
mensaje era terrible! Y de este modo, una acción positiva
(a la que se le destinaba un presupuesto considerable) generaba
una reacción adversa por estar comunicada de mala manera.
Resultado: muchos decían: “Gracias señora,
pero yo puedo comprarle a mi hijo sus propios juguetes”.
Claro,
usted me puede decir que hay hechos que por sí mismos
ya son negativos, como una reducción de sueldos, y
que la comunicación no puede transformarlos en algo
positivo. Es verdad, no puede transformar el negro en blanco,
pero al menos puede buscar un gris. Cuando me tocó
asesorar en este tema, yo le recomendé al máximo
responsable de la empresa que reúna a todo el personal,
dé la cara y explique por qué hay que tomar
esta medida, exhiba el balance, demuestre que no hay otra
alternativa o que esto es mejor que despedir gente, e invite
a todos a pensar un plan de reducción de costos operativos.
Obviamente,
esta acción de comunicación sólo puede
tener sentido si es cierta, porque si soy empleado y me dicen
que los números de la empresa están mal, me
bajan el sueldo, pero después me entero que están
organizando una fiesta para los gerentes en un crucero, la
cosa no funciona, hace ruido.
Por
eso, creo que el gran desafío de la comunicación
no pasa tanto por la cualidad del mensaje (si el contenido
es positivo o negativo) sino por la sinceridad y la coherencia
entre:
-
Lo que se dice y lo que hace.
- El
mensaje y el modo de comunicarlo.
- Lo
que se pretende comunicar y lo que se comunica realmente.
- Lo
que se comunica hacia afuera y hacia adentro.
A
modo de cierre
Mihaly
Csikszentmihalyi (¿se puede pronunciar el apellido?)
dice en su libro “Creatividad: el fluir y la psicología
del descubrimiento y la invención” algo muy interesante:
“Cada ámbito da la bienvenida a cualquier idea
que contenga la promesa de expandir su dominio sobre los recursos
sociales. La Asociación Americana de Psicología
sería feliz si cada escuela, cada empresa comercial
y cada familia tuviera su propio psicólogo permanente”.
Mi
intención, y creo que por eso me propuse compartir
estas ideas con ustedes, es que el ámbito de la comunicación
encuentre, gane y mantenga espacios cada vez más genuinos
en las organizaciones, que no la lleven a sobredimensionar
sus promesas ni a desestimar su inmenso poder de acción
y transformación. El equilibrio, en este mundo movedizo,
siempre es una buena opción.
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